ISA HDEZ

Mi madre siempre está activa, risueña, vital, bien peinada, en movimiento de aquí para allá. Su figura mágica para mí siempre es la misma, da igual los años que pasen por su vida. Sin una queja de las penurias que le tocó sortear en su camino, manejando el timón del barco siempre con el rumbo que marca el viento, sin desviarse ni un ápice. Casi ochenta y siete años van ya sobre sus espaldas, sin fallar un solo día, siempre mira al frente. Me gusta verla transitar por la casa con su libertad de movimiento, tanto físico como mental, dando ejemplo en todo lo que hace, coherente en lo que señala. Mi madre no tiene carrera, pero sabe lo que no saben los que sí la tienen, posee la carrerilla de la vida, esa que hay que recorrer paso a paso, sin recursos, como la hizo ella, utilizando las sapiencias de la existencia misma para subsistir; y alimentar seis hijos y, educarlos en las buenas maneras, en el respeto por los demás, sin que ninguno se torciera, como revela  cada tarde cuando me hace el café. Mi madre es el centro de mi existencia, es una necesidad vital que me empuja por el sentido del camino; sin ese empuje no tiene aliciente caminar. La guardo en mi pensamiento en cada paso del sendero, mientras tropiezo con los tiestos de helechos y petunias, que me rozan las piernas al pasar. Cuando estás frente a ella, te observa de arriba abajo y no se le escapa pormenor alguno, ni el más mínimo detalle le puedes ocultar; otra cosa es que ella lo deje pasar, como hace tantas veces para no molestar. Su mirada es franca, da sensación de calma y adviertes cuanta falta hace esa mirada con la que te escruta cada día. Ella es la que me nota triste o alegre sin preguntar, la que sabe si necesito algo sin indagar, la que no pide, la que solo da. Lo da todo, siempre que ella repare que te hace falta, solo ella lo sabe ver. Cuando la observo descubro siempre algo nuevo en su rostro, y también le noto cualquier cambio con respecto al día anterior. Sus ojos ahora son más pequeños, se han ido cerrando por el tiempo, pero su sabia mirada no ha cambiado, siempre de frente, a los ojos, vigilante, … su mirada permanecerá en mí por siempre. Sin ese atisbo no sé si sobreviviré. Qué no se apague la llama. Que tarde mucho tiempo en enfriarse su calidez. Ese calor es el que mueve mi universo. La mirada de mi madre es el centro de mi razón de ser. Sin ella nada tiene sentido, se apaga mi luz.

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