SIX

Mi polla aun palpitaba, el dolor de cabeza parecía haber desaparecido, en su lugar ahora tenía un terrible sofocón. Apenas me podía mover.

Al cabo de unos minutos Ana salió del baño risueña, como si tal cosa.

-Comemos?- Dijo con una vocecilla dulce. –Me ha entrado mucha hambre!

Se había arreglado, limpiado la cara, maquillado y peinado un poco. Excepto porque continuaba desnuda, no parecía haberme follado hace unos minutos. Yo, en cambio, seguía tirado en el sofá, sin fuerzas para moverme.

-Eh? Si… Si, que quieres hacer?- Dije haciendo un esfuerzo titánico para ponerme en pie.

Miré la hora de manera involuntaria. Joder! Era normal tener hambre, eran las dos de la tarde!

-No sé.- Me contestó.
-Abajo hacen unos menús que no están nada mal.- Le dije sin pensármelo mucho.

Era cierto, en mi misma calle habían un par de restaurantes, los típicos que se llenan de obreros, donde se comía muy bien por muy poco. Y sinceramente, no me apetecía nada cocinar en ese momento, o pedíamos algo, o bajábamos.

-Vale.- Soltó de nuevo risueña.

Perfecto, bajábamos.

Era una gozada ver a Ana contenta y feliz, lejos de la borde y creída que se mostraba en el trabajo, el contraste era brutal, y siempre me asombraba cómo podía cambiar tanto.

Ana cogió su vestido y yo le dije que subía un momento a por unos pantalones. A zancadas me planté en mi habitación y me vestí con lo primero que pillé. Unos tejanos, y una camiseta y volví a bajar al salón.

Cuando llegué Ana ya estaba vestida, pero sonrojada y me miraba tapándose la boca con la mano. Como si hubiera pasado algo. Y aquello me mosqueó un poco.

-Qué pasa? Me he perdido algo?- Le pregunté extrañado.

Ana hizo una mueca. Estaba preocupada por algo.

-No me acordaba que no había traído braguitas.- Dijo sonrojándose.
-Ah! Jajajajaja!!- Solté una carcajada. –No jodas!! Jajaja!! Eso te pasa por ser tan fresca!

Se lo dije burlándome de ella, bromeando y sin poder parar de reír, con aquello no había contado, y me hizo mucha gracia ver como Ana se lo tomaba muy en serio.

-Oye! Tú de que vas!- Soltó cabreada.

Y a mí, ver como intentaba hacerse la ofendida me daba la risa. Y me dio por reír más.

-Pues ahora paso de bajar, pedimos algo o lo que sea!- Me soltó indignada.
-A no! Ahora bajamos, y con más motivo! Jajajaja!- Solté agarrándola de la cintura para orientarla hacía la puerta.
-Oscar! Que no! Que paso!- Se quejaba dejándose arrastrar.
-Pues tienes un problema, porque yo voy a comer abajo, tu no sé lo que harás…- Dije mientras seguía riéndome.

No podía parar de reír, y cuanto más me reía, Ana me miraba haciéndose más la victima indignada, lo que me hacía que me dieran más ganas de descojonarme.

-Como intentes alguna jugada de las tuyas te enteras! Me oyes??- Soltó con los brazos en jarras.
-Yoo?? Soy inocente, por quien me tomas… Jamás se me ocurriría!!- Dije intentándome poner serio.

Cogí las llaves de casa y salimos hacía el ascensor. Ana iba vestida como la noche anterior, exactamente igual que como apareció en nuestra cita, pero sin las medias. Supuse que no superaron la movida de anoche, y por eso no se las puso.

Nada más entrar en el ascensor y cerrarse las puertas, le puse una mano en el culo estrujándoselo.

-Y tus medias?- Le pregunté pegándome a ella, y acariciándole las piernas desnudas con la punta de mis dedos.
-Estate quieto…- Soltó quejándose de forma cariñosa.- Ayer me las rompiste, no te acuerdas? Una tiene un agujero, y la otra esta manchada…
-Vaya… Pues si que te lo tuviste que pasar bien anoche, no?- Bromeé como si no fuera conmigo la cosa.

Ana sonrió haciendo una mueca para vacilarme, como me si dijera “que tonto eres”.

Con aquel vestidito escotado de manga larga, y los tacones, Ana estaba tremenda. La repasé de arriba abajo, sin importar que ella me mirara, la miraba descaradamente, a estas alturas ya no había que esconderse, sonreí sabiendo que debajo de aquella tela finísima no llevaba nada. Me hacía sentir un cosquilleo extraño.

No iba vestida como para ir a comer a un bar. Llevaba ropa como si fuéramos a salir de fiesta, a una discoteca quizás. Se había recogido el pelo con una coleta, y maquillado con lo que llevaba en su bolsito. Agradecí que no se hubiera pintado los labios, quizás porque sabía que íbamos a comer, y a mi eso ya me iba bien, porque me apetecía besarla, y no quería comerme el pintalabios de nuevo.

Le di un beso en la boca, y ahora fui yo el que le metió la lengua. Ana lo recibió abrazándose a mí, y mientras jugábamos con nuestras lenguas, fui subiéndole el vestidito para llegar a acariciar sus nalgas desnudas.

-Para!- Soltó quejándose, mientras ella tiraba de su vestido hacía abajo y daba un pasito para alejarse de mí. –Me has prometido que no harías nada!

Sonreí.

-Eso no es verdad.- Contesté.
-Me has dicho que no harías nada!
-Eso lo has dicho tú… Pero mírate! Como pretendes que no haga nada?- Solté estrujándole las nalgas.

Ana sonrió entrando en el juego.

-Además, me duele el culo! Cabronazo!- Soltó dándome un manotazo en el pecho.

Sonreí.

-Te duele mucho?- Le pregunté sin poder borrar una sonrisilla de la boca.
-Si! Y no te rías!- Dijo dándome un manotazo en el pecho.

La arrinconé contra una de las paredes del ascensor, entre mis brazos, y Ana se puso colorada.

-Qué pena… Porque luego pretendía empotrarte de nuevo contra la mesa y disfrutar otra vez de tu culito…- Susurré evitando que pudiera escapar de entre mis brazos.

Ana me evitó la mirada, pero su cara la delató. Puede que se hiciera la dura pero le ponía que la acosara de aquella manera.

-Ayer se me ponían los pelos de punta escuchando tus grititos…- Susurré mientras mi boca buscaba la piel de su cuello.

Empezó a ruborizarse, y escuché un pequeño suspiro cuando mis labios humedecían su piel.

-No dices nada?- Insistí besuqueando la zona por debajo de la oreja.

Ana levantó sus pechos, sentí como los estampó contra el mio, y como se hinchaban con su respiración, recolocándose contra la pared del ascensor, estaba atrapada, pero algo me decía que le gustaba estarlo.

-Me duele…- Susurró con una vocecilla sumisa.

Abandoné su cuello y la miré, sin apartar mis manos a ambos lados de la pared.

-Eso es lo que me dirás luego cuando te ate de nuevo y te haga mía?- Volví a insistir con un susurro mirándola a los ojos.

“Plinc!”

El ascensor llegó a la planta y abrió sus puertas, Ana miró hacia la puerta, y se agachó escabulléndose de entre mis brazos. Y al levantarse salió dando pasitos cortos del ascensor mientras se tiraba exageradamente del vestidito hacía abajo.

Salí detrás de ella, con tranquilidad y sin dejar de sonreír. Me encantaba jugar con ella. Por supuesto, si le dolía, no tenía intención de forzarla, ni de hacer nada que ella no quisiera, pero me gustaba picarla, me hacía gracia ver como se sentía indefensa. Ana siempre se había mostrado soberbia y prepotente. Y conmigo, gracias al sexo, ahora se mostraba sumisa y vulnerable en muchos aspectos. Me gustaba tremendamente jugar con ella, y romperle los esquemas.

Era innegable que Ana me gustaba, sentía algo por ella que no sabía definir, y estaba seguro que no solo era atracción sexual. Pero dentro de mí, algo seguía queriendo castigarla, demostrarle que yo tenía el control, y enseñarle humildad. Una parte de mí, seguía sin fiarse de ella, y era una mezcla agridulce de sensaciones. Me decía “Aprovéchate”, y por otro lado sentía la necesidad de ser cariñoso con ella.

Llegamos al restaurante entre risas y juegos. Yo abusaba metiéndole mano cuando nos abrazábamos, estrujándole el culo, y tirando de su faldita ligeramente de vez en cuando, porque me gustaba ver como ella se escandalizaba y tiraba de su vestido hacía abajo todo el rato. Ana se hacía la molesta, y me daba algún que otro manotazo, y se quejaba. Y yo me reía y ella intentaba acallarme. O nos dábamos besos, abrazándonos en medio de la calle, sin importarnos otra cosa que nuestras bocas.

Parecíamos dos tortolitos enamorados, dándonos amor a cada cuatro pasos.

El restaurante estaba lleno, con un vistazo rápido, me di cuenta de que tan solo habían un par de oficinistas trajeados, el resto todos eran carne de talleres, obreros. No había ni una sola chica, a excepción de una única camarera, y era una señora algo mayor, de las que viven en la peluquería.

La estampa estándar de los comensales, era el típico machaca, con mono de taller manchado, y botas de trabajo, y la cosa solo variaba de los que llevaban el típico chaleco multibolsillos azul marino, y los que no.

Todos se giraron a mirar a Ana y la repasaron de arriba abajo murmurando.
Ana iba en minifalda, con aquel vestido de tubo que no dejaba mucho a la imaginación y se pegaba a su silueta como un guante, dándole un toque escultural subida en aquellos tacones.

Me miraba de reojo, y se agarró a mi mano como si quisiera dejar claro que no venía sola.

Nos sentamos en una mesa del fondo. No era la única libre, pero si la más apartada de las que quedaban. Y al pasar noté todas las miradas en nuestros cogotes. O mejor dicho, en el culo de Ana, y miradas asesinas hacía mí.

A decir verdad, no me esperaba que estuviera tan lleno, incuso me sentí algo abrumado cuando vi el percal, y eso que conocía a los dueños de por el barrio. Vivo en una zona pegada a una especie de polígono industrial, un par de calles más allá de mi casa empiezan las naves y las oficinas grandes, y aquellos obreros solían ir allí a comer de manera habitual. Como normalmente cuando bajo yo, es o bien muy pronto, o mucho más tarde, no suelo coincidir con la marabunta. Y sinceramente, ni siquiera había caído en ello.

-Me has traído a un bareto de obreros!- Susurró Ana un tono nervioso acercándose a mí.

Había apoyado sus codos en la mesa para acercarse a susurrarme, de manera que solo la escuchara yo, y mis ojos se clavaron en sus tetas, apretujadas entre sus brazos. Por alguna razón, recordé que hacía poco rato, habían estado bañadas de mí.

-Tranquila, se come muy bien… No imaginaba que estaría tan lleno!- Le dije con tranquilidad, en el mismo tono para que solo me oyera ella.
-Eres un cabronazo!- susurró como si fuera un grito sordo.

Ana estaba nerviosa, cruzó sus piernas, y tiró un poco de la tela que le tapaba el escote hacía arriba. Sin embargo, consiguió el efecto contrario, porque sus tetas rebotaron con el movimiento de vaivén de su mano al tirar. Y no fui el único que se percató de aquello.

Miré alrededor de reojo, y vi que la gran mayoría de ellos miraba a Ana con disimulo, incluso alguno sin ningún reparo.

-Siéntete orgullosa, ahora mismo eres el sueño erótico de todos los que estamos aquí.- susurré.

Continuará…

Un comentario sobre “Asuntos de trabajo (70)

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