Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Me levanté a la misma hora de todos los días y marché hacia el centro de la ciudad. La mañana tibia de un tardío verano otoñal invitaba al paseo.

Cuando salí del metro, pude observar que aquella amplia avenida estaba concurrida por mucha gente a pesar de la hora tan temprana, eran las ocho y media. Personas que marchaban con apresuramiento a su trabajo o a cualquier otra gestión, algunas señoras que arrastraban el carrito de la compra caminando con más o menos agilidad, otras parecían que se lo tomaban con más sosiego e iban resueltas a comenzar la mañana husmeando en algún que otro comercio que ya empezaba a abrir sus puertas, gentes desayunando en las terrazas de las cafeterías, otras que habían sacado al perro para dar la vuelta matutina…

Me puse a caminar sin rumbo, distrayéndome con el movimiento que circulaba a lo largo de la avenida. No tenía ningún plan, me interesaba sólo perderme entre la gente, observarlas y sacar mis conclusiones.

La mañana, con su agradable temperatura y su luminosidad, re­sultaba tan acogedora que desvanecía cualquier otra intención distinta a la de dejarse llevar disfrutando del paseo bajo el cálido sol de otoño.

Caminaba observando distraídamente. Me llamó mucho la atención por lo novedoso, un ciego que pasó conducido por un gran perro. El sujeto lo tenía asido con la mano derecha por una correa y con la izquierda se ayudaba por un bastón. El animal se paró para cruzar la calle en el mismo paso de peatones y esperó ser avisado por el sonido de una música que le indicaba el cambio de luz del semáforo. En cuanto ésta comenzó se puso a caminar arrastrando tras de sí al ciego. Un taxi se detuvo a recoger a una señora que le hacía señas desde la otra acera. Los coches pa­saban en bandadas, corrían como si vinieran perseguidos por un fuego, para detenerse al unísono por toda la calzada unos minutos más tarde en el siguiente semáforo, esperaban la señal agrupados, enseguida desapa­recían avenida abajo y arriba para dejar espacio a otra nueva oleada de vehículos que llegaban a todo gas y se detenían para dejar pacientemente paso a la multitud de peatones que cruzaban la calzada.

En esto estaba, cuando vi que alguien desde su coche parado en la otra orilla de la calle, trataba de llamar la atención tocando el claxon y sacando la mano haciendo señales en mi dirección. Me volví miran­do a mi alrededor por si alguien se percataba de la llamada. Por fin aquella persona se decidió a salir del coche y gritó:

—¡Eh, Kay, cruza!

Era Ana, mi vecina la periodista. Me apresuré a lanzarme hacia allí, antes de que el semáforo me lo impidiera. Cuando llegué, ella se estaba metiendo otra vez en el coche. Los conductores de detrás comen­zaban a inquietarse.

—¿Estás de día libre? —me preguntó apresuradamente—. Sube que no puedo pararme por mucho tiempo.

—Ya ves —dije mientras me acomodaba—, estoy por aquí curio­seando la ciudad.

—Si no tienes ningún rumbo fijo —comentó mientras ponía el ve­hículo en marcha, pues ya no podía demorarse más—, vamos a buscar un sitio para aparcar y tomaremos algo mientras charlamos.

Nos metimos por una calle secundaria y enseguida encontramos un espacio para el coche.

Comenzamos a caminar y con naturalidad me cogió del brazo. Su cara sonriente y su aire desenfadado hacían buen juego con la lumino­sidad de la mañana.

—Si no tienes nada mejor que hacer, te invito a que vengas conmigo, te prometo un día interesante.

—¿De veras? ¡Esto es una tentación!

—Pues consiente que no te arrepentirás. ¿Has desayunado? —me preguntó al tiempo que nos metíamos en una cafetería.

—Bueno, por la mañana como poco.

—Si te apetece, puedes acompáñame, aunque sea con un café, ¡yo estoy desmayada! Me he venido en ayunas y si no tomo algo no respondo de llegar al mediodía.

Nos sentamos en una mesita redonda para dos, cerca del ventanal que daba a la avenida.

—¿Qué van a tomar? —nos consultó una joven camarera.

—Yo un café con leche y una tostada con mantequilla y mermelada.

—¿Y Usted?

—Yo un café. Por favor.

—¿Solo o cortado?

—¿Cómo dice?

—Que si quieres el café solo o con unas gotas de leche o cre­ma —me aclaró Ana.

—¿Eso es cortado, con leche o crema?

—Sí.

-—¿Está bueno?

—Pruébalo.

—Está bien. Tráeme con crema. Por favor. Y ¿qué es eso tan interesante que llevas en tus manos? —le requerí en cuanto se marchó la camarera.

Ella titubeó un poco y se miró las manos.

Después de unos instantes se echó a reír y me contestó:

—Sin duda te refieres a lo que voy a hacer hoy ¿no?

—Sí, yo no comprendo por qué gracioso.

Volvió a reírse antes de continuar.

—¡Eres genial! No entendí tu expresión cuando hablaste de algo que tenía en las manos. Por eso me reí.

—¡Oh lo siento! Tú dices que es algo interesante.

—Sí. Creo que te va a gustar. Se trata de venir conmigo a una cita que tengo cerca de aquí, con un médico forense. Le he pedido una entrevista sobre los abusos y mal tratos ejercidos en menores. Luego iremos a una rueda de prensa en la universidad a las 12:30. Y si no nos dan ningún susto llamándome para algo importante, podremos comer en la misma universidad, así pue­des conocer el ambiente estudiantil de nuestros jóvenes. Por la tarde ya haremos planes. ¿Qué te parece el programa?

—La verdad que soy contenta. Ya sabes que me gusta mucho cono­cer vuestro ambiente.

—Por eso no he dudado en invitarte, en cuanto te he visto vagando aburrida por esta alocada ciudad.

—Dime, ¿qué es un médico forense? —le pregunté cuando subíamos en el ascensor.

—Es un médico que trabaja en los tribunales jurídicos, ayu­dando a los jueces con su criterio ante los casos penales.

Una vez ante el forense, Ana comenzó la entrevista activando su magnetofón. Por supuesto que yo también tenía conectado el mío:

—El tema que nos ocupa es siempre interesante pues, aunque los derechos del menor están ahí, ¿no le parece que debemos de sensibilizarnos con más información ante tan grave y real problema?

—Pienso que sí. En mi opinión y con la experiencia de tan­tos años en este trabajo, puedo asegurarles que no son pocos los casos en los que la violencia sobre los niños llega a causarles lesiones indelebles físicas, e incluso psicológicas, y éstas son aún más difíciles de tratar.

—¿Podría indicarnos los actos más significativos de violencia?

—Son muchos. Algunos increíbles de imaginar. Pero por seña­lar algunos enumeraré la violación, abusos deshonestos, malos tra­tos y lesiones físicas, agresiones y acometimientos, acoso psíquico con amenazas e insultos… en fin, un sin número de tratos violen­tos. Hay una larga lista de la que quizás lo más penoso es la secuela psicológica que puede marcar a la víctima para toda su vida.

—¿Hay muchas denuncias por estos delitos?

—Por desgracia no todas las que deberían ser. A pesar de que nuestra legislación les protege, existe una enorme desproporción entre los casos reales de daño a menores y aquellos que llegan a los tribunales.

—¿Qué pasa cuando son dañados de gravedad?

—Normalmente a nosotros suelen llegarnos los casos peores. Cuando las agresiones son leves, se pueden ir ocultando, pero si se les va la mano ya es más difícil.

—¿A qué se refiere?

—Verá, cuando un menor es presentado al médico, general­mente va acompañado por la madre o en su ausencia otra perso­na adulta, y esta trata de justificar las lesiones como resultado de una caída o cualquier otro accidente.

—¿Quiere decir que siempre es encubierta la causa?

—Generalmente, cuando la agresión se produce en el ámbito familiar sí. Esto se explica porque saben que el doctor está obli­gado por ley a denunciar el hecho a la justicia, cosa que no suele favorecer a la acompañante de la víctima.

—¿Se dan muchos casos de violencia fuera del entorno familiar?

—También los hay, pero éstas son más fáciles de detectar, porque suelen ser denunciadas por los mismos familiares, a no ser que el agresor tenga un poder dominante sobre ellos y se vean forzados a guardar silencio.

—¿Cuáles son los mecanismos que generan estos abusos y violencias?

—Normalmente son mecanismos psicológicos de dominio y agresividad que instigan al menor por la fuerza hasta llegar a la violencia si se tercia.

—También puede darse el caso de un sentimiento de frustra­ción ¿verdad?

—Pues sí. Este es sin duda, uno de los motivos más comple­jos. Cuando el adulto advierte que sus deseos o apetencias no se realizan, su reacción es de deshacerse del obstáculo que se inter­pone entre él y el deseo. A veces es un fracaso real de ilusiones puestas en el menor, pero no siempre. E incluso se da el caso de que la víctima es el blanco de un desahogo o revancha contra el más débil, aunque él no sea el verdadero causante de dicha frus­tración.

—¿Y qué me dice de los acosos psicológicos?

—Esto es más difícil de detectar si no va acompañado de mal trato físico, pero son sin duda tanto o más peligrosos, al tener tan pocos recursos de defensa. El menor desprestigiado, humillado y lastimado, que se sabe no querido y despreciado en su entorno, nunca sabrá valorarse como persona, su autoestima queda com­pletamente destruida.

—¿Son más frecuentes los daños causados por el sexo masculino?

—En mi trabajo al servicio de la justicia, he podido comprobar que casi nunca es la mujer sola la causante de estas agresiones, aunque a veces exista consentimiento o coparticipación de ambos, suele ser más frecuente el trato abusivo por parte del hombre.

—¿Qué consecuencias traumáticas señalaría como las más re­levantes?

—La violencia engendra violencia. Un niño que ha sido víc­tima es en potencia un futuro agresor. Son muchos los casos de adultos que, al estudiar su historial, descubrimos que fue mal tratado en su infancia.

—¿Qué nos puede decir de la muerte de menores por esas agresiones?

—Sí. Por desgracia también puedo señalar homicidios, parri­cidios o incluso accidentes que provocan la muerte como resul­tado de los malos tratos.

—Supongo que habrá conocido casos escalofriantes. ¿Qué les pasa a esos adultos?

—Por lo general suelen ser problemas patológicos, y a veces lle­gan a acciones verdaderamente macabras. Pero, como siempre, la víctima es el más indefenso. Además de los malos tratos, hay bebés que son echados a los contenedores de basura; otros que son vendi­dos para ser material en el tráfico de órganos, o para ser adoptados ilegalmente; o simplemente se les abandona a malvivir en las calles.

—¿Por qué tener hijos para eso? —me atreví a decir.

—Eso mismo estaba pensando yo. ¿Dónde quedan los senti­mientos de esos padres? —comentó Ana.

—Sí, verdaderamente es incomprensible que se llegue a esas ba­jezas, pero por desgracia mi experiencia profesional me lo confirma.

—¿Cuáles son los pasos por seguir para denunciar estos crímenes?

—Primero hay que acudir al médico, después, denunciar el caso ante las fuerzas de seguridad. Desde ahí se verá atendida la víctima por el jurado y será reconocida por el médico forense quien legalizará el diagnóstico de las lesiones.

—¿Cuál es la función concreta del médico forense?

—Somos facultativos que pertenecemos al Cuerpo Nacional de Peritos Médicos, adscritos al Ministerio de Justicia. Nuestra función es asesorar a jueces, magistrados, tribunales y fiscales en materias propias de nuestra especialidad.

Después de agradecer al doctor la atención que nos prestó, nos diri­gimos en coche a la universidad para asistir a la rueda de prensa en la facultad de ciencias.

—¿En qué vas pensando? —me preguntó Ana en el trayecto.

—En todo lo que he aprendido en este tiempo que estoy aquí, sobre las relaciones familiares y las cosas que nos cuenta el médico forense, me parecen dos mundos distintos.

—Sí, ¿verdad? ¡Es incomprensible, pero cierto! Vivimos en una misma realidad social, pero cada entorno tiene sus luces y sus sombras. Son las dos caras de la moneda de nuestra actual sociedad —hizo una pequeña pausa y prosiguió—. Gracias a Dios, aún existen muchísimas familias con valores morales dignos de ser aplaudidos. Por lo general esas atrocidades son minoritarias, pero ahí están. Cuando nos dejamos conducir por nuestras in­clinaciones egoístas, los resultados pueden ser demenciales. Una persona que no ama es capaz de no ver más allá de su capricho o interés mezquino, y pasa por todo con tal de conseguir lo que quiere, aun a costa de hundir a sus más allegados.

—Perdona, ¿qué quiere decir alle…? ¿Cómo?

—Allegados quiere decir las personas más cercanas, los fami­liares, los amigos…

—¡Ah! Yo no comprendo para qué tienen hijos si no los quieren.

—Yo tampoco lo entiendo. Quizás para explotarlos. ¡Qué sé yo! De todas las maneras, me cuesta aceptar que una madre, des­pués de haber engendrado un hijo y haberlo ido tratando durante nueve meses dentro de ella, sea capaz de abandonarlo cuando nace o manifestarse cruel con él. A no ser que el bebé le haya decepcionado.

—De verdad soy sorprendida.

—Te comprendo.

Con estas reflexiones llegamos a la universidad.

Entre que íbamos con el tiempo muy justo y lo difícil que resultó encontrar un lugar donde aparcar, llegamos con retraso.

El profesor nos hizo un gesto de saludo y olvidándose de la interrupción se dispuso a contestar la pregunta que le había formulado uno de los presentes.

Alguien nos hizo sitio y procuramos ser lo más discretas posibles para no llamar más la atención.

Ana pidió a un compañero que colocara su pequeño magnetófono entre los muchos que había en la mesa delante del profesor. No espe­raba encontrar nada novedoso, seguramente se comentaría sobre teo­rías ya desfasadas, pero podía ser interesante para ver como enfocaban cualquier tema. Era una ocasión para verificar directamente el nivel científico de esta cultura. Con todo esto, me dispuse a seguir el diálogo.

—Señor profesor, ¿podría indicarnos, con palabras simples, que es el ADN?

—Bien, llamamos ADN al ácido desoxirribonucleico, porta­dor de la información genética. Es una molécula que contiene cuatro bases nitrogenadas en un orden determinado.

—Esto quiere decir que está relacionado con los genes ¿No? ¿Cómo definiría a un gene?

—Como un fragmento de la cadena lineal del ADN que codi­fica una proteína. Digo un fragmento porque no constituyen más que el cinco por ciento del ADN de los cromosomas.

—¿Y qué pasa con el noventa y cinco por ciento restante?

—Es algo que por ahora se nos escapa. Pienso que, si está ahí, en unas proporciones tan grandes, alguna función tendrá, en la naturaleza no hay nada inútil, pero en este caso, aún no se ha llegado a descubrir su razón de ser.

—Sabemos que desde 1990 está en marcha el Proyecto Geno­ma Humano, ¿en qué consiste ese trabajo?

—Es un proyecto que comenzó con pretensiones de desci­frar toda la información genética del hombre, por medio del co­nocimiento de la secuencia de ADN en la molécula, pero esto está resultando algo utópico, cuando se sabe que tendrían que secuenciar los tres mil millones de pares de bases que tiene el jue­go cromosómico haploide humano. Por ello actualmente se trata de buscar la información deseada en otros organismos, donde la manipulación genética es menos arriesgada, y desde ahí intentar deducir información para el genoma humano.

—Está Usted hablando del genoma humano, ¿acaso es un término genérico?

—Por supuesto que no hay dos personas genéticamente igua­les, a excepción de los gemelos monocigóticos, pero sí que quiero señalar que hay una primera información genética en todos los seres vivos, que es muy poco variable. Son los genes que originan la vida y son básicamente iguales para todos los organismos. A partir de aquí, el estudio consiste en ir investigando desde uno o varios individuos, anotando las frecuencias y las diferencias, ais­lando trozos de sus moléculas de ADN. Son estos datos los que nos ayudan en el proceso del conocimiento genético.

—¿Me permite otra pregunta?

—¡Adelante!

—¿En qué consiste la terapia génica?

—En la capacidad de manipular los genes pudiendo extirpar­los o injertarlos, según convenga. Este trabajo está aún en expe­rimentación en las personas, pero ya ha habido éxitos concretos.

—Señor profesor, ¿podría explicar la diferencia entre células somáticas y células germinales?

—Las células germinales son las reproductoras y las somáti­cas son las demás.

—¿Por qué hay tanta resistencia a la manipulación de las cé­lulas reproductoras?

—La ética científica se opone a la manipulación de las células germinales de las personas porque puede haber efectos secunda­rios que afecten al individuo o a sus descendientes. Sin embargo, la terapia génica somática sólo afecta al individuo que se le aplica y no difiere técnicamente del proceso médico de un trasplante. Claro, en todo esto siempre está el peligro ético del que manipula con el cuerpo humano. Existe un pacto implícito de respetarle, pero por desgracia, puede no cumplirse.

—Pero en sí, la ciencia está llamada a desarrollarse en servicio del hombre ¿no?

—Así es. Y los progresos positivos son muy loables, gracias a los esfuerzos coordinados de bioquímicos y genetistas. Todos los adelantos clínicos y farmacológicos han facilitado la superviven­cia, no sólo del individuo sino del progreso de la humanidad en su proceso biológico. El poder extirpar o reparar órganos fisioló­gicamente tarados, el tratamiento de enfermedades de tipo here­ditarios, todo esto va en favor de mejorar la naturaleza humana.

—¿Qué nos puede decir de la Eugenesia?

—Pues, veréis, la Eugenesia trata en principio de mejorar el pa­trimonio genético de la raza humana. Esto se contempla desde tres vías: una negativa, que consiste en eliminar las incidencias de genes deletéreos, por medios del aborto o por un método preventivo, con ello se evita la descendencia defectuosa. La segunda vía se trata de incrementar genes deseables, esto se suele aplicar para la selección germinal en la inseminación asistida. Es éticamente muy criticable por los posibles efectos secundarios. Aquí entraría la reproducción de individuos en series, los llamados clónicos. Estos métodos repro­ductivos, pueden llevar a la eliminación del procedimiento sexual como medio procreador, destruyendo con ello el sentido de perte­nencia familiar y conduciéndonos a una sociedad totalmente desper­sonalizada, de individuos que han perdido su identidad y la riqueza de ser únicos e irrepetibles. Por último, la tercera vía es la cirugía genética, que en parte coincide con lo que hemos comentado al ha­blar de la terapia génica. Es la manipulación directa del ADN. Como decíamos al principio, en esta ciencia hay mucho camino por reco­rrer. Prácticamente sólo se lleva menos de un siglo en estos estudios. Es una parte de la ciencia donde se está empezando la experiencia, pero indiscutiblemente los beneficios que se pueden obtener son imprevisibles, si somos capaces de caminar a la par ciencia y ética.

—Profesor, ¿por qué tanta preocupación e insistencia en la ética?

—Bueno, es obvio que no todo lo que es técnicamente posible es éticamente admisible. Por eso el quehacer científico ha de de­limitarse en su poder manipulativo, su pasión investigadora y sus ambiciones personales con su propia valoración ética. La ciencia puede, sin duda, ir más lejos de lo que éticamente es permisible. Por ejemplo, los individuos clónicos o las quimeras humanas –re­sultado de fusionar dos o tres embriones- perderían su identidad como persona. ¿A qué se llegaría con esto? ¿A tener unos seres manipulables por el mismo hombre? ¡Perderíamos a la persona!

—Usted ha hablado de la valoración ética personal, ¿cree en la libertad de autodeterminación del científico?

—Por desgracia, la ciencia además de personas inteligentes ne­cesita de un gran poder económico, lo que puede convertirse en un arma de dos filos, porque podemos estar a merced de un poder rico, pero sin escrúpulos. La ciencia es, sin duda, cómplice, para bien o para mal, del desarrollo y del progreso de toda la Naturaleza. Como suelen ser los poderes dominantes los que sostienen económica­mente las investigaciones científicas, o los científicos optamos por el hombre o nos exponemos a ser causa de su destrucción.

—¿Es Usted pesimista ante esta falta de independencia?

—¡Por supuesto que no! ¡Hay que seguir adelante! Yo disfruto con la ciencia y me pierdo en las investigaciones. Veo en todo ello un espacio amplísimo por donde vamos descubriendo los secretos fabulosos de la Naturaleza. Pero a la vez hemos que ser conscien­tes de nuestra responsabilidad ante los abusos de poder. Entiendo que es necesario que el desarrollo científico se ponga al servicio de los intereses de toda la humanidad como un signo de progreso, sin dejarse manipular por los intereses de los poderes dominantes.

Y con esto dimos por terminado la tarea de la mañana.

 

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

 

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