JUAN LUIS HENARES

 

El teatro está lleno, el ansioso público aguarda la entrega de los títulos a los nuevos suboficiales de la policía provincial. Los familiares de los egresados se amontonan en los asientos y pasillos en espera de ver a su ser querido —con impecable uniforme— recibir el diploma en manos del Comisario General. Simón escucha risas, gira hacia un costado y encuentra a una nena de unos tres años que salta en su butaca; le recuerda a Laura, su amada Laurita, a los brincos entre los árboles en el patio de su antigua casa. Está sentado cinco lugares a la izquierda del flamante suboficial Romero, quien junto a su madre —su padre falleció años atrás— espera impaciente el inicio de la ceremonia. Simón transpira, hace calor y el aire acondicionado del teatro está apagado. En el piso de madera sus piernas resguardan la mochila negra que lo acompaña a todas partes.

La banda de la policía comienza a entonar una marcha militar, el público se pone de pie. Termina la melodía, todos vuelven a sus asientos, y al fondo de la fila divisa una joven veinteañera junto a su novio; se la ve enamorada, y se acuerda de Laurita el día que muy feliz les presentó a su primer amor. Cierra los ojos y evoca ese momento; también la recuerda atemorizada mientras lo mira alejarse al quedar con la maestra de primer grado, correr hacia él con el diploma de la escuela secundaria en sus manos, servir unos platos con guiso a los chicos del comedor popular en el barrio, subir por primera vez las escaleras de la universidad… Simón atrapa esos momentos y no los deja escapar de su memoria. Mire hacia donde mire, todas las jóvenes se la recuerdan, todas ellas son Laurita.

Se aproxima el gran momento; el locutor anuncia la presencia del Comisario General, quien con su uniforme azul sube al escenario. Comienza la entrega de diplomas: primero un tal Albornoz, luego Álvarez, Arellano y así sucesivamente, en estricto orden alfabético; todos lo hacen acompañados de algún familiar, ya sea el padre y/o la madre, la esposa y los hijos, cada tanto alguna solitaria novia. El Comisario con la mano izquierda les entrega el título, a la vez que les estrecha la derecha. Simón toma la pesada mochila que aprieta entre sus piernas, y lentamente se la coloca en la espalda.

Retamar… Rodríguez… Roldán…

Llega al fin el turno del Suboficial Romero; al nombrarlo el locutor, el egresado se levanta y camina junto a su madre hacia el escenario. Unos pocos pasos más atrás lo mismo hace Simón. El Comisario —imponente con sus casi dos metros de altura— estrecha la mano del nuevo miembro de la fuerza, le da un beso a la madre y se encuentra con Simón; interpreta que es el padre y tiende su brazo hacia él. Simón lo mira fijo. Lo imagina con la picana eléctrica en la mano torturando el encadenado cuerpo desnudo de Laurita, lo siente mientras la viola delante de los demás oficiales que festejan su hazaña, lo ve responder con un balazo en la cabeza a la escupida de la joven en su cara…

El público aplaude, el Comisario espera el apretón de manos del supuesto padre de Romero; pero Simón no responde al saludo: lo mira a los ojos, con el puño izquierdo en alto grita:

—¡Por Laurita!

Y con la mano derecha presiona el detonador.

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

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