MOISÉS ESTÉVEZ

En la esquina de un oscuro callejón con la calle 34, en el interior de su
desvencijado mustang estaba el detective privado Frank LaPaglia. Investigador
al uso, gabardina clásica con solapas subidas, sombrero bien calado y con un
cigarrillo que permanentemente humeaba ora entre sus dedos, ora en sus
labios.
Había recibido el encargo de vigilar y fotografiar a un grupo de judíos
neoyorquinos sospechosos de traficar con armas.
– La noche era la principal testigo de sus operaciones – Le comentó la
persona que ejercía de enlace con la empresa que contrató sus servicios,
dedicada al negocio armamentístico. La intención era controlar las injerencias
en un negocio por parte de bandas que actuaban en el mercado negro.
LaPaglia detectó movimiento a la salida de un loft del edificio del que en
un principio la citada empresa tenía sospechas.
Echó mano de su cámara réflex, fijó su mirada a través del objetivo y vio
que aquel saco negro que cuatro individuos cargaban en una furgoneta, no
tenía pinta de estar lleno de armas – Las armas se transportan en cajas. –
Pensó Frank, y empezó a disparar teniendo la certeza de que se trataba de
una bolsa fúnebre…

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