ROSA LIÑARES

Se despertó sobresaltada veinte minutos antes de que sonase el despertador. Había decidido levantarse temprano para terminar de preparar la maleta y desayunar con calma antes de que Santi pasase a recogerla. Un gran viaje les esperaba.
Decidió ducharse antes de desayunar para ver si el agua arrastraba esa desazón que sentía desde que se despertó. Bajo el chorro de la ducha pensaba en lo bien que le venían esas vacaciones, después de unos meses de intenso trabajo. Además, ese pequeño viaje sería como un punto de inflexión en su relación ya que a la vuelta comenzarían una nueva vida juntos. Habían decidido dar el paso.
Estaba segura de que Santi era el hombre de su vida, pero la palabra convivir todavía se le atragantaba. No estaba segura de estar preparada. Ella, que siempre había sido tan independiente, tendría que compartir su espacio, sus costumbres, sus virtudes y sus defectos. Su vida, en definitiva.
Hasta ahora no habían pasado de estar un fin de semana entero juntos. Cuarenta y ocho horas; treinta y seis, a lo sumo. ¿Qué era eso comparado con una vida entera? Pensarlo le daba vértigo.
Seguía dándole vueltas a ese tema mientras apuraba la tostada con aceite y tomate que se había preparado. Pero todavía no se le había pasado esa sensación extraña de angustia y, no sabía si por los nervios, sentía una punzada en la boca del estómago. Dejó la tostada a medias y se fue a terminar de preparar la maleta.
Tenía todo prácticamente listo. El día anterior había guardado cuidadosamente la ropa y el calzado y solo había dejado fuera la ropa que se pondría esa mañana y el neceser con los productos de higiene. Se secó el pelo para poder meter el secador en la maleta (no podía prescindir de él o le daría un ataque de pánico si no podía domar su rebelde cabello); se lavó los dientes y guardó el neceser. Cerró la maleta y se fue a vestir.
Un cuarto de hora antes de la hora fijada con Santi ya estaba lista. Se asomó a la ventana. El día era de pleno verano. Aun siendo temprano, ya hacía bastante calor. Estaba deseando zambullirse en la piscina del hotel y disfrutar de un buen chapuzón en el mar. Lo necesitaba como agua de mayo.
Santi se retrasaba y ella comenzó a sentirse un poco inquieta. Se lo imaginaba limpiando el coche (era su obsesión) y organizando todo al milímetro. Sonrió pensando que cuando viese su maleta la amonestaría por llevar tantas cosas. Pero ella no podía evitarlo. Toda su vida era un “por si acaso”.
A las nueve y cuarto sonó el teléfono. Pensó que sería él diciéndole que había surgido algún imprevisto y por eso se retrasaba. Pero en la pantalla apareció un número desconocido. Sintió otro pinchazo en la boca del estómago. Cuando oyó la voz del agente supo que Santi no vendría…
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