MOISÉS ESTÉVEZ
Giré la cabeza creyendo haberla visto pasar en medio de aquella
vorágine de almas autómatas que iban camino de sus respectivos puestos de
trabajo.
Hora punta, bullicio, ruido, carreras, silbidos pidiendo un taxi, bajar
escaleras para coger el metro, cafés ‘take away’, llamadas perdidas en el
smartphone, un portafolios que se cae y el aire se encarga de repartir una
elaborada presentación por el acerado, subir escaleras al soltar el metro, una
discusión, una disculpa, ‘sorry’, otra discusión, otro taxi, ahora llamado gritos,
más llamadas telefónicas esta vez atendidas con auriculares de última
generación, más disculpas, obreros fumando un pitillo en la esquina de un
futuro rascacielos a la hora del pitillo mirando sorprendidos el ritmo de aquellas
máquinas de carne y hueso, bicicletas sorteando coches, coches intentando
sortear el caos, un agente del PDNY que grita… ¡STOP!

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