TANATOS12

Capítulo 1

Sabía que podría luchar para despertarme, pero prefería aquel limbo, aquel espacio inexacto entre soñar y divagar, pues aquel sueño semi consciente me estaba mostrando verdades con más claridad que si estuviera totalmente despierto.

El lugar era nítido, conocido para mí en el sueño, la casa de un amigo. Me sentía a gusto. Me rodeaba gente conocida, gente con la que podía ser yo. Sin embargo, había en mi interior una desazón, algo había cambiado. Era algo descorazonador, doloroso. E irremediable. No había habido una impacto único, sino un proceso. Estaba claro, todos allí lo sabíamos, aunque no hablábamos de ello; no por mi dolor, sino porque hacía tiempo que la ruptura se había producido.

Solo me aliviaba esa pequeña consciencia de saber que estás soñando, pero no quería irme, quería seguir en aquella casa, en aquel salón, ayudando a servir la cena, por lo que aquellos sentimientos pudieran descubrirme.

Sentía el pecho oprimido, como si no pudiera coger todo el aire que quisiera. La ausencia de aire era la ausencia de María en mi vida.

Compartía conversaciones intrascendentes mientras me preguntaba sino había hecho absolutamente todo lo posible para que María me acabara dejando. Un año, casi entero, maquinando, conspirando, manipulando, empujando, para un objetivo.

Lo curioso era que no llegaba a sentir culpa. Y no la sentía precisamente porque su actitud final me contrarrestaba. Como si su disfrute en sus encuentros sexuales me exonerara. Como si el hecho de yo revelarle cosas que ella en el fondo quería, la hicieran a ella tan culpable como a mí, pues no le había hecho crecer en ella un sentimiento, sino que solo lo había liberado.

Pero el dolor era terrible. Y aun no habiendo culpa, había conciencia de la sinrazón.

Germán sentado a mi lado. Mi confidente, mi confidente real. Pues mi otro confidente había sido Edu. Qué absurda locura, o no. Me miraba mi amigo con ojos comprensivos pero a la vez sin entenderme, sintiendo empatía por mi dolor, pero no por mi comportamiento. A su vez había un “te lo dije” permanente. Y yo sabía que no había atendido a sus consejos, si bien no recordaba cuales habían sido, más allá de buscar a un tercero formal, profesional, entre comillas, como si aquello fuera a arreglar algo. Como si el problema fuera el quién y no el qué.

Notaba como se me dormía cada vez más el brazo, y eso hacía alejarme más de aquel sueño consciente y adentrarme más en la realidad. Aquel adormilamiento me hacía tomar consciencia física, de mí y de mi entorno. Un sofá, un sofá conocido, un olor a nada, pues a nada huele tu propia casa. Ya casi completamente despierto recordé qué hacía allí. Recordé como le había escrito a Edu con el beneplácito de María, como ella no le había contestado a Guille ante la propuesta de subir a nuestra casa a follársela. “¿Por qué no?” le había preguntado fingiendo distancia, “porque solo me faltaba que ese idiota sepa donde vivo”, había sido su sádica respuesta. Y aquel sadismo había ido en aumento, llegando a inquina, cuando una vez zanjada la visita de Guille y dejando en el aire la cita con Edu y Víctor, había comenzado a hacerme preguntas. Un cuestionario pernicioso, con superioridad. Juzgador. A la pregunta “¿Por qué siempre te acabas yendo cuando empiezan a follarme como tú no sabes?” no pude responder. Y a la segunda o tercera vez que me recriminó con palabras gruesas decidí abandonar la cama e irme a este incómodo sofá. No sin antes recibir las últimas estocadas, con frases que jamás le había escuchado: “En el fondo eres un cobarde, quieres que me follen pero después te cagas y te vas. Eres un mierda”.

“Eres un mierda”. Jamás me había hablado así, ni le había hablado así a nadie en mi presencia. Y lo peor no era el contenido sino la rabia que se desprendía de su voz, de su tono, de su gesto.

Liberé mi brazo y abrí los ojos. La penumbra era casi total. No dejaba de ser curioso que tan solo veinticuatro horas atrás también hubiera mal dormido en otro sofá; en aquella locura, que tenía tan presente, con imágenes tan nítidas en mi mente, pero que a la vez sentía muy lejanas. Como un compartimento estanco en mi vida.

Mi vida, la noche de la boda con Edu y mi vida otra vez. Mi vida, la noche en aquel antro, y mi vida otra vez. Lo paradójico era que en aquellos compartimentos era cuando más vivo me había sentido.

Miré el reloj, no hacía ni una hora que me había marchado huyendo de mi propio dormitorio. Me había parecido más. Me había venido al salón, dejando a María allí, pero trayendo conmigo todas las incógnitas. Solo parecía tener una cosa clara: no me arrepentía. Aun sabiendo que había el peligro latente de que María me dejara, no me arrepentía. Aun sabiendo que María había quedado con Paula la tarde anterior, seguramente para pedirle consejo o para hablarle de dejarme, no me arrepentía. A pesar de sentirme un enfermo por disfrutar de aquella manera de haber entregado a mi novia a aquellos dos niños pijos, no me arrepentía.

Aquellos dos chicos, aquel antro, aquella noche. Aunque pensara en otra cosa simultáneamente me venían imágenes de todo lo sucedido… De María besándose con aquel chico al que decía odiar… de María chupándosela a Álvaro… De mi novia montándole… De cuando ella había dejado de incluirme, de mirarme… De los cuatro en la cama… De Álvaro ensartándosela… en el culo… Sus gemidos de dolor y mi dolor silencioso. No contento con eso me preguntaba qué más, qué más habría pasado en aquel dormitorio todas aquellas horas en las que yo había estado ausente. ¿Cómo habían llegado a juntarse los cuatro, los dos amigos y las dos rivales, en el mismo catre? ¿Por qué se había ido Sofía? ¿Qué pasó cuando se quedaron entonces los tres? La frase de Guille, aquel “Álvaro le está dando por el culo a tu novia, por si quieres verlo”.

Y lo de Edu, siempre presente, siempre trasversal. Qué se traía con él. Y Víctor… ese cuarentón magnético, carismático, atrayente, pero a la vez en cierto modo repulsivo, que parecía saberlo todo y querer rondar cual buitre por lo que pudiera pasar. La ropa de María; vestirse con falda por orden de Edu para gustarle al juez afortunado, de pija para Víctor, o con tal o cual bikini para él. ¿Y aquella época más provocativa en el despacho? ¿Compitiendo con Patricia? ¿Para gustarse, para seguir siendo la primera del despacho o para obedecerle? Siempre había dudado entre la primera y la segunda hipótesis, y ahora sobrevolaba la tercera.

Mi mente era un huracán que repasaba todo lo vivido y todos los frentes abiertos, con la sensación subyacente de que ni mi mente ni mi cuerpo podían con todo.

Giré sobre mí mismo hasta quedar boca arriba, más cómodo, más en armonía con mi cama improvisada, y entonces escuché unos pasos, unos pasos descalzos, acercándose. La sentí llegar. Sentí llegar a ella. A mi novia. A mi prometida. A María. A la que más quería y jamás querría a otra. A ELLA. A la dueña de todas las respuestas.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (1)

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