ISA HDEZ

Sentada en su lugar de costumbre contemplaba el tintineo de los cristales cuando las gotas insistentes resbalaban sin parar; pareciera que estuviera esperando que asomara el runruneo de su mente descarriada en el tiempo del ayer cuando apreciaba que todo florecía en derredor suyo y actuaba como si su savia permaneciera duradera y nada de lo que ahora le acongoja fuera a suceder. Qué cerca estaba entonces del giro que daría su vida y, que lejano de su pensamiento ese dolor. Ni por asomo podía predecir que toda aquella claridad se tornara como una noche sin luna y en su emoción ya no afloraran la risa y la ilusión, y, ni por error regresaran del tiempo remoto que tanto añoraba y, no aprecia ya ni las quimeras de sus fantasías que tanta gratitud le profesó en el pasado. El olor a tierra húmeda se colaba por la ventana y se mezclaba con su tristeza sin reparar que la luz se ahogaba tras el ocaso, y se adentraba la noche plagada de fantasmas que se perdían allá donde su mirada alcanzaba en la línea del horizonte de sus sueños. No reparó en la persona que la observaba día tras día esperando que volviera y, con su alma le brindaba su vida para ayudarla a continuar por la senda de la utopía. Su recuerdo la tenía sumida en un mar de tinieblas del que ella no quería salir y con ello impelía a quien probara acercarse a su seso. Quizá el tiempo ayudara a que vislumbrara que todo tiene un final y esa melancolía ya debía estar por siempre en la memoria de los espacios infinitos.

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