SIX

Era una verdad a medias, mi ex me había hecho las mejores mamadas que he disfrutado. Quizás porque nos habíamos llegado a conocer muy bien, o quizás porque siempre fue una autentica viciosa. Y es que se ponía realmente cachonda con mi polla en la boca, y no era porque sabía que luego yo le iba a dar lo suyo, sino porque era de esas chicas que se divierten y encuentran muy estimulante hacer una mamada. Hasta tal punto, que en algunas ocasiones se había puesto a ello solo para masturbarse, y yo por supuesto, encantado. No sé, a lo mejor yo la tenía mitificada, y ahora todo lo comparaba con ella y me sabía a poco.

Pero no podía menospreciar a Ana, aquella lengua y aquellos labios me tenían enganchado como a un yonqui al crack. Ana estaba al nivel, siempre me había recordado a mi Ex, y eso que eran dos personas muy distintas. Pero en cuestión de sexo, eran muy parecidas. Desde el principio noté que a Ana le gustaba chupar, con aquella dedicación que le pone, y lo mucho que se moja con mi polla en la boca. Ufff…

Quizás fuera porque una felación conlleva cierto grado de sumisión por aquello de ponerse de rodillas, no lo sé. Pero ahora sabía que a Ana le ponía mucho lo de entregarse y sentirse sometida. Y estaba dispuesto a abusar de aquella faceta todo lo que hiciera falta.

Y lo más importante de todo, es que si una chica te pregunta cómo te la chupa, debes decirle que es la mejor. Siempre. Aunque en este caso, no era una mentira.

-Es que contigo hago cosas que no había hecho antes…- Confesó susurrando y apartándose el pelo de la cara con un movimiento que aunque inocente, me dio mucho morbo.

Me la quedé mirando.

-Seguro?- Bromeé.

Ana abrió sus labios de forma coqueta, estaba jugando, y la quería mantener así. Porque cada palabra, cada susurro, y cada gesto, delataban lo cachonda que estaba, y lo afectada que seguía por el vino.

-Cómo qué?- Pregunté haciendo que sus ojos se clavaran en los míos.

Repasó el local, mirando a los tipos que aún quedaban en el restaurante, como para asegurarse de que estaban lo suficientemente lejos para no oírnos. Y se volvió a apartar un mechón de pelo rebelde que siempre se adelantaba en su cara cada vez que se movía, colocándolo detrás de su oreja.

-Ya lo sabes…- Susurró apenas audible.
-No, no lo sé, dímelo.- Solté tajante.

En realidad intuía por donde iba, ya me lo había confesado antes, pero quería que Ana lo repitiera. Siempre que bebía y quedaba algo afectada, acababa confesándome las mismas cosas. Y su vergüenza actuaba como un elixir de morbo tanto para mi, como para ella. Porque a mí me ponía muchísimo ver como se sonrojaba al confesarme aquellas cosas, y a ella, esa pequeña humillación parecía ponerla mucho más cachonda. Todo era un juego. Un tira y afloja que siempre repetíamos y que parecía funcionar a la perfección.

De una manera u otra, el vino la había atontado tanto que la estaba haciendo hablar, así que no sería yo el que le dijera que se callase.

Miró un momento hacía la mesa como si se quisiera esconder, y luego alzó la vista para mirarme a los ojos.

-Tragármelo…- Susurró despacio con un ligero murmullo totalmente colorada mirando casi a la mesa.
-Qué? No te he oído…- Contesté.

Por supuesto, mentí, la había oído, pero quería que lo repitiera.

-Tragarme tú…- Dijo algo más alto, mirándome y señalando en dirección a mi polla, como si atravesara la mesa.
-Mi qué?- Insistí con un tono más autoritario.

Ana arrugó su naricilla con un puchero.

-Ya sabes a lo que me refiero!- Se quejó haciendo otro puchero.

Cuando hacía esos pucheros se le notaba mucho el grado de alcohol que llevaba encima, y eso indicaba que Ana estaba preparada para cualquier cosa. Y yo iba a aprovecharme de aquello.

-Dilo, quiero oírtelo decir.- Solté desafiándola.

Sonrió, miró de manera coqueta alrededor, y volvió a apoyarse en la mesa, esta vez exagerando el movimiento para mostrarme de nuevo sus tetas, aplastándolas entre sus brazos. Se mordió los labios jugueteando, todo para que yo disfrutase de aquello, sabiendo que babeaba con aquellas cosas. Luego me agarró de la camisa y tiró de mí.

Me dejé, acercándome a ella, creí que quería volver a besarme, pero en lugar de eso, pasó de largo y fue directa a mi oído.

-Ayer me hiciste hacer muchas guarradas… Pedazo cabrón… Y recuerdo algunas cosas… como que me obligaste a tragármelo todo… Mmmh…- Susurró en mi oído.

Me puso los pelos de punta ese acercamiento, y sus siseos provocaron más de un escalofrío en mi espalda. Estando como estábamos creí que iba a hacer alguna tontería, pero tan solo se relamió, y fue a soltarme. Pero justo antes de que me soltara y se apartara, le puse de nuevo la mano sobre el muslo y ella se sobresaltó un poco.

Ana miró de nuevo a lo lejos, a las mesas ocupadas, mordiéndose los labios.

-Y te gustó?- Pregunté sin sacar mi mano de su muslo.

Suspiró y me miró, continuaba colorada, pero creo que ya no era por vergüenza, sino por calor, debía estar ardiendo.

-Creo que si…- Soltó relamiéndose con un gesto exagerado, desafiándome.

Use su gesto a mi favor, haciendo que mis dedos se deslizaran por la piel de su muslo buscando pasar de nuevo por debajo de su falda, sin miramientos, sin disimulos. Yo ya estaba más allá de la prudencia, y Ana contuvo el aliento.

-Crees? Eso no suena muy convincente…- Susurré mirándola a los ojos.

Ana simplemente sonrió de manera coqueta.

-Si, o no?- Insistí con un tono más imperativo mientras mis dedos notaban el calor de su piel.

Ana suspiró, hinchó su pecho levantando sus tetas, y me miró.

-Si!- Soltó dejando escapar el aire de sus pulmones entre sus dientes.

Seguía teniendo una empalmada de caballo bajo los pantalones, y con cada gesto y susurro de Ana, mi polla palpitaba como si me hiciera saber que también formaba parte de aquella conversación y estaba ahí.

Lo que me animaba a ir más lejos, con una mezcla de deseo, embriaguez y morbo, haciendo que me importara una mierda si alguien se daba cuenta de lo que hacíamos.

-No… te creo…- Dije jugando con mis palabras.
-Es cierto!- Se quejó con un puchero tontorrón.

Sonreí, cada uno de esos pucheros volvía a delatarla, eran muy graciosos, estaba colorada, y sabía que no era la vergüenza la que la sonrojaba, sino el deseo. Se le notaba muchísimo lo cachonda que estaba. Y verla así me ponía muchísimo.

-No… si… que te encante tragártelo me lo creo…- Empecé a susurrarle mientras mis dedos llegaron al perfil de su falda, y se deslizaron por debajo de aquella finísima tela.- Porque en el fondo eres una guarrilla y se nota que te gusta mucho comérmela… y cuando te lleno esa boquita no dejas escapar ni una gota… te lo bebes todo…

A Ana se le dibujó una sonrisilla en los labios, mezcla de vergüenza, orgullo, y morbo.

Y mientras seguía susurrándole, mis dedos acariciaban la piel de sus muslos, y seguían avanzando hacía la meta.

-…Y no recuerdo que te opusieras mucho cuando te obligué…- Continué.

Mis dedos seguían deslizándose bajo la tela de la faldita, muy despacio, pero sin detenerse ante nada.

-Pero creo… que has chupado muchas pollas como para ser la primera vez que te lo tragas…- Solté con un tono burlón.

Sus ojos se entrecerraron, indicándome que no le había gustado mucho el comentario, pero sus labios se abrieron al notar como las yemas de mis dedos ganaban terreno cada vez más deprisa.

Y llegaron, y cuando lo hicieron, Ana hinchó su pecho y miró a todas partes con la esperanza de que nadie se estuviera dando cuenta de nada.

Primero me encontré los pelillos de la pequeña línea de pelitos que Ana se dejaba sobre su coñito, y al llegar, Ana me miró, mordiéndose la boca. De repente descruzó sus piernas, como si me invitara a seguir con aquella travesura, y sonrió. Yo también le sonreí, y ella agarró su copa de vino para jugar con ella en las manos.

Mis dedos jugaron con sus pelillos, bajando lentamente hasta encontrar los primeros pliegues de sus labios, y Ana suspiró al notar el contacto con las yemas de mis dedos, cerrando sus ojos un segundo, sonriendo y mojándose los labios con lo poco que le quedaba de vino.

Miré alrededor de reojo, todo seguía tranquilo y todo el mundo iba a su bola. El de la máquina tragaperras aporreando botones con el quinto en la mano, las mesas de detrás de nosotros distraídas en sus propias conversaciones, todos a su bola. Y en ese momento, incluso me parecía que la tele estaba mucho más fuerte, con aquel puto reality de mierda.

Y la puntita de mi dedo llegó donde quería, y volvió a hundirse entre los labios húmedos de Ana.

La miré, volvía a estar muy colorada, se le caía la mandíbula e intentaba cerrar su boca mirándome, y pegando los labios de su boca en el cristal de aquella copa.

-Confiesa! Alguna vez me dirás la verdad?- Ordené con un susurro seco mientras seguía jugando con la punta de mis dedos entre sus labios empapados.

Aquella orden pareció traer de nuevo a Ana al bar. Que cogió aire y volvió a mirarme. Contaba con la mezcla de excitación y embriaguez que llevaba para que por fin me confesara alguna cosa. Porque seguía sin cuadrarme que Ana no hubiera practicado algunas cosas con otros en su pasado. Siempre había ido de Diva, de diosa sexual, tenía fama de eso mismo allí donde fuera, y me sorprendía muchísimo que en temas de sexo fuera tan normalita y se escandalizara con algunas cosas que yo daba por hecho de que fueran normales. No sé, no me cuadraba. Y menos de alguien que aseguraba haber chupado muchas pollas en el pasado, con ese hambre, y no hubiera hecho algo más. O bien, Ana mentía, o hasta la fecha había llevado una vida sexual mediocre, y su fama era exagerada.

Mis pensamientos viajaban a toda velocidad por mi mente imaginándomela con otra polla en la boca, en otros tiempos, en otro sitio hasta llegar a mí, mientras mis dedos acariciaban su coño, y la miraba a los ojos sin contemplaciones.

Mi forma de mirarla, tuvo que ser implacable, porque Ana comenzó a arrugar sus cejas, y a no poder aguantarme la mirada, agachándola, o cerrando los ojos unos segundos. No lo hice a posta, pero reconozco que tener mis dedos en su coño, allí, haciéndole lo que me daba la gana, alimentaba mi ego. Y ella parecía notarlo, y eso parecía aplacarla, someterla, y dejarse hacer.

-Te juro…- Susurró con un hilo de voz entre jadeos disimulados. -Mmhh… Que… has sido el primero… Nunca había hecho esas guarradas… con… nadie…- Suspiró, como si la estuviera torturando para decirme la verdad.

La puntita de mi dedo jugó hundiéndose unos milímetros en su coño, empapándome con lo mojada que estaba, los pliegues de su coño estaban muy resbaladizos. La noté ardiendo.

-Pues no te creo!- Insistí moviendo la punta de mi dedo de adentro a fuera.
-Ess… Ahhh… verdad!- Se quejó de manera ridícula.

Y cerró los ojos justo cuando mis dedos, haciendo malabares allí abajo, lograron apartar la piel de sus labios, y descubrir aquella bolita hinchada y resbaladiza.

-Uuh…- Gimió casi de manera inaudible plegando sus piernas.

Pero no las cerró con fuerza, más bien como un reflejo lento provocado por la impresión que mis dedos le trasmitieron al rozar su clítoris. E insistí jugando ahora con aquella bolita, rozándola con las yemas de mis dedos, y Ana volvió a separar las rodillas lentamente para dejarme jugar. Invitándome a seguir. Y seguí, mirándola y viendo cómo se estremecía intentando disimular.

Y empecé a acariciar su clítoris con movimientos circulares, como si fuera la bolita de un ratón de informática y quisiera llevar el cursor de un lado a otro de la pantalla. Notándolo duro e hinchado, y a Ana se le abría la boca, suspirando mientras sus mejillas enrojecían.

-Seguro??- Insistí con el mismo tono autoritario.
-Sssi…- Gimoteó.

Mis dedos siguieron hurgando en aquel rincón húmedo y caliente, despacio, intentando no llamar la atención de nadie, y conteniéndome para no saltar y apartar sus piernas para clavársela y follármela allí mismo.

-Y por qué yo!- Solté con el ímpetu que me provocó contener aquel deseo.

Ana abrió ligeramente mas sus piernas, suspirando, y empezó a parpadear muy lentamente, intentando mirarme, casi sin conseguirlo.

-Por… Mmh…- Intentó decir.
-Contesta!- Solté mientras seguía moviendo mis dedos bajo su falda.

Ana me miró como con miedo, como si temiera que aquello fuera a más, pero a la vez deseando que continuara. Su pecho se inflaba al máximo, hinchando sus tetas y haciendo que subieran y bajaran continuamente.

-Porque te pertenezco…- Susurró al fin con un hilo de voz.
-Si?

Su susurro me la puso durísima, yo ya había pasado esa línea de la cordura que me decía que tuviéramos cuidado.

-Ss… Si.- Confesó.

Sonreí, y mis dedos intentaron pellizcar su clítoris, pero no podía, mi mano estaba en una posición muy forzada, lo alcanzaba de lado, así que me era imposible, aunque los intentos por lograrlo parecían volver loca a Ana.

-Vaya… Entonces puedo hacer contigo lo que quiera?- Susurré exagerando el tono de la pregunta.

Ana abrió sus ojos, y su boca empezó a suspirar al mismo ritmo en que mis dedos frotaban su clítoris. Sabía que había caído en mi trampa, que estaba acorralada.

Y yo ya no era yo, era ese otro que toma el control cuando la cosa se calienta hasta el límite de estar a punto de perder el control. Hablaba y actuaba el vino que me había tomado. Dotándome ahora de una valentía propia de un loco, el calor que sentía y mi excitación solo me dejaban ver una cosa. A Ana sobre aquella mesa abierta de piernas y yo clavándosela y gruñendo como un animal.

Tenía que controlarme, estaba perdiendo el control. Inflaba mi pecho casi tan exageradamente como Ana. Y ella me seguía mirando, colorada y claramente al límite de su excitación.

-Oblígame a hacer lo que quieras… Y lo… haré…- Empezó a susurrar como si acabara de tener una revelación divina, suspirando entre palabras. –Igual que ayer, que… Mmmhh… me… hiciste hacer cosas… Uuff… me hiciste… Mmhh… Joder… Ooh! Oblígame! Oblígame a lo que quieras! Uuff… Soy tuya…Tu puto juguete!

Se me quedó mirando de manera tan desafiante que me impresionó. Mi polla palpitaba, miré al local para asegurarme de que nadie había escuchado lo último que había dicho Ana, porque me había parecido tan impactante que creí que lo había escuchado todo el restaurante, y me la toqué. Necesitaba estrujármela desde hacía rato, me dolía cada palpitación, y cada vez eran más constantes y seguidas.

Con un movimiento lento, me la coloqué mejor para que mi erección no me doliera tanto contra el pantalón, acomodándome en la dichosa silla, y después me apoyé de nuevo en la mesa, para evitar que fuera demasiado evidente lo que estábamos haciendo.

Y Ana abrió sus piernas como si ya no le importara estar en aquel lugar, dejando que mis dedos por fin, alcanzaran mejor a acariciar sus labios y su clitoris. Estaba realmente empapada, mis dedos jugaban entre sus labios, resbaladizos, y ya no me costaba nada hundirlos un poco.

Me había sorprendido aquella reacción de Ana, debía estar muy caliente o muy borracha para olvidar donde se encontraba y comportarse como si todo le diera igual menos una cosa.

O quizás era la mezcla de las dos cosas a la vez, borracha y cachonda.

Y quise probarla.

-Y si te pidiera que me la comieras aquí?- susurré.

Ana abrió sus ojos, como si mi voz la hubiera traído de vuelta de un trance, miró alrededor, clavando su mirada en cada mesa ocupada que quedaba en el local, luego al tío de la máquina tragaperras, y a la camarera. Y me miró.

-Aquí?- Preguntó.
-Si.

Suspiró. Hinchando de nuevo sus tetas.

-Sácatela!- Susurró desafiante mirándome a los ojos.

Continuará…

Un comentario sobre “Asuntos de trabajo (77)

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