JUAN LUIS HENARES

Faltaban cinco minutos para las veintiuna; sentado a mi derecha Roberto controlaba atento, tanto por su ventanilla como por el parabrisas, que todo se encontrara en orden en el camino. Lo notaba algo tenso, a pesar de que este era un viaje más de los tantos que hacíamos en el furgón de la empresa. Trabajábamos para un famoso laboratorio alemán, conocido tanto por sus productos como por sus conexiones con el poder, las que venían desde los vínculos con el gobierno nazi en la primera mitad del siglo XX. Atrás, sentados entre la carga, dos guardias armados eran nuestros compañeros de viaje. Por cuestiones de seguridad, no informaban a los empleados sobre el contenido de los cargamentos, ya que temían fugas de información; pero Roberto lo conocía. Él era el duro de la fábrica, la mano derecha del gerente que se encargaba de hacer los trabajos sucios, de apretar a quienes no aceptaban las reglas de juego impuestas por la patronal. Se decía que fue quien mató al delegado gremial, el que apareció degollado en un callejón cercano a la fábrica; el pobre tipo había defendido a unos empleados despedidos, motivo suficiente para ser eliminado.

La ruta estaba casi en penumbras; de pronto, al costado del camino divisé un auto con su luz de posición encendida, tensioné mis músculos y me afirmé al volante. Desaceleré, Roberto miró mi pie derecho, y en ese preciso instante dos coches oscuros nos cerraron el paso. El protocolo de la empresa indicaba acelerar para golpearlos y pasar entre ambos, pero yo frené. Mi acompañante gritó:

—¿Qué hacés idiota?

Inmediatamente se abrió mi puerta y aparecieron dos personas, con sus caras cubiertas con pasamontañas estilo Subcomandante Marcos y con armas que apuntaban a nuestras cabezas. Nos sacaron del vehículo a los empujones y fuimos a la parte trasera; gritaron a los guardias para que abrieran las puertas, pero éstos se negaron.

—¡No abran, es una orden!

Fue lo último que dijo Roberto; se escuchó un sonido seco y apagado, noté que la sangre brotaba de su cabeza y salpicaba mi ropa. Se desplomó al piso, sin vida, y el que disparó apoyó luego su pistola sobre mi sien; les imploré a mis compañeros que por favor abrieran, lloraba y les decía que no quería morir. Por fin lo hicieron…

Los medios de comunicación escribieron a raudales sobre la noticia; uno de los diarios más leídos expresó:

“Miembros de una organización terrorista robaron diez mil dosis de vacunas. Iban a ser repartidas en centros de salud para vacunación gratuita de niños pobres. Mataron salvajemente al jefe de seguridad, dos guardias fueron drogados y maniatados. Se recuperan favorablemente”.

En la primera página, un texto resaltado:

“Ernesto Manuel Soto, 42 años, 1.78 metros, 80 kilogramos. Terrorista infiltrado en la empresa”.

Sobre él mi fotografía, con cabello enrulado y barba.

Todos repetían historias similares.

Pero un medio de los llamados alternativos, creo que anarquista, reprodujo un comunicado de una organización clandestina llamada Un mundo para todos; en él manifestaban:

“Todas las vidas humanas tienen el mismo valor. Con el fin de asegurar el acceso irrestricto del pueblo a la salud, recuperamos diez mil dosis de una secreta vacuna contra el SIDA, destinadas a la comercialización entre las elites del poder, a un valor aproximado a los veinte mil dólares cada una. Estas dosis ahora serán distribuidas gratuitamente entre los enfermos de todo el mundo, especialmente de África, salvando miles de vidas inocentes”.

Esbocé una sonrisa; pasé la mano por mi afeitado rostro y la rapada cabeza, ajusté el nudo de la corbata y me coloqué los lentes. Guardé en el bolsillo del traje mi pasaporte inglés a nombre de Charles Calthrop, y me dispuse a dormir en el asiento de primera clase del vuelo de American Airlines.

Con rumbo desconocido.

 

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

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