LOIS SANS

Estoy segura de que hoy es uno de los días más felices de mi vida, cumplo
sesenta años y Nico me acompañará hasta el Altar para casarme con
Fernando, el único hombre al que he amado.
Aunque las circunstancias nos han mantenido separados cuarenta años,
somos conscientes de que no ha sido una pérdida de tiempo, al contrario,
hemos crecido como seres humanos, lo que nos ha permitido volcarnos
ayudando a los demás, puesto a que él es uno de los mejores cirujanos y yo
soy enfermera especializada en remedios naturales.
Rosa, la hermana de Fernando me ha ayudado a vestirme, me ha maquillado
un poco con una sombra de ojos muy suave y un lápiz de labios rosa, después
me ha mirado detenidamente sonriendo y mientras movía la cabeza satisfecha
por su labor me ha informado de que iba a buscar a Nico para empezar la
ceremonia.
Ahora que me he quedado sola aprovecho para mirarme al espejo, porque,
aunque han pasado muchos años yo me veo como si tuviese dieciocho, alta,
delgada, con el pelo castaño (algunas canas), los ojos grises acompañados de
pequeñas arruguitas a los lados, con una bonita sonrisa, que indica mi
felicidad. Me miro el vestido, largo, color gris perla, con encajes en el escote y
las mangas, sencillo como yo. Los zapatos casi planos, también son de color
gris, casi blancos.
Cierro los ojos balanceándome en los recuerdos de los últimos cuarenta años,
algunos muy buenos, otros no tanto, pero forman parte del camino que me ha
tocado seguir y que, por supuesto, me han otorgado una experiencia que
merezco.
Me veo en el instituto el primer día de curso, junto a mis amigas Laura y Ana,
de repente apareció él, el nuevo, tan guapo y simpático que volvió locas a
todas las chicas de la clase, suspirábamos por ese bonito pelo rubio cortado
como los Beatles, los enormes ojos azules que recordaban el mar y su eterna
sonrisa capaz de cautivar a cualquiera.
Supongo que lo nuestro fue un flechazo, porque, aunque yo no era ni la más
guapa ni la más popular, empezamos a compartir tiempo juntos, primero me
pidió que le ayudase con las clases de inglés, luego colaboramos en diferentes
trabajos hasta que empezamos a salir juntos, ante la mirada atónita de las
demás compañeras de curso.
Durante años había aparcado los mejores recuerdos a su lado, apasionados
besos en el portal de mi casa, tardes de cine acariciándonos las manos
suavemente, largos paseos cogidos de la mano planeando nuestro futuro,
decidiendo a que Universidad nos gustaría estudiar medicina.
Estaba convencida de que mi vida era perfecta, en el instituto siempre sacaba
las mejores notas, tenía tiempo para mis amigas, salía a menudo con Fernando
y en casa, aunque mis padres trabajaban muchas horas, porque papá era
encargado en una fábrica y mamá trabajaba en una tienda de alimentación, la
abuela siempre estaba disponible para mí, ya sea para escucharme o para ir de
compras juntas, así pues, teníamos muy buena relación.
A finales de primavera, un día al volver del instituto, la abuela me presentó a
Rafa, un sobrino de la abuela, hijo de una hermana que había emigrado a
Argentina. Se quedaría a vivir con nosotros hasta que encontrase un trabajo
que le permitiese alquilar una vivienda.
Rafa tendría unos treinta años, era bajito, delgado, muy moreno y bastante feo.
Me miró lentamente, con descaro, repasando cada rincón de mi cuerpo,
deteniendo su mirada en mis pequeños pechos de adolescente,
desnudándome con la mirada mientras se acercaba para besarme en la mejilla,
aunque en el último momento, movió su cabeza con destreza consiguiendo
besarme en los labios, lo cual me hizo sonrojar, logrando incomodarme,
ansiando que su estancia en mi casa fuese corta.
Enseguida descubrí que su descaro no tenía límites, abría la puerta de mi
habitación sin llamar, dejaba abierta la puerta del baño cuando se estaba
duchando o la de su alcoba mientras hacía pesas desnudo, incomodándome
tanto que procuraba no quedarme nunca a solas con él y, aunque se lo
comenté a la abuela, ella me contestó que era familia, que nuestro deber era
ayudarle, por lo que debería tener paciencia y esperar.
Llegó el verano y las vacaciones, así que, junto con mis amigas, Fernando y
sus amigos, íbamos a menudo a la playa, al campo, de excursión o al parque.
Recuerdo uno de esos días que fuimos a la playa, unos jugaban con una pelota
hinchable, otros a palas y los más valientes echaban unas carreras nadando
hasta las boyas, pero Fernando y yo nos quedamos encima de su toalla,
tendidos al sol, observando como las nubes iban cubriendo el cielo hasta que,
de repente, lo miré y pregunté:
• Oye ¿Has pensado alguna vez a qué saben las nubes?
• Supongo que tendrán sabores diferentes – respondió riendo a
carcajadas.
• ¿Sabores diferentes? ¿Cuáles?
• Pues, las negras seguro que saben a regaliz, las rojas a fresa y las
blancas…, las blancas…
• Las blancas a algodón de azúcar – terminé la frase, echándonos a reír,
mientras unas grandes gotas de lluvia nos obligaban a recoger todas las
cosas y marcharnos rápidamente.
Nos despedimos y quedamos en vernos al día siguiente para ir de excursión,
sin saber que aquella sería la última vez que estaríamos juntos. Llegué a casa
mojada por la intensa lluvia, no había nadie, ni siquiera la abuela, por lo que
aproveché esa intimidad que da la soledad para ducharme tranquilamente, sin
embargo, al salir del cuarto de baño, envuelta en una toalla, me encontré a
Rafa apoyado en el marco de su habitación, mirándome fijamente, con una
sonrisa que lo decía todo sin decir nada. Sobresaltada, me apresuré a correr en
dirección a mi habitación, no obstante, el corazón se me paró cuando me
agarró con fuerza de la mano, tiró de la toalla dejándome desnuda ante esos
ojos que siempre me miraban con lascivia. Intenté taparme, sin embargo, me
cogió de la muñeca, echándome encima de su cama, luego cerró con un fuerte
portazo y, con una rapidez asombrosa, se quitó la ropa y me mostró su
miembro erecto ordenándome que se lo tocará.
Forcejeé, grité, le pegué, lo arañé y él me abofeteó con fuerza, metiéndome un
pañuelo en la boca, luego me ató las manos a la cabecera de la cama, me
abrió las piernas y se puso encima impidiéndome respirar. A continuación, me
besó en el cuello, me chupó los pezones, metió su sucia lengua en mi sexo y
creo que perdí el conocimiento cuando introdujo con fuerza su pene erecto
dentro de mí, provocándome un dolor tan grande que no pude soportar.
Desperté en mi cama, desnuda encima de la toalla, con la entrepierna
ensangrentada y una presión en el pecho, sintiéndome dolida, sucia y
deprimida. Sentada en la cama lloré desconsoladamente hasta que se abrió la
puerta. Grité asustada, pensando que era él otra vez, que volvía para violarme
de nuevo, sin embargo, era la abuela que, al escuchar mis sollozos entró
extrañada. Entre lamentos le expliqué lo que había ocurrido, me prometió que
hablaría con él y luego me acompañó hasta el cuarto de baño y me ayudó a
lavar mi cuerpo físico, porque moralmente, estaba destrozada.
No quise cenar, me encerré en mi habitación colocando el escritorio en la
puerta para que nadie pudiese entrar y, aunque me metí temprano en la cama,
no conseguí dormir en toda la noche, me dolía todo y no podía cesar de llorar.
Al día siguiente la abuela me obligó a quedarme en casa, descansando y ella
se quedó conmigo. Sé que habló con Rafa, los escuché discutir, sin embargo,
él siguió viviendo en casa, entrando y saliendo a su antojo mientras yo me
encerraba en mi habitación asegurándome de que nadie pudiese penetrar en
mi territorio, en mi intimidad. Papá y mamá no hablaron del tema, como si no
hubiese ocurrido nada y yo estaba hundida en el pozo de la depresión,
solamente tenía ganas de llorar. Aunque mis amigas vinieron a verme no me
atrevía a explicarles lo que había sucedido, solo podía decirles que no me
encontraba bien. Fernando llamó varias veces por teléfono, sin embargo, no
tenía fuerzas ni ganas de hablar con él.
Fue a finales de verano cuando empecé a tener vómitos matinales, me dolían
los pechos y no me bajaba la regla, por lo que la abuela me acompañó al
médico, el cual nos sorprendió informándonos que estaba embarazada.
El fin de semana tuvimos una reunión familiar papá, mamá, la abuela y yo, me
dijeron que debíamos tomar decisiones importantes, aunque, en realidad, ellos
ya lo tenían todo resuelto. Ingresaría en el Convento de las Clarisas, donde
tendría al bebé, el cual fingirían que era hijo de mamá, o sea que se convertiría
en mi hermano. Rafa seguiría viviendo en casa, al fin y al cabo, la familia está
para ayudarse.
De nada sirvió que suplicase y me negase a seguir con el embarazo, quería
abortar para poder seguir con mi vida, estudiando para ser médico algún día,
pero la abuela insistió que abortar sería asesinar al hijo que estaba creciendo
dentro de mí. Lloré toda la noche mientras intentaba borrar de mi mente la
figura de Rafa abusando de mí. Por la mañana, después de desayunar, la
abuela me preparó una pequeña maleta con ropa interior, algún camisón,
zapatillas y un neceser, fuimos a la estación de autobuses y por el camino me
explicó porque esta era la mejor decisión:
• Para el bien de nuestra familia este embarazo debe ser un secreto, de
ninguna manera podemos permitir que nuestro buen nombre sea
mancillado.
• Pero, abuela, yo no hice nada, él me pego y abusó de mí – intenté
protestar entre sollozos.
• Es igual, estás embarazada, eres soltera y no puedes casarte con un
pariente, es pecado – expuso duramente.
• Abuela, no quiero tener ese bebé, ni ir a un Convento, quiero estudiar
medicina – insistí mirándola a los ojos, intentando darle pena.
• Es lo mejor para tu reputación. Ingresaras en el Convento y cuando
hayas parido vendremos a busca al bebé y tu madre lo presentará como
hijo suyo. Tú debes olvidarte de esta experiencia, porque para todo el
mundo será tu hermano No olvides que debes obediencia a las Clarisas
por haberte acogido y ayudado en un momento tan crítico de tu vida.
Durante la larga hora que duró el viaje, lloré y supliqué, pero no cedió, estaba
convencida de que esa era la mejor solución para salvar mi reputación y la de
la familia.
Bajamos del autobús en un pequeño pueblo de montaña, caminamos por un
sendero estrecho, bastante empinado y, aunque no era fácil, la abuela iba
delante con paso firme y rápido cargando mi maleta y yo la seguía sollozando.
De repente, el camino hizo un giro, topamos con una alta pared y una puerta
muy grande de madera oscura con un llamador en forma de mano que parecía
sacado de una película de terror. La abuela me miró con dureza y golpeó con
fuerza con el llamador. Esperamos largo rato, que a mí me pareció una
eternidad, hasta que la puerta se abrió con un leve chirrido y apareció una
mujer, pequeña, de unos cuarenta años, vestida con una sencilla túnica gris y
una toca que le ocultaba el cabello, nos miró y la abuela dijo:
• Ave María Purísima
• Sin Pecado concebida – respondió la monja.
• Ella es Lucía, mi nieta.
• La estábamos esperando – respondió haciéndose a un lado para que
entrásemos. Sin embargo, la abuela dejó mi maleta en el suelo y al
tiempo que me abrazaba me ordeno al oído:
• Sobre todo, pórtate bien, obedece y agradece que te permitan estar
aquí. Y no llores más, este es el mejor lugar para ti.
A continuación, sin esperar a que le respondiera, me besó en la frente, se giró
y se marchó mientras Sor Teresa tiraba de mi brazo animándome a entrar. Con
la maleta en la mano traspasé la puerta, luego atravesamos un bonito jardín
bañado por el suave sol de finales de verano, unas gallinas picoteaban al lado
de un pozo, un gato negro dormitaba en un banco de piedra y una monja algo
más joven arrancaba hierbas en un pequeño huerto.
Cuando pasamos por su lado, se levantó y se acercó a saludarme:
• Bienvenida. Soy Sor Matilde, me ocupo del huerto.
La miré sin responder, me sentía desanimada y desamparada, no tenía ganas
de hablar, solamente podía suspirar.
Entramos en el edificio, la seguí por largos pasillos oscuros hasta que llegamos
a una estrecha escalera, la subimos lentamente, encontramos otro largo
pasadizo donde había varias puertas de madera, abrió una de ellas diciendo:
• Esta es tu celda. Encima de la cama tienes el hábito. Puedes descansar
un poco, si quieres. Dentro de una hora vendrá Sor María para
acompañarte hasta el despacho de la Madre Abadesa.
La habitación era pequeña, cuadrada, a un lado había una estrecha cama y
una pequeña mesa de noche, con un despertador antiguo y una sencilla
lámpara. Al otro lado, debajo de una ventana cuadrada, un cofre de madera,
una mesa estrecha y una silla de mimbre.
Encima de la cama encontré una túnica gris, en el suelo unos sencillos
mocasines. Cogí la túnica y la dejé sobre el cofre. Me quité los zapatos y me
dejé caer sobre la cama, que me pareció desmesuradamente dura, intentando
descansar un poco.
Parece ser que me dormí, no sé cuánto tiempo, me desperté zarandeada por
Sor María, la monja más simpática de la comunidad, puesto que siempre
sonreía y conseguía hacer sonreír a las demás, enseguida nos hicimos amigas.
Me ayudó a deshacer la maleta, guardamos mis pocas pertenencias en el
cofre, luego me vestí con la túnica y me calcé los mocasines, que me iban un
poco grandes, mientras tanto ella no paraba de hablar, enumerando, entre
otras cosas, las normas del Convento.
A continuación, me enseñó donde estaba el cuarto de baño, una habitación
pequeña, sin ventilación provista de un lavamanos, un wáter y una ducha,
avisándome de que no tenían agua caliente. Después me acompañó al
despacho de la Madre Abadesa, una mujer mayor, de semblante severo, la
cual me entregó un papel escrito a mano al tiempo que ordenaba:
• Aquí tienes las normas de convivencia. Espero que las sigas al pie de la
letra. Parece ser que estás embarazada, por lo que estarás bajo la tutela
de Sor Magdalena, la enfermera. Ella te guiará y tú le debes obediencia.
Cogí el papel en silencio, observándola de reojo, sin atreverme a mirarla
fijamente, al tiempo que ella daba por terminada la conversación y se disponía
a leer un libro antiguo muy gordo. Salí de su despacho con un ligero temblor en
las piernas, menos mal que me esperaba Sor María para enseñarme el resto
de las instalaciones.
Primero fuimos a la cocina, allí conocí a Sor Concepción, una mujer pequeña y
gordita que me besó en la mejilla, me dio una rebanada de pan y un trozo de
queso quejándose de que estaba demasiado delgada.
Después, fuimos al comedor, una sala grande, pintada de blanco, con una
ventana a un lado por donde entraba el sol de la tarde, había varias mesas
colocadas en forma de U y un atril, donde, según me informó, una hermana leía
un pasaje de la Biblia mientras las demás comían, menos los viernes que se
leía la regla en la comida y el testamento de Santa Clara en la cena.
Después entramos en la capilla, alargada y espaciosa, con un pasillo central
que dividía varios bancos de madera oscura, al fondo el Altar, ovalado, en la
pared un tapiz de Santa Clara rezando. A la derecha un órgano y a la izquierda
una puerta que daba a la Sacristía. Entonces, con voz temblorosa, me atreví a
preguntar:
• ¿Pasáis mucho tiempo aquí?
• Nos levantamos antes de las seis, venimos juntas para cantar laudes y
maitines. Luego hacemos oración mental durante media hora. A las siete
el Padre Matías oficia la misa y recibimos la comunión. A las ocho
vamos a desayunar y, posteriormente, cada una efectúa el trabajo que
tiene asignado hasta las doce que volvemos a rezar antes de la comida
comunitaria, que suele hacerse sobre la una del mediodía. Se come en
completo silencio escuchando la hermana lectora, que se turna por
semanas. Después hay un rato de recreo hasta las dos, luego cada
hermana retoma sus labores en completo silencio compaginándola con
la meditación. Seguimos con la Nona, cantamos en coro hasta las siete
que rezamos el rosario de la Virgen de la Letanía y otras devociones
hasta las ocho de la tarde que volvemos a nuestras labores. Después de
cenar, rezamos las completas y cada una se retira a su celda a
descansar.
La miré fijamente, anonadada por toda esa información que acababa de
facilitarme, quería decirle que esa vida no era para mí, mi ilusión era estudiar
medicina, casarme con Fernando y tener tres hijos, dos niñas y un niño, sin
embargo, me fue imposible articular ni una palabra, solo pude suspirar y,
parece ser, que ella interpretó que aceptaba de buen grado esta nueva forma
de vivir. Me cogió de la mano al tiempo que me decía:
• Ven, debemos darnos prisa, porque falta poco para la Nona. Pero
primero iremos a enfermería y conocerás a Sor Magdalena, nuestra
enfermera.
Caminamos deprisa por los pasillos, salimos a un patio, caminamos hasta otro
edificio y entramos en una estancia cuadrada con cuatro sillas de mimbre
debajo de una ventana por donde entraba el sol. En la pared contraria había
una puerta de dos batientes, de madera azul con cristales, cubiertos por unas
cortinas blancas de ganchillo. Sor María llamó a la puerta con los nudillos y se
escuchó una dulce voz diciendo:
• Adelante.
Sor María abrió la puerta y dijo:
• Ave María Purísima.
• Sin pecado concebida – respondió la enfermera, que llevaba la misma
túnica gris que las demás, con una bata blanca encima.
Me impresionó ver a esa mujer tan alta, apersonada, con unos impresionantes
ojos verdes como una pradera, su mirada penetrante me cautivó. La observé
embobada mientras Sor María nos presentaba. Luego le ordenó que nos
dejase a solas un momento y cuando cerró la puerta se acercó y, besándome
en la mejilla, indicó:
• La Madre Abadesa me ha comentado que estás embarazada, pero no
debes preocuparte por nada, porque estarás bajo mi tutela hasta el
momento del parto. Si quieres puedes ayudarme en los menesteres de
la enfermería.
• Me gustaría mucho. Yo quería estudiar medicina – expliqué en voz baja
intentado esbozar una tímida sonrisa mientras analizaba de reojo la
estancia.
Era rectangular, pintada de blanco, como todas las habitaciones el Convento. A
la derecha había una ventana grande de madera, pintada de azul, como la
puerta, a través de unos visillos transparentes asomaban los rayos de sol,
proporcionando una iluminación clara y agradable. Debajo de la ventana había
una mesa de madera de pino y una silla de mimbre vieja, con el asiento un
poco deshilachado. A la izquierda, tocando a la pared, había una camilla
cubierta por una sábana blanca y al lado una alacena con cajones de madera,
armarios con puertas de cristal, en el interior observé que los estantes de cristal
transparente estaban repletos de medicamentos y utensilios. La mujer más
grande del Convento me miró sonriendo y siguió hablando:
• Sé que estás asustada, eres muy joven, además esperas un bebé.
Seguramente te han obligado a venir aquí, lejos de tu familia y amigas,
donde no conoces a nadie. Pero no debes preocuparte, será más fácil
de lo que te imaginas. Mañana te haré un reconocimiento para
comprobar que todo está en orden. Ahora debemos ir a la hora Nona.
Salimos de la enfermería, cerró la puerta con llave y la seguí hasta la capilla,
donde iban entrando las hermanas. Sentada en un banco, entre Sor Magdalena
y Sor María, me atreví a cantar con ellas, notando como una paz interior se
apropiaba de mí, dejando a un lado esa inquietud que me había atormentado
los últimos meses.
Los días pasaban lentos y mi barriga iba creciendo, sin embargo, me sentía a
gusto con Sor Magdalena, que, con mucha paciencia me educaba en los
menesteres de la enfermería, consiguiendo que encontrase mi lugar en el
convento.
Por fin llegó el temido momento del parto y tras varias horas de dolorosas
contracciones nació un niño sano, con tres quilos de peso y cincuenta
centímetros de altura, el cual no me mostraron, sé que al cabo de dos días
vinieron mamá y la abuela a buscarlo, aunque a mí no me visitaron. La Madre
Abadesa me dejó descansar unos días en mi celda, dispensándome de los
menesteres cotidianos.
A partir de entonces empecé a colaborar más activamente en el Convento,
entregándome en cuerpo y alma en el aprendizaje de la enfermería, Sor
Magdalena me entregó unos libros para estudiar la teoría, luego la Madre
Abadesa le dio permiso para acompañarme a la Universidad, donde efectué los
exámenes correspondientes sacando Matrícula de Honor y el debido
Certificado.
Aprendí a amar el silencio, a cantar con devoción, a rezar por todas las almas
pérdidas del mundo, a perdonar sin distinciones, incluso a Rafa,
convirtiéndome en Sor Lucía.
Un día la Madre Abadesa me comunicó que la abuela había muerto y en mi
interior se mezclaron diferentes sentimientos, por una parte, pena, por otro
alivio, incluso, diría que sensación de libertad. Parece ser que mis padres
solicitaban que acudiese al entierro y, aunque una parte de mí quería ir a casa,
abrazar a mamá, hablar con papá, otra parte de mí estaba aterrada al pensar
que tenía que salir de mi refugio para enfrentarme a familiares y conocidos y,
sobre todo a ese hijo que no conocía y que le habían explicado que tenía una
hermana monja. Cuando la Madre Abadesa vio mi semblante pálido me
permitió escoger una compañera que me acompañase y nos dio dinero para el
viaje.
Salimos después de desayunar, siguiendo el camino que años atrás me había
llevado a la Clausura. Al llegar al pueblo buscamos la parada del autobús y
esperamos pacientemente su llegada rezando el Rosario.
Casi se me para el corazón cuando vi que mamá me esperaba a la llegada.
Desde la ventana del autocar la observé, con el pelo cano, grandes ojeras y la
piel bastante arrugada, Temía ese momento, sin embargo, me esperaba con
los brazos abiertos y yo me acurruqué en su regazo dejándome abrazar
mientras me dejaba las mejillas húmedas por las lágrimas que no pudo
contener. Luego le presenté a mi compañera, Sor Catalina y nos fuimos las tres
a casa mientras me ponía al día de lo sucedido durante los seis años que
habían pasado. Suspiré aliviada cuando reveló que Rafa había muerto de una
sobredosis, aunque les había engañado, robado y manipulado mientras estuvo
viviendo con ellos.
Se me hizo extraño entrar en casa, la cual estaba llena de familiares y vecinos
que se habían acercado a darnos el pésame y a rezar por la abuela. Busqué a
papá, que estaba sentado en un sillón hablando con un niño. Se levantó y nos
abrazamos mientras me decía que lo sentía mucho, que me había echado de
menos y que me quería. Entonces me presentó a Nico, mi “hermano”. Se
parecía mucho a mí, el pelo castaño, los ojos grises y una bonita sonrisa.
Después de saludar a varias vecinas entré en la habitación de la abuela, donde
tenían la luz apagada y la persiana bajada, estaba iluminada por varias velas.
Estaba en su cama, como si estuviese dormida, le habían puesto su mejor
vestido negro y los zapatos de charol que tanto le gustaban. Pedí que me
dejaran sola con ella y entonces me atreví a decirle todo lo que no le había
podido decir durante esos seis años. A continuación, Sor Catalina y yo rezamos
un Rosario y pedimos a Dios que la acogiera en el Cielo.
Después el entierro, papá me pidió:
• Podrías dejar el Convento y volver a casa, con mamá, Nico y conmigo.
• No podría hacerlo, soy feliz allí. Además, me necesitan, soy enfermera y
cuido de las hermanas cuando están enfermas. También he aprendido a
elaborar ungüentos y remedios con hierbas medicinales y aromáticas y
las llevo a la Farmacia del pueblo donde las cambiamos por algunas
medicinas que necesitamos.
• Me gustaría verte más a menudo, hija. Te he echado mucho de menos.
• Tal vez, pero nunca has venido a verme ni me has pedido que viniese,
hasta ahora y yo me he acostumbrado a la vida del Convento y me
gusta. No te preocupes, estoy bien, rezaré por vosotros.
• ¿Has visto que guapo está Nico? Se parece a ti – se atrevió a insinuar.
• Claro, se parece a mí, somos hermanos – respondí con todo el aplomo
que podía tener en ese momento mientras acariciaba suavemente su
cabeza.
No me costó despedirme, tal vez estaba resentida y no los sentía como mi
familia, porque mi verdadera familia estaba en el Convento.
Pasaron los años, aprendí lo que era paciencia, respeto a las demás, amor
incondicional, devoción por el silencio y a convivir con la meditación, prestando
ayuda incondicional tanto física como moralmente a cualquiera que lo
necesitase tanto en el Convento como en el pueblo.
Cuando Sor Magdalena, ya mayor, enfermó ocupé su lugar como enfermera
titulada. Más adelante Sor Francisca, una auxiliar de farmacia que había
enviudado y decidió ingresar en el Convento, se convirtió en mi ayudante.
Gracias a la sana alimentación y el cuidado de nuestras mentes, estábamos
muy sanas, salvo algún resfriado, anginas, alguna gripe, cuando Sor Matilde se
cayó rompiéndose el brazo, o los problemas normales de mujeres a causa de
la menstruación o la avanzada edad de alguna compañera, sin embargo,
nuestros remedios caseros a base de hierbas funcionaban perfectamente y,
solamente, cuando los síntomas de enfermedad persistían, avisábamos al
Doctor Jiménez, que vivía en el pueblo, el cual venía con su maletín de cuero
marrón y, después de efectuar un buen reconocimiento, recetaba el
medicamento concreto para solucionar la dolencia, aunque nunca solía ser
nada grave.
Todo era relativamente sencillo hasta que Sor Inés estuvo más de una semana
con fuertes dolores abdominales y, aunque probó varias infusiones y remedios
a base de hierbas medicinales el dolor no remitía, así que la madre Abadesa
decidió llamar al Doctor, el cual, después de efectuarle un riguroso
reconocimiento, movió la cabeza diciendo:
• No estoy seguro, pero podría ser apendicitis. Llamaré a una ambulancia,
hay que llevarla urgentemente a un hospital.
La Madre Abadesa determinó que debía acompañarla y que Sor Francisca se
haría cargo de la enfermería. Sentada al lado del conductor, rece horrorizada el
Rosario al tiempo que nos trasladaban a gran velocidad, con la sirena sonando
estrepitosamente, por la carretera hasta el Hospital. Entramos por urgencias, a
ella se la llevaron en una camilla y yo me quedé en la sala de espera,
observando el ajetreado vaivén de médicos y enfermeras atendiendo a
pacientes y acompañantes. Me entretuve analizando las reacciones de los
familiares cuando el médico les informaban sobre el estado de los pacientes, la
infinidad de labores que efectuaban las enfermeras que, al contrario de mi
tarea en el Convento, la cual era igual de importante, la efectuaba sin ningún
tipo de presión, tranquilamente, tal y como es la vida allá dentro.
Estaba tan absorta que se me pasó el tiempo volando hasta que alguien me
toco en el hombro, requiriendo su atención. Era una mujer muy joven, se
presentó como la Doctora Ruíz, me informó de que Sor Inés tenía un ataque de
apendicitis y debía entrar en el Quirófano urgentemente, que ella misma se
ocuparía de la intervención, lo cual me preocupó bastante debido a que me
parecía excesivamente joven y, por lo tanto, inexperta, aunque he de confesar
que ella demostraba tener una gran confianza.
Sentada en la sala de espera intentaba concentrarme rezando un Rosario,
aunque mi mente vagaba de un lado a otro siguiendo al personal sanitario. Ese
ajetreo de las enfermeras efectuando las más diversas labores, el olor
característico de los antisépticos y desinfectantes me hicieron dudar en cuanto
si debía seguir en el Convento o, tal vez, era el momento de tomar una decisión
y entrar a trabajar en un Hospital como este.
Estaba muy a gusto en la enfermería del Convento, sobre todo elaborando
experimentos con hierbas medicinales, trabajando a mi ritmo, con la ayuda de
Sor Francisca, sin embargo, ver a tantas personas colaborando para ayudar a
los demás me hacía sentir un hormigueo en la tripa que ya no recordaba.
No dudaba de mi Fe, no obstante, pensaba que sería maravilloso salir del
Convento para implicarme en la sociedad proporcionando mi valiosa ayuda en
todos los aspectos posibles. Era una idea maravillosa, necesitaba hablar con la
Madre Abadesa para proponerle un cambio en mi vida, lo que hacía que me
sintiese especialmente nerviosa. Supongo que estaba tan concentrada en mi
decisión que no me percaté del tiempo que pasaba desde que comenzó la
intervención quirúrgica de Sor Inés, por lo que cuando noté una mano en mi
hombro me sobresalté, era la Doctora Ruíz que venía a informarme del
resultado de la operación, explicando:
• Hermana, ya hemos terminado. La intervención ha sido un poco más
larga de lo que esperábamos porque se ha reventado, sin embargo, le
hemos efectuado un drenaje percutáneo del absceso. Tardará en
despertar de la anestesia, por lo que le aconsejo que aproveche para
comer un poco y descansar. Luego podrá esperarla en la habitación 235,
donde la llevarán una vez haya pasado por rehabilitación.
• Gracias doctora. ¿Cuánto tiempo deberá estar en el hospital? –
pregunté.
• Con dos o tres días suelen ser suficientes, pero lo iremos viendo sobre
la marcha. No se preocupe hermana.
Sumida en mis pensamientos busqué la habitación y me senté a esperar
mientras la paciente con quién compartiría habitación, una mujer mayor, recién
operada de unos quistes me explicaba su vida y la de su familia.
Escuché pacientemente a Fina, que siguió hablando sin parar hasta que llegó
su nieto Miguel, al mismo tiempo que le traían la comida. Mientras el nieto la
ayudaba a levantarse para ir al baño, aproveché para salir de la habitación a
comprar una botella de agua en un dispensador que había visto en el pasillo.
Metí la moneda, apreté el botón correspondiente, pero no salía nada. Apreté
diferentes botones, sin conseguir ningún resultado positivo. Zarandeé con
fuerza el aparato, sin embargo, la máquina seguía sin soltar nada. Alguien me
tocó en el hombro, me giré dispuesta a quejarme, pero mi mirada chocó con
unos ojos azules como el cielo, incrédula miré al dueño descaradamente,
observando su pelo rubio con alguna cana y la cara un poco más redonda y
con algunas arrugas, pero tenía la misma sonrisa cautivadora de entonces.
Embobada logré preguntar:
• ¿Fernando?
• ¡Lucía! – respondió sonriendo.
Nos miramos como si nos costase creer que éramos reales, sin saber qué
hacer a continuación, hasta que él preguntó mientras sonreía y me guiñaba un
ojo:
• ¿A qué saben las nubes?
• Las blancas a algodón de azúcar – respondimos los dos a la vez
mientras reíamos a carcajadas, igual que aquel día en la playa, cuando
éramos jóvenes.
• Lucía, que alegría – dijo abrazándome. Luego se separó y me miró
preguntando:
• ¿Puedo abrazar a una monja?
• Por supuesto que sí, es una demostración del cariño que nos tenemos –
respondí mientras me acurrucaba en su regazo, sintiéndome protegida,
deseando que nunca terminase este momento.
No puedo precisar cuánto tiempo estuvimos así, en silencio, cada uno metido
en sus pensamientos, los cuales, quizás, no eran tan diferentes. De repente,
sentí la necesidad de saber que había sido de su vida desde aquel lejano día
de playa, así que me separé de él, lo miré a los ojos sonriendo y me atreví a
ordenar:
• Cuéntame qué has hecho los últimos cuarenta años.
Me cogió del brazo y me llevó hasta una sala de espera, donde había una
mesa larga y unas cuantas sillas, un pequeño sofá de cuero y dos máquinas
dispensadoras de comida y bebida. Me hizo sentar en el sofá y él se sentó a mi
lado, mientras resumía:
• Pues, estudié medicina, tal y como había planeado, luego me
especialicé en ginecología y obstetricia, efectué el MIR en este hospital,
donde trabajo desde entonces.
• Por el periódico me enteré de que eres uno de los más prestigiosos
Ginecólogos del País. ¿Estás casado? ¿Tienes hijos?
Sonrió mirándome fijamente a los ojos mientras respondía:
• Me costó mucho recuperarme de tu desplante, por lo que siempre que
salía con una chica la comparaba contigo y acababa dejándola. Ninguna
era como tú, sin embargo, Lola Romero me convenció de que
formábamos un buen equipo y un frío día de invierno nos casamos en el
ayuntamiento. Luego montamos una consulta, donde yo efectuaba mis
reconocimientos ginecológicos y ella me ayudaba como matrona.
Tuvimos una hija, Sofía. Nos separamos hace cinco años, cuando
advertimos que nuestras prioridades no eran las mismas y, aunque no
nos vemos demasiado, seguimos teniendo una relación cordial.
• Cuanto lo siento. ¿Ves a tu hija a menudo?
• No tanto como quisiera, entre mis guardias y sus estudios, no podemos
encontrarnos a tanto como me gustaría, sin embargo, hablamos por
WhatsApp. ¿Y tú? Cuéntame que pasó. ¿Por qué desapareciste de
repente? ¿Por qué decidiste ingresar a un convento?
• Esa es una larga historia, tal vez otro día te la cuente. El caso es que
ahora estoy aquí, acompañando a una hermana a la que han operado
de apendicitis.
• Entonces podríamos cenar juntos y me pones al corriente de tu vida.
Tengo muchas ganas de hablar contigo. Invito yo.
• No sé, tengo que cuidar de Sor Inés, ella me necesita, estoy aquí para
estar con ella – informé contradiciendo el deseo que tenía de estar con
él.
• No te preocupes, ella estará bien atendida por los médicos y
enfermeras. Nosotros tenemos que cenar igualmente, o sea que no
tienes excusa, solo seremos dos viejos amigos compartiendo una cena
mientras nos ponemos al día – aseguró sonriendo.
• De acuerdo, cenaremos juntos.
• Dame tu teléfono para poder avisarte cuando termine el turno.
• ¿Teléfono? No tengo teléfono, en el Convento solo tenemos un teléfono
en el despacho de la Madre Abadesa – respondí divertida.
• ¡Vaya! Bueno subiré a buscarte cuando termine mi turno. Ahora debo
irme, este cacharro que no para de pitar indica que me están buscando.
Dime en que habitación estás – pidió enseñándome un aparatito largo
que emitía un leve pitido.
• Habitación 235.
• Perfecto, hasta luego – se despidió besándome en la mejilla mientras
me quedaba anonadada acariciándome el lugar donde había depositado
ese dulce beso que quería retener para siempre, mientras notaba un
agradable hormigueo que me complacía y atemorizaba a la vez.
Un poco traspuesta por este encuentro inesperado me enfrenté de nuevo a una
máquina dispensadora para intentar sacar una botella de agua, aunque esta
vez estuve de suerte y logré mi propósito. Con la botella en la mano, temblando
como una adolescente entré de nuevo en la habitación, donde ya habían traído
a Sor Inés, que seguía dormitando entretanto Fina miraba la televisión. Me
acerqué a ella lentamente, abrió los ojos como despertándose de un largo
sueño. Le toqué la mano y la tranquilicé, sonreímos las dos. El resto de la tarde
pasó muy despacio, mi mente andaba lejos de los rosarios y oraciones que
rezábamos mientras Fina seguía embobada delante del televisor.
Como que no podría comer nada hasta el día siguiente, cuando trajeron la cena
a su compañera la animé a que se dispusiera a dormir. Fue obediente, se relajó
y se quedó dormida enseguida. Mientras Fina estaba en el cuarto de baño
llamaron a la puerta y enseguida asomó la cabeza Fernando. Nos saludamos
besándonos en las mejillas mientras me dejaba una suave estela de su fresco
perfume a cítricos, el mismo que usaba cuando éramos novios.
Dimos un paseo por el barrio hasta una calle estrecha con bancos y árboles en
una acera y varios comercios y restaurantes en la otra. Entramos en un
pequeño restaurante italiano, que olía a queso y albahaca, había pocas mesas
y al fondo se veía la cocina con el chef preparando una pizza. Nos sentamos
en una mesa situada en una esquina. Tenía un mantel de cuadros rojos y
blancos y una vela dentro de una jarra. Miramos la carta y le pedí que decidiera
por mí, porque yo no estaba acostumbrada. Sonrió divertido y cuando vino el
camarero, un chico joven, muy moreno, que llevaba un delantal en el que se
leía el nombre del restaurante, pidió:
• Una ensalada César para compartir, un risotto de marisco y espaguetis a
la boloñesa. Para beber Lambrusco rosado y agua.
• ¿Todo eso vamos a cenar? Creo que es demasiado, al menos para mí –
me atreví a quejarme al marcharse el camarero.
• Seguro que te gustara. Tienes que probarlo, es delicioso.
• Me lo imagino, sin embargo, no estoy acostumbrada a comer tanto y
menos por la noche.
• ¿Sabes? Estoy muy contento de haberte encontrado y mucho más de
que podamos compartir una cena. – expuso cogiéndome las manos con
una suavidad que me hizo estremecer hasta que volvió el camarero con
las bebidas y yo aproveché para deshacerme de sus caricias, un poco
avergonzada.
El camarero abrió la botella y puso vino en las dos copas, retirándose, a
continuación, discretamente, entonces Fernando levantó su copa diciendo:
• Brindemos por nosotros, por este encuentro casual.
• Tal vez no es casualidad, Dios habrá dispuesto este encuentro – opiné
levantando la copa al mismo tiempo que intentaba frenar el ligero
temblor de mi mano. Chocamos las copas y me mojé un poco los labios.
El resto de la velada transcurrió pacíficamente, se interesó por mis quehaceres
en el Convento, en cómo ejercía mi profesión como enfermera, así como en la
elaboración de los remedios caseros a base de hierbas medicinales. Cuando
llegamos a los postres me propuso compartir una tarta de chocolate adornada
con nata y caramelo. Dejaron el plato en medio de la mesa, ofreciéndonos una
cucharita a cada uno, lo que nos trajo recuerdos de nuestra adolescencia,
cuando compartíamos, a menudo, helados o pastelitos. Mientras nos traían un
cortado para él y una infusión de menta para mí, me propuso:
• Supongo que piensas dormir en una silla en el hospital, sin embargo,
quiero hacerte una proposición, que vengas a dormir a mi casa, en una
cama más o menos cómoda.
• No puedo ir a dormir a tu casa – contesté horrorizada.
• Vamos, Lucía. No ocurrirá nada que tú no quieras. Somos dos amigos
que se han reencontrado después de muchos años y nada más. No
tienes que preocuparte de nada. Simplemente, dormirás cómoda, por la
mañana te podrás duchar, desayunar bien y luego te acercaré en coche
al hospital – aseguró con una de sus sonrisas que me hacían
enloquecer.
Salimos del restaurante, dimos un paseo, luego subimos a su coche y me llevo
a su casa, un ático en uno de los rascacielos más altos y prestigiosos de la
ciudad. Abrió la puerta y entramos en una gran sala, rodeada por grandes
ventanas de cristal desde donde podían divisarse pequeñas casas y coches
como si fuesen de juguete. En el salón había una cocina americana y una
chimenea. Casi no tenía muebles, solamente un sofá delante del fuego, un
televisor que era como una pantalla de cine, una mesa redonda con cuatro
sillas alrededor y dos taburetes enfrente de un mostrador que separaba la
cocina del resto de la sala. Al lado de la cocina había un cuarto de baño, una
pequeña habitación con una litera y un armario empotrado y una escalera de
madera no muy larga que llevaba hasta la planta superior, donde solamente
había una habitación con una cama muy grande, un armario vestidor, un cuarto
de baño con una bañera de hidromasaje y una terraza con unas tumbonas, una
mesa de jardín y un balancín.
Me prestó un pijama suyo y un cepillo de dientes sin estrenar. Me dio un casto
beso de buenas noches en la mejilla y me dispuse a meterme en la cama
esperando que con un poco de meditación lograse tranquilizarme y pudiese
dormir. Era más de medianoche, pensé que en el convento hacia horas que
todas dormían, sin embargo, yo no lograba relajarme, una idea daba vueltas en
mi cabeza, la razón me pedía seriedad y el corazón clamaba libertad.
Ansiaba con toda mi alma ejercer como enfermera en el hospital, ayudar a los
demás y entrar en esa rueda de ajetreo que prometía ser tan temeraria y
divertida a la vez. En cuanto a Fernando, de momento no me había pedido
nada, solamente quería estar conmigo y yo con él. De todas formas, estaba
libre, puesto que no se casó por la Iglesia y se había divorciado. Mi caso era
más complicado, ya que debería pedir mi dispensa a la Madre Abadesa para
que lo solicitase a la Santa Sede. Sentía como mi corazón palpitaba desbocado
por todos esos pensamientos que cabalgaban libremente mezclándose con los
buenos recuerdos de una pasado con Fernando junto con unas mariposas que
revoloteaban en mi interior después de abrazarme, acariciarme y besarme,
aunque sea castamente.
Miré la hora en el reloj de pulsera que me regaló papá, eran las cinco y media,
me levanté, me duché, me vestí y detrás de la ventana pude asistir al
maravillosos espectáculo de la salida del sol, observando cómo, lentamente, se
iba despertando la ciudad. Cuando Fernando se levantó, preparamos juntos un
desayuno con tostadas, mermelada y zumo de naranja. Mientras comíamos me
atreví a preguntarle:
• ¿Crees que podría ser enfermera en el hospital?
• ¿Acaso piensas dejar los votos? – preguntó asombrado.
• Bueno, no sé. Lo he estado pensando. Cuando llegué al Hospital me
quedé hipnotizada al observar la labor que ejercen tanto los médicos
como las enfermeras, ayudando a pacientes y familiares. Sentí la
necesidad de alterar un poco mi tranquila vida.
• Deberías hacer unas oposiciones, pero estoy seguro de que no sería
ningún problema para ti. Tan solo debes estudiar la teoría, la práctica ya
la sabes – dijo decidido, luego dudo unos minutos y prosiguió –
cuéntame qué ocurrió, qué te hizo decidir dejar los planes que teníamos
juntos para abrazar la religión.
• ¿Recuerdas que vino un familiar lejano a vivir con nosotros?
• Si, decías que no te gustaba la manera cómo te miraba.
• Aquella tarde, cuando llegué de la playa no había nadie en casa, así que
aproveché para ducharme y cuando salía del cuarto de baño, me lo
encontré apoyado en la puerta de su habitación, esperándome, me cogió
del brazo, me metió dentro y me forzó – expliqué sin poder evitar un
nudo en la garganta que casi no me dejaba respirar.
• ¡Que horrible! Pero no fue culpa tuya.
• Me hizo mucho daño, me sentía sucia, no podía mirar a nadie a la cara,
estaba deprimida.
• Por supuesto, debiste pasarlo muy mal. Cuanto lo siento – dijo
acariciando suavemente mi mano.
• Lo peor fue cuando el médico confirmó que estaba embarazada.
• ¿Embarazada?
• Si. Entonces la abuela decidió que para preservar el buen nombre de la
familia debía ingresar en el Convento y, aunque lloré y supliqué, no pude
convencerla. Ya estaba todo decidido. Cuando nació el niño, mi madre
vino a buscarlo y lo registró como hijo suyo, Nico no es mi hermano es
mi hijo.
• ¡Dios mío! – exclamó abrazándome mientras no podía reprimir las
lágrimas de aquel horrible recuerdo de juventud.
• Ahora lo comprendo todo. Te desterraron en el convento para callar
rumores – dijo indignado.
• Bueno, no todo ha sido malo. Estos 40 años he sido feliz cuidando de
mis hermanas, ayudando a los demás, meditando, digamos que he
tenido una vida tranquila – respondí convencida.
• Tal vez, pero nos han privado de llevar adelante nuestros proyectos,
estudiar juntos, casarnos y tener hijos – explica enojado.
Me acompañó al Hospital en silencio y, antes de dejarme delante de la puerta,
me pidió que volviésemos a cenar juntos y que me quedase de nuevo en su
casa. Vendría a buscarme a la habitación 235 a la misma hora.
El día pasó más lento que de costumbre, Sor Inés se quejaba por todo, le dolía
la herida, quería marcharse al Convento y Fina, la compañera de habitación
seguía hablando sin parar o mirando el televisor con el volumen demasiado
alto. A mí me irritaba todo, quizás había perdido la paciencia o, tal vez,
necesitaba gritar al mundo entero que seguía enamorada. Lo único que me
mantenía distraída era observar el proceso de las enfermeras efectuando sus
revisiones y suministrando medicamentos.
Cuando Fernando llamó a la puerta, Sor Inés estaba despierta, así que decidí
presentarlo como un amigo de la juventud. Luego me excusé diciendo que
íbamos a cenar juntos para recordar viejos tiempos, pero, antes de marcharme,
me cogió de la mano y me susurró al oído:
• No lo dejes escapar, se nota que está muy enamorado, solo hay que ver
cómo te mira.
• Por Dios Sor Inés que cosas se te ocurren.
• Nos vamos Lucía – insistió Fernando mientras evitaba el análisis al que
le estaba sometiendo Fina con su charla imparable.
Me llevó a su casa, el ático con vistas a la ciudad. Estaba anocheciendo y el
cielo estaba pintado de nubes delgadas azules y rojas, salimos a la terraza
para degustar la maravillosa puesta de sol. Cuando pasó un brazo sobre mi
hombro las piernas me temblaron, a continuación, susurró:
• Si las nubes rojas saben a fresa ¿a qué saben las nubes azules?
• Tal vez a piña, como aquellos caramelos blandos de nuestra juventud,
“los sugus”, los de piña tenían el envoltorio azul – respondí sin
atreverme a mirarle a los ojos.
No respondió, solo sé que, de repente, estábamos abrazados besándonos con
pasión, retomando nuestra vida donde la dejamos y que sus besos sabían a
menta, igual que entonces.
Un escalofrío recorrió mi espalda haciéndome tiritar de forma incontrolada, nos
miramos a los ojos, se sacó su chaqueta y me la puso en los hombros y
cogiéndome de la mano me obligó a entrar en el salón mientras decía:
• Será mejor que entremos, no sea que cojas frío. Ahora vas a sentarte en
el sofá mientras preparo la cena.
• Puedo ayudarte – me ofrecí por cortesía porque en mi vida había
cocinado nada ni en casa ni en el convento, donde Sor Margarita se
ocupaba de alimentar a todas las hermanas.
• Siéntate aquí – ordenó señalando el sofá de piel marrón mientras me
entregaba un álbum de fotografías que estaba encima de la mesa de
cristal.
Luego se dirigió hacia un mueble alto de madera oscura, apretó algunos
botones en un aparato y empezó a sonar una canción, era nuestra canción,
“Stand be me”. Recordé la primera vez que bailamos juntos, aquel verano,
antes de que ocurriese todo.
Abrí el álbum y, en la primera página encontré una foto suya de cuando tenía
18 años, llevaba unos vaqueros y una camiseta blanca, estaba muy guapo, con
el pelo rubio un poco largo. Al lado había una fotografía mía, llevaba un vestido
azul y el pelo recogido en una coleta alta, debajo una foto de los dos, cogidos
de la mano, en el patio del instituto, él llevaba unos vaqueros de pernera ancha
y una camiseta negra con un dibujo de una boca sacando la lengua. Yo llevaba
una falda corta vaquera y una blusa blanca con flores azules, el pelo suelto,
con una margarita prendida, me fijé en los pendientes, eran muy grandes, dos
aros plateados. No llevaba reloj, pero si varias pulseras de colores. Fernando
calzaba unas zapatillas deportivas y yo unas sandalias azules con plataforma.
Me gustó verme tan joven y guapa a su lado, hacíamos tan buena pareja que
no podía dejar de sonreír.
Giré la página, había más fotografías, en la playa, excursiones a la montaña,
solos, con los compañeros del instituto y nuestros respectivos amigos. Un
álbum entero de nuestra vida conjunta a los dieciocho años. Repasé cada
fotografía, estudiando todos los detalles, estaba tan concentrada que no me
enteré de que estaba a mi lado con una copa de vino blanco en cada mano,
observándome atentamente hasta que escuché su voz grave y sensual:
• ¿Qué te parece mi álbum?
• Es fantástico. Estoy gratamente sorprendida – respondí mirándole de
reojo mientras él me entregaba una copa de vino y me proponía un
brindis.
• Un brindis por nosotros, porque en cuarenta años no se ha apagado
nuestra llama – exclamo levantando la copa con intención de chocarla
con la mía.
Con una sonrisa y sin decir nada permití que nuestra copas se encontrasen
creando un leve tintineo para luego beber un sorbo del vino blanco, muy fresco
aunque me quemaba en la garganta. Él volvió a la cocina y yo me senté de
nuevo dispuesta a saborear esas fotografías antiguas que me estaban
transportando a un tiempo muy lejano, cuando creía que era feliz y que nada ni
nadie podría separarme de Fernando.
Justo cuando estaba en la última página, Fernando se acercó para avisarme de
que la cena estaba a punto y entonces me di cuenta de lo bien que olía, incluso
noté que estaba hambrienta, claro que no había comido nada para no dejar
sola a la hermana Inés, tal vez porque me sentía un poco culpable de
marcharme a dormir en una cama tan cómoda y con tan buena compañía,
dejándola sola en esa habitación de Hospital en junto con una compañera
demasiado parlanchina.
En la mesa había puesto un mantel blanco de lino, los platos grandes de color
negro con una servilleta blanca dentro de cada uno. En el centro unas velas
blancas iluminaban el pequeño jarrón con rosas rojas naturales que
aromatizaban la estancia.
Me hizo sentar, acompañando la silla para que me acomodase, me sirvió un
arroz con verduras y setas que estaba para chuparse los dedos. A
continuación, un filete de pescado y de postres macedonia de frutas con yogur
y chocolate. Durante la cena no hablamos de nosotros, solamente comentamos
la actualidad política, discutimos sobre ecología y el maltrato a los animales. Se
sorprendió con mis conocimientos sobre actualidad ya que al no disponer de
internet en el Convento se imaginaba que quedábamos al margen de las
novedades, sin embargo, recibimos algunos periódicos durante la semana que
nos mantienen informadas de lo que pasa en el Mundo.
Con una taza de manzanilla para mí y un cortado para él, nos sentamos en el
sofá para seguir con nuestras conversaciones, pasó su brazo por encima de mi
espalda sintiéndome protegida y nerviosa a la vez, como una adolescente que
esperaba y deseaba su primer beso, que no tardó en llegar, nos miramos a los
ojos, nos besamos apasionadamente, entretanto me debatía en un sí, pero no,
deseaba seguir adelante, aunque creía que no estaba bien, era una monja que
había estado en clausura 40 años. No sabía si todo esto era una oportunidad
para cambiar de vida o una prueba que me ponía Dios para ver si caía en la
tentación.
No sé si fue el vino, sus besos acalorados o su mano debajo de mi larga falda
lo que aceleró la situación, nos quitamos la ropa el uno al otro, con prisa, como
si se fuese a acabar el mundo, miramos nuestros cuerpos desnudos, que ya no
eran tan tersos como entonces, aunque a mí me parecía que estábamos muy
bien.
Me cogió en brazos y subimos a su habitación, donde me depositó suavemente
sobre la cama, besándome primero en la cara, para bajar por el cuello,
continuando con su lengua sobre mis pezones, donde se entretuvo jugando,
aunque después siguió hacia el vientre hasta llegar a mi sexo, el cual nadie
más había tocado desde el brusco encuentro con Rafa.
Estuvo jugando con su lengua hasta que llegué al orgasmo, por primera vez en
mi vida, sonrojándome cuando me preguntó si quería que me penetrase, a lo
que moví la cabeza asintiendo, mientras suave y lentamente no fundimos en un
solo cuerpo, moviéndonos rítmicamente hasta que alcanzamos el clímax los
dos a la vez. Exhaustos nos quedamos abrazados, sintiendo que cada
centímetro de nuestra piel rozaba la piel del otro, como si fuésemos un único
cuerpo y entonces supe lo que quería hacer el resto de mi vida.
Sor Inés estuvo ingresada una semana a causa de unas complicaciones que
dificultaron su recuperación, por lo que durante el día le hacía compañía en el
Hospital y por la noche estábamos juntos en su casa, comiendo, hablando,
planificando el futuro, duchándonos juntos, compartiendo nuestros cuerpos o
contemplando la puesta o la salida del sol. Todo era nuevo para mí, me sentía
como la adolescente que era cuando nos conocimos, que maduró de repente
por un infortunado incidente.
Cuando volvimos al Convento sabía exactamente que quería hacer, primero
hablé con la Madre Abadesa, explicándole la situación, la cual me comprendió
y ayudó con el papeleo para conseguir la dispensa. Después llegó el momento
de hablar con Sor Francisca y enseñarle todo lo que había aprendido sobre
plantas medicinales para que ella pudiese ocupar mi lugar en la enfermería.
Fue más fácil de lo que me imaginaba, los días pasaban rápidos y pronto llegó
la dispensa y la Madre Abadesa me dio permiso para salir del convento, ahora
me tenía que enfrentar con uno de mis mayores miedos, buscar a Nico y
decirle la verdad, contarle que yo era su verdadera madre. Nico vivía en casa,
en la casa que nací y viví hasta que ingresé en el Convento.
Me recibió con los brazos abiertos, me presentó a su mujer, Olga y a sus tres
hijos, Juanito, Tomás y Andrea, los cuales eran mis nietos. Luego me atreví a
explicar de nuevo el desafortunado incidente con Rafa temiendo que no
comprendiese que me habían obligado a quedarme en el convento, sin
embargo, Nico me abrazó emocionado mientras Olga se secaba las lágrimas
con el dorso de la mano. Me sentí amada y comprendida, sobre todo cuando
les comenté que Fernando y yo nos habíamos vuelto a encontrar, que
habíamos decidido casarnos y entonces fui yo la que me emocioné cuando me
propuso acompañarme al altar con una condición, debía visitar a mis padres en
la residencia donde se encontraban, perdonarles y, además, invitarlos a la
boda.
Nico me acompañó a la residencia y me dejó sola con ellos, papá con ochenta
y cinco años temblaba cuando le expliqué que había dejado los votos y que me
casaría con Fernando. Me abrazó llorando, me pidió mil veces perdón por no
haberse opuesto a las decisiones de la abuela. Mamá, con ochenta años recién
cumplidos estaba enferma de Alzheimer, tenía muchas lagunas en su mente y
me dio mucha pena cuando no me reconoció. Solo se acordaba de Nico. Papá
se disculpó por no venir a la boda, ya que mamá no podía salir de la residencia
y él estaba demasiado débil para hacer un viaje hasta la Capilla del Convento,
donde nos casaríamos.
Rosa y Olga, que me ha ayudado con los preparativos de la boda, me han
acompañado pacientemente a probar vestidos hasta que he encontrado el
adecuado. Después hemos hablado con el Padre Matías que se encargará de
oficiar la Misa y me han ayudado a escoger las canciones que cantarán las
Hermanas.
Para celebrarlo haremos un banquete en el único Restaurante que hay en el
pueblo, Manolo, su propietario está muy contento y nos ha prometido una
comida especial. Los invitados que no son muchos, las Hermanas, la Madre
Abadesa, el Padre Matías, Nico, Olga, sus hijos, Rosa la hermana de Fernando
y su hija Marta.
En una habitación contigua a la Capilla estoy preparada, llevo el vestido
perfecto, sencillo como yo. Sor Mariana me ha recogido el pelo en una trenza
lateral y me ha colocado una diadema de flores silvestres naturales, de donde
sale un largo velo gris perla como el vestido, Rosa me ha maquillado con una
sombra de ojos gris claro y un lápiz de labios rosa. Olga me ha prestado la liga
con la que se casó ella, Nico me ha ofrecido los pendientes de perlas de la
abuela, Fernando me ha regalado un collar de cristales de Murano y Sor
Catalina ha confeccionado un ramo con flores silvestres.
Alguien llama a la puerta, entra Nico sonriendo, con un traje gris y una corbata
azul, muy elegante, me besa en la mejilla susurrándome al oído:
• Estás preciosa, mamá. Fernando está esperándote en el Altar ¿Vamos?
• Vamos – respondo sonriendo mientras me agarro de su brazo.
Olga nos espera en la puerta y cuando la abre Sor Inés empieza a tocar el
órgano que nos acompaña mientras caminamos con paso seguro por el pasillo
central hasta el Altar donde me espera Fernando, con un elegante traje negro,
con su cautivadora sonrisa, para sellar nuestro amor para siempre.
Fin

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