LUIS5CONT

Esta es una continuacion de el gran relato de Randor “Espiando a Bea”, que podeis encontrar a poco que busqueis por internet. En su día, una amiga me motivó para escribir una de las posibles continuaciones y así lo hice. Tras comentarlo con el autor (al fin y al cabo está basado en su relato y le tomo “prestados” los personajes), me decido a postearlo aquí. Espero que os guste, salvando las diferencias con la gran narracion de Randor. Es solo una idea de como pudieron evolucionar las cosas, una posible continuacion sin mas pretensiones.

 

I Carlos.

Carlos trabajaba hasta tarde.

La ventaja de tener un horario flexible y además trabajar desde casa, era que podría organizarse la jornada a placer, adaptándola a sus necesidades y gustos personales.

Prefería dejar la mañana para ir al gimnasio y hacer las compras. Sobre las doce aproximadamente, abría el portátil, revisaba los correos y planificaba el trabajo que tenía para ese día. En un par de horas, trataba de adelantar todo lo que podía. Luego, un alto para la comida y una breve siesta. Y por la tarde, otras cuatro o cinco horas hasta rematar la actividad. Había veces que acababa pronto, pero otras, como había pasado hoy, tenía que prolongar la jornada por la acumulación de trabajo. Pero no le importaba., le gustaba ocuparse por la noche, era su momento. Había paz, tranquilidad y como no solía madrugar y además echaba la siesta, su mente estaba despejada y en plena productividad.

De repente, el móvil vibró. Un chat se mostró en su aplicación de mensajería instantánea.

¿Nerea?

Vaya, cuánto tiempo sin saber de ella. Era con la única que había mantenido el contacto desde que se fue de su ciudad. De vez en cuando se hablaban. Con más frecuencia al principio; luego más espaciadamente; nada en el último año.

Abrió la aplicación y leyó el mensaje, apenas un saludo que invitaba a contestar, como si ella dudara de su reacción al recibirlo.

– Hola ¿cómo estás?

– Hola, Nerea, qué sorpresa. Hace ya mucho tiempo… me alegro de saber de ti. Estoy bien ¿y tú?

Vio cómo se marcaba la opción de haber leído el mensaje. Ella ya sabía que le había contestado. No obstante, pasaron un par de minutos sin respuesta, como si se estuviera pensando lo que le iba a decir.

– Estoy bien. Como siempre. Igual que la última vez que hablamos

Carlos se inquietó ante los rodeos ¡Venga! ¡Nerea! Me has llamado por algo, suéltalo de una vez…pensó.

– Solo quería decirte que Bea se ha separado. Creí que debías saberlo.

Carlos cerró los ojos y contuvo el aliento. ¡Vaya por Dios! Bea aparecía de nuevo en su vida.

– Gracias por contármelo.

Nerea dudaba…

– No sé Carlos…, igual no debería haberte dicho nada…

– No, en serio, has hecho bien. Gracias. Oye Nerea, quizá más adelante vaya por casa, ¿ Te apetecería tomar un café?

– Claro que sí.

– Estupendo, nos vemos entonces. Me hará bien hablar con alguien de confianza.

– Sabes que puedes contar conmigo. Te dejo, es muy tarde.

– Sí claro, buenas noches.

– Adiós. Un beso, Carlos.

– Un abrazo, Nerea.

A Carlos se le nubló ligeramente la vista. Intentó centrar su atención en las celdas de la base de datos en la que estaba trabajando, pero las líneas parecían fluctuar.

No, no, no, no, eso no. Termina lo que estás haciendo y vete a dormir. Mañana ya veremos…pensó

Pero resultaba imposible concentrarse de nuevo en el trabajo, por más que intentaba fijarse en los datos que tenía delante, seguía sin ver nada, sin encontrar ninguna relación entre ellos. Así que salvó lo que tenía hecho hasta entonces y se dirigió a la cocina.

Carlos tomó un vaso ancho del mueble bar, la botella de bourbon y se dirigió al salón. Dos hielos y lleno hasta la mitad. Dio el primer sorbo y se dejó caer en el sofá. Su mente volvió diez años atrás, a una noche parecida a esta, más o menos a la misma hora.

Él conducía hacia casa para dar una sorpresa a Bea. No tienes que volver a pasar por todo esto, se dijo, mientras sentía un estremecimiento y un retorcijón en la tripa que le subía en forma de flato hacia la garganta. Ahogó un pequeño brote de ansiedad en un sorbo de Bourbon. Levantó la vista y la fijó en la tele apagada.

¿Apagada? No, para él no lo estaba; para él se reproducía una película, la película de aquella noche. No pudo evitarlo y minuto a minuto, revivió todo lo que vio, todo lo que hizo, todo lo que sintió.

Cuando entró en casa y se encontró a Carol semidesnuda en el sofá, se sintió descolocado pero aún no preocupado. Intuyó que Nerea también podría estar allí. Las tres amigas acabando la juerga en su casa. Tampoco era tan extraño, ni… tan terrible. Una sorpresa inesperada, pero que no cambiaba demasiado sus planes de sorprender a Bea. Solo tenía que entrar en su habitación y meterse en la cama con ella.

Pero ni iba a ser tan fácil ni tan rápido.

La ropa de hombre tirada en el suelo, una pareja retozando en su propia cama, la angustia hasta descubrir que era Nerea con otro tipo, poniéndole los cuernos a Javi… fue solo la primera estación de penitencia. El inicio del carrusel de sensaciones. El alivio al ver que se trataba de Nerea sólo fue momentáneo. Estaba claro que esas tres estaban de fiesta y que la fiesta había ido demasiado lejos. Hasta donde de lejos, era algo que empezaba a imaginarse y a preocuparle.

Lo peor fue el suplicio de descubrir a Bea con Quique en la habitación. Y asistir a toda una sesión de juegos y rodeos, de tiras y afloja hasta el desenlace final. Ojalá simplemente se los hubiera encontrado follando en la cama. Algo simple y rápido.

Pero no, tuvo que soportar varias horas hasta el amanecer, caminando al borde del precipicio. Y lo peor de todo, es que él ya sabía el resultado. Resultaba insoportable ver a Bea compartir habitación con aquel chulo, permitiéndole confianzas impensables en alguien que realmente estuviera enamorada de ti. Riéndole las gracias, haciendo crecer la tensión sexual, mostrándose casi desnuda, permitiéndole el contacto físico, entrando a sus juegos…

Recordó aquel amanecer en la azotea, intentando alegrarse porque no hubieran llegado a consumar. Pero lo que debiera haber sido una bocanada de aire fresco en sus pulmones, simplemente no le pasaba de la garganta, notaba un nudo en su pecho. Y entre toda la confusión de sentimientos y sensaciones vividos esa noche, una sola certeza: Bea estaba por la labor. Si no habían follado, fue solo porque al lanzar la moneda salió cruz. Una cuestión de circunstancias y de suerte. Y las circunstancias y el azar pueden cambiar, como quedó prácticamente demostrado cuando él volvió un par de horas después, con la excusa de recuperar su reloj. Un auténtico cazador de los que no desisten, de los que no pierden el rastro, de los que persiguen la presa sabiendo que sólo hay un final posible.

Sí, todo eso se lo podía haber ahorrado. Todo lo vivido esa madrugada, no lo preparó para el instante en qué se la encontró abierta para Quique, deseando que la penetrara por fin, rendida a sus instintos y a su placer. Lo único que sirvió fue para prolongar su agonía y para debilitarlo. De tal forma, que simplemente fue incapaz de reaccionar. Cuántas veces se preguntó por qué no entró en ese momento en la habitación, por qué no los insultó. Ver la cara de sorpresa de ambos, la retirada apresurada de Quique de la vagina de Bea, el polvo cortado, y lo mejor: el malestar que se le quedaría a ella de por vida, cada vez que recordara ese primer polvo con Quique, donde su novio la sorprendió… ¿por qué no lo hizo? Simplemente porque ya no tenía fuerzas para nada, no podía enfrentarse a la situación, solo podía y quería huir…

¿En cuántas ocasiones había recordado esto? ¿Cuántas veces había tenido consigo mismo esta conversación? Apretó el vaso con fuerza y se lo llevó de nuevo a los labios, pero estos solo tocaron un hielo casi deshecho. Había apurado toda la copa sin darse cuenta, sorbo a sorbo, recuerdo a recuerdo.

Bien, al menos esta vez le había servido de algo, había decidido…, se levantó del sofá y se dirigió a la mesa de trabajo. Desbloqueó el portátil y se dispuso a sacar un billete de vuelta a su ciudad.

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