QUISPIAM

Capítulo 4: El novio infiel.

-Ha sido un sueño revelador, la verdad –dijo Sandra cerrando su libreta- como te había dicho, en los sueños hay retales de recuerdos. Al menos dos hemos encontrado: la tormenta y Fran.

Yo asentí. Aunque lo que realmente me preocupaba era qué había de cierto o de fantasía en todo lo demás. Había masturbado sin ningún pudor a Marta, sin dudar y teniendo en cuenta que se suponía que ya le estaba siendo infiel a mi novia con otra amiga suya…

¿Y lo de Fran? ¿Sería cierto que ese desconocido estaba intentando acostarse con mi novia? ¿O quizás ya lo había hecho? ¿O también eso era producto de mi imaginación?

-Poco a poco David –me dijo Sandra leyendo mis pensamientos- tiraremos de la cuerda hasta alcanzar nuestro objetivo que es descubrir la causa de tu bloqueo.

-Eso espero… -dije descorazonado- pero me da miedo… el proceso y, sobretodo, lo que pueda descubrir… ¿y si no me gusta lo que descubro? ¿Y si era un ser horrible, alguien detestable y repulsivo?

-No lo creo pero, si así fuera, míralo como una oportunidad –me dijo convencida- tienes una nueva ocasión para hacer las cosas de forma totalmente distinta, empezar de cero, no repetir los errores del pasado…

-Un nuevo comienzo… resurgir de mis cenizas…

-Eso es –dijo Sandra- pero para eso debemos saber qué pasó y qué te llevó a donde estás ahora.

-¿Y ahora qué? –pregunté no sabiendo cual iba a ser el siguiente paso de la terapia.

-De momento solo nos queda esperar aunque me temo que no mucho, ir poco a poco –me dijo ella levantándose de la cama- mañana me volveré a pasar para hablar contigo, ver si has tenido algún nuevo sueño que creo que será lo más probable y ver hasta dónde nos llevan las nuevas revelaciones… aunque, antes de irme, quiero intentar algo…

-¿El qué? –pregunté curioso.

-Tú déjame a mí…- me respondió con tranquilidad- por favor, cierra los ojos… confía en mí…

Le hice caso y cerré mis ojos, no sabiendo qué pretendía. Durante un buen rato no escuché nada, solo el silencio roto por los murmullos que llegaban del pasillo del hospital.

-Ahora voy a coger tu mano, David –dijo la voz de Sandra- no pasa nada, déjate llevar…

Enseguida noté el contacto de su mano, como su piel tocaba la mía y sus dedos se enredaban con los míos. No aparté la mano, dejé que entraran en contacto con toda la naturalidad del mundo, sin oposición alguna. Notar la calidez y suavidad de su piel hizo que me relajara y que mi angustia por aquel extraño experimento se desvaneciera.

-Muy bien, David –me felicitó ella- como te sientes tocando mi mano… ¿te incomoda de alguna manera? ¿Te hace sentir rechazo, repulsión, aversión o algo parecido?

-No, la verdad es que no… -dije tranquilamente- no sé porque eso solo me pasa con Sonia… y ni me había dado cuenta hasta que tú me lo has dicho…

-Ahora vamos a dar un paso más, David… -dijo Sandra.

Su mano abandonó la mía y subió siguiendo mi brazo, ascendiendo hasta llegar a mi rostro donde acarició con ternura mi mejilla, mi barbilla, mis labios…

-¿Sientes rechazo, David? –Me preguntó Sandra- ¿Quieres que aparte mi mano? ¿Quieres que deje de tocarte? ¿Quieres que deje de acariciarte?

-No… -dije casi en un susurro- es agradable… y placentero…

-Perfecto David –contestó Sandra complacida con mi respuesta- aún podemos ir un poco más allá… puedo darte un beso… ¿quieres que lo haga?

Un escalofrío me recorrió entero. ¿Un beso? ¿Sandra quería besarme? ¿Qué clase de tratamiento o terapia era aquella? Si antes ya me había excitado solo de imaginarme a Sandra desnuda en aquel sofá en la misma tesitura en que me encontré a Marta en mi sueño, ahora solo de imaginar sus labios recorriendo los míos…

Ante mi falta de respuesta, ella decidió por los dos y noté sus labios en mi mejilla. Un beso casto, tímido, como con miedo… y aunque me gustó que me besara, sentí cierta decepción y desencanto porque no lo hiciera en mis labios.

-¿Qué tal? ¿Te ha gustado? –preguntó ella.

-Sí… -dije con timidez y de forma poco convincente.

-Pues no lo parece… -contestó ella divertida- ¿decepcionado? ¿Esperabas otra cosa? Puedo besarte de nuevo si quieres…

No respondí y no tardé en sentir el calor de su aliento junto a mis labios, notar su respiración a escasos milímetros de mi rostro… en mi entrepierna, mi miembro palpitaba ansioso por aquel contacto. La escasa distancia desapareció y nuestros labios se unieron, de forma breve y de nuevo con timidez, como si no estuviera segura de hacer aquello pero a mí me dio igual.

Sus labios me supieron a gloria bendita. Carnosos, húmedos, cálidos, ligeramente abiertos. Y por si eso fuera poco, para besarme se había inclinado apoyando con cuidado su mano sobre la parte alta de mi torso, notando la calidez y suavidad de su piel sobre la mía y deseando que la bajara, que tocara mi miembro erecto como había hecho el otro día Marta.

-Puedes abrir los ojos –dijo cuándo sus labios se separaron de los míos tras el breve beso.

Lo hice y, para mi sorpresa, me encontré con una cabellera rubia que caía sobre mí, unos ojos claros que me observaban con curiosidad y una sonrisa radiante en su bello rostro. Era Sonia. La miré desconcertado, no entendiendo de qué iba aquello, buscando con la mirada a la sicóloga a la que creía estar besando.

-Siento haberte engañado –dijo Sandra que me miraba divertida al lado de Sonia- pero quería demostrarte lo que te decía del poder de la mente y, de paso, ayudarte a superar tu rechazo hacia ella… como ves, en cuanto tu mente ha dejado de percibir lo que le rodea al cerrar los ojos, ya no te ha ordenado rechazar ni sus caricias ni sus labios… porque creía que era otra persona…

Sí, tú… pensé para mis adentros y algo frustrado al descubrir el engaño. Miré a Sonia que me miraba feliz al haber conseguido superar aquel escollo que tanto la había sorprendido desde mi despertar y luego a Sandra, que me observaba curiosa a mi rostro y, fugazmente, al incipiente bulto que se marcaba bajo la sábana. ¿Lo que había en su rostro era rubor? ¿La había excitado provocar ese efecto en mí?

Yo mantuve su mirada, como diciéndole “sí, esto lo has provocado tú, no ella”. Y es que, no entendía muy bien porqué, me había sentido bien besando a Sandra o al menos creyendo que lo hacía… demonios, incluso lo había deseado… y ahora me sentía algo decepcionado, estafado…

-Bien –dijo Sandra recomponiéndose y apartando la mirada- creo que por hoy ya es suficiente… mañana me volveré a pasar y hablaremos de nuevo. Estoy segura que, poco a poco, tu mente irá recobrando la normalidad. Recuerda, no luches contra tus sueños… sumérgete en ellos y busca esos fragmentos, esos destellos de tu pasado… ah y sería bueno que algunos de tus amigos se pasaran por aquí… quizás así, al ver sus rostros y escuchar sus voces, evoquen algo de ese pasado esquivo que se esconde en las profundidades de tu mente…

-Por eso no te preocupes –dijo una sonriente Sonia- Miriam y Manu deben estar al caer… son amigos nuestros… -aclaró ella.

-¿Y Fran? –Preguntó Sandra- ¿Cuándo va a venir él?

-¿Fran? –Dijo Sonia sorprendida por su mención- ¿Por qué tendría que venir él?

-Su nombre ha salido a colación –le aclaró Sandra- y creo que sería recomendable que se pasara por aquí y ver qué pasa… ¿es un amigo vuestro también?

-Bueno… -dijo ella dudando y algo nerviosa- es un compañero de trabajo mío al que también conoce David… alguna vez hemos salido juntos y ha venido a cenar a casa…

-Entiendo –respondió Sandra- creo que sería conveniente que viniera… tampoco perdemos nada por intentarlo ¿no crees?

-No, no… tienes razón… -respondió Sonia con rapidez e intentando recobrar la normalidad- lo importante es que David se recupere…

-Exacto –afirmó Sandra con determinación y a la vez con una sonrisa- eso es lo importante y por lo que todos luchamos…bueno, yo me voy… nos vemos mañana…

Sandra se fue y nos dejó a solas a Sonia y a mí. Ella se apresuró a coger mi mano de nuevo y tuve que hacer un esfuerzo supremo para evitar apartarla aunque de lo que no fui capaz fue de sostener su mirada. Era algo superior a mí, algo para lo que no estaba preparado. La única manera que se me ocurrió en aquel instante de no rechazar su contacto, fue imaginar que era la mano de Sandra y no la suya la que sostenía mi mano. Funcionó.

¿Por qué mi mente seguía rechazando su contacto e incluso su presencia? ¿Era por los remordimientos de mi infidelidad con Miriam? ¿Acaso por los escarceos o tonteos tanto reales como en sueños con su otra amiga Marta? Y por si fuera poco, ahora le sumaba el haberme empalmado pensando en que Sandra me besaba, deseando que me tocara… ¿Por qué le hacía eso a Sonia?

-No sabes cuánto me alegro que hayas superado esto –me dijo sonriente señalando nuestras dos manos juntas- entre lo del accidente y luego ver que ni te acordabas de mí, que me rechazabas… no sabes lo mal que lo he pasado…

-Lo siento, de verdad –le dije sinceramente- por nada del mundo quiero hacerle daño a nadie pero debes comprenderme… para mí ahora sois todos extraños, unos desconocidos… sois y soy un misterio y necesito tiempo para desentrañarlo…

-Lo entiendo cielo –dijo mimosa- pero me alegro que, al menos, ya no me apartes de tu lado… con eso me conformo…

Vi sinceridad en sus palabras, incluso emoción al ver como ahora aceptaba su contacto y no la rechazaba. Si supiera lo mucho que me estaba costando no apartar mi mano de la suya…

-Tú y yo tenemos mucho de lo que hablar –le dije a ella- quiero saber cosas de nuestra vida, de nuestra casa, de nuestros amigos, de mí… todo, al fin y al cabo mi mente es un lienzo en blanco que necesito urgentemente ir rellenando.

-Y lo haremos, cielo –dijo con seguridad- te explicaré todo, responderé a todas tus preguntas…

-¿Incluso a las de Fran? –le pregunté con curiosidad recordando su nerviosismo cuando había sacado a colación el nombre Sandra.

-Sí, también de él… -dijo bajando la voz- pero a solas, cariño… no quiero hablar de él delante de Sandra o de alguien más… me da vergüenza…

-¿Por qué? –pregunté no entendiendo su respuesta.

-¡Hola guapo! -dijo una voz desde la puerta- ¿cómo estás? ¿Te acuerdas de mí o también me has olvidado?

Miré hacia la puerta y vi entrar a una pareja. Ella delante y él detrás. La mujer, alta y delgada, pelo negro largo, piel bronceada, ojos oscuros y un rostro bello, muy bello. Piernas infinitas que lucían torneadas bajo el vestido corto que llevaba, pechos generosos que pugnaban en igualdad de condiciones con los de mi novia y que, sin duda, bailaban libres bajo la tela del vestido al compás de sus movimientos sutiles.

Él, alto y corpulento, cuerpo cuidado a base de gimnasio. Pelo castaño, ojos marrones, un rostro que sin ser bello resultaba atractivo. Pero lo que más llamaba la atención de él era su evidente timidez, su completa dependencia a ella. Ambos eran jóvenes, supuse que más o menos de la edad de Sonia. No tuve ninguna duda que eran Miriam y Manu.

Tumbado desde la cama contemplé como mi novia se abrazaba con mi supuesta amante mientras su novio, mi amigo, el cornudo, esperaba su turno para hacerlo. Otra vez el dolor de cabeza acompañado ahora por un malestar general que toda aquella escena me había provocado.

Miriam, sonriente, se acercó a mí y me dio dos besos en la mejilla mientras notaba sus pechos rozarse con mi brazo, haciéndome pensar en cuántas veces habría tocado aquellas tetas, cuántas veces las habría chupado, cuántas veces habría disfrutado de aquel cuerpo ahora tan cercano al mío… un nuevo espasmo en mi entrepierna y el malestar que se acentuaba.

Era el turno de Manu, que me dio la mano, que casi estrujó la mía con la fuerza y el entusiasmo con que lo hizo. Sonreí mientras pensaba qué haría con esa mano si se enterara que me follaba a su novia…

-Bueno David –dijo alegre Miriam- me llamo Miriam, soy amiga y compañera de trabajo de tu novia Sonia, vivo junto a este hombretón que se llama Manu y que trabaja contigo… que por cierto tú me presentaste, gracias por ello… qué más… que nos llevamos genial, salimos mucho de fiesta juntos y bueno, que me alegro que estés bien… menudo susto nos has dado, cabrón…

Los tres rieron y yo solo sonreí por compromiso, notando palpitar mi cabeza bajo el dolor que aquella situación tan comprometida me había provocado.

-Yo no puedo ser tan extenso con mi presentación –dije por corresponder a su presentación- se supone que me llamo David y poco más puedo decirte…

-Tranquilo –dijo cogiéndome la mano y poniéndome infinitamente más nervioso- estoy segura que acabarás recuperando la memoria y te acordarás de todo…

¿Era yo o aquello iba con segundas? Su expresión no había cambiado un ápice y no sabía qué pensar de todo aquello.

-Eso espero –dije yo sinceramente- es frustrante estar rodeado de gente que sabe más cosas de mí que yo mismo… y lo peor, es que no puedo saber si algún día seré capaz de volver a recordar mi vida pasada…

-Tú tranquilo –dijo Manu hablando por primera vez- tómatelo con calma y recupérate, no tengas prisa en ello… todo lo demás puede esperar.

Yo asentí mirándole a sus ojos. No pude aguantar mucho la mirada, tenía cara de buen tío y me jodía haberle hecho algo así, a alguien que se suponía que era mi amigo.

Sonia y Miriam se enfrascaron en una conversación sobre algo de su trabajo mientras Manu intentaba darme conversación pero sin saber muy bien cómo hacerlo.

-Oye Manu ¿puedo preguntarte una cosa? ¿Estas dos de que trabajan? –le pregunté cortando lo que decía en aquel momento.

-Parece obvio ¿no? –Dijo con una franca sonrisa- son modelos… participaron en una campaña de publicidad de nuestra empresa, así conociste a Sonia… y luego, te apiadaste de mí y me presentaste a mi Miriam… nunca podré agradecerte lo suficiente el haberlo hecho…

-Ya… -dije mirando a las chicas y evitando mirarle. Menuda basura de tío que era…

-¿Estás bien? –Me preguntó Manu- tienes mala cara…

-Me duele un poco la cabeza… -mentira, me dolía un montón pero me dolía más el asco que sentía hacía mí mismo por hacer lo que según Marta había hecho…

-Creo que será mejor que le dejemos descansar –dijo Sonia viniendo a mi rescate- aún está débil y, además, esta mañana ha empezado la terapia para averiguar lo que pasa en su cabeza…

-¿Terapia? –Preguntó Miriam- ¿entonces no es algo físico?

-No, creen que es algo sicológico –aclaró ella- algo ha bloqueado su memoria, su mente y están buscando lo que lo motivó…

-Vaya –solo dijo ella mientras me miraba- entonces estoy segura que te recuperaras pronto… debe ser el shock del accidente… ya verás que pronto estarás en casa de nuevo y volveremos a divertirnos juntos…

¿De nuevo otra indirecta? ¿O era yo que estaba demasiado susceptible?

-Venga, vámonos y dejémosle descansar –dijo Manu- ¿te llevamos a casa, Sonia?

-Sí, por favor –dijo ella agradecida- tengo cosas que hacer y, además, tengo que hablar con Fran…

-¿Con Fran? –preguntó Miriam.

-Sí, la sicóloga quiere que venga para hablar con David –dijo no muy entusiasmada- quizás le ayude a recuperar los recuerdos…

-Ya… -contestó Miriam tampoco muy convencida de aquello.

-Adiós cielo –dijo acercándose y dándome un beso en la mejilla que no rechacé. Quizás por lo inesperado pero, aun así, parecía que, poco a poco, estaba superando mi aversión al contacto con mi supuesta novia. Eso sí, no sentí nada con aquel beso, un mero contacto físico sin sentimiento alguno detrás.

Se fueron los tres y me quedé allí solo, soledad que no duró mucho ya que en seguida apareció Marta con la cena y ganas de hablar, cosa nada rara en ella.

-Hola guapo –dijo risueña- ya he visto que ha venido Miriam… ¿a qué está buena?

No contesté, ni la miré, no me apetecía nada hablar. La cabeza me dolía horrores y solo quería estar solo, no aguantar su cháchara sin fin.

-Veo que no tienes muchas ganas de hablar –dijo acercándome la bandeja con la comida- tampoco me extraña… debe haber sido algo confuso para ti estar en la misma habitación con tu novia y tu amante…

De nuevo, no contesté. Empecé a comer, con la vana esperanza que Marta cerrara la boca y se fuera por donde había venido. Debía haber más enfermos, más habitaciones que atender ¿no? Me incomodaba su presencia y la conversación que pretendía iniciar ya que, después de las palabras de Sandra, no estaba seguro hasta qué punto podía confiar en ella.

-Chico, qué rarito te pones a veces… -dijo medio enfadándose- tampoco es que hicieras algo tan malo teniendo en cuenta los jueguecitos que os llevabais entre manos tú y Sonia… al fin y al cabo, solo era cuestión de tiempo que algo así sucediera…

-¿De qué coño estás hablando? –dije yo con firmeza y renunciando a mi silencio. Aquello había llamado mi atención y quería, necesitaba una respuesta pese a mi suspicacia ante ella.

-Ah ahora sí que quieres hablar… -dijo mirándome entre divertida y enojada- pues ahora te vas a quedar con las ganas… que menuda bronca me ha pegado por tu culpa la doctora esa…

-Va Marta, ahora no me puedes dejar así… -le pedí- no le diré nada a Sandra que he hablado contigo…

-¿Sandra? –Dijo con recochineo- sí que le has cogido confianza pronto… tienes suerte que me caes bien y me importa un carajo lo que me pueda decir “tu Sandra”… mira, tengo cosas que hacer pero cuando acabe mi turno me paso y hablamos un ratito, ¿Vale?

-Me parece bien… -dije algo aliviado- gracias Marta…

-Para eso están los amigos… aunque te hayas olvidado que lo somos… –dijo alegre de nuevo- te dejo aquí tu medicación… tienes pinta de necesitarla…

Comí el resto de la cena y me tomé mi tratamiento que, por suerte, hizo efecto pronto y no tardé en quedarme sumido en un profundo sueño. Un sueño que me iba a llevar a un nuevo fragmento de mi oculto pasado.

De nuevo me encontré en aquel salón, a oscuras e iluminado por momentos por el resplandor de la tormenta que arreciaba en el exterior. Algo había cambiado allí. Seguía habiendo restos de comida y de bebida esparcidos por todo el salón pero, para mí sorpresa, ahora había más restos de ropa por el suelo.

En el otro sueño, había ropa femenina que supuse era de Marta y otra de un hombre que nunca vi. Ahora descubrí nuevas prendas de mujer, un vestido más bien escueto y un conjunto de lencería la mar de sugerente.

Avancé hacia el sofá y asomé la cabeza, encontrándome de nuevo el cuerpo desnudo de Marta durmiendo sobre él. Seguía dándome la espalda pero reconocí aquel culo que en el otro sueño había acariciado hasta conseguir que se diera la vuelta, mostrándome su rostro y el resto de su bello cuerpo al que acaricié y di placer hasta el abrupto final de aquel ¿sueño? ¿Fantasía? ¿Recuerdo?

Un ruido me llegó del interior del pasillo, como un gemido y presté atención, intentando averiguar qué era y de dónde provenía. Pero nada, silencio solo roto por los truenos que retumbaban en la calle. Sandra me había dicho que no luchara, que me adentrara en él, que cuanto más profundizara más cosas descubriría de mi pasado.

Y eso hice. Pasé de meterle mano a Marta como había hecho la vez anterior y me adentré en la casa, en busca del origen de aquel ruido que había llamado mi atención. Varias puertas se abrían a ambos lados del pasillo, dos a la derecha y dos a la izquierda y otra al final del mismo.

Avancé casi a oscuras, hasta allí no llegaba la luz de los relámpagos que me habían iluminado en el salón. De nuevo aquel ruido, como un gemido ahogado, ahora más nítido que antes, mucho más cercano. Sin duda, venía de la primera puerta a la derecha que se hallaba entreabierta.

Empecé a notar palpitar mi corazón, temeroso de lo que podía encontrarme al otro lado. A cada paso que daba, los gemidos se escuchaban más claros, más altos provocándome sudores fríos y un estado de ansiedad que me llevaban al borde del colapso.

Este sueño era completamente distinto al anterior. Si en aquel parecía ser un espectador imparcial, sin sentir nada, como si aquello no tuviera nada que ver conmigo, en este era completamente distinto. Era como si estuviera yo en el sueño, sintiendo el dolor y la angustia por la situación, aunque no tuviera ningún control sobre nada. Seguía siendo un espectador de las decisiones de otro.

Ya junto a la puerta, los sonidos se oían con nitidez y era evidente lo que allí dentro sucedía. Gemidos, suspiros, el rechinar de los muelles de la cama, el golpeteo de dos cuerpos chocando entre sí cuando sus cuerpos se unían… sí, allí dentro estaban follando ¿pero quién?

Por el resquicio de la puerta semiabierta podía vislumbrar la cama y dos figuras que se movían al compás sobre ella no dejándome ninguna duda sobre lo que allí ocurría. La persiana sin bajar facilitaba que la habitación se iluminara cada poco con los destellos de los rayos del exterior, pudiendo ver el cuerpo de una mujer sobre la cama, a cuatro patas, mientras una figura masculina la embestía desde atrás.

Clavado en aquella posición y sin poder de reacción, con el corazón latiendo a mil por hora, no podía apartar la mirada de aquella pareja entregada a sus más bajos instintos. Él, arremetiendo con fiereza, como si le fuera la vida en ello, perforando el coñito de aquella mujer que, sin ser capaz de distinguirla ni menos reconocerla, intuía preciosa a tenor de sus generosas formas.

Y ella, no siendo menos que su amante, gemía sin cesar, gozando de cada embate que él le daba, disfrutando con cada arremetida, con cada golpe de pelvis que aquel hombre le propinaba, provocando un conflicto de sentimientos en mi interior.

Temor, un temor inmenso por descubrir la identidad de aquellos dos desconocidos. ¿Sería aquel hombre el tal Fran? ¿Y ella? ¿Sería acaso aquella mujer entregada en cuerpo y alma a ese hombre Sonia, mi novia? ¿Estaría presenciando la infidelidad de mi supuesta pareja?

Pero, por otro lado, también sentía una excitación tremenda ante aquella imagen que estaba viendo. Notaba mi miembro crecer mientras contemplaba la unión de aquella pareja, mirando como él taladraba sin compasión el coño de ella que, extasiada, cada vez gritaba más mientras movía su cuerpo buscando acompasar sus movimientos con los de él, buscando el máximo placer.

¿Quién eran aquellas dos personas que estaba viendo follar? No iba a tardar en averiguarlo, en salir de dudas… ella se giró, mirando hacia un lado de la habitación que no podía ver, para luego hacerlo para contemplar a su amante que no dejaba de penetrarla a buen ritmo, pudiendo ver su rostro desfigurado por el intenso goce que él le estaba proporcionando.

Mierda. Era Miriam. Su amante, cogiendo su cabello en su mano, la atrajo hacia sí y la morreó de forma salvaje mientras su pelvis no dejaba de percutir contra el cuerpo de ella, entrando y saliendo de su excelso cuerpo que vibraba bajo sus fuertes acometidas.

Me quedé paralizado ante aquella escena y ante el descubrimiento recién realizado. Mi supuesta amante. En la cama y siendo follada de forma portentosa por un desconocido al que aún no había podido ver su rostro. ¿Sería aquel el dichoso Fran? Y si lo era ¿con cuántos hombres le estaba siendo infiel Miriam a Manu?

El ritmo en la cama fue en aumento, Miriam ahora tenía su cabeza inclinada sobre la almohada, ladeada mirando hacia el lado donde ya había desviado la mirada antes, gimiendo cada vez con más intensidad mientras su amante, con sus manos sujetando su cintura con firmeza, la penetraba con vigor y sin descanso.

Aquello me estaba excitando. Ver el hermoso cuerpo de Miriam siendo follada de aquella manera, me había provocado una erección de campeonato, una erección que estaba sopesando aliviar…

-¿Te la ha puesto dura ver cómo follan? –dijo una voz a mi espalda, dándome un susto de muerte. Era Marta que, de nuevo, tomaba parte activa en mi sueño.

Sentí como se paraba mi corazón y mis pulmones dejaban de buscar aire, paralizado ante la presencia de la enfermera que, por sorpresa, había aparecido por detrás y, mucho me temía, de alguna manera iba a llevar aquel sueño a un nuevo nivel, un paso más allá.

-Ya te dije que estaba buena… -dijo mientras su mano buscaba mi erección, acariciando el bulto que se marcaba por encima del pantalón.

No dije nada, tampoco creo que pudiera. La situación era surrealista. Viendo a mi amante, amiga de mi novia, follando con vete a saber quién mientras la otra amiga, desnuda, me acariciaba la polla simulando masturbarme por encima de la ropa. Pero la cosa iba a empeorar y de qué manera…

-Joder, David… qué bien me follas, cabrón… -dijo dentro de la habitación Miriam entre gemidos- ¿te gusta ver cómo me follan? –volvió a decir con la vista fija en aquella parte de la habitación que no podía distinguir.

El amante también miró hacia aquel lado y pude comprobar que sí, que era yo. Aunque aún no me había visto el rostro, me reconocí al instante. No había duda. Era yo follándome a Miriam, yo siendo infiel a Sonia. Pero ¿quién era la tercera persona que había en la habitación?

Un comentario sobre “Fragmentos (4)

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