AURELIA JIMÉNEZ

Prólogo de la autora

La presente novela histórica, no pretende ser un reflejo fiel de datos, fechas, personajes ni acontecimientos. He querido aproximarme al relato histórico, pero de forma esporádica, dando prioridad a la sucesión de acontecimientos que el ensueño va dictando.

A principios de 2020 elijo al personaje: Marco Antonio. Luego juego a espiarle tras la mirilla del tiempo, fabulando aquello que no se cuenta en los libros, intuyendo las palabras que un día se pronunciaron y de las que tan solo fue testigo el viento.

Juega tú también, querido lector, a ir descubriendo nuestro Marco Antonio. Juega a verle nacer en la Roma del 83 a.C. Juega a verle entrar en las élites políticas del Imperio de la mano de Julio César. Contémplale sobre su caballo blanco dirigiendo las tropas en la guerra contra los galos o durante la segunda guerra civil. Asiste invitado por mi pluma y sé testigo de otra historia, esa que no se ha contado, esa cuyos detalles jamás fueron desvelados, pero que yo desempolvo en exclusiva para ti, al oído, en secreto. La historia de la  debilidad de su carne, la de sus lujuriosas orgías. Te abriré las puertas de su alcoba y contemplarás muy de cerca, las escabrosas escenas de sus encuentros prohibidos y serás el único espectador de las más intimas escenas del romance más famoso de la historia, el de Marco Antonio y Cleopatra.

Sé bienvenido, Pasa.

 “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?” (Groucho Marx)

 

CAPÍTULO 1

Era la hora tercia de un soleado martes del mes de marzo del año 44 a.C. Y Las calles de la capital del Imperio Romano bullían de actividad. En el ambiente flotaba, no obstante, una gran consternación por el reciente asesinato de Julio Cesar.

El comandante Quinto Delio, más político que militar, dirigía sus adiposos pasos hacia el  mercado. Amigo del buen yantar, solía ir casi todos los días a curiosear entre los vinos y licores, y entre las viandas y especias.  Jamás dejaba de ir los martes, día en el que tenía lugar la venta de esclavos.  Esta vez, además, iba a encontrarse allí con sus cuatro senadores más íntimos. Había demasiados cabos sueltos, tras el magnicidio.

De repente se paró. La estampa merecía la pena. Observó al joven morisco andando con elegante porte, delante de cuatro corceles blancos de cuyas riendas tiraba. Era en extremo agraciado y parecía saludable. Sus cabellos ensortijados, negros como el azabache, enmarcaban un rostro anguloso, de poderoso mentón. Alto, fornido, con la piel oscura y endurecida por el sol y el trabajo.

–Tendrá unos veintidós años –pensó Quinto.

El muchacho llevaba los cuadrúpedos a herrar en la casa de Licinia, afamada herrería romana. Los dos empleados de la viuda del general Cornelius, llevaban más de quince años trabajando allí y toda la ciudad valoraba sus habilidades.

– ¡Eh, muchacho!

Gritó desde el otro lado de la calzada. Quinto Delio utilizó un tono firme pero intencionadamente dulzón.

El joven detuvo con su poderoso brazo los cuatro equinos egipcios y volvió la mirada hacia el romano obeso  y cincuentón que le miraba orgulloso, enfundado en una impecable túnica blanca. Quinto se le acercaba moviendo pesadamente sus generosas carnes, sin prisas. No le conocía, pero sin duda era militar. Solo los militares podían portar un haz de lictores de oro colgado al cuello.

– ¿Hablas conmigo, mi señor? –Preguntó con respeto, bajando la mirada, cuando el comandante llegó a su altura.

–Sí. Tú lo has dicho. Contigo hablo. ¿De quién son esos hermosos corceles?

–De Trácimo, mi señor, el mercader fenicio que vive junto al teatro.

– ¿Trabajas para él?

–Soy su esclavo.

– ¿De dónde eres y cómo te llamas?

–Me llamo Samuel, señor. Trácimo me compró en  África hace dos años. Soy esclavo desde mi niñez.

Quinto Delio dedicó a Samuel una sonrisa. Las preferencias homosexuales del romano eran públicamente conocidas.

–Nos veremos Samuel –terminó Quinto Delio apoyando la mano sobre el musculoso hombro dorado de Samuel. –Sabrás de mí. No te entretengo, prosigue tu camino.

Quinto contempló a los cuatro caballos blancos y al hermoso esclavo moreno perdiéndose entre la multitud.

Seis denarios de plata fue el precio que Trácimo el comerciante, pidió al emisario de Quinto Delio por cederle los servicios del esclavo Samuel durante una semana.

El comandante Quinto Delio era un consumado oportunista. Dominaba como pocos el arte de la hipocresía. Capaz de hacer creer a las víctimas de su perfecta escenografía, cuanto conviniese para sus intenciones. Manipulaba los argumentos y la dialéctica tan hábilmente, que era casi imposible detectar la finura con la que maquillaba los hechos y las explicaciones en su interés. Su traición a Publio Cornelio Dolabela para unirse a Cayo Casio Longino, había sido de lo más comentado en Roma. Pero no había transcurrido ni un año desde aquella traición, cuando los servicios del comandante habían vuelto a cambiar de cliente. El cónsul Marco Antonio había pasado a ser ahora su mentor, y a su servicio se empleaba con total dedicación. Entre Marco Antonio y Quinto Delio había ido cimentándose primero y después creciendo una gran amistad.

Marco Antonio le solía encargar las misiones diplomáticas más delicadas. Por orden directa del Cónsul, Quinto había viajado a Alejandría para tratar con la reina Cleopatra varias veces. Luego había recibido la misión de ir a Judea para asesorar al rey Herodes I el Grande en la campaña de expulsión del usurpador Antígono Matatías.

Más tarde Quinto Delio participó en la campaña de Antonio contra el Imperio parto. E incluso se llegó a ocuparse de los asuntos más personales del Cónsul, y llevar a cabo instrucciones para persuadir al rey armenio Artavasdes II de que casara a su hija de cuatro años de edad con Alejandro Helios, de seis años e hijo de Antonio y Cleopatra.

Pero el comandante Quito Delio, amigo de hacer burlas y comentarios jocosos sobre acontecimientos y persona, ejercía además como intermediario de Marco Antonio en la delicada misión de satisfacer los caprichos eróticos del Cónsul. Siempre en la forma absolutamente discreta que exigía la seguridad y el cargo.

Aurelia era una hermosa y joven esclava persa. Servía en la casa de Quinto Delio desde siempre, pues había nacido en cautividad, hija de una de las esclavas que servían en las cocinas. Si bien, el orondo comandante estaba fuera de toda sospecha sobre la paternidad de Aurelia, pues a Quinto no se le conocía trato con mujeres. La cocinera había quedado fecundada en una  fiesta en la que fue requerida por varios de los invitados en una misma noche.

Aurelia, a sus diecinueve años, era tan sumamente bella y exquisita, que representaba un verdadero placer su simple contemplación. Los ondulados y negros cabellos de la joven esclava se derramaban graciosamente por sus hombros cubriendo unos generosos, que no excesivos pechos y enmarcando un rostro fino, de mirada oscura y profunda. La diadema de cuero con un gran zafiro que Quinto la obligaba a llevar dejaba la piedra centrada en la frente de la joven, un dedo por encima de las gatunas y pobladas cejas. La niña emanaba sensualidad, sin pretenderlo y provocaba que cualquier hombre que se cruzase con ella, se diese la vuelta para contemplar el vaivén de sus  perfectas curvas bajo la túnica, que portaba ceñida a la cintura dejando ver sus admirables proporciones.

Quinto Delio ultimaba aquel día todos los detalles para agasajar a Marco Antonio con un banquete. Samuel y Aurelia, pensó Quinto, iban a ser la guinda de aquel homenaje.

El emisario entró en la villa de Quinto Delio pasada la hora tercia. Marco Antonio había contestado  afirmativamente a la invitación del comandante.

Marco Antonio llegó ya de noche a las puertas de la casa de Quinto en las que esperaba el mofletudo comandante, ataviado con sus mejores galas.

– ¡Quinto, amigo! –dijo Marco Antonio tras bajarse del corcel, abriendo sus brazos.

Marco Antonio no era muy alto. De estatura media, su poderoso torso y sus fuertes brazos le daban una apariencia que imponía. Atractivo a las mujeres, con un pelo rizado cortado recto sobre la frente. Gustaba de entrenar la espada corta con sus legionarios y era conocida su habilidad para la lucha griega.

Sin duda, pensó Delio al verle llegar, Marco Antonio estaba mucho más radiante vestido de general. Sin embargo aquella túnica de seda blanca ribeteada con bordados en oro le caía perfecta. Ambos hombres se fundieron en un abrazo largo e intenso.

– ¿Cómo ha sido? Hay demasiadas habladurías. Dime como murió Cesar. Sólo me puedo fiar de ti, Quinto.

La confianza que demostraba Marco Antonio en él le llenaba de orgullo.

–Termina los preparativos del banquete –ordenó Quinto a Junio, responsable de su casa. –Voy a hablar con Marco Antonio en el peristilum. Que nadie nos moleste. Cuando esté todo listo nos avisas.

Junio asintió con una reverencia y salió corriendo. Quinto tomó del brazo a Marco Antonio y atravesaron juntos el vestíbulo camino del peristilum. En el patio interior, Quito había hecho construir un estanque inmenso. La noche era templada para un mes de Marzo. El rumor de la fuente que centraba el estanque y el susurro de la brisa en los árboles aumentaban la sensación de paz del recinto.  Se sentaron en uno de los bancos de mármol blanco que bordeaban el peristilum, junto a la línea de cipreses. Y el comandante comenzó a describir al Cónsul los hechos:

– Julio acudió al Senado sin más protección que la compañía de sus colaboradores más cercanos. Antes de que diera comienzo la reunión senatorial, los conspiradores se apiñaron en torno a él. Fingían pedirle distintos favores. Lucio Tilio Címber le reclamó que perdonara a su hermano que se encontraba en el exilio. Mientras Julio trataba de calmar al grupo, Címber tiró del manto de César haciéndolo resbalar de su hombro. Esa era la señal. Casca sacó un puñal, pero solo fue capaz de arañar el cuello de Julio. César forcejeó con valor. Se defendió heroicamente, sin demostrar cobardía en ningún momento. Ya lo conocías Antonio.

Marco Antonio, que hasta entonces había escuchado con ambos codos apoyados en las rodillas, con la mirada perdida en los reflejos de la noche en el estanque, ladeó la cabeza hacia su amigo.

–Sí Quinto. Prosigue.

–Cesar no solo se defendió de los ataques, sino que hirió a Bruto en el muslo con el puñal que solía llevar. Tú Antonio sabes al que me refiero.

¿El del zafiro gigante en el mango?

–El mismo. Sabes que solía llevarlo oculto bajo la manga.

–Bruto ha sido siempre un ser cobarde –apuntó Marco Antonio, – Un ser ruin y despreciable, pero jamás le consideré capaz de semejante traición –dijo como hipnotizado.

No había luna y el cielo lucía claveteado de estrellas contemplando la triste conversación.

–Con sus últimas fuerzas –prosiguió Quinto, – antes de morir, se cubrió el rostro con la túnica para darle dignidad a su presencia. El pavor se propagó por el Senado, los senadores que no tenían manchada la ropa de sangre huyeron del lugar enseguida.

Tras un largo silencio en el que Quinto dejó que la imaginación de Antonio reviviera el tremendo final de su mentor, Antonio recompuso la expresión, hasta entonces compungida y habló:

–Morcuende tiene sólo 18 años. Pero debe ser él quien ocupe el trono. Era la voluntad de Julio Cesar –aseguró, aún con la expresión algo ausente. –Julio Cesar nunca fue de mi total agrado. Tú lo sabes Quinto. Pero aún así no merecía ese final. Pero…bueno, eso no importa ya.

–Recuerdo tus presentimientos sobre el final de Julio –apunto Quinto. – ¿Y cuáles son tus intenciones ahora? Debes actuar con cautela. Tu vida y…la mía junto a ti, corren peligro. No es que me preocupe por mi seguridad Antonio, pero de nada le serviríamos a Roma si morimos.

–Lo sé…lo sé. Tengo que tomar el control de Roma, estoy obligado a ello, Quinto. A  pesar de que el sobrino de Julio, Morcuende, ocupe el trono. Es demasiado joven para resolver esta situación, demasiado inexperto. No puedo dejar que el imperio se desmorone. Esos asesinos pagarán con su vida. Restauraré la memoria Julio Cesar y perseguiré a esos traidores hasta dar con sus huesos en la tumba.

–Pero  Morcuende no estará dispuesto a cederte el poder, y dejar que seas tú quien tome las decisiones, aunque sea en la sombra.  Sabes lo orgulloso que es ese mocoso.

–Eso ya lo sé, era de esperar. Pero ese mocoso, como tú dices, necesita el respaldo de las legiones para mantenerse en el trono y tú, Quinto, sabes que las legiones me son fieles. Morcuende no será impedimento para que se haga lo que se ha de hacer –sentenció.

Delio miró con admiración a Marco Antonio. Y éste le adivinó el sentimiento y sonriéndole, apoyó su mano en el hombro del comandante.

–No te preocupes amigo – le tranquilizó. –No pienso derramar sangre. O… como mucho la indispensable… De momento…

Ambos reían cuando Junio apareció en la puerta del recinto.

–Mi señor, la cena está servida.

–Pasemos dentro. Siempre hay que hacer un alto en el camino para tomar un respiro –invitó el comandante.

–Tú siempre tan mundano, Quinto –le recriminó Antonio. Y ambos rieron de nuevo

Los dos hombres se levantaron del mármol blanco y se encaminaron hacia el interior de la casa. Caminaban sin prisas, en silencio, degustando el aire templado de la noche estrellada.

Si algo no desdeñaba un romano era el placer de la buena comida. La sala de la casa de Quinto destinada a tal fin, el triclinium, era la estancia más grande y suntuosa. Llamaban la atención las pinturas murales con escenas de caza y el precioso mosaico del suelo, que representaba motivos geométricos de inspiración árabe. Toda la estancia estaba adornada con almohadones y lujosas telas. Quinto y Marco Antonio se reclinaron en sus literas a ambos lados de la mesa, uno frente al otro. La luz era casi mágica, procedente de los cuatro candelabros, uno en cada esquina, dibujando sombras bailarinas por toda la estancia.

Antes de comenzar, Quinto procedió a la libación a los dioses protectores de la casa. Marco Antonio sonrió. Le gustaba que se respetaran las tradiciones. Después los dos hombres lavaron sus manos.

Primero los empleados colocaron un aperitivo a base de uvas, sandía y otras frutas, le siguió un servicio de pescado asado y ostras. El solomillo de venado hizo su aparición como plato principal de la cena y terminaron con unos pastelitos egipcios de frutos secos y miel.

Hablaron profusamente de los actores protagonistas en los recientes acontecimientos. No era fácil discernir responsabilidades y Marco Antonio quería ultimada en su cabeza la lista de los futuros represaliados.

Quinto Delio hizo sonar las palmas con fuerza al terminar los postres. Dos empleados retiraron las viandas y limpiaron la mesa y el suelo de los restos de comida, dando comienzo la commisattio o degustación de vinos.

Quinto Delio había dado orden de que a los vinos les dejasen solos y que entrasen en el triclinium Samuel y Aurelia.

El comandante estaba llenando las copas de vino dulce con canela, cuando obedeciendo escrupulosamente las instrucciones de Quinto, Samuel entró en el triclinium de la mano de Aurelia. Parecían dos ángeles por su belleza y juventud. Samuel totalmente desnudo, ante el agrado evidente del comandante. Aurelia tan solo ataviada con una túnica de gasa casi transparente.  Sus senos y el pubis se distinguían con descaro bajo la tela.

Delante de la mesa se habían colocado a modo de alfombra media docena de grandes almohadones. Samuel tenía instrucciones precisas de Quinto en cuanto a lo que debía hacer, pero Aurelia no sabía lo que iba a pasar, tan solo se le había ordenado que sonriese a Marco Antonio constantemente y que pasase lo que pasase, sus ojos no debían desviarse de los del invitado.

La joven esclava sabía que debía obedecer, pero en esta ocasión lo iba a hacer con gusto. No eran desconocidas para Aurelia las hazañas de Marco Antonio, ni lo apuesto del Cónsul.

Marco Antonio y Quinto degustaban las dos primeras copas de vino. Samuel se colocó detrás de Aurelia, tras situarla de pie sobre los almohadones, mirando de frente hacia la mesa.

Apartando los cabellos de la joven, descubrió el esbelto cuello moreno y depositó un beso que erizó la piel del brazo de la doncella.

–Quinto. Tú siempre tan acertado. Sabes cómo agasajar a un invitado –comentó Marco Antonio satisfecho con el espectáculo.

Aurelia le sonreía como se le había ordenado, mientras Samuel seguía besando con dulzura el divino cuello desde la oreja hasta el hombro.

– ¿Cómo te llamas, esclava? –pregunto Marco Antonio a la joven.

–Aurelia, mi señor –Contestó, sin dejar de sonreírle, sintiendo la creciente dureza de Samuel oscilando contra la gasa, chocando entre las esferas de su trasero.

Samuel, sin dejar de besarla, remangó la túnica de gasa hasta la cintura de la joven.

Marco Antonio estaba realmente maravillado con la perfección de la curvas en aquél cuerpo. Le encendía la mirada constante de ella, fija en sus ojos. Sintió el erotismo subir por sus venas como un hormigueo que colonizaba el vientre y cargaba su masculinidad. En cada trago de vino la sentía más voluminosa y sensible.

Samuel había llevado una mano entre las piernas de Aurelia y comenzaba a mesar el ensortijado bello de la entrepierna, colando la yema del dedo anular en el montículo, justo en el inicio del desfiladero. Luego lo movió delicadamente, rozando mansamente.

Aurelia miró con ojos de deseo a Marco Antonio, cerrándolos parcialmente y entreabriendo la boca. No podía evitar sentirse presa de la lujuria, porque con el remangue de la gasa, el retoño de Samuel se topaba directamente contra la cálida unión de sus grupas. Observada por los dos señores, sin apartar sus ojos de Marco Antonio, sintió un escalofrío recorrerla desde los pies hasta la nuca cuando Samuel le mordió la oreja. Su piel se tornó erizada y su respiración se hizo más sonora.

Arqueó la espalda para encontrarse con más contundencia contra Samuel, que ya no podía crecer más, apuntando hacia el techo el brote poderoso. Él, con la otra mano, remangó la gasa sobre los senos, mostrando a los señores las redondas carnes, blancas y temblorosas, coronadas con rosados botones, duros y sensibles.

–Pellízcala –Ordenó Marco Antonio.

Los dedos del criado africano, obedientes levantaron los senos alternativamente, cogidos con fuerza de sus puntas, mientras Aurelia, gimiendo, encajaba entre los muslos al joven, bailando sensualmente las caderas.

–Sin duda –pensó Marco Antonio cruzando su mirada con los sinuosos parpadeos de Aurelia, –aquella esclava sabía cómo comportarse.

–Cuando estés  en plenitud –había ordenado Quinto a Samuel antes de la celebración –llevas a Aurelia hasta la hamaca de Marco Antonio y tú te vienes a la mía.

Así lo hizo, y la joven quedó hierática, de pie frente al Cónsul.

Marco Antonio remangó su túnica mostrando a la esclava lo que la escena anterior había provocado en su fertilidad. Ella entendió la invitación y, dócilmente, se arrodilló junto al palanquín y dejando de mirar por primera vez los ojos del Cónsul, agachó la cabeza y comenzó a degustar lánguidamente la longitud del renuevo. Bajaba rozando su naricita, contra la piel fina, humedeciendo con la cálida lengua. Antonio bebía vino, suspirando a causa del goce que le regalaba Aurelia.

–Métela entera –ordenó.

La joven boca, disciplinada, enseñó por un momento los blancos y perfectos dientes, totalmente abierta y a continuación dejó que entrase en ella, acariciando por debajo con la lengua, rozándola por encima contra el paladar. Jugó así durante varios minutos, a introducir y sacar, mientras el Cónsul dejaba escapar largos gemidos ahogados en vino.

Marco Antonio miró a su anfitrión, que realizaba parecidas labores en el pimpollo de Samuel.

Sobre los almohadones del suelo Antonio hizo suya a la esclava, colocándola sobre sus manos y rodillas, a modo de yegua, disfrutando del espectáculo de las ancas ofrecidas y la granada abierta antes de poseerla.

Quinto no pudo aguantar el placer que le otorgó sentir la mano de Samuel agasajar su erección mientras le sodomizaba y concluyó el primero.

Marco Antonio no tardó en culminar dentro del cálido cobijo de la mina de Aurelia.

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