ALBERTO MORENO

Don Sergio Azucarado presidente del Banco Nacional, enjuto, de tez cetrina, portaba en sus ojos una mirada penetrante que desnudaba al instante a su interlocutor. Este sentía un frió invisible que penetraba en lo mas profundo de su cuerpo.

Protegía sus retinas con unas lentes de montura de oro. En sociedad, hablaba poco, no reía nunca y sonreír, lo que se dice sonreír de higos a brevas y de pascuas a ramos.

Cuando lo hacía dejaba ver su dentadura. Los caninos estaban forrados de un oro más puro y macizo que los lingotes que guardaban los sótanos de su banco.

No gritaba jamás ni mostraba enojo alguno.

Sergio Azucarado podría ser el hombre mas rico del país, pero nadie sabía absolutamente nadie, donde y cuales eran sus propiedades.

El Presidente de la Republica cuando departía con él cuidaba muy mucho las formas y el respeto.

Don Sergio vivía solo, soltero, abstenido de la carne y de todos los  pecados capitales del mundo. Solo respiraba y esto según decian los maliciosos, porque el aire era gratis.

De su pasado no había ni huella ni rastro alguno.

Parecía, que había sido toda su vida presidente de banco. Y el banco parecía que solo habia tenido un solo presidente en toda su existencia.

Sin embargo, unos 30 o 40 años antes,cuando el general Mendoza librara a la patria de la mugre de sus enemigos, Don Sergio Azucarado entonces “El Cetrino” había tenido otra vida diametralmente distante a la de ahora.

En Puerto Plata, al norte del pais, en las escalinatas de piedra de la iglesia del Cristo de Medinaceli, de rodillas, andrajoso y piojoso, negro y oscuro como un tizon, mendigaba limosna a los fieles que entraban y salian del templo.

Puede que tuviese entonces 15 o 20 años a lo sumo. Le apodaban el Cetrino, por su color de cobre viejo.

Lo hacía todo el día y todos los días de la semana. Como si no comiera y no descansara.

En la hora punta, las 11, a la salida de misa, la hora de mas trasiego  sufria una transmutación provenida mitad del cielo y mitad del averno.

Sus ojos como venidos del más allá perseguían los ojos de los fieles y si los atrapaba durante unos instantes, su boca iniciaba una plegaria y una suplica fundidas en un alegato plañidero y lastimoso del que nadie, nadie, lograba zafarse.

Era el único mendigo que lograba billetes de papel de hasta 1000 pesos en su escudilla.

Los demás, solo calderilla, monedas sueltas.

En él había reparado desde hacía algunos meses Don Justino Almanza Pastor, cofundador del incipiente Banco Nacional, pretencioso en nombre y en intenciones, pero recién nacido y con una sola oficina en el país, la de Puerto Plata, en la calle Onteniente número uno.

Era un edificio muy noble y muy prestigiado.

Antes había sido la sede de la compañía Plata y Metales del Caribe, S.A., venida a más y que vendió el inmueble para mudarse a otra de mayor tamaño.

Don Justino Almansa, banquero de vocación, estaba intrigado con las formas que aquel mendigo conseguía tantas y tan cuantiosas limosnas. Era, como un imán que atraía tanto el metal como el papel. Era lo nunca visto para el.

Había indagado en sus orígenes y nadie sabía nada de él.

Se suponía que procedía de los indios tainos, o de la selva del interior o de origen gitano o de la parte más recóndita del país.

El caso, es, que Don Justino mando llamarle a su casa y cuando vino, antes de recibirlo, ordenó lo llevaran al baño, lo fregaran, lo lijaran y lo trajeran vestido a su presencia con alguna prenda que encontraran en el ropero de los sirvientes.

“El Cetrino” parecía haber encogido con el jabón y el agua caliente. Don Justino, hombre enfermizamente higiénico no había quedado satisfecho.

Mando de nuevo que hirviesen perolas de agua, que lo sumergieran varias horas y si era preciso que echaran algo de sosa cáustica y lo volvieran a fregar con estropajos de esparto y si era necesario que lo apalearan también como a la ropa de la colada.

El Cetrino no se inmuto. Su instinto le decía que iba por el camino correcto. Se dejo torturar, mudo, sin resistirse.

Le devolvieron dos horas después a la presencia de Don Justino.

Algo había mejorado. Un incipiente lustre había aparecido en sus mejillas, aunque los caninos inferiores estaban rotos y esto desmejoraba mucho el aspecto del hombre.

Don Justino, no había dicho ni palabra que quería del Cetrino.

En el fondo, no estaba seguro de su plan. Era arriesgado y en todo caso peregrino, era como una ocurrencia de locos.

Pensaba emplearle en el banco de cajero. Tenía la premonición que los clientes traerían su dinero en mas cantidad y vendrían mas veces.

El delirio del banquero estuvo en lo cierto, es más, fue la intuición más brillante de toda su vida profesional.

Nunca, pudo imaginar que había encontrado al hombre que haría al banco, nacional  en todo el significado de la palabra.

Todavía, sin haber desvelado sus planes lo alojo en el ala más remota de su casa. Mando llamar al sastre y le encargó dos trajes completos, 5 camisas blancas y 3 corbatas.

Miro los pies del Cetrino y convino, que sus zapatos gastados podían venirle bien a el. Le cedió 4 pares.

Don Justino descontaría del sueldo durante el primer año la inversión que estaba realizando en su nuevo empleado.

Dos semanas después, traído a su presencia, fregado, afeitado, con el pelo cortado, los caninos arreglados, embutido en un traje gris oscuro y encorbatado, Don Justino dio su aprobación.

Entonces, se dignó hablarle directamente por primera vez. -¿Cómo se llama usted? -Sergio Azucarado para servirle. Estaba firme como una vela.

– ¡Desde ahora, debes olvidar lo de Cetrino. Desde ahora te harás llamar Sergio Azucarado y vas a trabajar desde mañana en calidad de cajero del banco. te instruirán y te dirán como hacerlo!.

-¡Tendrás un sueldo de 10000 pesos al mes y vivirás aquí en el ala izquierda de mi casa, los primeros 6 meses.!

-¡Te presentarás con tu cédula en la jefatura de policía para que tomen nota de tu nombre del lugar de tu trabajo, y de tu domicilio!.

-¡Si por alguna razón cometes un desliz te pasarías el resto de tu vida en un penal!.

Sergio Azucarado, no creía en Dios, ni en el Cielo, ni en los Santos, ni en los hombres, ni en la madre que parió al mundo. pero reencarnado ya con su nuevo traje en otra persona, fue a la Iglesia del Cristo de Medinaceli a decirle al Cristo que no olvidaría aquel milagro y que las velas, y la mirra no le faltarían jamás en su retablo.

De paso, quiso comprobar que los otros mendigos no le reconocían.

Y efectivamente ninguno reparo en él, salvo para pedirle limosnas que Sergio Azucarado rehusó darles,como si de truhanes o malhechores se tratara.

—–Fin—-

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