MARIO LÓPEZ ARAIZA VALENCIA

Te admiré sin la mínima intención que ocurriera. Apenas separados por unos centímetros en la cotidianidad de una travesía cualquiera, mi mente comenzó a imaginar una serie de acontecimientos por demás improbables. Tu allá, con los ojos cerrados, habitando el sueño. Perdido entre la paz que solo al apartarse del mundo se consigue. Reparando el cansancio, la faena del paso de los días. Yo acá, separado por el pasillo, un asiento vacío. Te contemplé y te sentí mío durante unos minutos, observando tu respiración profunda, el subir y bajar de tu pecho mientras inhalabas la calma y exhalabas la tormenta. Describiendo tu silueta, me encontré con tres estrellas en el antebrazo. Perdieron intensidad, la marca se desvanecía en tu piel morena, que como fuego me agitaba y consumía. Vi cómo aquellos astros grabados en tu carne se confundían con las cicatrices que revelaban un accidente del pasado, o quizá eran reflejo de la rutina y las labores de tu andar, aquellas que laceraban tu carne.

Tus labios suspendidos en el aire parecían expresar solícitos que acudiera a sellar las palabras que no expresarías jamás; cubrir de besos las ausencias, encontrar en tu boca los olvidos y volver a enseñarte lo que es vivir. Miraba en aquel semblante cansado, queriendo ofrecerte el remanso que solo el paraíso inmediato de nuestros brazos podía crear, en medio de este paraje gris y marchito. Tu manera de sentarte me recordó a quien derrotado por el peso de las exigencias mundanas, se deja caer tan pronto alcanza una pausa. En cualquier lugar, esa persona abandona sus anhelos y sofoca los gritos que su garganta reprime.

En esa posición irredenta, asomó un retazo de tu piel, la sutil invitación a descubrirte. A encontrar la historia marcada en los caminos de tu existencia. Pensé en lo afortunados que seríamos al abrir los ojos y haber podido consagrarnos al deseo. Unir los andares por un instante, en efímera ocurrencia del estallido en llamas de caricias lujuriosas. La coronación de una fantasía que se antojaba pasajera y eterna a la vez.

Pero nuestros destinos eran distintos. Ni siquiera llegamos a saber nuestros nombres. Tu allá, escapando de los sufrimientos que carcomían el alma. Yo acá, con el espíritu abrasado de intenciones espontáneas, de pensamientos anónimos. Con la certeza de que si las condiciones hubieran sido favorables, no dudaría en omitir nuestras identidades para encarnar una mascarada prodigiosa, un momento entre los dos. De saludo y despedida. O posiblemente para muchos días, nadie lo sabrá. Un instante de éxtasis. De encuentros prohibidos.

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