LUIS5CONT

II Carol.

Carol caminaba deprisa, con sus hijos de la mano. Como siempre, llegaba tarde a la escuela infantil. El resto de niños ya habían entrado y ella apuraba hasta última hora. No se detuvo con el grupo de padres que se reunían a poca distancia de la puerta para saludarse y darse el parte diario. Comprobó con satisfacción, que los dos únicos hombres del grupo le dirigían una mirada disimulada.

Apenas despidió a los niños, ya respiró tranquila. Ahora tocaba ir al gimnasio: un breve desayuno y a sudar. Las mallas de deporte se ajustaban a sus muslos y culo como una segunda piel. Las pantorrillas al aire, una camiseta totalmente ceñida a su busto, deportivas y una gorra bajo la cual tenía el pelo recogido en una cómoda coleta, completaban su atuendo.

Ya no tenía el tipo de modelo de hacía diez años. Su cintura, tras dos embarazos, era más ancha, sus pechos algo más grandes y tenía más culo que antes. Pero esas curvas le daban un punto voluptuoso nuevo. El trasero, más amplio pero seguía firme. Las tetas aún desafiaban la ley de la gravedad a pesar de su tamaño. Sí, era lo que se podría llamar una mamá buenorra. De las que siguen llamando la atención, como atestiguaban las miradas que todos los días le dirigían los pocos padres que formaban parte del grupito mañanero.

Carol, era la comidilla y no solo porque se conservara bien. Había algo que no había perdido: el descaro, la picaresca y su capacidad de provocar. No solo era su cuerpo, también eran sus miradas directas, desafiantes, que invitaban a la broma subida de tono, a la propuesta velada. Su forma de moverse, de actuar, de invadir el espacio vital de los hombres sin sentirse incómoda. La sensualidad, la suficiencia con que hablaba de temas de sexo dando a entender que ella había ido y había vuelto, que nada le era desconocido, que no había tema que la pudiera  escandalizar.

Todo esto, hacía que (aunque hubiera otras mamás más jóvenes, más guapas o incluso más hermosas), ella fuera la que reinara dentro del grupo. El objeto de deseo de los hombres y el centro de las críticas de las mujeres.

– Hola Carol.

Carol se giró sorprendida…

– Hola Felipe ¿De dónde sales? ¿Estabas escondido esperándome?

– Claro guapa, quería darte una sorpresa. ¡Vaya energía que despliegas tan temprano! ¿vas al gimnasio?

– No, cariño. Me visto así para ir a misa de nueve.

– Jajajaaaa…si te ve el cura entrar así a la parroquia, abandona los hábitos ¿Cuándo te vas a tomar un café conmigo?

– Felipe, qué tienes que salir corriendo a trabajar, que llegas tarde…

– Gracias guapa por preocuparte por mí, pero me lo puedo permitir, para algo soy el jefe…

– Pero yo no, que la clase empieza a las 9:30 y tengo el tiempo justo, así que prefiero tomar algo allí.

– Empiezo a pensar que nuestro amor es imposible ¿no me vas a aceptar nunca ese desayuno?

Carol sonrió:

– Sí, algún día te lo aceptaré.

– Pues que sea pronto, cariño.

– Tú sigue portándote bien y ya veremos… hasta luego.

Se giró y comenzó a caminar hacia su vehículo, consciente de que Felipe le miraba el culo sin recato alguno. Ella acentuó un poquito más el movimiento de sus caderas, satisfecha.

Al pasar delante del grupito los saludó:

– ¡Buenos días! Hoy voy con prisa, nos vemos…

La mayoría de las mujeres esbozaron una sonrisa al devolverle el saludo, sonrisa que contrastaba con el gesto agrio con que la miraban apenas unos segundos antes. ¡Menudo zorrón!… debían estar pensando.

A ella le divertía la situación. Pequeños placeres que se daba una.

Mientras caminaba hacia el coche, pensó en Felipe, el padre que la acababa de abordar. Había esperado el momento oportuno y el sitio adecuado para intercambiar unas palabras con ella. Él tampoco solía mezclarse más de lo necesario con el resto del grupo. De hecho, solo había empezado a hacerlo desde que ella se incorporó.

Directo, descarado y sin demasiada vergüenza; desde el primer momento le había puesto el ojo encima y había intentado un acercamiento. Al contrario que el resto de padres, que disfrazaban de sonrisas complacientes y una exquisita educación, las ganas que le tenían y el morbo que les producía, este había puesto la vía directa, sin importarle demasiado lo que pudieran pensar los demás y sin molestarse en disimular.

Claro y contundente, igual que ella… ¡y como le gustaba a ella!

Tras pasar esa primera fase de la maternidad, con el cuidado de los críos cuando eran bebés, ahora sentía renacer la hembra que llevaba dentro. Era como si necesitara ponerse de nuevo en el mercado para reafirmarse.

Se comunicaban como si hablaran el mismo idioma, pero sin hablarse. Miradas, gestos, acercamientos…palabras con doble sentido que solo ellos entendían a la perfección, y que los demás intuían, aunque no eran capaces de traducir al detalle.

Este juego que se traía la excitaba, y le hacía sentirse deseada, a pesar de la aparente brusquedad de Felipe. Aparente porque era efectiva. No daba puntada sin hilo. Cada cosa que decía o hacía, parecía oportuna aunque fuera ruda o fuera de tono, más propia de un ambiente nocturno y sórdido que de la puerta de un colegio. Sí, a veces se sentía bastante perra y Felipe parecía intuirlo.

La verdad es que era el único que había conseguido que se mojara un par de veces. Incluso le había destinado más de una masturbación, imaginándolo desnudo sobre ella, sintiendo su peso, empujando fuerte, empotrándola, vamos. No solo le gustaba su carácter. Sin ser carne de gimnasio, era alto y corpulento. Atractivo sin ser guapo. Dejando traslucir un fondo… ¿Cómo lo diría? : Animal.  Sí, eso es lo que la ponía cachonda. Ese hombre solo respondía a los instintos que ella provocaba en él. Sin importarle el qué dirán, las consecuencias para su matrimonio, ni para su vida. Sólo quería follarla y ese era el tipo de polvo que ella necesitaba. Sin condiciones, intenso y salvaje, entregándolo todo.

Hasta el momento, siempre había tenido la regla de no buscar ninguna aventura en su entorno más cercano. Y por supuesto el grupo de padres y madres del colegio quedaba dentro de esa categoría. Al menos hasta ahora.

Igual con Felipe se lo replanteaba. ¿Qué podría suceder? ¿Que el resto de mamás comentaran? Ya lo hacían de todas formas. ¿Qué su marido se enterara? Bueno, pues mira, a las malas… no era el más indicado para echarle nada en cara a ella.

Quizás había llegado el momento de aceptar ese café.

Apenas unos minutos después, Carol desayunaba en la cafetería que había justo enfrente del gimnasio.

Pensativa, hacia girar la cucharilla en la taza. Sopesaba, ahora ya en serio, la posibilidad de follar con Felipe. Al calor del calentón inicial era fácil morbosear, pero ahora más tranquila, mientras tomaba su tostada y sin Felipe delante provocándola, seguía dándole vueltas al asunto. Y se estaba empezando a dar miedo…, porque con toda la frialdad posible, se encontró pensando en cuáles debían ser sus siguientes pasos. Su mente ya iba por delante. Mientras planeaba cómo actuar para llevárselo a la cama, noto que se humedecía de nuevo su entrepierna. Mojada y con mariposas en el estómago ¿Cuánto hacia que no se sentía así?

Sacudió la cabeza y se obligó a volver a la cuestión principal: ¿Iba a ponerle los cuernos a su marido?

Cuanto más lo pensaba más se daba cuenta que en realidad ya había tomado la decisión y que ahora lo único que hacía era buscar excusas para justificarla.

“La infidelidad es completa. Solo quedan los detalles físicos. La posibilidad conduce a la fantasía, la fantasía se convierte en especulación, la especulación en planificación”.

Sabias palabras, tuvo que reconocer. Le vinieron enseguida a la cabeza, provenientes del libro de Don Winslow que acababa de leer. Bueno lo cierto es que excusas no le faltaban.

Y tampoco era la primera vez.

Su primera infidelidad, a Manu había sido precisamente con un chico del gimnasio.

Allí no le faltaban propuestas. El gimnasio era el sitio ideal para ligar. Sin embargo también es cierto que se conocían casi todos. Tarde o temprano las historias salían a la luz y no precisamente como las del grupito de padres del colegio, dónde al final siempre resultaba que podías contrarrestar negándolo todo, o plantear que se trataba de tu palabra contra la suya. Allí en el gimnasio se conocían hasta los más mínimos detalles. No sabía cómo ni por qué, pero tarde o temprano, se acaba conociendo quién fornicaba, con quién, dónde y hasta en qué posturas. Todos estaban con la antena puesta.

Y sin embargo ella encontró el chico ideal. Un estudiante joven de Erasmus. Apenas se relacionaba con nadie. Tímido y retraído, sin sacarle provecho a ese cuerpazo que tenía. Carol no tuvo ninguna dificultad para manejarlo. Empezó como un juego, solo por sentirse otra vez la loba que había sido. Por verse deseada, centro de atención. Por comprobar que no había perdido su facultad de manipular y provocar a los hombres, especialmente a los más jovencitos que ella.

No tenía nada claro que fuera a dar el paso hasta que llegó la gran discusión.  No pudo evitar ponerse un poco rígida al pensar en ello. Siempre se refería a esa noche como la de la gran discusión. Espantó el recuerdo con un sorbo de café. No quería recordar, pero tuvo que reconocer que ni lo que hizo entonces, ni lo que tenía pensado hacer ahora, se podían explicar sin lo sucedido aquel día entre Manu y ella.

Había tenido que pasar algún tiempo, para que Carol recordara aquella noche sin soltar un taco o acordarse de la madre que parió a Manuel. La verdad es que prefería cuando soltaba palabrotas, al menos así se desahogaba. Ahora, el silencio y la aceptación, lo único que hacían eran agrandar un poquito más la bola de resentimiento interior.

¿Se sentía mal por lo que estaba planeando?: En absoluto, no desde aquel día en qué Manu ni siquiera se molestó en negar lo que para ella era evidente. Carol sospechaba (aunque no podía demostrarlo) que su marido le era infiel. Estaba segura. Eso es algo para lo que tenía un sexto sentido, quizás por lo que ella había sido antes de casarse. Conocía a Manu mejor que nadie y pronto, la duda de que venía comido de fuera, dejo paso a la certidumbre. Cierto que jamás pudo pillarlo, pero ella lo sabía y él sabía que Carol era consciente de ello.

Pensó, incluso, en ponerle un detective, pero no fue necesario. Su marido, si algo tenía bueno, es que no le daba demasiada vueltas a las cosas y era directo como nadie. Analítico y práctico. Si hay un problema se soluciona y punto. Su maldita capacidad de abstraerse y mirar desde fuera las cosas, como si no fueran con él. Como si en vez de hablar de su matrimonio, estuvieran hablando de un problema con un proveedor. Quizás por eso le fuera tan bien en los negocios.

Fue tras un viaje que tuvo que hacer de un par de días, viaje intempestivo de difícil justificación. Cuando lo vio llegar, lo supo: ni el gesto, ni la cara, ni el humor, eran los que él habitualmente traía tras un viaje forzado de negocios. Y no era la primera vez.

– ¡Vamos a dejarnos de gilipolleces, que los dos somos ya mayorcitos y hemos vivido mucho para andarnos con jueguecitos! ¿Dónde coño has estado?

Lo que más le dolió fue que él ni siquiera se molestó en negarlo.

– Si te da igual lo que te conteste, porque vas a pensar lo que quieras, mejor no preguntes.

– Manu no me toques los ovarios que no me acabo de caer de un guindo ¡Estás con otra!

-No. Estoy contigo.

– No me hagas jueguecitos de palabras ¡follas con otra!

– Eso puede ser…

– ¡Hijo de puta!

– Mira, Carol, tú ya sabías cómo era yo… y si no, has tenido tiempo de averiguarlo.

– Cabrón mentiroso…

– No, cariño, mentiroso no. Te he dicho siempre que eres la mujer de mi vida y es verdad. Eres mi esposa y la madre de mis hijos. Yo nunca te voy a dejar. Eso es cierto. No te falta de nada y no te va a faltar mientras yo viva. No tienes que preocuparte de lo que yo haga por ahí porque eso es solo sexo, nada más.

– ¿Nada más? ¿Y qué te parece si yo también te los pongo a ti? Así empatamos ¿no?

– Pues si lo haces procura que ni yo, ni nadie se entere. Yo a ti nunca te he dejado mal.

– Me voy a ir, Manu.

– No me hagas a escenitas Carol ¿dónde vas a ir? Si lo deseas ahí está la puerta. Pero tú eres una chica lista, por eso me casé contigo. Y por eso y por muchas más cosas, seguiré casado para siempre.

Pues eso, pensó con un regusto amargo en los labios: analítico y práctico. Dejaba las cosas claras. Esto es lo que hay. Quería a una modelo en su cama. Una madre hermosa que le diera hijos guapos y se ocupara de ellos, pero que también le diera placer, descarada y fogosa. Que fuera su mujer escaparate. Vida normal y tranquila de puertas afuera. Pero sin renunciar a la libertad de darse una alegría de vez en cuando. Esa era su parte del contrato.

La de su marido, hacer vida de matrimonio feliz entre infidelidad e infidelidad, otorgarle la primacía como esposa y darle el tren de vida que ella demandaba. Asegurarse que ni a Carol ni a sus hijos les faltaba de nada. Ese era el trato. Y tuvo que reconocer que no era malo. Su marido era un buen negociante. Ella ya no tenía ninguna posibilidad de retomar su carrera de modelo. Sin estudios, solo podía aspirar a un puesto de trabajo de supervivencia, que no cubriría ninguno de sus gastos actuales, ni mucho menos su tren de vida. Cierto es que le podía sacar a Manu un buen pellizco si se divorciaba, pero nada que le asegurara definitivamente su futuro. Quizá a sus hijos sí, pero no a ella.

– Tengo que hacer separación de bienes, por el tema de las empresas, para protegernos si la cosa va mal, le dijo al casarse. Práctico y listo el cabronazo.

No, no sería ella la que rompiera el contrato. Manu tenía razón, no le convenía.

Respecto al tema de la infidelidad, ¿Qué era lo que había dicho?

– Pues si lo haces procura que ni yo, ni nadie, se enteren. Yo a ti nunca te he dejado mal.

¿Era una invitación o una amenaza? Probablemente ambas cosas: Haz lo que quieras pero que yo no te pille.

Al día siguiente, insistió en tomarse un refresco con el chaval del gimnasio tras acabar las clases. Y luego se fue con él a su habitación, en el piso que compartía con otros estudiantes.

Fue morboso pero no todo lo placentero que esperaba. Estaba furiosa y deseaba un polvo épico para desquitarse. Algo que la hiciera decir: sí, sí, ha merecido la pena… algo brutal. Eran los primeros cuernos que le ponía a Manu. Esperaba que el chico estuviera altura de la situación, pero desgraciadamente, resultó tan apocado en la cama cómo en el gimnasio.

Con poca iniciativa, casi le tuvo que quitar ella la ropa. Preocupado porque uno de sus compañeros de piso estaba allí y les había visto entrar. Casi más pendiente de no hacer ruido que de follar, como si fuera él el que estaba siendo infiel. Si a Carol no le importaba que su compañero de piso supiera que estaban fornicando, que más le tenía que dar a su amante. Lo que tenía que hacer era coger a ese pedazo de mujer que tenía en su cama y pegarle un polvo salvaje, sin importar que se enterara toda la maldita vecindad. Dejarla exhausta, agotada y muerta de gusto.

Eso es lo que ella esperaba y no un chico, primero, superado por la situación, y luego, incapaz de contenerse. Pasó de estar intranquilo por encontrarse en su cuarto con una mujer casada, a correrse sin remedio apenas ella se subió encima y se la metió hasta el fondo.

Carol estaba decepcionada, pero no renunció.

Con la verga aún clavada dentro, se masturbó hasta arrancarse un primer orgasmo. No era lo que ella había esperado, pero viéndolo tiempo después, tampoco fue tan malo. Subida encima, contemplando su torso desnudo, los abdominales bien definidos, su cara de guapito y ella sin dejarlo salirse de su interior. Esa imagen le dio para unas pajas posteriores.

La cosa no mejoró. Ella quería más y tuvo que practicarle una felación para ponerlo de nuevo a tono. Seguía dejándose llevar ¿pero es que esta juventud no tiene sangre en las venas? Un segundo polvo, en la postura del misionero, se resolvió con un orgasmo que ella misma se tuvo que volver a provocar, estimulándose a la vez que follaban. Casi que el chaval pareció alegrarse cuando ella le dijo que tenía que irse, que había pasado demasiado tiempo fuera.

En fin. Estaba segura que con Felipe sería diferente. No se lo imaginaba comiéndose el coco o esperando que ella tomara la iniciativa.

Bien, lo primero sería hablar con su amiga Bea.  Era la única con la que podía compartir algo así y a la única que escucharía antes de dar el paso. La llamaría para merendar juntas.

Un comentario sobre “Espiando a Bea: 10 años después (2)

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