JUN LUIS HENARES

Ese lloriqueo de fondo…

Nunca se borrará de mis recuerdos su cara de alegría cuando le regalé la Scalextric; ¡cómo la disfrutó! Todo el día corría carreras —siempre elegía el Matra azul y me dejaba usar el rojo Ferrari—, ni siquiera quería dejar de jugar para irse a dormir. Tampoco olvidaré verlo con el guardapolvo blanco y su mochila al hombro, camino a la escuela de la mano de su madre al iniciar primer grado, o su corrida para alcanzar el tren bajo la lluvia e ir a la ciudad a visitar a sus abuelos. Su álbum con estampillas, el tablero de ajedrez, los poster deportivos que empapelaban la habitación, su orgullo al traer a casa y presentarnos la primera novia, el esfuerzo al entrenar con el equipo de básquet en el club del barrio, su satisfacción cuando recibió el diploma al finalizar la escuela secundaria, la libreta con la primera materia aprobada en Ingeniería… tantos recuerdos.

Cómo molesta ese llantito…

Pero todo terminó de pronto: noche lluviosa, un llamado telefónico, el viaje en taxi al hospital, el médico que nos dice que no pudo hacer nada, su cuerpo desnudo tirado en la camilla, el orificio de bala en su frente… Todo por ese nuevo celular; varias veces le dije que no se compre algo tan ostentoso, uno sencillo bastaba para hablar y mandar mensajes, para qué sacar fotos y tener ese whatsanosecuanto. Me miraba, reía a carcajadas y me daba un beso.

En la policía dijeron no tener pistas:

—¿Qué hacía en la calle a esa hora de la noche? Puede haber sido cualquiera con esta tormenta. —Pero sus miradas apuntaban al piso y evitaban las nuestras.

Extraoficialmente, un conocido nos comentó que sabían quién fue, pero que el asesino estaba protegido por el intendente y sus secuaces. Además, tenía varios negocios sucios con la misma policía.

No aguanto más ese sollozo…

Luego la larga y pesada búsqueda del asesino; indagar quién era, dónde y con quiénes vivía, seguir sus pasos, averiguar sus movimientos, descubrir sus contactos, amigos y enemigos, conocer cuáles negocios tenía con el poder. La planificación, calcular horarios, elegir el lugar exacto, conseguir la combi, preparar el sótano en la casa abandonada, las cadenas, convencer a mi amigo para que me ayude…

¡Calláte llorón!

Con su cara ensangrentada —no aguanté más y le pegué con un palo— llora y me suplica clemencia. Clemencia, la misma que él no tuvo. Apoyo la pistola en su sien, sus ojos desorbitados intentan frenar el destino, ese destino del que soy dueño. Las preguntas vienen a mi mente en este momento, ¿vale la pena arruinar mi vida por semejante basura? ¿Pero acaso no fue él quién me la arruinó para siempre al asesinar a mi hijo? ¿Mi vida aún es vida? ¿Puedo ser juez y parte? ¿Y verdugo?

Mi dedo suavemente acaricia el gatillo…

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

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