JULIO ALTAN

Don Jacobo era el dueño de una panadería que tenía 60 años aproximadamente de estar funcionando en un barrio céntrico de la ciudad, a pesar de contar con 88 años de edad aún la trabajaba desde de la madrugada hasta el amanecer con la ayuda de uno de sus hijos.  Su producto era muy apreciado en todos lados porque al transcurrir de los años la calidad del pan no había cambiado para nada, todos decían que se debía a que conservaba la vieja receta que solo él conocía y porque su horno aún era de leña, de leña de encino que según se decía, le daba un especial sabor no solo al pan sino a todas las carnes que allí se cocinaban.

Era un enorme horno de leña, quedaban unos cuantos en la ciudad, tres o cuatro tal vez, todas las demás panaderías utilizaban hornos de gas que apresuraban la cocción del pan a tal punto que se decía que salía arrebatado y por eso se ponía duro al poco tiempo.

Para las fiestas de fin de año llevaban a la panadería una gran cantidad de carnes y pavos para que fueran horneados a fuego lento, muy lento en el viejo horno, porque a decir verdad, el tipo de leña y la lenta cocción de las carnes hacia que salieran verdaderamente exquisitas.

Todos pensaban que al llevar sus trastos con las carnes ya preparadas, era solamente de meterlos a ese lento suplicio y sentarse a esperar, pero no era así.

La cocción de las piernas de cerdo y los pavos llevaba bastante tiempo, unas cinco horas aproximadamente, pero en ese tiempo había que observarlos frecuentemente y sacarlos, no varias sino muchas veces, para cambiarlos de posición y verter sobre ellos los jugos de la preparación previa, tenían que salir completamente de color dorado, porque esa era parte de la decoración de la mesa en la cena de Navidad y de fin de año.

A las seis de la mañana del 24 de diciembre o el 31 de diciembre de cada año se comenzaba a introducir todos los trastes con sus carnes al horno y aproximadamente a las cuatro o cinco de la tarde se les entregaba a su respectivo dueño para que lo degustasen en el momento que así lo quisieran, todos los clientes se retiraban muy satisfechos de ver y sentir el aroma del suculento horneado.

En una ocasión, para las fiestas de fin de año de un año que no recuerdo, la hija de don Jacobo atendió a una chica que escasamente rebasaba sus quince primaveras, pregunto si se le podía hornear un pavo que le habían regalado en su trabajo, desafortunadamente ya eran las once de la mañana de ese 24 de diciembre, una hora en la cual ya no se recibía nada para hornear porque ya no daba tiempo, aunque debo de decir que realmente lo que sucedía era que después del todo el trabajo de la panadería se deseaba que después de las cinco de la tarde ya se pudiera descansar de tanto ajetreo y poder dedicarse a lo propio de la casa.  No era la primera vez que esto sucedía, ya en otras ocasiones se habían rechazado clientes por llegar a esas horas, a otras personas les parecía muy caro el valor del horneado y otras que en realidad no sabían preparar la carne llevándolo en una sopa, tal, que impedía que se dorara y más bien solamente salía cocido, por eso, antes que llevaran al animal se les daba ciertas recomendaciones para que todo saliera bien.

La chica quinceañera de apellido Arroyavesales que llevo su pavo a deshora atizo un rostro de decepción y tristeza diciendo que era la primera vez que comerían pavo en su casa y que todos estaban muy entusiasmados por tal acontecimiento que termino por convencer a la hija de don Jacobo para que aceptara el pavo para hornearlo, la chica salió corriendo alegremente a su casa para traer el ave.

Cuando la chica Arroyavesales regreso, quien puso cara de decepción y enojo fue la hija de don Jacobo porque el pavo no iba preparado, aún se encontraba en su envoltorio plástico aunque debo de decir que no iba congelado.  La chica comenzó a escuchar un regaño que hizo que de sus ojos avellanados comenzaran a salir unas cuantas lágrimas, su rostro palideció, un suspiro quedo ahogado en su pecho, bajo la vista, tomo el pavo entre sus manos y dio media vuelta para salir de la panadería, dando el último paso estaba cuando un fuerte grito la detuvo:

—¿Por qué lo trajo así, es que no sabe cocinar? ¡Venga para acá!

El rostro de la chica realmente estaba triste, sus ojos húmedos, la verdad, estaba llorando como una niña asustada. Nuevamente dio media vuelta y quedo frente a la hija de don Jacobo y entre sollozo y sollozo respondió que de cocina no sabía nada, se acerco un poco más y conto lo siguiente:

—Somos tres hermanas, yo soy la mayor, mi mamá murió hace varios años y por eso tuve que dejar de estudiar y ponerme a trabajar para ayudar con la casa y los estudios de mis dos hermanas menores, quien en realidad cocina en mi casa es mi papá pero aún no llega del trabajo y según me dijo por teléfono llegara tarde el día de hoy, por eso vine, porque me dijeron que aquí los cocinaban muy ricos y queríamos darle la sorpresa de que por primera vez comeríamos un delicioso pavo.

Deyare, la hija de don Jacobo se conmovió lo suficiente como para decirle que dejara el pavo y que llamara por teléfono aproximadamente a las ocho de la noche.

En la vieja panadería de don Jacobo siempre hubo de todo y la buena concina era muy conocida entres sus amistades y familiares por lo que Deyare se tomo el respectivo tiempo para preparar de una forma muy especial esa ave que pareciera que estaba destinada a hacer feliz, no solo a la familia de la chica Arroyavesales sino también a los habitantes de la vieja panadería.  A las ocho de la noche llamo pero aún faltaba cocción, a eso de las once de la noche se hizo presente con su papa y sus otras dos hermanas.

La dorada ave fue puesta sobre verdes y frescas lechugas en un gran azafate decorado con uvas y manzanas, en un recipiente adicional fue puesta la salsa, receta de la familia, que bañaría cada plato en la mesa de la familia Arroyavesales.  Las tres hermanas tomaron el azafate y lo taparon con bello mantel, sus rostros estaban llenos de alegría y gracia, no lloraban, estaban sonrientes donde el brillo de la felicidad alumbraba sus bellos rostros.

A quien se le salieron las lágrimas fue al papa de las hermanas Arroyavesales:

—Muchas gracias, no saben lo que me ha costado sacar adelante a mis hijas después de la muerte de mi esposa, desde esa fecha me he sacrificado mucho por ellas y no habíamos tenido un momento tan alegre como este, se lo agradezco mucho, cuanto debo por… —Se llevo la mano a su billetera.

—No. —Dijo Deyare— es un regalo de mi familia para su familia, vayan en paz y con Dios a celebrar esta fecha.

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