ALBERTO MORENO

El primer disparo sonó a las once de la noche.

El trallazo hizo añicos el silencio de la noche oscura en la Cuesta de las Culebras.

El segundo, cuatro segundos después.

Copito Juarez dio un respingo, se incorporó de la cama, buscó a tientas sus botas por el suelo del dormitorio, se abrocho la camisa y a oscuras, con sigilo salió por la puerta trasera de su casa.

Anduvo solo unos pasos, se ocultó en el cobertizo de los cerdos.

Estaba aterrorizado. El miedo ancestral que siempre le había acompañado, alcanzaba cotas insospechadas.

De nuevo, dos disparos separados por instantes, volvieron a profanar la quietud de la noche.

– ¡Con el primero le revientan la barriga, mascullo Copito y con el segundo lo rematan.

Dos sombras se dirigieron a su casa.

Por una rendija del cobertizo, vio que eran soldados uniformados del general Pantoja encargado de someter la insumisión de los hombres, que no querían vender sus tierras al hermano del general.

A la Cuesta de las Culebras habían ido esa noche a exterminar a los que no daban su brazo a torcer.

Penetraron en el interior de la casa de Copito, con una linterna escudriñaron la vivienda. – ¡La cama esta aún caliente!, dijo uno, ha debido huir ahora, estará cerca, volveremos más tarde.

Se marcharon. Los disparos continuaron hasta cejar en diez y ocho. Nueve campesinos habían sido ejecutados.

Unos sollozos se vertían en la oscuridad reinante. Eran lamentos de hijos y de esposas.

El cerebro de Copito frenéticamente descompensado intentaba construir una huida donde pudiera ocultarse y no encontraba a donde ir.

Convino estar muy lejos al día siguiente. Calculo que a paso militar en un día podría recorrer 15 leguas.

Se preparó.

Busco bajo el colchón los ahorros. En la cocina rebaño lo que pudo de comida, también cogió el cuchillo. Repaso con la vista sus pertenencias y no supo que llevar, estaba aterrado, no conseguía pensar. Sus campos habían desaparecido de su mente.

La Cuesta de las Culebras era un poblacho de apenas doscientos habitantes, poseía tierras valiosas, regadas por el Chachinea. Al estar a desmano de todo, había escapado a la codicia de los militares.

Fue, cuando Pantoja acuartelo sus tropas junto al rio, hacía tres inviernos, en la campaña contra el general Varela. Vio el rio, con su cauce a rebosar, se agacho, cogió un puñado de tierra, en su orilla húmeda, el olio, vio su color oscuro, viscoso, la desmenuzo con sus dedos, y exclamo: ¡Pendeja!, volveré!

La cuesta de las Culebras se asentaba en un solo camino. La dirección que arrancaba en la capital, después de atravesar dos cadenas de montañas, tres riachuelos y como doce pueblos, el camino llegaba a la Cuesta de las Culebras, lo atravesaba y seguía su ruta hacia lo desconocido.

A ciencia cierta Copito, nunca se había aventurado por esos pagos, no sabía que habría por allí ni a donde conduciría el camino.

En un golpe de buen instinto, eligió huir hacia lo ignoto.

Antes, de una de las ollas que había colgada en la pared de la cocina, cogió unos papeles arrugados, manuscritos, con el sello de la Judicatura, eran las Escrituras de sus tierras, cuando el otro Gobierno el del general Varela, como premio a un puñado de leales que le siguieron en su guerra, las consigno como suyas.

Cerro la puerta, atrancándola, escondió como pudo lo que creyó de valor, echo una mirada en derredor de despedida y con decisión se arrojó a la oscuridad.

Caminaba apresurado. Minutos después, el pueblo había desaparecido.

Con la luna y las estrellas diluidas en la noche, apenas si distinguía la línea sinuosa del camino. Este, se había estrechado y apenas si podía cobijar la anchura de las ruedas de una carreta.

Se había tranquilizado.

El andar lo hizo más pausado. El cerebro volvió a funcionar. En algún momento debería volver. Los sembrados de sus campos deberían regarse en unos días, salvo que lloviera. La casa quedaba abandonada.

De madrugada, despunto la claridad. El cielo fue tomando color de día. El sol llego y poco a poco, ascendió colocándose perpendicular encima de la frente de Copito, el calor le obligo a detenerse. Se refugió en la sombra de un framboyán de flores rojas que crecía al lado derecho del camino.

Rebusco en la mochila y encontró algún condumio que llevarse a la boca.

Siguió la marcha.

Una prominencia del terreno y una cuesta abajo permitió divisar como dos leguas de camino anticipado, a lo lejos, dos uniformes y una garita, justo a un lado del camino. Ondeaba una bandera en el alero del tejado.

Los uniformes de los soldados eran verdes, de otro color. Los soldados del general Pantoja vestían de caquis.

 

Se detuvo, sin comprender lo que veía, luego siguió avanzando, estaba a punto de cruzar la frontera del país vecino y Copito nunca había salido de la Cuesta de las Culebras, el nombre de su país le resultaba lejano, la noción de país, de patria, eran cosas que no entendía. Para el, La Cuesta de las Culebras era todo su mundo.

Se aproximó.

¡!Manos en alto!! ¡salvoconducto! Copito, explico lo que pudo a los soldados.

El dialogo, transcurrió entrecortado, con pausas. Nadie entendía la situación.

– ¡Y ¿dice, que le quería matar por nada?

¿Por nada no!, ¡para quitarme las tierras!

El soldado le indico que debía esperar al sargento, este vendría sobre dos o tres horas de espera, el superior sabría qué hacer. Para eso era sargento.

 

Copito se acomodó junto a la garita, se sentó sobre una peña, apoyo el mentón sobre su mano y empezó a dormitar.

El sargento, un hombre rechoncho, con pelo lacio caído a un lado de su frente, escuchó la versión de sus soldados. Miro a Copito y decidió dejarlo allí hasta el día siguiente, pediría consulta a su inmediato superior. Copito, era ciudadano del país vecino, solo quería pasar, no sabía que allí había otro país.

Las miradas de los soldados tranquilizaban a Copito, eran gente humilde como él.

 

¡¡Deberá quedarse unos días aquí, ¡¡Soldados, acomódenlo en sus literas o que duerma en el suelo, pero denle una manta!

Eso fue todo, se marchó.

El retén lo componían cuatro soldados al mando del sargento, las guardias transcurrían cada tres horas. Dos soldados se turnaban. El sargento solapaba los relevos y como aquella frontera no tenía tránsito, nunca pasaba nada, después de dos días, Copito había trabado amistad con los soldados.

Sentado en la piedra de la puerta de la garita, en un arrebato, cuando cenaban juntos, se dirigió al sargento y le dijo:

– ¡Mi sargento, podría quedarme aquí, limpiaría la caseta, traería el agua del rio y podría sembrarles unos víveres ahí, junto al camino!

– ¡Lo consultare con mi superior!, contesto el sargento.

De aquella conversación, había trascurrido un año y cinco meses.

Copito, después de limpiar, fregar, labrar la tierra y traer el agua, pulía los cañones de los cuatro fusiles de la tropa y se incorporó al servicio de las guardias con un fusil que le dio el sargento. El siempre pedía la última de la noche.

Así veía amanecer.

En aquel año, solo tres forasteros se habían aventurado por aquellos pagos.

Les pregunto por el general Pantoja y por la Cuesta de las Culebras y no supieron dar respuesta, dijeron que allí todo parecía normal.

A Copito, empezó a devorarle una idea que cada vez le llenaba más el cerebro, sabía que su casa estaba a tres días de marcha.

Desde entonces, andaba azorado, nervioso, con la mirada y el pensamiento en el mismo sitio.

– ¿Qué te pasa, Copito?, le espetó el sargento.

– ¡Me gustaría ir al pueblo y ver mi casa!!

 

¡Mañana vas con dos soldados que te acompañen, puedes quedarte dos días, irán vestidos de paisano para no extrañar.

Al día siguiente, de Villa Ancha, la población cercana a la frontera, vino el carromato de los víveres, trajeron uniformes nuevos y no fue posible emprender la marcha.

Al otro, llovió torrencialmente y al final emprendieron camino la semana siguiente. Se incorporó el sargento que sustituyo al segundo soldado.

Los tres, Copito, el sargento y el soldado emprendieron la marcha al despuntar el martes. Tardarían tres días en llegar, se quedarían dos y tres para volver, al final la expedición volvería en una semana. El soldado y Copito llevaban la comida y el agua, el sargento, las mantas para dormir.

Había transcurrido un año y cinco meses. Copito, desandaba el camino y comenzó a recordar cada detalle de su casa.

¿Seguiría en pie? ¿Y que habría sido de su campo?

A medida que menguaba la distancia, su corazón palpitaba con más fuerza. Un desasosiego fue apoderándose de él y un mal presagio le dictaba volver atrás. Se palpo el bulto oculto debajo de su pelliza y se sintió mejor. Llevaba el rifle camuflado entre sus ropas. El sargento lo ignoraba.

Aunque Copito retrasaba la marcha, estaban llegando.

Sus ojos, ávidos, escudriñaban el horizonte. El paisaje le era ya familiar.

¿Falta mucho?, inquirió el sargento.

¡No!, contesto Copito entrecortado.

Habían pasado el framboyán, que había cambiado sus flores rojas por el fruto. Su casa, a la entrada de la Cuesta de las Culebras, estaba allí.

La vio.

¡Queda poca comida!, comentó el sargento. ¡¿Hay en tu pueblo algún colmado?

¡Sí!, contesto Copito, ¡también la comadre Hortensia tendrá algo en su despensa.

El camino era un imán que impulsaba los pies de Copito hacia adelante- Solo treinta pasos le separaban ya de su casa.

Se detuvo. Estaba intacta, pero diferente, la fachada pintada de rojo y la puerta parecía nueva.

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