ROSA LIÑARES

Se aplicó una generosa capa de máscara en las pestañas, se calzó sus tacones y se
observó una última vez en el espejo. Se sentía estupenda. Cogió el bolso y salió a la
calle. Estaba una noche preciosa, perfecta para pasear, pero decidió coger un taxi para
llegar a su cita. ¿Cita? ¿Era eso una cita? No lo tenía muy claro. Simplemente, había
quedado con él como tantas veces en las últimas semanas.
Llegó puntual, como siempre. No le gustaba hacerse esperar ni que la hiciesen esperar;
lo consideraba una falta de respeto. Él ya estaba allí, de pie en la barra, de espaldas a la
entrada. Lo reconoció por el chaquetón tres cuartos que llevaba cada día desde que le
había conocido, a pesar de que el tiempo ya era lo suficientemente cálido como para
poder prescindir de él.
Como si la hubiese oído llegar, se giró en el momento en que ella se aproximaba. Le
sonrió de esa manera que hacía que ella se estremeciese, entrecerrando los ojos y
dejando asomar aquellos dientes blancos y deslumbrantes. La besó en los labios de un
modo cálido y delicioso, al tiempo que posaba su mano en la parte baja de su espalda,
atrayéndola hacia él. Tenía esa imagen de seductor permanente y ella entendía por qué.
Y un pequeño acercamiento a su cuerpo la hacía estremecerse.
A escasos metros de ellos, tres jóvenes veinteañeras les observaban; a él con descaro, a
ella con envidia. Ya se había acostumbrado a las miradas indiscretas cuando estaban
juntos. La belleza de él era arrolladora. Una versión moderna de Adonis. Él aún no
había cumplido los treinta; ella ya hacía tiempo que había pasado la barrera de los
cuarenta. Pero aún era joven y se sentía joven.
Después de tomarse algunas copas y bailar, se dirigieron cogidos de la mano al hotel
más cercano. Ella sacó su carné de identidad para mostrarle al recepcionista, al tiempo
que pedía una habitación. Él sacó la cartera y ella, con gesto tranquilo, le indicó que no
lo hiciese. Ese día pagaba ella. Y de pronto se sintió como una de esas mujeres maduras
contratando los servicios de un gigoló. No tendría por qué sentirse mal por ello. Era una
mujer madura, independiente, libre, dueña de sus actos y de su cuerpo. El destino le
había puesto en su camino a ese joven tan guapo que le proporcionaba placer y no le
pedía nada a cambio. Estaba viviendo una experiencia maravillosa y no tenía por qué
renunciar a ella. Mientras durase. Eran dos cuerpos que se atraían, sin más pretensiones.
Después de dar rienda suelta a su pasión durante un tiempo más que considerable, él
cayó rendido en los brazos de Morfeo. Ella aprovechó para levantarse a fumar un
cigarrillo. Se asomó a la ventana, al tiempo que se ponía la camisa que él había dejado
sobre una silla horas antes. La noche era fresca y mientras expulsaba el humo del
cigarrillo, un aire fresco entraba por la ventana. Le observó en silencio. Su cuerpo
todavía desnudo sobre la cama, boca abajo, durmiendo plácidamente. Era realmente
bello. Cerró la ventana y se acercó a cubrirle con la sábana. Cogió su ropa, que había
dejado desperdigada por la habitación, se vistió con calma y decidió marcharse. Se
sentó un momento en la cama, observándole por última vez, como despidiéndose en
silencio. Atusó sus cabellos ensortijados y le besó en la nuca. Él se movió ligeramente,
pero no se despertó. Ella se puso sus tacones, cogió el bolso y salió con sigilo de la
habitación.
Quizá fuese el momento de tomar cada uno su camino. No estarían mucho más tiempo
juntos. Al fin y al cabo, sus destinos eran distintos; de eso estaba segura. O quizá no.
Ella pensaba que tenía que dejarle volar, pero quizá él quería compartir con ella su
vuelo. Quizá. Quizá mañana volverían a verse y amarse. O no. Quizá…

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