TANATOS12

Capítulo 12

Se mantuvo en esa posición unos segundos. Me daba la sensación de que no lo hacía por estar esperando una respuesta inmediata de Edu; sinceramente pensaba que lo que buscaba con ello era asegurarse de que yo leyera lo que allí ella acababa de escribir. Y yo me preguntaba por qué.

Desfiló hacia el cuarto de baño, sin hablar, con el papel higiénico en una mano y con su móvil en la otra. Yo me sentía dolido por haberla decepcionado. Como ella con Edu. Era como una cadena de poder. Edu la dominaba a ella, la cual usaba ese dominio para humillarme a mí. Edu ya no me dominaba directamente, sino a través de ella; ya no me dominaba directamente, porque se había aburrido de hacerlo o porque yo había escapado de aquellos contextos.

Escuché el grifo de la ducha y con mi permanente sentimiento de vergüenza me puse los calzoncillos y fui al cuarto de baño a lavarme los dientes. Allí me encontré con algo demasiado tentador: María se duchaba con la cortinilla corrida y sobre el lavabo yacía su móvil.

Aún sin haber decidido qué hacer eché la pasta sobre mi cepillo. Mis dedos temblaban de manera exagerada, a pesar de aún no haber cometido infracción alguna. Seguía escuchando el agua caer. Entre María y yo no había más de metro y medio de distancia, pero aquella cortinilla era un muro que me ofrecía la oportunidad de delinquir.

Comencé a cepillarme y miraba aquella pantalla apagada. El agua de la ducha no dejaba de caer, y sabía que aquella ducha sería corta, que no se lavaría el pelo; tenía que decidir ya.

El pequeño cuarto se cargaba de espesor, creando una nebulosa onírica y empañando un espejo en el que yo ya casi no me veía… Tenía que decidir ya. Y decidí. Mis torpes dedos marcaron el código de su móvil y, tras mirar de reojo hacia la cortina rosada, busqué su chat con Edu. Todo ello sin mover un ápice su móvil de donde estaba. Subía y bajaba por la conversación y, por tantos nervios y por la sensación de que iba a ser descubierto en cualquier momento, apenas podía ordenar una conversación basada en reproches, o más bien en un auténtico rapapolvos de Edu y evasivas pusilánimes de María. Llegué a leer: “Víctor va a tener que follarse a esa vieja, ni puto caso le has hecho” y algo me subió por el cuerpo, cierto enfado, pues me parecía que valía bastante más Sara que Víctor. Edu preguntaba después para qué había querido quedar y ella respondía, en cierto modo vendiéndome, con un “Fue Pablo el que quiso”.

No me daba tiempo a enfadarme o sorprenderme por cada frase, ya habría tiempo para eso, solo quería leer, guardar en mi memoria todo lo posible… y esperar que el grifo de la ducha se cerrara antes de que se abriese la cortina.

Tras esa frase de María, Edu respondió un “Le gusta mirar a ese. Está claro”. Y tras un silencio de ella, aquel cabrón no quiso soltar su presa y preguntó: ¿Te obligó a follar con alguien más?” Mi dedo tembloroso se movía por la pantalla mientras seguía cepillándome los dientes y el agua de la ducha seguía cayendo. “Él no me obliga a nada” respondió María y Edu escribió: “Entonces eres tú que eres un poco zorrón”.

Lo que más me sorprendía no era la terminología de Edu, ni aquellas frases tan directas, sino que mi novia no le mandaba a la mierda, además le respondía de manera ciertamente mansa, con términos como “de verdad no entiendo que te pongas así” o “creo que te estás pasando”. Tras un “estoy un poco hasta la polla de vosotros dos” de Edu, María de nuevo no le reprochó con fuerza, sino que escribió un conciliador “Si te he confundido al querer quedar hoy lo siento”.

Hubo un lapso de tiempo el que nadie había escrito, tras el cual María le preguntó por Begoña, y fue entonces cuando Edu le envió la nota de audio y le pedía que ella enviara otra. Reparé en ese momento que si Edu respondía ella vería que yo lo había visto, que yo había estado con su móvil, por lo que salí rápidamente de aquella conversación.

La ducha seguía con aquel tono constante de sonido de agua caer… y la tentación fue demasiado fuerte: entré en los chats con Guille, que era un número sin guardar, y Álvaro que seguía siendo “Álvaro cumple de prima”, y solo vi un “¿por qué no respondes?” y un “¿dónde te metes?” que no pude retener de quién era qué frase y el grifo de la ducha se cerró.

Salí de aquellas conversaciones al instante y escupí la pasta de dientes en el lavabo.

Me fui al dormitorio antes de que ella saliera de la ducha. Me sentía mal. Mal conmigo mismo y en cierto modo dolido con ella. No me había mentido en nada… pero aquellas respuestas serviles me oprimían el pecho…

Ya los dos en la cama y con la luz apagada llegué a sentir a María, a sentir su tentación de plantearme un segundo intento. Miró su móvil un par de veces antes de disponerse a dormir. Buscaba sin duda una respuesta que la calmase. Al final no hubo ni tentativa para conmigo de buscar su ansiado audio ni respuesta de Edu. Pero esa no sería la última vez que mi novia iba a hacer aquella comprobación, ya que varias veces, durante la noche, noté como se giraba y revisaba su teléfono, ansiando, anhelando, que le hubiera escrito. María buscaba un “no pasa nada” que la dejara dormir tranquila.

Creo que mi subconsciente siempre había supuesto que una vez viera a María con otro hombre todo se asentaría, todo quedaría en su sitio y toda curiosidad y suspense desaparecería. “Vale, es esto, ya está, ya lo has visto, ya sabes lo que se siente”. Pero qué equivocado estaba. Cada vez que cerraba una puerta se abrían dos ventanas y cada vez que María me respondía a algo o yo le curioseaba el móvil más dudas me asaltaban; de lo que sentía yo, de lo que sentía María, de lo que estaba pasando.

En ese estado me fue imposible no bombardear a María con mensajes aquella mañana de martes desde el trabajo. Que si has visto hoy a Edu, que si te ha respondido al mensaje… Ella acabó por cortarme, proponiéndome que me acercara a su despacho aquel mediodía para comer juntos en un italiano. Me era difícil deducir, sin oír su voz, si estaba enfadada por tal cuestionario o si entendía perfectamente mi situación.

Tan pronto acepté la cita tuve la sensación de que tenía infinitas preguntas, pero que muchas no las podía formular, y que no había ninguna pregunta mágica cuya respuesta pudiera aliviarme de un golpe.

Hice memoria de lo que había curioseado en su móvil y me pregunté por qué, tras aquel rato largo sin haberse escrito, María le había preguntado sobre qué tal le iba con Begoña. Pensé en ella, en aquella princesita, como la llamaba Paula, en aquellos gemidos… en si María sentiría envidia… y esos pensamientos hicieron que mi entrepierna se despertara… y mientras mis compañeros se iban al café yo me fui a los servicios del fondo del pasillo con mi móvil y mis auriculares… Allí escuché aquellos tremendos gemidos y gritos de Begoña, sentado en el retrete, sin masturbarme pero disfrutando de sentir mi polla palpitar libre… Volví a poner aquella nota de voz y si comencé a pajearme. Tan pronto lo hice me sentí sucio. Un loco. Pero no podía evitar excitarme de forma incontrolable. No llegué a correrme, seguramente por vergüenza. Me detuve antes de eyacular, con un calentón terrible.

María quiso compartir un entrante y una pizza, acostumbrada a comer poco a mediodía entre semana. En traje azul marino de pantalón y chaqueta y camisa blanca, hablábamos de nimiedades, conscientes de que mi explosión era inminente. Acabamos el primer plato y no me contuve más:

—¿Entonces has visto a Edu esta mañana?

—Sí.

—¿Habéis hablado?

—Sí, pero no de nada… o sea, hemos hablado de trabajo.

—¿Solo de trabajo?

—Sí. Él, aunque no lo creas es discreto… en esto.

—Pues no tengo recuerdo de eso precisamente.

—Bueno, ahora es así. No me ha dicho nada ni me ha puesto cara de nada.

—¿Y te ha respondido al móvil?

—No.

Pronto me vi en un callejón sin salida. Pero fue ella la que prosiguió:

—El jueves tengo que ir al juzgado con él.

—Igual te pide que vayas en falda o algo entonces.

—No creo. La coña esa es con otro juez.

Se hizo un silencio, sus respuestas eran concisas, cortas, como queriéndome decir que no tenía nada que esconder, y que no merecía aquel tribunal, haciéndome sentir a mi algo culpable.

Yo quería romper aquel silencio pero no podía hacerlo reprochándole sus ansias de complacerle. Sentía que no me convenía aquel camino. Además era latente un inminente corte en el que me dijera que el tema Edu era tema finiquitado. Decidí pegar un volantazo y preguntarle por Álvaro y Guille; le recordé de manera sutil, e intentando ser algo gracioso que me debía mucha información de lo sucedido el viernes pasado. Al ver que se mostraba receptiva le planteé ir a cenar el fin de semana y que me lo contara, unos avances cenando y lo más fuerte ya en la cama. Su respuesta consistió en informarme de que el fin de semana no podría tener sexo por cuestiones cíclicas… de su cuerpo… lo cual me hizo recordar inmediatamente que había follado sin condón y una importante tensión me subió por el cuerpo.

—Además ya sabes que el sábado tengo la cena de aniversario del Máster.

Lo había olvidado completamente, su Máster cumplía veinte años desde su primera edición y había una cena de gala o algo similar.

—Y no te escaqueas, eh —dijo seria, sabedora de que era lo último que me podía apetecer en el mundo.

Empezó a hablarme del plan de esa cena y me acabó diciendo que ella tampoco tenía muchas ganas de ir y que, además, por culpa de dicho evento, no podía ir a un curso de formación, pues coincidía el mismo fin de semana.

—¿Y Edu va a la formación esa? —pregunté, sin que tuviera demasiado sentido, pero aquello me despertaba unos recuerdos de lo más intensos.

—Pues no lo sé, qué quieres que te diga —respondió y mi cabeza voló a Alicia, a María contándome como le había escuchado como se la follaba… a las fotos que me había mandado desde aquel hotel y que yo le había reenviado a Edu…

Estábamos acabando de comer y María ya miraba su reloj casi compulsivamente, con más ganas de volver al trabajo que yo, o quizás siendo más responsable que yo, cuando solté una pregunta que me sorprendió tanto a mi como a María. Una pregunta que llevaba meses en algún rincón de mí. Una duda que quizás fuera la más insoportable:

—María… no sé por qué a veces tengo la sensación de que te pongo y a veces de que no.

Me miró fijamente. No mostró sorpresa. Más bien como si estuviera esperando a que le diera alguna pista más de lo que rondaba por mi cabeza.

—Ayer, por ejemplo, creo que a pesar de querer enviarle el audio a Edu, sí que había deseo por tu parte —dije, sintiendo algo extraño al pronunciar la palabra “deseo”, como si me hubiera salido demasiado ñoño.

Nos trajeron los cafés por lo que la respuesta de María se hizo esperar.

—¿Cómo lo ves? —pregunté al ver que ni yéndose el camarero ella llegaba a responder.

—Pues… lo veo… que es difícil saber a veces lo que pasa.

Aquel “lo que pasa” me sonó a eufemismo de “lo que me pasa”. Me quedé callado. Podía sentir como ella pensaba, quizás buscando una respuesta que me llenara más y que le llenara más a ella.

En aquel momento ni María sabía cuál era la clave de aquello. Y yo tuve que conformarme con aquella respuesta, sin saber que pronto ella se aclararía y me lo aclararía a mí.

La despedida estaba cerca y yo sentía que María me había dado aquel espacio para que lo aprovechase, que no iba a aceptar sucesivos cuestionarios así como así. Pero me resultaba complicado hacer más preguntas sobre Edu, y, sobre la noche de Álvaro, Guille y Sofía las respuestas habían quedado oficial y formalmente post puestas.

Ya que no podía sacar más información quise dedicar los últimos minutos a intentar sacarle alguna sonrisa. Había una tensión que yo quería romper. No lo conseguí. Y pensé que quizás debía de haber empezado por ahí.

Nos despedimos sin que efectivamente le pudiera sacar ni más información ni aquella ansiada sonrisa, y lo que saqué más en claro fue la confirmación del tremendo erotismo que desprendía María en el trabajo. Caminaba hacia el coche y en mi mente se cruzaban imágenes de mi novia en la comida que acabábamos de tener, imágenes de su lenguaje gestual, de su densa melena, de sus mirada expresiva, de cómo le quedaba aquella camisa blanca, de su culo bajo el pantalón de traje cuando había ido a los servicios del restaurante, de cómo se le marcaba el pecho cuando se quitaba la americana… Tenía que haber un tremendo cotilleo, incluso escándalo, entre los hombres de su despacho. Quizás Begoña fuera más guapa de cara, más perfecta en esencia, pero era demasiado niña; la sensualidad y sexualidad que desprendía María dejaba sin aliento, y ella parecía seguir sin saberlo, parecía solo saberlo cuando, excitadísima, follaba salvajemente con un semi desconocido, como había pasado con Álvaro y con Guille.

Aquella tarde en el trabajo volví a tener un tremendo calentón, pero no por los gemidos de Begoña en mis auriculares, sino por las imágenes de María, montando a Álvaro, dándole la espalda, gustándose… follándoselo, orgullosa, asumiendo sus impertinencias como un mal menor y asumible siempre y cuando aquella notable polla la siguiera satisfaciendo.

Creía que aquel día no iba a depararme nada más. Que bastante rápido estaba yendo todo. Que parecía increíble que estuviéramos a martes y la locura de quedar con Víctor y Edu hubiera sido veinticuatro horas atrás y que la locura vivida en casa de Álvaro hubiera sucedido solo cuatro días atrás. Pero no, estaba equivocado, aquel día no había terminado.

Estábamos en el salón comedor, ya habíamos cenado. Yo estaba recostado en el sofá con mi portátil. En la tele había algún programa que nos aportaba ruido de fondo. Y María estaba sentada a la mesa, también con su portátil, acabando algo de trabajo. Aquella noche no se había cambiado, había llegado, había cenado y se había puesto a trabajar, por lo que yo la observaba como la observarían sus compañeros de trabajo: elegante, sobria, concentrada. Con toda aquella feminidad suave combinada con la brusquedad de su sujetador marcando la delicada camisa. Llegué a mirarla, tan absorto, que no la vi venir, no vi que ella también me estaba mirando, y que aprovechaba esa conexión para hacer una pregunta que yo no esperaba:

—Pablo. ¿Te molestó que ayer de noche te dijera si querías ponerte… eso?

—¿El qué? —pregunté, queriendo ganar tiempo, cuando era obvio que se refería a cuando me había dicho de ponerme el arnés, ya que con mi polla no era capaz de sentirme como para gemir.

María me puso cara de que era obvio lo que me estaba preguntando.

—No —mentí— ¿Por?

—Me dio la sensación.

—¿Quieres usarlo esta noche? —pregunté, quizás más para tantearla, para saber de qué iba.

Se quedó callada un instante. Dudando.

—No sé si la oferta de Edu sigue… en pie —dijo descolocándome un poco.

Me levanté del sofá, con intención de ir a por una botella de agua a la cocina. Mientras lo hacía veía de reojo como María bajaba la tapa de su portátil y cogía su móvil.

En la cocina pensaba que me extrañaba que Edu no le dijera nada en persona, pero la creía. Me parecía surrealista que Edu le pidiera eso en un mensaje y ella le dijera que no podía hacerlo esa noche y que aquello quedase allí. Como si lo que se hablaran por móvil fuera un compartimento estanco independiente en sus vidas.

Volví con la botella y la posé sobre la mesa donde María hurgaba en su móvil. Me coloqué tras ella e irremediablemente me sentí Víctor por un instante, pues, de pie, a su espalda, estando ella sentada, me retrotraía a como había estado aquel demacrado cuarentón la tarde noche del lunes. Era cierto que las vistas eran pecaminosas, sucias si uno le echaba arrojo y desvergüenza. El nacimiento de los pechos de María y algo de su sujetador se veían con imponente limpieza. Seguro que aquella imagen era más que suficiente para que Víctor disfrutara de una importante paja si es que no había acabado la noche con Sara, o aun así.

María apoyó los codos en la mesa y, sin importarle mi presencia o precisamente por ello, entró en la conversación con Edu. De nuevo se disponía a escribirle, sabiendo que yo podría leerlo, pero esta vez no me daba la sensación de que pretendiese humillarme. Nerviosa, escribió, borró, y volvió a escribir, hasta que apareció en la pantalla:

—¿Sigue en pie lo de mandarte la nota de audio?

Edu estaba en línea y María fingía dignidad y templanza, pero su lenguaje corporal, errático y extraño, la delataba.

En el teléfono aparecía que Edu estaba escribiendo y nos quedamos completamente inmóviles. En silencio. Paralizados. De aquella seguramente no lo sabíamos, pero en cierta forma ya nos tenía dominados a los dos.

“Esta noche no me apetece, envíaselo a Víctor si quieres”. Respondió y apareció en la pantalla el contacto de su desagradable amigo, para que María pudiera guardarlo.

—Menudo gilipollas… —resopló María, ¿enfadada? ¿decepcionada?

Yo me mantuve en silencio. Los dos quietos.

—Es que es un gilipollas —insistió.

Ante tanto resoplido y tanta repugnancia yo esperaba una respuesta contundente o que directamente no le respondiera.

Airada, negando con la cabeza, tecleó.

“Estás loco… A él no”.

Se echó hacia atrás y yo me aparté. Se incorporó y me dijo que se iba a dormir. En apenas cinco segundos me quedé solo en aquel salón. Otra vez teniendo que obedecer a los tiempos de María, tiempos que a María le marcaba Edu.

Edu. Iba a hacer un año que le había conocido, que había empezado todo… que había puesto patas arriba mi vida.

Cogí mi móvil. Estaba enfadado. No podía entender aquel sádico juego que pretendía plantear metiendo también al asqueroso de Víctor. Con un valor que en persona no tenía me dispuse a escribirle. Entré en mi conversación con él y me encontré con aquella última frase suya:

“Hoy no me hables, lo que sea será con ella, con Víctor y conmigo. Creí que habías aprendido, veo que no, te dije que dejaras de hacer el imbécil. No respondas a esto.”

No me amilané ante aquella amenaza. Aunque sabía que todo iba demasiado rápido, que cinco minutos atrás estaba tranquilamente con mi portátil, observando a María en silencio, que quizás me estuviera precipitando… Pero estaba decidido. Lo iba a hacer. Escribí:

“Estás forzando demasiado. Ella pasa de Víctor”.

Lo escribí del tirón. Por una vez. Convencido. Lleno de razón. Aunque inevitablemente tenso.

Edu estaba en línea, pero no respondía. María se había llevado el móvil, pero no me daba la sensación de que estuviera escribiéndose con ella; además porque la escuchaba abriendo y cerrando puertas de nuestro armario.

Finalmente me respondió:

—¿No te he dicho que no me hablaras más?

—Me da igual —respondí, nervioso, sentado en aquel sofá, acalorado, pegado a la pantalla.

—¿Sí? ¿te da igual? Mira, te voy a reconocer que una duda sí tengo: ¿Has puesto a follar a María con alguien más?

—No te voy a contestar a eso —escribí ya infartado, podía sentir la presión casi como si le tuviera delante.

—A follar con alguien más que con el Álvaro ese, quiero decir.

Cuando leí eso en la pantalla sentí como si un rayo cruzara mi cuerpo de arriba abajo. Apagué la pantalla, como un resorte, como en un espasmo involuntario, como si por apagar la pantalla aquella frase no hubiera existido.

Pero sí, existía.

Me quedé sin respiración. No me lo podía creer.

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