Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Corría el año 2001, cuando M95 aterrizó en la estación de ferrocarril, en el momento oportuno de una llegada masiva de pasajeros, un do­mingo por la tarde, a finales de agosto, concretamente el 31 de agosto. Nadie se dio cuenta de que no había descendido del último vagón, sino de un artefacto más allá. Arrastrando su equipaje de dos maletas, se mezcló entre los viajeros que volvían de las vacaciones de verano para incorporarse a primeros a sus respectivos trabajos. Cruzó el andén y se dirigió hacia la parada de taxi

—Buenas tardes. La calle Doctor Mayo, 12. Por favor.

—Está bien.

Tomaron una amplia avenida. Eran las 7:45 de la tarde y todavía el sol no había decaído. Le sorprendió la luminosidad y la quietud que le rodeaba. Lo que el trayecto le permitía ir viendo de la ciudad empezó a gustarle. A pesar de los muchos viajeros, el tráfico era fluido. Torcieron hacia la izquierda y circularon por una amplia avenida en dirección al este. A continuación, otras dos calles más estrechas y ense­guida llegaron a su destino.

El taxi se paró ante una urbanización de altos pisos separados de la calzada por un jardín muy bien cuidado.

Pagó al taxista y se introdujo en aquel complejo urbano, hacia el bloque 5º. Empujó la puerta de entrada que cedió a su presión, y diri­giéndose a la única vivienda de la planta baja pulsó el timbre.

Una señora de unos setenta años abrió la puerta a la vez que se secaba las manos y trataba de quitarse el delantal que llevaba puesto encima de un vestido playero.

—Buenas tardes. Soy Kay Moor, (*1 ) nueva inquilina del piso 8ºC.

—¡Oh!… ¿Usted es…? ¡Qué sorpresa! Yo… no… no la es­perábamos hasta más tarde. Pero… pase, pase. Deje sus maletas aquí y pase, aunque sea un momento.

—Yo siento. Tenía haber avisado en punto, la hora de mi llegada.

—No, no es eso… es que… mi hija… si, mi hija no está y… —respiró con profundidad para darse serenidad y continuó—. Bueno, no importa, todo está preparado. Bienvenida. ¿Ha tenido buen viaje?

—Sí, gracias. Todo bien.

—Pero… ¿Por qué seguimos aquí? Pase y tome un refresco. Los días aún son muy calurosos.

—Muchas gracias. Yo quiero ir a mi piso si no molestia.

—¡Por supuesto! Ahora mismo subimos.

Se acercó a un pequeño mueble y sacando un manojo de llaves de uno de los cajones, se lo entregó diciendo:

—Aquí tiene sus llaves. Esta es la de la puerta de la calle, esta de la entrada de la portería, esta pequeña la del buzón de cartas, y estas dos las del piso. Bueno, son muchas para un primer mo­mento, pero con estas señales espero que se familiarice pronto con ellas. Si me permite le acompañaré al piso.

Y sin esperar respuesta, la condujo hacia el zaguán y cerró la puerta de su vivienda, dirigiéndose a los ascensores seguida por M95.

 

*1 Es obvio que lo correcto sería decir «soy la nueva inquilina», pero se trata de una extranjera que no domina el idioma. A partir de este momento las incorrecciones idiomáticas que aparezcan por boca de Kay Moor, agente M95, como, por ejemplo, el uso del infinitivo en lugar de la forma personal del verbo no aparecerá con el obligado sic, y ello por cuestiones prácticas y o estéticas, ya que la susodicha forma sic se multiplicaría.

 

 

Mientras subían, ambas mujeres se entretuvieron en estudiar a su compañera. M95 lo hacía con menos disimulo, y así pudo observar que era una señora de buena presencia, debería haber sido muy bonita en su juventud, pues sus rasgos eran aún muy agradables. Había firmeza en sus labios y serenidad en su mirada, profunda y cálida. Su cabello lo llevaba bien arreglado. No usaba maquillaje, sólo un poco de sombra en los párpados. Sus sonrosadas mejillas, la pequeña boca, tersa barbi­lla y amplia frente, formaban una combinación atractiva.

 

—Ya hemos llegado —dijo empujando la puerta del ascensor—. Confío en que esté todo a su gusto. Abra por favor.

M95 se acercó a la puerta que estaba señalada 8ºC y metió la llave.

—Espero que esté cómoda. Si necesita algo no tiene más que pedirlo y mi hija y yo con mucho gusto le atenderemos.

—Muchas gracias. Es muy amable Usted —dijo mientras iban entrando las maletas.

—Poco a poco irá familiarizándose con todo esto. Aquí, en la cómoda de la entrada le he dejado nuestro número de teléfono. Y, de verdad, no dude en llamarnos con lo que necesite. Bien sé que no es fácil adaptarse a un país extranjero.

—Otra vez yo doy gracias. Yo llamaré con las problemas desconocidas.

—Ya verá como todo será muy fácil. Este es un barrio muy acogedor y la gente es agradable y comprensiva con el forastero.

—Así creo.

—Cuando venga mi hija le diré que se ponga en comunica­ción con Usted para lo que necesite. Bienvenida. Hasta luego.

—Adiós. Buenas tardes y otra vez gracias.

Cerró la puerta. Lo primero que hizo fue quitarse los zapatos. ¿Es que nunca se iba a acostumbrar a ellos? ¡Estas modas del siglo XXI!

Aún estaba colocando en sus respectivos sitios las cosas de las male­tas, su ropa y sus utensilios de trabajo, cuando sonó el teléfono.

—¿Será posible que alguien me llame? Seguramente será una equi­vocación. ¿Dónde estará el teléfono?

No lo había aún descubierto y trataba de llegar a él por la dirección del sonido. ¡Al fin! Estaba entre los armarios de la cocina.

—¿Diga?

—Buenas tardes. Soy Marta, la hija de su casera. Mi madre y yo hemos pensado que quizás no tenga nada para cenar y qui­siéramos que aceptara el compartir nuestra cena. ¿Qué le parece bajar y tomar algo con nosotras?

—Yo… pues… no se… pensaba… Bueno, ¿por qué no? Pero no quiero ser una problema. Yo tengo bocadillo.

—Déjelo para mañana. Ya tenemos todo dispuesto y nos gus­taría que al menos la primera noche no la pasara sola.

—¡Qué amable! Bueno. Soy ahí con un minuto.

» Tengo que empezar a tratar a esta gente —se dijo así misma, cuando colgó el teléfono—, para eso estoy aquí ¿no? Me interesa cuanto antes ir haciendo amistades, y comenzaré por mis vecinas, que tan amablemente se han ofrecido brindándome esta acogida.

Marta era el vivo retrato de su madre. Así se la imaginaba que habría sido aquella a su misma edad.

La cena era sencilla pero apetitosa. Madre e hija la observaban con satisfacción pues todo parecía que le agradaba, pero no era fácil comen­zar una verdadera conversación. M95 empezaba a sentirse incómoda al no saber cómo romper el hielo. Por fin la madre acertó diciendo:

—Nosotras esperábamos encontrarnos con una joven de ras­gos orientales. Teníamos noticia de que Usted era japonesa.

—La verdad, es esta mi nacionalidad, pero todos mis abuelos son americanos. La familia de mi madre van allí hace mucho en Tokio, mi madre ya nacer allí, y mi padre va muy joven a trabajar, también a Tokio como ingeniero técnico. Por eso, yo no tener cara japonesa, pero yo nacer y estudiar allí. Mis padres ya no son americanos y yo estoy de pasaporte japonés. Pero yo heredado ese gusto de aventuras y soy conten­ta de vivir otros países y gente nueva. Por eso soy contenta de conocer este lugar y me estudié mucho para venir y conocer más.

—Seguro que no tendrá dificultad. La gente le va a ayudar, ya verá.

—Son Ustedes muy gentiles. Yo saber muy difícil hablar bien el idioma.

—Bueno, eso es remediable. Con un par de meses hablando y escuchando a la gente local se adelanta mucho —dijo la madre con una fugaz sonrisa.

—Ha venido a trabajar en el colegio del barrio ¿verdad? —preguntó Marta.

—Si quiero. Yo necesitar trabajo para ganar dinero y pagar los gastos aquí. Yo sé que ese colegio necesitar una profesora de informática y yo soy preparada para enseñar. Pero no estoy cierta. Mañana yo tener entrevistar del director.

—Seguro que le darán el puesto. No creo que haya mucha competencia. ¿Quién se atreverá contra una japonesa experta en esa materia?

—Gracias por el ánimo, pero me temo por el idioma y ser en una cultura distinta.

—No tenga miedo, eso no va a ser obstáculo. Se trata de saber enseñar, el que mejor lo haga ese conseguirá el puesto. Y por lo que me ha llegado no hay mucha gente impuesta en esa asignatu­ra, así que esto le debe dar ánimo.

—Es verdad que es un buen colegio y se preocupan mucho a la hora de elegir sus profesores, pero, como dice mi madre, aun nuestros mejores especialistas no creo que sean muy expertos en esa ciencia, y ahí es donde Usted tiene las de ganar.

—Lo que más miran es la habilidad que manifiesta el profesor para hacerse comprender por los alumnos.

—Bueno, y yo con mi lengua de goma… La verdad que tengo expe­riencia de enseñar, pero en mi país.

—No importa, un buen maestro no es el que más sabe sino el que más fácilmente se hace con el interés de los discípulos por aprender, así que ese es su reto, el ganarse la atención y el interés de los estudiantes, esto es lo que le dará garantía para ocupar esa plaza.

—Tenga por seguro que lo que buscan es un profesor pre­parado y eficiente ante los alumnos y con su buena decisión lo conseguirá.

—Bueno, espero tener el trabajo. Ya yo informarles.

—¡Oh! ¡Es tardísimo! Tengo que marcharme ya, lo siento mu­cho —dijo Marta levantándose al tiempo que se limpiaba la boca con la servilleta y la dejaba doblada junto a su plato—, pero empiezo mi turno de noche a las nueve en el hospital y no quisiera ir apurada. Pero Usted no se mueva, termine tranquilamente, mi madre no tiene prisa y le vendrá bien un poco de compañía hasta la hora de acostarse.

—Es que… yo también marchar. Estoy poco cansada del viaje lar­go y quiero preparar para entrevista de mañana. Yo tengo pena no quedar más tiempo. Todas muy buenas, con buena recibida mía. De verdad que yo ser muy contenta.

 

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

 

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