TANATOS12

Capítulo 10

Seguía sin acostumbrarme a aquella sensación de no ser capaz de digerir todo lo que iba sucediendo. Y seguía sin dar crédito a que María sí lo fuera. Mi novia surfeaba una ola tras otra y yo seguía sumergido por el golpe de la primera.

Me tomé un poco de tiempo antes de contestar. Por fin era ella la que tenía que esperar a mis tiempos. Lo cierto era que no sabía si enfadarme o excitarme. Excitarme por la nota de audio que acababa de escuchar, por la propuesta en sí… por imaginarme a Edu follándose duro a aquella muñequita… por cómo podríamos intentar rivalizar con esos sonidos… Y enfadado por aquellos nervios, aquella sumisión, aquella necesidad de no decepcionarle.

Esbocé un “no sé…”, para ganar tiempo, mientras intentaba recordar a qué me recordaba aquel semblante de María, pues me recordaba a algo vivido tiempo atrás, con Edu, pero no recordaba el qué. Y aquel “no sé” también reflejaba no solo duda sino también en cierta forma superación, me sentía superado por aquel ritmo y por aquella María.

Mi novia esperaba mi respuesta, y yo también. Decidí desnudarme, ya sin afán de darle intriga, sino realmente dándole vueltas a las locuras que no dejábamos de cometer.

Ciertamente, pensando en una posible dispersión, no tendría por qué saberse nunca que unos gemidos pudieran ser de María o de cualquier otra, en ese sentido hasta había sido, y seguía siendo, más peligroso las fotos que yo le había enviado a Edu meses atrás, pero no por ello no dejaba de ser en cierto modo algo realmente extraño. Me quedé en calzoncillos y me tumbé al lado de María mientras en mi mente rebotaba aquella petición que era un “ahora tú”, pero que con todas letras era un “ponte a follar con tu novio y graba tus gemidos para mí”.

Ya tumbado a su lado, ella seguía en la misma postura, sentada con las piernas cruzadas, con cada pie ubicado encima del muslo opuesto, como una india, con su chaqueta de pijama azul marino de seda, con tres o cuatro botones abrochados. Le pedí de nuevo su móvil, aclarándole que no iba a leer nada. Tras decirlo no entendí por qué le había dicho eso, pues me veía en pleno derecho de leer toda aquella conversación. Me dio el móvil y me dijo:

—¿Te vas a reenviar el audio? —me lo preguntó sin tono alguno de reproche y dándome una idea en la que no había caído.

—Si… —respondí y me dispuse a hacerlo.

Se hizo un silencio en el que María esperaba mi respuesta y yo ansiaba su insistencia. Como ninguno de los dos daba su brazo a torcer, terminé por decir:

—Bueno, cuéntame qué ha pasado. Todo lo que te decía Edu al oído… ¿por qué os fuisteis para dentro…? —pregunté y posé su móvil sobre mi abdomen.

—No ha pasado nada —respondió seca, girándose levemente hacia mí.

Le hice un gesto claro como diciéndole que era obvio que habían pasado cosas y ella prosiguió:

—A ver… pues qué quieres que te diga… supongo que te estarías dando cuenta… Edu no paraba de decirme que hablara con Víctor… que… que me fuera con él.

—¿Que te fueras con él? —interrumpí— ¿Que te fueras a dónde?

—Pues no sé. Quería que me fuera con él.

—¿Pero eso Víctor lo sabía? ¿Sabía que te estaba pidiendo eso?

—Pues… no, bueno, supongo. Al principio no, quiero decir. No creo que lo supiera al principio.

—¿Cómo que al principio? Joder, María… ¿no puedes ordenarlo un poco?

—A ver —dijo en un tono más alto y con algo de chulería— lo primero es que no sé qué hacían allí Sara y Begoña. Después se aseguró de que yo me sentara al lado de Víctor y él ponerme el culo para hablar con Begoña y yo no tuviera otra que aguantar a Víctor. Y después llegaste tú y te pusiste con la… la lo que sea de Víctor…

—Ya, bueno, ¿y qué? ¿Qué es eso del principio?

—Pues que al principio, o más bien cuando Begoña se fue, Edu me dijo que no le estaba haciendo caso a Víctor, yo le dije que estaba hablando con él, y él me dijo… algo como… que no le estaba hablando como tenía que hablarle. Yo qué sé… igual quería… ¿una escenita?

—¿Una escenita?

—Sí… a ver, después pues estaba claro que quería que… yo que sé… que mamonease un poco con él… Me dijo que fuera a dentro, que quería hablar conmigo, que no entendía entonces a qué venía lo de quedar los cuatro, que quería aclararlo… pero ya viste que no entró él después, sino que me apareció Víctor allí.

—¿Pero apareció Víctor en plan entrarte? —interrumpí.

—No, yo en teoría había quedado con Edu dentro. Vi que no venía y me fui al baño, y al salir me lo encontré, a Víctor, y entonces al ver la encerrona quise salir y me dijo de tomar una cerveza en la barra. Hablamos normal, como estábamos hablando fuera… y… y al rato vino Edu… hablamos, eso, normal… y… y después fue cuando sin venir a cuento me dijo de irnos los tres a su casa.

—¿A casa de Edu? —pregunté nervioso, como si fuera relevante a qué casa ir y no a qué.

—Sí.

—¿Y qué le dijiste?

—Pues que no.

—¿Y lo de la falda?

—¿Qué de la falda?

—Lo de que saliste con la camisa por fuera de la falda.

—Joder, Pablo, pues… supongo que me la saqué por fuera en el baño, sin más. No por nada, yo qué sé.

—Bueno —dije rápidamente— ¿Y les dijiste que no ibas con ellos y qué? ¿Qué dijeron?

—Pues ahí Edu… como que me insistió y, al ver que yo nada, se puso un poco tonto. Me dijo algo en plan… algo como… “¿Se puede saber para qué coño hemos quedado?” Y, no sé, la verdad es que me sorprendió… o me impresionó un poco. No supe qué decirle. Lo cierto era que tampoco sabía muy bien el motivo.

—El motivo era que yo te viera con ellos, ¿no?

—Ya, ¿y…? ¿crees que si le digo eso a Edu…? ¿crees que le tendría mucho sentido? Porque a ver… igual Edu algo se huele de que… te gusta mirar… por lo que pasó… pero Víctor. No sé, Pablo. No sé. Solo sé que no supe qué decirle… y que se puso un poco agresivo y les dije que me iba.

—Y… ¿pero a todo esto Víctor sabe que lo de vestirte así es por él?

—No. No creo, vamos.

—¿Y no te dijeron por qué estaban allí Sara y Begoña? ¿Llegaste sola y estaban ya todos?

—Sí. Ya estaban allí. A Sara o como se llame no la conocía, aunque vi que no paraba de hablarte.

—Ya… un poco pesada —respondí, y me sentí un poco mal, pues me parecía buena tía, y que no tenía culpa de nada ni seguramente se oliese todo aquel lío.

Insistí en varias preguntas más, pero de María no salía nada sustancial. Sin estar demasiado satisfecho con la información obtenida y, tras un severo silencio, decidí abordar otro tema:

—¿Y qué pasó con Guille y Álvaro?

—Bueno, ¿qué más da? —me interrumpió antes de acabar la frase, con visible gesto de hastío.

—No da igual, María, fue hace tres días, no hace tres años.

—Otro día, Pablo. No te pases —me interrumpió de nuevo.

No sabía si no quería hablar de ellos o es que tenía prisa por solucionar su último problema, que parecía consistir en contentar a Edu lo antes posible.

—Por ahora solo dime si te han escrito hoy.

—Sí.

—¿Los dos?

—Sí.

En aquel momento casi le pregunto que por qué no los bloqueaba, pues había dicho que haría eso, pero no lo hice pues no quería que lo hiciera.

—¿Y les respondes?

—No.

—¿Por qué no?

—Venga, Pablo, ya está. Otro día te cuento de esos dos. No seas pesado.

Me daba la sensación de que en otro contexto me habría cortado antes, de que no me habría permitido aquel aluvión de preguntas, muchas de ellas repetidas. Pero no quería un conflicto en aquel momento en el que no necesitaba un yo enfadado sino un yo dispuesto.

En aquel instante algo nos iluminó, una luz que partía de mi abdomen hacia arriba. Su móvil nos revelaba no solo una notificación irrelevante de una oferta de una aplicación de ropa sino también que dicho móvil existía, que en aquel móvil estaba Edu enfadado y esperando y Begoña gimiendo y gritando su nombre.

Desbloqueé su teléfono, entré en los chats, no vi rastro de Álvaro y Guille a simple vista y entré en la conversación con Edu, y me decidí: aproveché aquel silencio, aquella calma tensa y aquella María impaciente para escuchar aquella nota de audio otra vez.

Subí el volumen al máximo y ya con el primer suspiro de Begoña mi miembro palpitó bajo mi calzoncillo. Quizás fuera porque sabía lo que iba a escuchar y por ello estaba más concentrado, quizás fuera porque sabía que ahora María lo escuchaba conmigo… pero me excitaba más que la primera vez.

Mi novia se recostó hasta ponerse completamente a mi lado. Pude ver su cara, siempre algo oculta, algo contenida o tímida tras su flequillo castaño y denso. Volví a ver su cara que me recordaba a algo de meses atrás.

Los gemidos de Begoña nos bombardeaban y a mí no me avergonzaba que mi pequeño miembro se empalmase y su silueta bajo mi ropa interior se hiciese relevante a los ojos de María. Me pregunté si Begoña sabría que estaba siendo grabada… y aposté a que no. Y más y más gemidos… Aquellos “¡¡Ammm!!” aquellos “¡¡Hmmmmm!!” ahogados y prolongados y aquella traca final en la que Edu la embestía hasta hacerla morir del gusto y ella le agradecía con cada gemido y grito la enorme polla que le estaba metiendo. Me preguntaba si le cabría aquel pollón entero… cuando aquella niña bien, que no llegaría a los cincuenta quilos, explotaba en aquel ¡Edu mmm… cabrón..! ¡qué bien me follas…! que hizo que mi miembro comenzase a lagrimear e hizo que María resoplase acalorada, casi sudada. Miré a María, ya con el audio terminado, en silencio, y por fin recordé donde y cuando había visto antes aquella cara.

—¿Te pone? —me preguntó.

—¿Tú qué crees?

—Ya…

—¿Y a ti?

María dudó un instante. Se escurrió un poco más. Más cerca de mí.

—No sé. Es raro. ¿Te gusta ella?

—Hombre… es muy guapa.

—Ya…

—No sé cómo le cabe esa polla.

—No seas bruto —dijo sonriendo.

Su mano fue entonces sobre mi calzoncillo. De forma voluntariamente torpe. Palpando allí con la palma y el dorso de su mano. Nuestros labios se encontraron en un pequeño pico y después volví a darle al play. Quise disfrutar de los gemidos de Begoña, del polvazo que le metía Edu mientras María me besaba, ávida de mí, o quizás ávida de cumplirle el capricho a Edu, y ávida de escucharles, pues María sabía perfectamente lo que era que Edu te follase.

La humedad de la lengua y boca de María, su perfume en su cuello… el olor de su melena… su mano que se colaba por la apertura de mi calzoncillo, todo aquello hostigado con la respiración de Begoña, sus suspiros, sus gemidos, sus quejidos y sus cuerpos chocando… en aquella nota de audio de apenas dos minutos que llegué a poner otra vez… disfrutando entonces a la vez tanto de la paja que María comenzaba a hacerme, como de su lengua jugando con la mía en unos besos silenciosos que no querían tapar a aquella niña pija recibiendo polla de aquel cabrón que las tenía a todas.

María se incorporó un poco, se deshizo de mis calzoncillos y comenzó a masturbarme, sujetándome el miembro con tres dedos… y en mi mente estaba, y quizás en la suya también, la comparación de lo que estaba recibiendo Begoña y lo que masturbaba María… Me miraba mientras me masturbaba y Begoña se deshacía del gusto y no sé en qué momento dejó de verme a pesar de seguir mirándome, y vi de nuevo aquella mirada.

Sin dejar de pajearme comenzó a desabrochar los botones de su chaqueta del pijama con la otra mano, chaqueta que se apartó un poco y sus pechos habrían quedado completamente expuestos sino fuera porque su melena estaba echada hacia adelante, tapando sus tetas casi por completo; aunque aquello no impedía que se vislumbrasen parcialmente las areolas pues la melena no era implacable y permitía unas rendijas que me daban la vida.

Mientras Begoña gritaba, María me pajeaba y me miraba, pero no me veía.

Y así… en aquel preciso momento, me abandoné para tele transportarme a la noche de la boda, cuando aún estábamos en el enorme salón, cuando Edu le había abierto un botón de la camisa a María y había colado su mano por su torso, delante de mí, mientras Paula y Amparo no eran conscientes de nada. Aquella cara de María, sometida, intimidada, nerviosa, exhausta… era la cara que había visto ahora, al entrar en el dormitorio. Aquella mezcla de excitación, descontrol, impresión y sumisión… Y cuando Edu le había cerrado el botón y le había abofeteado los pechos sobre la seda, haciéndolos bailar bajo la camisa… aquella vejación bizarra, aquel dominio sobre ella… Era terriblemente morboso… y era el semblante de María mientras yo había escuchado el audio la primera vez…

Aquella cara no la había vuelto a ver hasta aquel momento… Aquella especie de “no quiero que me humilles, pero humíllame”, aquel “no me pidas cumplir unos caprichos que no puedo cumplir…“, aquel sumiso y dócil “por favor, no te enfades…”

Sí, aquella era la cara. Y es que no era solo sexo, no era solo físico, lo trascendía.

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