LOLA BARNON

Andrés

El sol se iba poniendo con mucha lentitud. Era más de las nueve y media y aún brillaba. Andrés vio a Nico irse. Sonrió con un punto de tristeza. Sí, era cierto que Mamen era muy atractiva y atrayente. Una mujer guapa, con estilo, elegante, muy sensual y ese punto de travesura malévola tan tentador y estimulante. No mentía cuando pensaba que era una mujer espectacular, y por la que, en otras circunstancias, podría llegar a sentirse atraído. Pero no, no lo estaba. En verdad, nunca lo había estado. Pero había tenido que engañar a Nico. Sintió que no le quedaba otra alternativa.

Se giró de nuevo viendo como Nico se alejaba, y caminaba en dirección a su coche. Pensó en él, un buen tipo con una pequeña perversión, en principio inocente y sin mayores problemas, pero que había terminado por agrandarse de forma peligrosa. Sin quererlo, o sin ser consciente del riesgo que aquello suponía, había cruzado una temeraria línea sin reflexionar y valorar las consecuencias que podían traerle a él. Y a Mamen. Y por su experiencia, ninguno valía para permanecer en este juego. Algo sabía de esto y conocía las características necesarias para afrontar esos roles de mujer que follaba y marido consentidor. Ninguno los poseía; muy pocos, en verdad, tenían aquello. Él, Nico, a pesar del paso que había dado, era inseguro y conservaba miedos. Ella, inocente a pesar de su sensualidad innata, e impulsiva, caprichosa y provocadora, pero sin llegar a ese estado de seguridad, inhibición y carisma que se necesitaba para jugar en esa liga. Los dos eran demasiado buenos, inconscientes e ignorantes de lo que habían iniciado. Si continuaban con aquel juego tan arriesgado, se quemarían. Sin duda.

No pudo evitar volver a leer las pantallas de Whatsapp de los posteros mensajes que ella le había enviado en los últimos días, tras ese fin de semana en el que él empezó a intuir lo que no podía suceder. En uno de ellos, y tras mantener con él algunos mucho más tiernos de los habituales, la frase de «sé que te estoy empezando a querer», volvió a clavarse en sus ojos recordando a esa Mamen tierna y atractiva. Su pecho, como el domingo cuando llegó a su casa, sintió nuevamente la misma dolorosa y punzante aflicción. Ahí fue, en ese preciso momento, cuando sintió el vértigo que le alertó del cercano riesgo que acechaba. Él, por suerte, sabía jugar a esto. No era la primera vez…

El martes siguiente, después de dejar a Mamen en las cercanías de su casa, decidió dar de baja aquel número de teléfono móvil y romper definitivamente el vínculo que empezaba a unirlos con demasiada y peligrosa cercanía. Allí, ese anochecer, en su coche, y mientras ella le besaba con una ternura infinita y un brillo especial en su mirada, volvió a decir una frase altamente peligrosa: «Creo que te quiero un poco…». Aquel vértigo que le avisaba como una bocina de un barco, lo  invadió de nuevo.

Andrés llegó a su coche. Fue a introducir la llave, pero antes se giró para mirar nuevamente la espalda de Nico que se alejaba despacio con las manos en los bolsillos. Deseó, sinceramente, que nunca se enterara ni de aquellas palabras, ni de los últimos mensajes que Mamen había dicho y escrito.

Pensó de nuevo en ellos, en que si no detenían aquello, saldrían mal parados. Lo intuía. O directamente, lo sabía. No serían los primeros que pensaran que aquel juego tan tentador era inofensivo y que se podía entrar o salir con facilidad.

La imagen de su hijo se apareció en sus pensamientos, y sus ojos se encharcaron. Todo lo hacía por él, para mitigar su enfermedad, que irremediablemente, se lo llevaría en pocos años. No había solución, por desgracia. Y de nuevo deseó que a él, un modelo sin futuro, un licenciado en Educación Física sin apenas posibilidades, también le gustaría tener otra vida. Una vida muy distinta, una vida sin frialdades, sin tarifas ni horarios. Una vida normal, como la que hasta hacía poco habían tenido Mamen y Nico.

No pudo evitar recordar a sus padres, volcados en los cuidados de su hijo enfermo, que desconocían totalmente la verdadera fuente de sus ingresos, y deseó que la vida no fuera así de complicada. Ni tan cruel.

Subió al coche, cerró la puerta, apoyó las manos en el volante con la imagen de Mamen y Nico aún en su cabeza, y encendió el motor.

En media hora tenía una cena a la que no le apetecía nada acudir.

Final

Mamen

Lloré cuando me lo dijo Nico. No lo hice delante de él, por supuesto. Ahí mantuve la compostura. Pero busqué un momento, después del té y aprovechando que mi novio se quedó viendo la televisión en el salón. Seguía una serie de nordic noir que a mí se me hacía demasiado complicada. No entendía que aquellos detectives y policías tuvieran más problemas personales y sicológicos que los asesinos en serie a los que perseguían.

Subí a la terraza y fui al mismo lugar donde vi apoyado a Jorge aquella noche. Allí me solté y no lo pude ni quise evitar; lloré con una mezcla de melancolía y de ternura. Lo hice en silencio, dejando que las lágrimas recorrieran lentas y solitarias mis mejillas. No fue un llanto estrepitoso, ni de rabia contenida. Era de pena, de sentir que de alguna forma, Jorge se escapaba de entre mis dedos cuando empezaba a sentirlo mío. De algo parecido a la injusticia. Recordé, con un añadido de tristeza, cuando ese fin de semana, allí en la terraza, a oscuras, le pregunté:

—¿Te tengo a ti? —Aquellas palabras ahora sonaban en mis recuerdos más intensas e intencionadas. Posiblemente las lágrimas las acentuaban en ese sentido. O no, y en verdad eran reales en toda su contundencia.

Y me vino a la mente aquellos ojos tan azules que en ese instante me habían mirado con un punto desconocido de melancolía y fatalismo. Entonces no entendí el por qué, pero Nico me lo había explicado hoy. Temía enamorarse de mí… Deseé tenerlo ahora mismo en mis brazos, abrazarlo con todo mi cariño, besarlo…

Bebí un sorbo del gintonic que me había preparado, con dos fresas abiertas y ligeramente apretadas que hacía que soltaran su jugo poco a poco y le diera un sabor más frutal al amargor de la tónica. Dos nuevas lágrimas salieron rápidas y furtivas de mis ojos.  Me las sequé y sonreí con tristeza. Jorge se había ido por miedo a que le pasara lo que a mí me estaba empezando a suceder. Me embargaba una pena difusa y complicada, una desazón con extraños perfiles y límites. Cerré los ojos y suspiré. Por supuesto que Nico no sabía nada y nunca lo iba a saber. Sería mi secreto, mi forma de recordar a Jorge. A pesar de ser alguien que trabajaba para satisfacer a las mujeres, había empezado a resquebrajar mi corazón. Y yo el suyo.

Sonreí con una considerable y amarga tristeza al pensar, que, al menos, él también había sentido algo por mí. Y me hice la extraña, boba y paradójica idea de que, en el fondo, no había estado conmigo por trabajo. Aunque sabía de lo absurdo e irracional de aquella sensación, me sentía en parte reconfortada.

En cuanto a lo mío, afortunadamente, sabía que era capaz de dominarlo y que el enganche con él, tan solo había comenzado. Quizá, el hecho de que la indudable y vertiginosa atracción que sentía por Jorge, estaba basada en una conexión sexual dulcemente salvaje, lo facilitaba.

Tenía un novio excelente, un hombre que me quería, respetaba y adoraba. Un hombre que merecía la pena. No podía perder eso por un sentimiento que tan solo empezaba a despuntar, aunque fuese con fuerza y vigor.

Miré hacia las luces de Madrid, como en aquella madrugada del fin de semana que estuvimos solos Jorge y yo. Elevé mi copa y volví a tomar otro ligero sorbo.

Me pregunté qué hubiera pasado si me llega a decir aquella noche, lo mismo que yo días más tarde en su coche:  «estoy empezando a quererte». Preferí no seguir con esa reflexión. Porque me asustaba que hubiera una respuesta… Y que no me gustara, o que sí lo hiciera. Ambas opciones eran igualmente peligrosas.

Entonces, y con esa inseguridad como referencia, tomé una decisión. Me dije que mi vida, ni podía, ni debía continuar por aquella senda de excitación y lujuria que me empujaba, poco a poco y sin remedio, a un abismo demasiado fascinante y seductor.

Pensé en Jorge, en mí y en Nico. Se me escaparon dos nuevas lágrimas. Me las sequé antes de que terminaran de resbalar por mis mejillas, respiré hondo y volví a entrar en mi casa. Jorge, pasaba al baúl de los recuerdos agridulces. Y lo cerré con llave.

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