DAVID SARABIA

Una mezcla de asombro, asco y miedo se apoderó del niño Willy, quien miraba a través de la ventana del auto con las palmas de sus manos pegadas al vidrio, como si tratara de poner una barrera mental para impedir el paso de la realidad.

Hipnotizado, miraba al miedo cara a cara.

El hombre de cabellera larga, ensortijada, gris, seca, polvorienta; de nariz grande y ganchuda, de  piel morena quemada por las altas horas expuestas a un sol de verano. Vestido con ropa que ya no era ropa, que más bien parecían trozos de tela acartonados por la mugre y sudor seco, revestidos por manchas de restos de fruta podrida. El hombre le devolvía la mirada con sus ojos vacíos, los cuales estaban enmarcados en un rostro lleno de cicatrices, arrugas, lagañas y ampollas virulentas. Sin romper el puente visual que se había formado conectando a ambas mentes, el hombre abría su boca de manera instintiva mientras que temblorosamente despacio se llevaba a la boca un trozo de pizza agusanado, el cual había extraído desde el fondo del tambo de basura.

Era increíble aquella imagen irreal y casi pesadillesca;  Willy nunca  había imaginado que alguien pudiera comer de esa manera. A él le encantaban las pizzas, pero no en gusanadas y mucho menos servidas directamente de un hervidero de infección.

— ¡Deja de estar mirando a ese señor Willy, que en la noche pude ir por ti! — le dijo molesta su madre desde el volante, encendiendo el auto y poniéndolo en marcha. — él es el Coco Loco, y a los niños que se portan mal o que salen con malas notas en la escuela. Viene por ellos en la noche para llevárselos.

Willy dejó de hacer contacto visual al final de la frase. Contario al hombre come basura, quien seguía mirando al niño que iba sentado de copiloto. Mientras, el auto se perdía en la distancia como barco en el horizonte a la vista del vagabundo.

Al llegar a casa, Willy no pudo comer, le habían servido sobre la mesa una sopa de fideos. Al verlos, tuvo la impresión de que eran largos gusanos muertos, y, que el caldo con salsa de tomate era el relleno desparramado de aquellos seres que yacían inertes. Se le había revuelto el estómago. Se levantó excusándose por no poder comer y se retiró de inmediato a su habitación a para echarse sobre la cama para dormir un poco, lo necesitaba.

En la tarde, ya relajado, se dedicó a realizar la tarea escolar. Al terminar encendió el televisor Smart y sintonizó el You tube para ver algunos videos de anime. Se le antojó un refresco de cola. Buscó a su mamá quien estaba sentada en la sala de lectura y le pidió dinero para comprarlo. Ella se lo concedió y le dijo que fuera rápido, que no se entretuviera en la calle. Al salir, Willy sintió como un ramalazo de viento lo abofeteaba por completo junto con una briza de tierra y hojas. Sintió un escalofrió, la imagen del hombre come basura aparecía en su mente como figura de acción de terror. Al llegar a la acera, miró hacia todas direcciones para asegurarse de que el Coco Loco no se encontraba acechando desde algún punto estratégico, detrás de unos arbustos, mirando por la esquina de una barda o asomándose por encima de ésta. Nada, el Coco Loco no estaba a la vista, o quizá sí, en algún lugar. Eran las seis de la tarde de una primavera fresca y el sol dorado seguía bañando con su luz a un barrio tranquilo con casas bonitas, árboles y césped pulcramente recortados.

Cruzó dos calles y siguió caminando tarareando una melodía de moda. Al momento de pasar por enfrente de la casa de dos plantas de tipo antigua, con techo de parte aguas, tejas y ventanas grandes, escuchó una voz que le susurro desde la verja: Hey niño, si, tú, acércate, mira lo que tengo en mi mano.

Willy se detuvo en seco y volteo. Un hombre gordo, de rostro lampiño y aniñado, con gafas, – detrás de estas un par de ojillos entornados lo observaban – le mostraba una paleta de dulce, la cual era un círculo enorme de multicolores. La sostenía con su mano empuñada y la agitaba tratando de llamar su atención: mira, si te acercas puede ser tuya.

     Willy titubeo, no podía negar que se miraba deliciosa, se acercó un poco a la verja y dijo:

—Si quieres te la compro, voy por un refresco, pero puedo cambiar de opinión señor.

El gordo se sonrojó y dijo:

— ¡Cómo que señor, ahí donde la ves, estoy chavo!, mira, que te parece que si pasas a mi casa, platicamos un poco, nos conocemos y te la regalo. Y, después vas por tu refresco para que te la comas a gusto. He, qué dices.

Willy miró hacia todas partes, le parecía inusual que la calle estuviera solitaria, aunque la mayoría de los niños de su edad estuvieran encerrados jugando videojuegos en línea o navegando por la red en busca de videos entretenidos. Siempre había algún adulto realizando alguna labor, o en su caso, caminando hacia la tienda o sencillamente haciendo ejercicio. Nada, era raro. Parecía que estaba flotando en una especie de sueño. El gordo era como una imagen parlante con cara de caricatura viviente de serie de comedia.

Pensó en la oferta, no negaba que era tentadora. Le dijo al hombre amigable que no podía aceptar tal propuesta aunque el obsequio se mirara exquisito, debido a que su mamá le había prohibido platicar con extraños, y sobre todo si estos eran adultos. Me llamo Jorge, se presentó él cara de niño: ya vez, ya no soy un extraño, y tú ¿cómo te llamas? Me llamo Willy le había contestado sin pensarlo debido a que fue una especie de reflejo automático por su educación.

Willy volvió titubear, convencido, no convencido, recordaba el mandato de su mamá y decidió mejor echarlo a la suerte. Empuñó sus manos y comenzó a repasar mentalmente el tin Marín de do pingue… un puño era Sí, y el otro No. Ganó el No. Meneo la cabeza disgustado, maldijo como antihéroe y se despidió del señor cara de niño. Era una lástima, se perdería de esa enorme paleta. Siguió su camino sin darse cuenta que era visto por ese par de ojillos que miraban por encima del dulce disco multicolor.

Llegó a la tienda y en la entrada se topó con Miguelito quien iba surtido con panecillos empacados. Éste le dijo que había venido a surtirse porque iba a ver un maratón de una serie que acaban de subir a Netflix. Miguelito sonrió y se despidió diciéndole que se miraban en el recreo al siguiente día en la escuela. Miguelito se fue tomando el mismo camino por donde había venido Willy.

Cuando Willy hizo sus compras, de regreso, pasó de nuevo por la casa de tipo antigua. El hombre agradable ya no estaba en la verja. Miró a la casa: Las ventanas aunque tuvieran cortinas blancas, daba la impresión de que eran ojos negros, malignos, que lo observaban.  Tembló. Decidió alejarse e irse a la seguridad de su hogar.

Al caer la noche, cenó un cereal, se despidió de mamá y se fue a dormir.

Con las luces apagadas, cerró sus ojos, abriéndolos de nuevo al escuchar un ruido metálico. Alguien estaba afuera, la ventana miraba hacia la calle. Se levantó dando un salto. De seguro era un gato o un perro. Algo estaba dentro del tambo de basura removiendo su contenido. Avanzó en cuclillas abriendo un poco la cortina, lo suficiente para poder ver con un solo ojo. Afuera, aun lado de la acera, los dos tambos enfundados dentro de un portabotes rebosaban de bolsas de basura. Era inaudito, en su casa nunca llenaban los tambos de esa manera, era como si ese día un regimiento militar hubiera comido acabando con toda la alacena para producir esa descomunal montaña de bolsas negras retacadas y desbordadas como rocas en la ladera.

Una bolsa se movió, algo la empujó desde adentro, quedando una abertura, de esta, una mano negra de largos dedos brotó como flor abriendo sus pétalos a la poca luz de la luna menguante quien desde el cielo le dedicaba su larga sonrisa a un Willy atemorizado.

Willly abrió más su ojo por el resquicio y reprimió el instinto de cerrar la cortina para huir a refugiarse dentro de la sabana. La mano de largos dedos manoteo empujando un par de bolsas las cuales cayeron rodando hasta el suelo desparramando su contenido. Después, otra mano movía sus dedos como si fueran las patitas de una tarántula. Y de en medio, una cabeza se asomó, pero tal cabeza estaba cubierta por una bolsa de plástico negra con un agujero por donde un ojo crispado miraba directamente penetrando como flecha el iris de Willy.

Era el Coco-Loco que venía por él, pero ¿por qué?  Sí había hecho su tarea, no había dado ningún problema en todo el día. Lo único que no obedeció fue al desconocido que se presentó sólo. Al contrario, había seguido las instrucciones de mamá al pie de la letra de no conversar con desconocidos, bueno, si un poco, y por poco entraba a esa casa si la suerte le hubiera indicado la opción.

El Coco-Loco estaba afuera de los tambos, con su ropa roída, sucia, negra. Alto, flaco y con su rostro cubierto por esa perturbadora bolsa con una sola mirilla. Comenzó a mover los brazos hacia arriba, luego hacia los lados al compás de sus piernas que daban dos pasos a la derecha  y luego a la izquierda, bailando, festejando su surgimiento de la basura en medio del aroma de frutas rancias mezclado con carne podrida.

Willy miró aterrado con su ojo como el Coco-Loco avanzaba hasta su ventana, bailando como un espantapájaros accionado por la energía del viento. Éste dio un salto y llegó justo pegando su ojo crispado al vidrio como si fuera una lupa y el ojo de Willy fuera un insecto raro al que había que examinar: hola pequeño creo que mañana hablaremos, te veo a la salida, en el mismo tambo de basura, antes de que llegue tu jefa.

La luz solar entró como toro al ruedo invadiendo su habitación. El gallo cantó como si vivieran en las orillas, el televisor se encendió y la alarma era accionada dándole la bienvenida al nuevo día.

 

En la hora del receso no se encontró con Miguelito, y decidió merodear por la escuela buscándolo, primero en su salón, después en otras partes sin encontrarlo. Al parecer, no había ido a la escuela. El timbre anunció que era el momento de regresar al aula, Willy miró como los maestros iban hacia la oficina de la Dirección mientras leían un mensaje en sus móviles. Sus rostros expresaban que era algo extraordinario. Cuando regresaron a los salones, estaban nerviosos, asustados. Algo andaba mal, en el ambiente se percibía una vibra extraña. Alguien murmuró por ahí de que se trataba de Miguelito. El rumor corrió fuerte por los pasillos y salones. Los maestros cortaron de tajó el comadreo asegurando que no era nada de lo que se decía, que la clases seguían y que la jornada transcurriría como cualquier día.

Cuando el timbre sonó anunciando la salida, Willy se echó su mochila en los hombros, corrió atropelladamente hasta la salida, dio vuelta a la derecha dirigiéndose a la esquina. Al virar, allí estaba.

De pie, detrás de los tambos de basura, el Coco-Loco estaba masticando con la boca abierta, con los ojos fijos en él. Sin su máscara de plástico, le saludó con la palma de su mano totalmente tiznada.

— ¿Por qué me persigues Coco-Loco? Si no he hecho nada malo — el corazón le daba un vuelco de miedo y asombro mezclado.

El hombre come basura tragó lo que le quedaba dentro del paladar, eructó, se limpió con su antebrazo  para después hacer a un lado a uno  de los tambos. Abriéndose paso, caminó deteniéndose frente a Willly quien lo miraba boquiabierto con el rostro hacia arriba como si estuviera ante una monstruosa deidad.

—Willy, Willy — dijo chupando los dientes, después prosiguió elocuente — mira Willy, tienes que aprender que las apariencias engañan. Yo era un profesionista respetado, pero me metí en cosas que no debía; me hundí en el vicio y robé a la empresa. Perdí el empleo y a mi familia, y heme aquí, de vagabundo como un cadáver viviente. Sé que algún día voy a salir de esto, pero mientras tengo que sobrevivir, ya después pensaré que hacer.

— ¡No hablas como un loco!

— Claro que no lo estoy. Hice cosas malas, pero nada que no pueda arreglar, sólo que, pues me la paso super por el momento, pero, creo que si tengo algún cable achicharrado, el cual sanará, algún día.  Por cierto, lo de ayer fue un sueño, solamente quería darte una lección. El Coco-Loco poder ser cualquiera. ¡Cuídate! Y has caso a tu madre.

El sonido de un potente claxon hizo que Willy volteara. Era su madre quien furiosa le hacía señas para que se subiera al auto inmediatamente. Quiso despedirse del hombre come basura, pero éste había desaparecido, en su lugar había un montón de hojas de papel que eran barridas por el soplo leve de un aire misterioso.

Willy se subió a lado del copiloto, al sentarse su mamá lo ametralló con un discurso amonestador. Cuando llegaron al barrio, Willy miró que un grupo de patrullas rodeaban la casa tipo antigua de dos pisos. Las torretas y los estrobos con sus luces rojas y azules flasheaban furiosas. Una carroza tenía la puerta trasera abierta. Su mamá bajó la velocidad ya que se había formado una fila de curiosos. La verja era abierta, y el hombre cara de niño salía esposado, totalmente asustado como un cobarde, custodiado por dos gorilas uniformados. Antes de que subiera a la patrulla, el carro de ellos pasó justo frente en ese momento. Cuando el rostro cara de niño conectó con  la mirada de Willy, su cara de miedo se esfumó para dar paso a un par de ojos oscuros enmarcados en un  rostro de reptil. Willy sintió un inmenso vacío en su corazón como si fuera un pozo de muerte, y se dio cuenta, que el verdadero Coco-Loco estuvo a punto de haberlo atrapado la tarde anterior, ¡Dios Mío! ¡Miguelito!

Y lloró por su amiguito, y por él mismo, porque un trozo de su vida había sido asesinada llevándose consigo el fin de su inocencia.

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