TANATOS12

Capítulo 11

En aquel momento llegué a entender un poco más qué le pasaba a María. Y es que, se la veía más afectada por una orden de Edu que por aquella especie de pseudo orgía con Álvaro, Guille y Sofía. Me preguntaba cómo era posible, pero así era. Aquellos susurros de Edu en la terraza mientras ella tenía a Víctor detrás parecían sobrepasarla más que lo sucedido en casa de Álvaro.

A veces, cuando María había estado con Álvaro o con Edu, yo había llegado a sentir a través de ellos. A sentir lo que era el tacto, el olor, las sensaciones con María, pero como si ella fuera casi una desconocida para mí. Como si fuera mitad yo, excitado e inmóvil por lo que veía, y mitad ellos, sintiendo, sintiéndola. Aquella situación me recordaba a la actual, pues podía llegar a sentir la dominación sobre María, durante fracciones de segundo… Me sentía Edu por instantes, como si fuera un sueño en el que eres otra persona; podía llegar a sentir lo que es tener a una mujer como María bajo tu dominio. Y se me erizaba la piel.

Cuando le había preguntado el porqué de la obediencia a vestirse como él le ordenaba, me había respondido que no era excitación lo que sentía, sino que le gustaba que él estuviese pendiente de ella. Aquella explicación no me acababa de convencer, tenía que haber algo más, un sentimiento más fuerte.

Cuando el audio terminaba, cuando Begoña se callaba, yo ponía inmediatamente aquel bendito sonido otra vez. María no protestaba por aquel bucle y seguía masturbando aquella polla mínima. Si maldecía aquel reparto en el que Begoña salía tremendamente favorecida obviamente no lo exteriorizaba.

Mi novia me masturbaba, contenida, pues su prisa era palpable. Y es que se movía en una delgada línea: por un lado quería excitarme para que yo no me negase a cumplir su objetivo de obedecerle, pero por otro sabía que no podía acelerar sus movimientos, ya que me dejaría fuera de combate, y eso sería fatídico.

Cerré los ojos y me pregunté cuanto habría de excitación real en aquella paja que me hacía María y cuanto de necesidad de no decepcionar a Edu. Quizás fuera un ingenuo, pero me daba la sensación de que sí había deseo también hacia mí y aquello me retrotraía a aquellas semanas en las que claramente sentía que aquello no había sido así. Me preguntaba por qué a veces sentía que María me deseaba y a veces sentía que no.

Yo en aquel momento no lo sabía, pero pronto mi novia me explicaría el por qué.

Se hizo un silencio, pues Begoña dejó de gemir y María dejó de masturbarme. Dejó mi miembro caer, duro y lagrimeante, sobre mi vientre, y su rostro fue hacia el mío.

Tumbados, en la penumbra, con su boca cerca de mi oreja, pensaba que me lo pediría en cualquier momento. “Fóllame, hazme gemir, para enviarle mis gemidos a Edu, para que me perdone por no haber calentado a su repugnante amigo”. Esa era la frase que lógicamente nunca saldría de su boca, pues todas sus peticiones eran a través de gestos, no de palabras.

Ella esperaba un “vale, súbete encima” y yo disfrutaba de sus prisas.

Me besó en la mejilla. En el cuello. Apartó el móvil que aun yacía sobre mi torso y lo dejó a mi lado. Y fue descendiendo. Reptando. Besando mi pecho, mis pezones, mi abdomen, mi ombligo. Dejando trazos del maravilloso tacto de sus pechos en contacto con el mío… dejando también un reguero de besos mínimos y sonoros, y finalmente unas caricias de su melena por todo mi torso, produciendo en mí unas cosquillas placenteras y relajantes.

Besaba por la zona de mi vello púbico, a un lado y a otro de mi miembro, jugando a retrasar una felación que, pensando mal, prometía ser una dádiva de conveniencia, cuando dijo:

—Pon la nota de voz otra vez si quieres.

Me empezaba a llamar tanto la atención que pensara que yo necesitaba de especial convencimiento que llegaba a plantearme otra hipótesis y era que quizás los tiros fueran más enfocados a un sentimiento de culpa por su parte, por embarcarme en su propósito.

—¿Sí? ¿Lo pongo otra vez? —le pregunté.

—Si quieres, sí.

—Lo pongo si a ti también te pone.

No obtuve respuesta y noté como recogía mis huevos con una mano, ya completamente agachada entre mis piernas, aun en bragas y con la chaqueta del pijama abierta.

Miré hacia abajo y solo vi penumbra y su melena. Sentí entonces como con un par de dedos despegaba mi miembro de mi abdomen y lo hacían erigirse hacia el techo. Alargué mi mano y alcancé su teléfono… le di al play… Begoña comenzaría a gemir en cualquier momento… y de golpe sentí un calor inmenso, desde la punta de mi miembro sentí que todo mi cuerpo subía diez grados de temperatura. María engullía mi polla, se la metía entera y golpeaba con su lengua de forma aleatoria y arrítmica, y yo dejé caer mi cabeza hacia atrás y la mano que sostenía el móvil cayó muerta. Cerré los ojos y escuchaba como Edu se follaba a Begoña mientras María me acariciaba los huevos con una mano mientras me la comía con la boca con pequeños movimientos arriba y abajo.

Alucinaba con el calor que me hacía sentir solo por lamer, chupar y engullir aquellos pocos centímetros de mi cuerpo. Era una mamada especialmente húmeda, como si estuviera contagiándose por la salvaje sesión de sexo de Edu y Begoña. Cuando ésta gritó, por enésima vez aquella noche aquel “¡Edu mmm… cabrón..! ¡qué bien me follas…!” noté movimiento y, abriendo ligeramente los ojos, vi como María llevaba su mano libre a algún punto entre sus piernas. Y, cuando los cuerpos de Edu y Begoña proferían un ruido atronador, mi novia ya había conseguido colar aquella mano por debajo de sus bragas. Me la chupaba mientras se masturbaba y todo edulcorado con el polvazo y el inminente orgasmo de su compañera de despacho.

Me preguntaba qué sentiría María, si al escuchar aquellos gemidos su mente iría a la noche de la boda, si se imaginaba que era Begoña, si sentía envidia de ella, o si estaba tan centrada en ponerme a punto para hacerla gemir que no dejaba volar libre su imaginación.

El audio terminó y María ya no pudo más. No pudo disimular más sus prisas. Pensé entonces que su ansia seguro no era tanto porque yo la penetrase sino por conseguir cuanto antes el perdón de Edu. Se incorporó y se subió a horcajadas sobre mí. Apoyó mi miembro contras sus bragas, que eran del mismo color que su pijama, acarició mi abdomen, mi pecho, me miró, movió su cadera un poco hacia adelante, después hacia atrás, empujando mi miembro, aplastándolo un poco… como si sus bragas, si su coño, fuera un rodillo… y me dijo:

—¿Lo hacemos entonces?

En ese momento su móvil se iluminó. Nos iluminó. Lo cogí, lo levanté un poco y ambos pudimos ver que no era Edu reprochándole su incumplimiento, sino Álvaro escribiendo cuatro signos de interrogación.

No dije nada, pues no quería atosigarla, y ella tampoco, seguramente porque no quería que nos saliéramos de dónde estábamos, con Edu y Begoña.

Se hizo un silencio ciertamente incómodo. Yo no quería abusar de su situación: agobiada por Álvaro y Guille e inquieta porque el tiempo pasaba y no recompensaba a Edu. Pero no pude evitar aprovechar aquella posición de debilidad suya para recabar más información:

—Joder… vaya momento para escribirte.

Ella no dijo nada.

—Solo dime qué es Álvaro —dije.

—¿Cómo que qué es? —dijo, en tono afable, con una de sus manos en mi miembro, aplastándolo un poco contra su entrepierna, contra sus bragas.

—Sí, que fue para ti… o qué sigue siendo.

—¿Qué fue para mí? Pues qué iba a ser… Pues… fue… —titubeó, desviando un poco la mirada. Yo veía su torso, erguido, orgulloso, pero apenas podía ver con claridad sus pechos, por la chaqueta medio abierta y por su melena hacia adelante— Fue… nada… fue… pues… una polla.

—¿Una polla?

—Pues sí —dijo ya mirándome.

—¿Y… Guille?

—Guille… un error.

—¿Un error? ¿Por qué?

—Lo de Guille fue… no sé… no sé ni cómo pasó. Pero fue un error.

—¿Y Sofía?

—Sofía y ya está, ¿no?

—¿Qué? —pregunté.

—Que esta de Sofía es la última pregunta.

—Sí.

—Pues Sofía una loca que espero no volver a ver en mi vida.

—¿Por qué?

—No respondo a más —sonrió.

Se hizo un pequeño silencio que yo quise romper compensándola por sus respuestas:

—Quieres… ¿Entonces nos grabamos…? El sonido.

No es que esperase una exteriorización explícita de alegría por parte de María, pero al menos esperaba alguna reacción. No expresó ningún gesto, hasta pasados unos segundos, tras los cuales se sacó la chaqueta del pijama y la posó a un lado. Ahora solo su melena me impedía ver sus pechos, pero de nuevo su pelo dejaba las rendijas suficientes para ver parte de sus areolas y pezones.

Esperaba que se quitase las bragas y me montase. Pero lo que hizo fue llevar sus manos a su ropa interior… tirando de ella hacia arriba… haciéndolas estirar un poco, haciendo que la seda azul marina marcase claramente sus labios… gruesos… salientes… A horcajadas sobre mí, casi de rodillas y matándome con aquella visión, me pidió que pusiese otra vez el audio de Begoña y Edu.

Mi mano fue obediente y temblorosa. Busqué el chat y le di al “play”. Lo que pasó después me dejó sin respiración. Yo no sabía qué hacer, ni dónde poner las manos, lo que hacía María era demasiado delicado, demasiado erótico como para enturbiarlo. Durante el primer minuto se mantuvo marcando su coño con sus bragas, siempre con delicadeza… y después con más fuerza, pero igual templanza, hasta casi incrustárselas por completo entre los labios, todo en un juego calmado. Lo hacía sin gemir, sin emitir ningún sonido. El único sonido provenía de Begoña. Los labios de su coño llegaron a sobresalir, cada uno a un lado de la seda azul marina. Estuve tentado de palpar con la yema de mis dedos aquella textura delicada, pero me contuve… y después, cuando Begoña ya gritaba el nombre de su amante, aquellas bragas fueron apartadas y María comenzó a acariciarse… y el audio terminó y no fue necesario que me lo pidiera, sabía lo que quería. María con los ojos cerrados, con sus rodillas a ambos lados de mi cuerpo, echando su cabeza hacia atrás y abriendo un poco la boca, aunque en silenció, frotó su coño y su clítoris al son del polvazo que Edu le echaba a aquella cría y con el “¡Edu mmm… cabrón..! ¡qué bien me follas…!” su boca se cerró, mordiéndose el labio inferior, contenida, como lo era conmigo, pues solo la había visto soltarse hasta el extremo con dos amantes de verdad como Álvaro y Edu.

El audio volvió a terminar y una María temblorosa, acalorada, pero sin rastro de vergüenza, se deshizo de sus bragas y volvió a montarme. Echó toda su melena hacia atrás y pude ver su torso, sus tetas hinchadas y sudadas, brillantes, por la humedad caliente. El impacto de su torso así expuesto era brutal, con aquellas tetas enormes cayendo ligeramente y repuntando al final, hacia arriba y hacia los lados…

Se incorporó un poco. Mi polla no había dejado de estar dura en ningún momento. Me la agarró con una mano, me miró… apuntó durante unos segundos… hasta hacer que mi glande separase los labios de su coño y comenzó a enterrarse, a sentarse sobre mí, obligándome a cerrar los ojos y a dejar caer mi cabeza hacia atrás. Solo emitió un leve gruñido, de necesidad más que de placer… y se la metió entera, sin problema, de una sola vez.

Aun con los ojos cerrados sentí como me montaba moviendo su cadera, dibujando un pequeño círculo, posando sus manos en mi abdomen.

—¿Cómo hacemos? —dijo seria, sin detenerse.

Abrí los ojos. Me montaba con calma, con los ojos llorosos, con toda su melena cayendo por detrás, hasta la parte baja de su espalda. Llevé mis manos a sus nalgas y respondí.

—No sé… ¿Tú qué dices?

—Follamos así un poco… y después grabas tú.

—¿Grabo yo?

—Sí. Sí, pero… graba como… con la aplicación de nota de voz. No directamente desde el chat.

—Ya…

—Si eso graba varios y ya veremos cual mandamos —dijo, siempre sin detener su cintura, en aquel movimiento de cadera que a veces era más circular y a veces hacía un recorrido claramente adelante y atrás.

La estrategia parecía clara, aunque había un gran problema que estaba a las puertas de aparecer. Sin embargo, yo en aquel momento disfrutaba del tacto de las nalgas de María, de su mirada, que era sorpresivamente desafiante, mirándome fijamente, como pidiéndome placer. Disfrutaba del movimiento hipnótico de sus pechos bambolearse, de sus pezones afilados, de sus areolas extensas, de aquellos movimientos de cadera que me mataban, del contacto de su vello púbico con el mío, de su piel, de su carne… de su belleza… Cuando me montaba así, tras haber visto cómo había montado a Álvaro, cómo la había visto con Edu, no podía evitar pensar que había nacido para follar, para follar así, con aquel temple y con aquella elegancia que era imposible que tuviera nadie más.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —pronunció ella en una frase que era más tradicionalmente mía que suya.

—Sí —respondí, con una respiración agitada que no veía en ella.

—¿Te pone Begoña?

—Sí —dije sin dudar.

—¿Te parece guapa o te pone? —insistió.

—Las dos cosas.

María se quedó callada. De nuevo sin emitir ninguna emoción gracias a la cual pudiera entender el motivo de su pregunta, y yo me aferraba a sus nalgas mientras me montaba, cuando uno de mis dedos fue sin querer casi a su ano. Ella no dio ningún respingo, ni buscó tampoco de nuevo aquel contacto. Quizás curiosidad, quizás buscando un cambio en su respiración, llevé, esta vez a propósito, la punta de aquel dedo a la entrada de su culo. Lo rocé, pero de nuevo no obtuve reacción.

—María.

—¿Qué?

—Te lo tengo que preguntar —dije y ella se mantuvo en silencio, ya con mi dedo alejado de su ano y de nuevo con mis manos en sus nalgas— Álvaro…

—¿Qué?

—Es que no sé cómo decirlo de forma suave, la verdad…

Ella no dijo nada y de mi boca salió de forma desagradablemente abrupta:

—¿Álvaro te dio por el culo, verdad?

Si el silencio anterior fue irrelevante, este fue insoportable. Quizás ella hacía conjeturas o cábalas de lo que pudiera haber visto yo o no.

—No —acabó por responder. Seria.

—¿Seguro?

—Lo intentó, pero no.

—¿Porque no quisiste?

—No.

María seguía con aquellos movimientos de cadera firmes, regios, adelante y atrás, mientras me negaba que Álvaro le hubiera dado por el culo, cuando yo había visto con mis propios ojos como se la había metido hasta la mitad. Ella pareció leerme el pensamiento, pues dijo:

—Habíamos dicho que otro día te contaría lo que pasó. Pero… a lo que pasó… no se le puede llamar así… Es cierto que algo pasó, que lo intentó… pero…

—¿Pero qué?

—Pues… ya se la has visto, ¿no? Te puedes imaginar.

—¿Que no cupo?

María se cayó. No respondió. Como dándome a entender que yo acertaba.

—¿Lo haremos tú y yo? —pregunté.

—Creí que no te gustaba.

—Nunca dije eso.

—Nunca lo has… planteado —dijo solapando la palabra “pedido” que parecía iba a salir de su boca.

María se salió de mí y se puso de cuclillas hacia mí.

—Vamos a hacerlo así mejor —dijo, dando por zanjado todo lo que tuviera que ver con Álvaro.

Se volvió a introducir mi miembro, pero esta vez ella tenía las plantas de sus pies sobre la cama y su cadera iba hacia mí y se alejaba, arriba y abajo, y apoyaba sus manos en mi pecho. Cada vez que su pelvis me atacaba, un pequeño ruido rompía el silencio, era el ruido de nuestros cuerpos chocar que quería regalarle a Edu, pero faltaba lo más importante, faltaban unos gemidos implicados y reales que pudieran competir con Begoña.

Yo ponía todo lo que podía de mi parte, moviendo mi pelvis también hacia arriba, pero ahora con el latente riesgo de correrme, pues su nuevo movimiento me mataba. Cuando movía su cadera con mi miembro dentro podía aguantar más, pero cuando me montaba, cuando me follaba así… cuando yo, al mirar hacia abajo, veía como mi polla aparecía y desaparecía, absorbida por su cuerpo, por su coño… sentía que podría correrme sin querer en cada momento. Como consecuencia de su cambio de postura y de sus movimientos ahora le caía parte de la melena de nuevo hacia adelante, parte de su cara estaba cubierta por su melena castaña, pero aun así me miraba, con los ojos bien abiertos, y con la boca parcialmente abierta, me follaba cada vez con más ansia, con un incipiente amago de respiración agitada… cuando exhaló un “graba”.

Alargué mi mano hasta coger su teléfono. Busqué la aplicación de las notas de voz y, con el temblor de mis dedos conseguí a duras penas empezar a grabar. María buscaba el choque de nuestros cuerpos, y lo conseguía. Sabíamos que ese sonido podría sonar nítido, pero faltaban sus gemidos. Ella lo intentaba y sabía que no podría fingirlos.

Durante los siguientes minutos María buscó recorridos más largos, buscando un mayor placer y un mayor choque de nuestros cuerpos, pero lo que conseguía era salirse de mi como consecuencia de la mínima longitud de mi miembro. Cuando sucedía eso, resignada, de nuevo se la introducía, rápidamente, y volvía a montarme, en cuclillas, con sus pechos rebotando hasta casi chocar una teta con la otra, con la boca entre abierta y con su mirada clavada en mí. Y de nuevo volvía a salirse. Y se la volvía a meter, llegando a un momento en el que comenzó a desesperarse. Y otra vez nuestros cuerpos chocando, su respiración algo agitada… hasta que apareció un pequeño “hmmmm” de gusto, sí, pero insuficiente, saliendo de su boca. Y se salió otra vez, e intentó volver a metérsela y entonces le dije:

—Espera, que te doy yo —en clara alusión a ponerme tras ella, buscando la postura, por otra parte, que creo que ambos suponíamos que era la de Edu y Begoña.

—¿Seguro? ¿No te correrás? —preguntó, matándome, pero con fundadas sospechas de que en aquella postura yo podría durar bastante poco.

Terminó por ponerse a cuatro patas delante de mí. Cogí el móvil, borré el inútil audio anterior y pulsé otra vez el botón de grabación. Llevé una de mis manos a su cadera mientras ella colocaba su melena toda a un lado de su cabeza. Apunté mi miembro erecto a un coño que, como tantas otras veces, me sobrepasaba, lo cual era un aliado para que yo durara más y un enemigo para que ella pudiera gemir y gritar.

—Venga, métela ya… —dijo en un tono ciertamente rozando lo despótico.

No dije nada. Simplemente obedecí. La penetré y apenas sentí nada en la inmensidad de aquel coño majestuoso y creado para retos que mi cuerpo no podía plantearle. No emitió ni un solo sonido. Me retiré un poco y volví a metérsela hasta que mi pelvis contactó con sus nalgas. Se la clavaba entera y ella ni respiraba agitadamente. Sin embargo no desistí, buscaba ese sonido de nuestros cuerpos chocar, me aferraba a sus caderas y no llevaba mis manos a sus pechos que colgaban enormes pues solo con acariciar sus tetas me correría…

Estuve un rato follándola así, duro, rápido, buscando sus gemidos, y conseguía ya algo de alteración en su respiración cuando ella, en un tono completamente neutro y sereno, dijo:

—¿Estás grabando?

Su frase fue pronunciada con tal templanza… sin rastro de agitación, de alteración… que me desmoralizó completamente.

—Sí, mmm… no hables —respondí jadeando.

—Después lo cortas —respondió impasible.

Posé entonces uno de mis pies sobre la sábana y así, con una planta sobre la cama y la rodilla de la otra pierna también posada me decidí a acelerar, comencé a follarla con dureza. Nuestros cuerpos chocaban y aquel ruido era realmente sonoro, pero María apenas jadeaba… Yo la asía por la cintura y ella movía su cabeza… su melena iba aquí y allá, sus tetas rebotaban… se dejaba follar… pero no gemía… Llegué a salirme sin querer alguna vez, y, con paciencia, contenida, María esperaba a que se la volviera a meter, sin emitir ningún sonido una vez la invadía de nuevo. Llegué incluso a pensar si todo aquello no sería un plan retorcido y macabro de Edu, conocedor de mi miembro y suponedor de cómo podrían ser nuestros actos sexuales.

María bajaba la cabeza, enterrándola entre sus brazos, entre sus codos apoyados en la cama. A veces, cuando le daba mucha caña, se llevaba las manos a contenerse los pechos para que no se le movieran tanto… Una embestida especialmente dura, pero sin conseguir su objetivo, que no era otro que un pequeño gemido, acabó por colmar su paciencia. Me lo reprochó y yo deceleré. Si había pensado que aquel reproche me dolería no fue nada comparado con lo que vino después. En un principio no la entendí claramente, o quizás no había querido entenderla.

Acabé por detenerme por completo. Me retiré un poco. Mi polla salió empapada y enrojecida de aquel coño desproporcionado, al menos para lo que yo tenía. Ella se mantuvo con la cabeza baja, entre sus brazos, entre sus codos. Mi silencio era un reclamo para que rompiera la duda. Para que repitiese lo que yo no había querido oír:

—Está… el arnés… en el cajón del armario. Si quieres…

Todo lo que vino después no fue como para que pudiera sentirme orgulloso. Cogí el móvil y deseché el absurdo audio que acababa de grabar, y pulsé “rec” otra vez. Estaba enrabietado. Hice caso omiso a su propuesta. La volví a sujetar por la cadera y volví a penetrarla. Si durante los minutos anteriores la había embestido con vehemencia lo que se produjo entonces fue aún más violento; la embestía a un ritmo frenético, mi pelvis golpeaba sus nalgas y mi polla entraba y salía de su cuerpo a una velocidad vertiginosa. El ruido de nuestros cuerpos chocando se hizo ensordecedor, pero de su boca no solo no salía ningún gemido, sino que acabó por salir un “¡¡NO TE CORRAS!!” que no fue sino un preludio, un vaticinio certero de lo que estaba a punto de ocurrir.

Yo ni sentía casi rozamiento en la inmensidad de su coño, que ni mucho menos estaba tan dilatado como después de usar el arnés, pero que aun así era demasiado para mi polla… Y a pesar de aquella amplitud yo sentía un placer inmenso… y no podía evitar correrme mientras ella gritaba un “¡¡PARA, JODER!!” que me hizo estremecer, al tiempo que mi semen me abandonaba entre chorros y mi orgasmo y mis obscenos jadeos se solapaban con un “¿¿TE ESTÁS CORRIENDO??” que aun fue más duro y sobrecogedor…

Un orgasmo largo, pero entrecortado e involuntario… tras el cual me detuve… Abochornado.

Hubiera preferido una recriminación, un reproche, incluso un insulto. Pero el castigo fue un silencio insoportable.

Mi miembro salió de allí de forma lastimosa y culpable, dejando un reguero espeso que bajaba por el interior de uno de sus muslos. Solo alcancé a decir un “voy a limpiarte” que sonó ciertamente vergonzante.

Cuando volví del cuarto de baño con el papel higiénico María ni se había movido. Fue ella la que se hizo con el papel con una mano y se incorporó para limpiarse, de rodillas sobre la cama. Yo, tras ella, veía como acababa de limpiarse con una mano y cogía su móvil con la otra. Cortó el audio. Lo borró. Y, no sé si consciente o no de que yo veía la pantalla perfectamente, le escribió a Edu: “Esta noche no puedo, lo siento”.

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