LOLA BARNON

Mi primer viaje, el de Nueva York, no había salido como yo pensaba. Sé que tuvo una fiesta, porque vi a través de las cámaras de nuestro dormitorio, cómo Isabel se cambiaba. Eligió un ajustado vestido que yo no había visto nunca. Como de color champán, con brillos y que se le marcaba de forma muy sinuosa y atrevida. No puedo mentir. Le quedaba de espectáculo. Me di cuenta de que, incluso, había aumentado la tonificación muscular. Me fijé en sus piernas más torneadas, su vientre plano, sus brazos sin que nada faltara ni sobrara. Debía reconocer que mi mujer era un pibón. Quizá no podría competir con una de esas de veinte años, pero tampoco se la quedaba muy a la zaga. Y, desde luego, no conocía a otra mejor que ella con sus años. Me dio rabia que se estuviera arreglando para una fiesta a la que yo, por supuesto, no hubiera sido invitado de haber estado en Madrid.

La vi calzarse unos zapatos de tacón muy alto, de esos que llaman de salón, retocarse el maquillaje o lo que fuera, y salir. No escuché ni a mi hija ni a mi hijo. ¿Los habría colocado para tener libertad absoluta? La puse un WhatsApp, en tono serio y la dije que iba a llamar, rogándole que cogiera el teléfono Isa o Pedrito. Aclaré que no deseaba hablar con ella.  Me contestó inmediatamente con una respuesta que me provocó un acceso más de rabia. Mis dos hijos pasaban la noche fuera con sendos compañeros del colegio. Isa con varias en casa de una amiga que solía invitar muy a menudo a pasar la noche. Pedrito, con un vecino nuestro porque habían ido al cine con algunos compañeros, por el cumpleaños de uno de ellos.

«¿Qué tal el viaje?» Me preguntó. No contesté. No tenía ni ganas, ni fuerzas para hablar con ella. «¿Cuándo regresas?» Insistió, sin conseguir que yo respondiera. Y ya finalmente, dándose por vencida, al no ver reacción alguna por mi parte, cerró el tema con un «si quieres que te vayamos a buscar al aeropuerto, me lo dices. Un beso y cuídate».

Isabel, aquel día, regresó a las siete de la mañana. Iba en silencio, y yo, al ver la grabación, noté signos de que iba rara, con movimientos extraños. Supuse que había bebido. Nunca había aguantado mucho el alcohol. Tampoco era amiga de regresar de juerga a esas horas. O al menos, nunca lo había sido. Deduje que había estado follando. Otra vez como una loca… No podía haber estado de farra tanto tiempo sin sexo. Se duchó, se puso un pijama y se metió en la cama con movimientos que me parecieron afectados por el alcohol. Poco después, se quedó dormida. Se despertó a la hora de comer, justo para recibir a nuestros hijos que desconocedores por completo de la nueva faceta de su madre, la abrazaron con inmensa alegría.

Me mordía los puños de rabia. Tuve que respirar con profundidad varias veces para que se me pasara el agobio. Pero, me dije, por lo menos algo tenía. Eran las siete de la mañana y sus condiciones no eran las más adecuadas. Menos daba una piedra.

La segunda noche de ese fin de semana, el sábado, Isabel no se movió de casa. Se quedó con los niños, fueron al cine por la tarde y me puso un nuevo mensaje para saber de mí. Tampoco lo contesté.

La única cosa que me llamó la atención fue que a eso de las nueve y media llamaron a la puerta y mi mujer apareció en el salón con una chica algo más joven que ella. De muy buen aspecto. Delgada, con estilo. Media melena, una figura muy estilizada y tenía unos andares y una elegancia innata.

No pude escuchar la conversación como hubiera querido, porque no estuvieron en el salón. Empezaron en la terraza, fuera del campo de grabación de las cámaras y donde apenas se escuchaba nada por el micrófono. Allí estuvieron un buen rato y en un momento dado, Isabel mientras entraba en el salón de nuevo a por otra Coca-Cola, escuché que decía «…ayer se me fue un poco de las manos, pero bueno… lo pasé bien». Esta chica entró a su vez al salón siguiendo a Isabel de camino a la cocina donde guardábamos los refrescos. «Ten cuidado, Isabel, que eso ya son palabras mayores… Yo, eso, por ejemplo, ni se me ocurre probarlo». Seguidamente, en cuanto mi mujer regresó con dos nuevas latas, volvieron a salir a la terraza y me quedé sin escuchar el resto de la conversación.

¿Qué coños había hecho Isabel el día anterior? ¿El de las siete de la mañana y afectada por el alcohol? ¿Qué era lo que había probado pero que esta chica, que parecía al tanto de lo que sucedía, ni siquiera se había atrevido? ¿Con quién o quiénes se estaba acostando Isabel? Y empecé a pensar en plural porque no me parecía una reacción normal lo de esa chica. Si ella ni siquiera se había atrevido, no debía ser una relación sexual normal. ¿En grupo? ¿Con mujeres? ¿Qué coño había hecho mi esposa?

La mezcla de celos y de rabia ya desplazaban totalmente a la de la excitación que en algún momento puntual pude llegar a sentir. Imágenes de sexo sucio y sórdido empezaron a taladrar mi cerebro.

Volvieron al salón y se sentaron en el sofá. Trajeron algo de picar y colocaron un pequeño mantel. Mis hijos aparecieron para despedirse y saludaron a aquella chica a la que mi mujer llamó Mamen. No me sonaba de su círculo de amigas, por lo que debía ser del gimnasio o esas del antiguo trabajo que me había dicho. Aquí, sí pude escuchar mejor la conversación, pero no me sacó de ninguna duda. Más bien, al contrario.

—¿Qué tal con Nico? —preguntaba mi mujer mientras cruzaba las piernas y se recostaba en el respaldo del sillón.

La tal Mamen tardó en responder. Parecía que lo pensaba.

—No estamos juntos —dijo al fin, casi de corrido.

—¿Es definitivo? —Se interesó Isabel.

Aquella chica se encogió de hombros. La noté una mueca algo triste. Aunque no sé si era real, porque las imágenes tampoco eran de una gran calidad. No sé si era culpa mía o que la publicidad de las cámaras era claramente exagerada.

—¿Pero aún lo quieres?

—Creo que sí… Además, tengo sensación de culpa. De haber sido yo la que lo jodió todo, Isabel. Tuvimos una relación… especial. Ya sabes. Pero fui yo la que me extralimité.

—No te flageles por ello. —Mi mujer bebió un sorbo de la copa de vino que ambas se habían servido.

—No sé, Isabel… Ahora que ya no estamos juntos, lo echo de menos. Mucho… No he encontrado fuera lo que tenía dentro de casa. Te lo aseguro.

Yo desconocía sobre qué trataba aquella conversación. No conocía a la tal Mamen, ni sabía quién era ese Nico. Al parecer, su expareja. Fui perdiendo interés. Pero de pronto, en un momento dado, aquella chica me hizo estar de nuevo pendiente de lo que decían.

—… el sexo puede con casi todo. Parece mentira, pero es así. Nos provoca reacciones que no tendríamos normalmente, o a hacer cosas que no nos atrevíamos antes… Es como una droga, pero que, si no la controlas, te lleva a joderlo todo.

Isabel se quedó pensativa. Miraba a la tal Mamen.

—Sí… es posible. Pero sin el sexo no hay chispa. Yo sé que no está bien lo que hago…, pero lo necesito. Me ha enganchado follar de esa manera.

—Ten cuidado, Isabel. De verdad te lo digo. Es una droga… Créeme. Yo me llegué a enganchar con un… Con un escort. Jorge… —Dijo aquello muy rápidamente.

—¿Pagaste a alguien? ¿Tú?, pero si los puedes tener a miles, cariño…

—Es muy largo de explicar. No pagué por ello… Pero me enganché. Hay veces que todavía me acuerdo de él…

—¿Pero tan bueno fue?

—Ni te lo imaginas… Debo confesar que ni con Nico, ni con nadie. Nunca he sentido lo que con él. En la cama, me refiero…

—¿Buen sexo? Joder, qué calladito te lo tenías…

—Sí, brutalmente bueno. Fantástico, espectacular. Yo, literalmente, explotaba. Estaba enganchada a él por el sexo. Pero… bueno, él también se quedó colgado por mí. Es muy largo de explicar, Isabel. Y si me apuras, triste…

Yo noté que a esa chica aquella conversación no le traía buenos recuerdos. Ambas se quedaron calladas por un momento.

—Yo, Mamen, de verdad que necesito estar con alguien más. Es que, si no lo hago, terminaré divorciándome —contestó Isabel con una mezcla de pena y naturalidad.

—¿Ya no quieres a Luis? —Me sorprendió que Mamen, en cambio sí parecía conocerme.

—Sí, claro que lo quiero. Pero no encuentro en él lo que he visto fuera. En estos meses me he sentido viva, he disfrutado como nunca, Mamen… He sido una mujer sin complejos, atrevida… Sé que es una locura, pero lo siento muy real.

—Ya… Sé de lo que hablas, de verdad. Lo sé. Yo sentía esa misma sensación con Jorge… —noté que se detuvo un momento y seguramente pensó o recordó a ese hombre—. Pero también me di cuenta de que era algo imaginario. No es el mundo real. Isabel, cielo, sé que la monotonía mata o que el aburrimiento es peligrosísimo. Pero el paso que tú has dado, también. Os acabará matando…

—Lo sé Mamen. Y Luis me apena. Me siento culpable… Por él, que es un hombre bueno, por nuestros hijos que no entenderían nada, por nuestras familias… Sé que lo que hago es una locura como antes te he dicho. Pero, joder Mamen —empezó a sonreír— tú sabes lo que significa que te follen así…

La amiga de mi mujer sonreía. Primero más abiertamente, luego de forma más queda y tranquila.

—Sí… es fantástico ese sexo. Lo he probado… Pero de verdad, de la misma forma que te has aburrido con Luis, lo harás con los que encuentres fuera.

—No sé Mamen… es tan, excitante… tan, bestialmente bueno…

—Un día harás daño a alguien. Y no me refiero solo a Luis. También me pasó a mí… Recuerdo un chico, un tal Sergio. Amigo de Tania… Ella me pidió que dejara de verlo.

—¿Y eso?

—Bueno… yo le gustaba. Y Tania sabía que para mí era un chico mono, muy atento, muy bueno… Pero un follamigo. Y él quería otra cosa. Es inevitable que un día te suceda, Isabel.

—No lo sé, Mamen… Pero es que me siento tan bien cuando estoy con Jon, por ejemplo… Y con Luis… —negaba con la cabeza y encogió los hombros como rindiéndose.

—Sé que puede ser aburrido… pero hay más cosas, corazón. —Aquella joven parecía tener, sin duda, más madurez que mi mujer.

—No es solo aburrimiento, Mamen. Es que Luis tampoco ha hecho nada por retenerme. Sí, sé que no puedo pedirle que lo entienda y me deje follar por ahí con quien me apetezca. Soy consciente de que lo que digo es una quimera… Pero si él me hubiera cogido al día siguiente de lo de Altea y no sé… hubiéramos hablado, limitado mi libertad. O me hubiera echado un buen polvo… Quizás…  —Se echó la melena hacia detrás y miró al techo—. Sé que lo que acabo de decir es una tontería. Olvídalo… Ni siquiera sé si me estoy engañando a mí misma

—A nosotros nos mataron las reglas. No seguir unas simples reglas y la diferencia de sentimientos. Nico llego un momento dado a querer estar con otras mujeres y yo me moría de celos…

—Pero tú te tirabas a otros… —protestó mi mujer incrédula.

—Ya… parece una estupidez, ¿verdad? Pues que no te pase. Suponte que Luis te dice que, de acuerdo, pero que él también.

—Lo entendería. De hecho, lo celebraría, de verdad. Abrir nuestro matrimonio a nuevas personas, Disfrutar ambos… Esa sería una solución, Mamen —apuntó mi mujer con impactante naturalidad.

—No estés tan segura. No es sencillo… Y pocos pueden tener esa clase de arreglo. La mayoría, no valemos para ese tipo de relación. Para que lo entiendas, y aunque no te lo creas, no podía ver a Nico con otras.

—¿Se lo montó con alguien?

Mamen asintió.

—Hicimos un trío y un intercambio… Con Tania y ese tal Sergio… el chaval que te he dicho antes —contestó ella, con alguna muestra de incomodidad. Movía la pierna que tenía cabalgada sobre la otra y se atusó la melena en un signo de cierto nerviosismo.

—¿Con Tania? —Mi mujer puso los ojos como platos.

—Sí… con Tania.

—Joder, Mamen… eso es… bueno, no sé si es bueno o malo.

—Me sirvió para entender muchas cosas. Tania se portó fenomenal…

—Se tiró a tu chico… —susurró sorprendida y como regañándola

—Era antes de ser amigas. Y lo hizo conmigo, Isabel… Podemos decir que de acuerdo conmigo. Es también muy largo de explicar. Y puede que complicado… pero sí, Tania folló con él. Yo con Sergio y cuando hicimos el trío, los tres. No la reprocho nada. Al contrario….

Isabel sonreía entre sorprendida y divertida. No me imaginaba a mi mujer manteniendo una conversación de tipo sexual con nadie que no fuera yo. Y conmigo, siempre había sido mucho más pacata y evasiva.

—Un día deberías hablar con Tania de las reglas… Ella también está casada… —añadió Mamen tras unos segundos de silencio

—¿Tania casada? ¿Nuestra Tania…? ¿La que se tira al chulazo del spinning? ¿La policía nacional…? —mi mujer hablaba con verdadero asombro.

—Sí, como tú dices… nuestra Tania. Un día le pides que te explique su vida y por qué hace lo que hace. El marido lo sabe y lo permite. De hecho, él hace lo mismo en Canarias.

—Me pinchas y no sangro… —comentó divertida Isabel—. Cuéntame algo, no me dejes así, zorra…

—No… de verdad. Es mejor que te lo explique ella. Y de paso habláis de las reglas y de los desequilibrios.

—No te entiendo…

—Por eso es mejor que te lo siga ella. Lo de las reglas es más simple; pues que en toda relación… anormal, vamos a decirlo así, como la que tuve o la que ahora tienes, hay que poner reglas, límites… Aunque sea a uno mismo. No todo vale. Y los desequilibrios, pues que hay siempre una persona de la pareja que sufre más, aunque conceda… En mi caso, aunque no te lo creas, fui yo.

—¿Tú?

—Sí, yo… Empecé siendo la que se aprovechó de todo ello. Pero luego, cuando Nico me pidió lo mismo, no pude continuar. Hoy él tiene, o creo que tiene, una nueva pareja. O sale con alguien, o se ve con alguien, o toma cervezas con ella… Una amiga del otro gimnasio al que yo iba. Una tal Patricia.

—No te cae muy bien, por el gesto que has puesto…

—Claro que no. Sé que fue a por él. Nico, como todos los hombres, ni se enteraba, pensaba que ella era una mosquita muerta, pero no. Es una zorra como podemos ser todas cuando queremos. Y aunque yo perdí a Nico, ella empujó a ello. Joder… es un lío, Isabel. Un puto lío, del que me arrepiento muchos días.

—¿Y cómo sabes lo de Nico…? Lo mismo sigue libre. ¿Has hablado con él?

—No me cogió el teléfono durante muchos días. Sé que es así, que está con ella, o se ve con ella. Joder Isabel, Tania es policía… No te tengo que decir más. Pero sé que no me dice todo. Dudo si es para bien o para mal. Si Nico tiene pareja estable o no. Eso no me lo ha dicho para no hurgar en la herida.

—¿Pero sigues jodida por él? —Mi mujer se acercó a ella y la tomo una mano cuando Mamen se llevó un dedo a uno de sus ojos. Supongo que se secó una lágrima.

—Sigo jodida por mí… Mi temor es que yo no pueda volverme a enamorar. Como sospecho que a Nico sí le ha sucedido. Y todo viene por esta forma de vida. De follar con quien quieras, sin atenerte a nada, sin tener en cuenta a quien de verdad quieres… Piensa en ello, Isabel. Lo mismo en un tiempo estás como yo… Más sola que la una, cielo. —Sonreía mientras una lágrima se le escapaba rápida— Ya no tomo ni gin-tonics… —Volvió a sonreír con tristeza.

—Lo del otro día, era un gin-tonic, guapa —la corrigió mi mujer.

—No, bonita… vodka con tónica. No pido ya más porque me recuerdan a todo aquello…

—¿A Nico?

—A Nico, a Jorge, a Sergio… Te debo parecer gilipollas.

—No seas tonta. —Mi mujer se abrazó a ella.

Se quedaron así un pequeño rato. Luego se separaron y ambas bebieron de sus copas de vino.

—Se lo he explicado a Luis… —se defendió Isabel al cabo de unos instantes—. Como tú me dijiste que hiciera.

—No es suficiente, corazón. De verdad que no lo es.

—¿Y qué más hay que hacer? —Inquirió Isabel.

Mamen se quedó en silencio. Se volvió a enjugar un par de lágrimas y miró a mi mujer intentando sonreír de nuevo.

—Ten cuidado con Luis. Si no lo haces bien… y no sé cómo hay que hacerlo, un día cogerá las maletas y se largará. —Hizo un gesto con las manos como si le pidiera a mi mujer que no la interrumpiera—. Y lo que es peor… Que un día, el que menos esperas, sabrás que está con alguien. Posiblemente enamorado. Entonces, te darás cuenta de que lo has perdido. Y si por entonces ya no te importa él, pues perfecto, no sufrirás. Pero asegúrate de eso, Isabel. Porque si no te has desenamorado de él, te comerá la rabia y la sensación de fracaso y de culpa. Uno puede separarse. Por la razón que sea. Pero no por el mero sexo… De verdad que solamente eso, no conduce a ser feliz. Y me arrepiento de haberte ayudado… aunque sea de forma indirecta… Si me imagino que de verdad vas en serio, no te saco de copas, ni a cenar…

–La culpa es solo mía, Mamen…

Aquí dejé de escuchar. Me hacía daño comprobar que mi mujer, a pesar de lo que le estaba diciendo la tal Mamen, no reaccionaba. En algún momento de esa conversación, me hice la estúpida idea de que Isabel, arrepentida, le iba a decir a su amiga que se olvidaba de todo y que volvía a ser la de siempre. No tengo duda de que la hubiera perdonada. Sí, sé que es algo cobarde. Pero seguía queriéndola a pesar de que en mi cabeza se había instalado ya la idea del divorcio. Incluso, debo reconocer que, si la pegaban una ETS, sería el comprobante perfecto, o al menos muy demoledor, de su locura. No sé si para un juez serviría, pero sí para mí.

Me sentí confuso. Y nuevamente traicionado. Mi mujer estaba convencida de seguir con aquello y de nada le valía mi sufrimiento ni los consejos de alguien que, al parecer, había vivido algo parecido.

Me levanté. Aguanté las lágrimas y decidí que, pasara lo que pasara, debía continuar con mi estrategia. La misma Isabel, de forma indirecta, había corroborado que ella iba a continuar con aquella locura, como ella misma lo llamaba.

Sentí miedo por mis hijos. De alguna forma llegué a pensar que Isabel era una especie de peligro para ellos. Regresar a casa tarde, afectada, habiendo practicado un sexo que sin lugar a duda era anormal, podía también tener su posibilidad de uso. Para mí, ya todo valía con tal de salir airoso del divorcio que estaba preparando. Y si me quedaba algún resquicio de lástima por mi mujer, se había diluido. Iba a ir con todo, como un búfalo, embistiendo sin piedad ni medida.

Ya solo me quedaba tener las imágenes explícitas de ella teniendo sexo con alguien. Si con el viaje a Nueva York no se había dado la ocasión de ello, sería en el siguiente fin de semana. La rueda de mis pensamientos no paraba ya y necesitaba terminar cuanto antes con todo esto.

Decidí que el viernes me llevaría a mis hijos a ver a mi padre, a mi hermano y a su familia al cortijo de Córdoba y, por supuesto, dejaría claro a Isabel que no quería que asistiera. Pero necesitaba que estuviera con ganas de acostarse con su amante o lo que ya fueran. Por eso, pedí a la empresa alargar mi viaje a Nueva York hasta el jueves por la mañana. Luego me tomaría ese día y el siguiente, libres. Prepararía todo el mismo jueves, y el viernes recogería a los niños del colegio y nos iríamos en AVE hasta Córdoba.

Así, si no podía salir por entre semana, asumí que el viernes o el sábado, todo sería más sencillo y que la voracidad que parecía arrastrar a mi mujer, se plasmaría en unas imágenes de sexo explícito y directo. Lo que necesitaba para ejecutar mi plan.

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