Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Andrés me propuso asistir hoy a un debate que iban a tener sus alumnos de quinto de secundaria sobre “El hombre ante el poder ejecutivo”. Como coincidía con una hora que tengo libre acepté. La verdad es que fue muy interesante.

Prepararon el tema un grupo de doce estudiantes formados por cinco chicas y siete chicos. La presentación fue muy original, medio teatro medio discusión entre dos bandos, los que estaban a favor de crear instituciones de poder regidos por la autoridad moral y justa y los que apoyaban las instituciones que actuaran por el poder del dominio y el uso de la fuerza. El objetivo de todos era presentar los dirigentes más convincentes para crear una sociedad donde reinara el bienestar para todos, una calidad de vida donde el individuo alcanzara una posición digna dentro de su con­texto cultural, pero desde puntos de vistas opuestos. La base de este poder constitutivo iría encaminada a fomentar la autodeterminación personal dentro de sus obligaciones sociales.

Con estas premisas de fondo se abrió el debate.

Todos iban caracterizados como correspondía al caso con togas y diferentes tocados según el papel que representaban.

La escena se desarrollaba en un congreso internacional, donde cada personaje se presentaba como prototipo de la institución que representaba, además asistía un moderador que hacía de narra­dor.

Abrió el debate el narrador que estaba frente a las dos corrientes ideológicas:

—Señores congresistas, nos hemos reunido aquí para discernir sobre los poderes del mundo. Tenemos a los ciu­dadanos de la historia presente en nuestras manos. De no­sotros depende el futuro de la sociedad. Son sus Señorías las instituciones dirigentes, por tanto, las resoluciones úl­timas de las conductas de todos los ciudadanos están en vuestras propias disposiciones. Para bien o para mal de la humanidad, aquí están sus gobernantes, son sus Señorías el poder del mundo. Y sin más les invito a que se presenten.

Comenzaron hablando los del ala derecha:

—Nosotros representamos la autoridad. Formamos par­te de cualquier institución dirigente, induciendo a nuestros ciudadanos a actuar porque nos ven coherentes, con presti­gio, dando razones que convencen.

—Así es. Como somos humanistas, y nuestra causa es el bien del hombre, nuestro poder se convierte en autoridad moral.

—Nuestra meta es la calidad de vida, el progreso y el bienestar, de cada uno de nuestros ciudadanos. Ellos lo sa­ben porque trabajamos para no defraudarles.

—No sean ilusos —intervino cortándoles los del ala iz­quierda— Nosotros somos la fuerza y esto es lo que aquí tiene eficacia, la gente sólo escucha a los que están en el poder, sin preocuparse de los medios que se utilicen para mantenerlos, con tal de saberse beneficiados. Los fuertes somos los que dominaremos la sociedad.

—Estoy de acuerdo. Las razones nadie las escucha. Hay que demostrarles quienes son los más poderosos.

—¿A caso no somos nosotros los administradores de su bien­estar? Pues hay que mantener ese poder a costa de lo que sea.

—Sí. Lo que conviene es convencerlos, atraerlos a nues­tro terreno, y los beneficios serán para los que estén de nuestra parte.

—Por supuesto. Aquí se trata de no perder el mando y el dominio de la sociedad.

—Y si llega el caso de que se les olvida donde está el po­der, quienes son los que mandan, también tenemos medios para que entren en razones.

—Bueno, bueno, no nos pongamos nerviosos y agresi­vos. Hay otras maneras más sutiles de convencer a la gen­te. ¿Por qué la violencia? También existen otros medios de convencerlos, ¿no os parece?

—Es verdad, siempre se me olvida que tenemos entre nuestras filas la fuerza moral, que sabe conquistar a los inde­cisos ciudadanos con sus artimañas seductoras y engañosas.

—Muchas veces esto basta para convencerlos.

—Está bien —concluyó el narrador—. Una vez expues­tas las razones de sus argumentos filosóficos, pasemos a debatir sus actuaciones institucionales.

La fuerza física: —Bien, permítanme que sea la primera. Actualmen­te soy tan potente como temida. Prácticamente tengo el mundo en mis manos. El poder de las armas y los recur­sos bélicos me hacen reinar en los países más poderosos de la tierra y ¡pobre del que se le ocurra llevarme la con­traria!

Narrador: —Bueno, bueno, no se crea tan potente, pues incluso su Señoría necesita de otros. ¿Quiénes son los que le ayudan a tener tanta seguridad en su fuerza?

La fuerza física: —¡Por supuesto! Yo sería impotente sin la fuerza econó­mica y el poder científico. Todos en esta vida necesitamos apoyarnos en el polémico dinero, pero son las grandes in­teligencias de la humanidad las que me van haciendo cre­cer. Los físicos y químicos con sus sofisticadas armas, los biólogos con los experimentos bacteriológicos… incluso los avances de la genética con su manipulación están a mi fa­vor, ¡ah! Se me olvidaba, también tengo que contar con el campo de la psicología y la sociología como ciencias ca­paces de orientar las estructuras mentales de las personas. Estas son mis armas más poderosas de este momento his­tórico.

Narrador: —Ya que su Señoría nombró al poder económico ¿Qué dicen sus representantes?

La autoridad económica: —Bueno, la economía en principio debe ser una plata­forma positiva, puesto que está llamada a hacer un análisis de la realidad para planificar la distribución de los recursos de una manera justa, donde todo esté distribuido equitati­vamente y a nadie le falte lo necesario.

La fuerza económica: —¡Espera, espera! ¿Dónde has visto tú un sistema eco­nómico que se sostenga con los argumentos que aquí ex­pones? Siempre ha habido y habrá ricos y pobres.

La autoridad económica: —¡Sí, ya sé! Y no sé si esa realidad histórica será posible hacerla desaparecer algún día, pero tenemos que colocar­nos siempre a favor del desarrollo y el bienestar de todos los ciudadanos. Nuestro primer cometido ha de ser la jus­ta redistribución de la riqueza producida y, sin embargo, nuestra mayor vergüenza es la enorme diferencia que existe entre ricos y pobres, cuando se sabe que los recursos pue­den llegar para todos.

La fuerza económica: —¡Anda tú! Lo importante para mantener nuestro esta­tus económico es el trabajo, la producción, el consumo, el aumento de capitales. Las grandes empresas bien saben de eso, de ahí, que se hable de las multinacionales e incluso de la globalización del mercado.

La autoridad económica: —Si, ya veo por donde va. Pero esto puede ser un arma de doble filos, pues el instigar al consumo y las motivaciones del aumento del capital sólo favorece a los que ya se abastecen económicamente, pero ¿qué opor­tunidades damos a los menesterosos de cambiar su si­tuación?

La fuerza económica: —¿No será que los hay muy flojos? El secreto de nuestro poder consiste en el saber cómo motivar y crear nuevas necesidades en el hombre para que sigan consu­miendo, para que no se tenga más remedio que seguir produciendo y así, aumentar la riqueza con el producto de las ventas.

La autoridad económica: —¿Y su Señoría crees que te va a ser fácil triunfar en los países que carecen de poder adquisitivo con esa filosofía consumista? A mí esto me suena a explotación económica y esto no cuadra con mis principios.

La fuerza económica:   —No se preocupe, con tal de tener como los otros, siem­pre caen en la tentación de comprar aun lo que no pueden permitirse. Todo es cuestión de tener a nuestro servicio un buen “marketing” que estudie los intereses del individuo y desde ahí imponer las reglas de producción y mercado.

La autoridad económica: —¿No sería interesante probar la rentabilidad que puede proporcionar el resolver los grandes problemas de la escasez de los pueblos, distribuyendo los recursos que de hecho nos ofrece la Naturaleza, en vez ignorar o explotar a los menos favorecidos? Además, si hay para todos, ¿dónde está la justicia social? Yo pienso que nuestro cometido ha de ser el garantizar para todo, el acceso a la adquisición de los recursos de pro­ducción. Los bienes de la Tierra pertenecen a todos y no sólo a unos cuantos que se han tomado el título de privilegiados.

La fuerza económica: —Mire, a mí lo que me interesa es pegarme donde hay sóli­das y seguras finanzas y la garantía de dinero fácil. Yo he naci­do para vivir en la abundancia y no para perderme en negocios de poca monta. Eso se lo dejo para los de pocas ambiciones.

La autoridad económica: —Está bien, ese es su punto de vista. Pero no puede ol­vidar que jugamos un papel muy importante en la satis­facción de las necesidades primarias de todos los hombres y no sólo de las de unos pocos, que son precisamente los únicos que su Señoría parece favorecer.

La fuerza económica: —¡No sea iluso! También estoy en los económicamente débiles. ¿No ve que he montado un buen negocio con eso del consumo y todos quieren disfrutar de los bienes mate­riales aun por encima de sus posibilidades?

La autoridad económica: —¿Y qué me dice de los 800 millones de hombres que pasan hambre, pobreza, subdesarrollo… son también sus clientes hoy día?

La fuerza económica: —¡Está bien, está bien! ¡No me maree más! Estoy de acuerdo con que mi sistema económico no es el más per­fecto, pero me lo he montado con tanta eficacia y comodi­dad que no puedo pensar en renunciar a ninguno de mis poderes adquiridos. Por el momento no me convence nin­guna de las otras alternativas que se me presentan. Tengan en cuenta que las gigantescas multinacionales operan real­mente en la trastienda de la marcha de nuestros gobiernos.

La autoridad económica: —Esta es mi mayor preocupación, por eso quisiera des­de aquí hacer una llamada colectiva, hacia una reflexión conjunta sobre el tema. Yo sugiero que se podría empezar por una revisión del objetivo sobre el aumento despropor­cionado de la distribución de la producción y el instinto compulsivo por consumir sin juicio y sin medida, lo que lle­va al individuo a crearse necesidades de lo que en realidad es un valor superfluo.

Narrador: —Veamos como los señores políticos plantean su pro­grama de gobierno.

El poder científico: —¡Un momento! Ya que la fuerza física me nombró como su colaborador, quisiera tener la oportunidad de ex­poner mi postura a favor del progreso.

Narrador: —¡Adelante!

El poder científico: —Alego que en principio no se puede ver a la ciencia como una enemiga de la humanidad. Me siento orgu­llosa de poderme considerar uno de los padres del pro­greso. Yo he colaborado muchísimo en el avance de la historia con mis descubrimientos, con mi incansable entrega a una labor investigadora dura y muchas veces poco reconocida. ¿Qué me dicen de las comodidades que disfrutamos hoy? Pregúntenles a nuestros antepasa­dos si vivían mejor sin luz eléctrica, sin agua corriente, sin tantos aparatos electrodomésticos, sin tanta facilidad para mantener la salud, para ser intervenidos quirúrgi­camente, con aquellos incómodos medios de transporte, sin tantas facilidades de comunicación como hoy puede utilizar cualquier ciudadano… En fin, que la ciencia está para liberar al hombre de sus limitaciones y esclavitu­des. Pero he de reconocer que a veces, generalmente por culpa de las necesidades económicas, hemos caído en las redes del poder político o económico, olvidándonos de que nuestra única misión específica es la de servir a la humanidad ayudándole a su propio bienestar. Es en estas situaciones cuando pierdo mi propia identidad y me convierto en la fuerza científica colaboradora de los poderes impositivos.

Narrador: —Muy buena intervención, ¡sí señor! Ahora oigamos a los señores políticos.

La autoridad política: —Empezaré definiendo la política como la actividad humana que mira a un orden de convivencia mediante el poder decisorio.

La fuerza política: —Permítame añadir que nuestro poder siempre tiene que ir respaldado por la fuerza armada y la económica. Una buena administración política se cubre con un ejército bien disciplinado y un campo financiero boyante.

 La autoridad política: —La verdad es que no estoy al cien por cien de acuer­do con mi colega. Pero tengo que aclarar que, puesto que nuestro poder es decisorio, tenemos que tener mu­cha autoridad, ser un líder con capacidad de arrastre y ganarnos al ciudadano porque confía en nuestro pro­grama organizativo, en nuestro empeño por mejorar la Nación, teniendo como meta su progreso y desarrollo, a favor del bienestar de todos y cada uno. Y todo esto, hemos de demostrárselo con hechos que avalen nuestras palabras.

La fuerza política: —Esto suena muy bien, pero para organizar la sociedad ideal, hay que empezar por pedir a cada ciudadano que se fíe de nuestro programa y secunden nuestras decisiones, después ya veremos como lo llevamos a cabo.

La autoridad política: —Estoy de acuerdo, pero no olvidemos que nuestro pa­pel es el de servir al bien común y que cuanto emprenda­mos ha de ir enfocado a satisfacer los intereses legítimos de todos los ciudadanos que han puesto su confianza en nuestro poder de decisión.

La fuerza política: —Creo que debemos de concretar a que intereses nos referimos.

La autoridad política: —Sin duda a los intereses que cubren las necesidades de todos nuestros ciudadanos. Primero de todo, la per­sona debe estar satisfecha, no sólo por subsistir sino por poder disfrutar de una existencia estable y digna, que abarque la alimentación, el vestido, la vivienda, la salud, la educación, el trabajo… Por eso hemos de ponernos en diálogo con nuestros compañeros del poder económico y llegar a una buena organización de distribución de bienes y recursos.

La fuerza política: —O sea que, según su Señoría, empezaríamos por una justicia social ¿no?

La autoridad política: —A sí es. Después vendría el segundo paso. A la persona le interesa relacionarse armónicamente con sus conciudada­nos, por lo que le debemos ofrecer el llegar a una convivencia pacífica y corresponsable, donde el enriquecimiento sea re­cíproco en un clima de solidaridad y libertad para todos

La fuerza política: —Esto es muy bonito, pero dígame, ¿cómo soluciona los problemas que suelen causar los ciudadanos inadaptados, los insocialmente conformistas, los que causan problemas al bienestar común?

La autoridad política: —Pues… entonces… Hay que acudir al poder judicial, que en principio debe ser justo y proceder por encima de prejuicios y cualquier elemento corruptivo.

La fuerza política: —¡Eso es! Aquí entrarían las fuerzas armadas del orden público, la policía y el poder judicial. ¡Duro con ellos!

La autoridad política:  —¡Hombre, tampoco se trata de ser agresivos! Pero por desgracia, no estamos en el paraíso, y en todo orden social se requiere del ejercicio del poder judicial, para controlar los desvíos de los ciudadanos que no aceptan las reglas ci­viles. Aunque yo no lo plantearía como una amenaza públi­ca, sino como una administración de la justicia en el más pacífico de sus manifestaciones. Como un deber social para mantener el orden cívico.

La fuerza política: —Está bien. Volvamos a los hechos. ¿Ya ha terminado sus propuestas para cubrir las necesidades de los ciudadanos?

La autoridad política: —No, existe un tercer y último nivel, que es el más hu­manizante. Se trata de cultivar en la persona los intereses por el desarrollo de los valores que más le dignifica. Pue­des tener una sociedad muy bien alimentada, vestida, có­moda y en buenas relaciones con sus vecinos, si se para aquí tu organización social, habrás alcanzado un estado de bienestar de muy escaso nivel. El hombre es mucho más que eso. Hay que proporcionar al ciudadano la riqueza del arte, poesía, ética, estética… filosofía y religión. Hay que ayudarle con todo esto a cultivar su riqueza interior. Si nos planteamos el colaborar socialmente a su desarrollo inte­gral, tendremos que planear y operar en estos tres niveles. Y si olvidamos este último, habremos atrofiado su parte más genuinamente humana.

La fuerza política: —¡Y yo que me hice político para conseguir poder, pres­tigio y un buen dominio de la sociedad!

La autoridad política: —Pues me temo que se equivocó de carrera. Porque cuando el poder político no está a favor de todos los ciu­dadanos, se expone a llevar la sociedad hacia el fin de una convivencia civil. Este es el riesgo de la toma de decisiones políticas.

La fuerza política: —Si esto es así, ¿Cuál es nuestro poder real de decisión?

La autoridad política: —Nuestra capacidad real de decisión debe tener en cuenta siempre el protagonismo de los ciudadanos. De tal manera que las decisiones objetivas estarán en función de las demandas de la sociedad civil.

La fuerza política: —O no le he entendido bien o me parece que quiere de­cir que hay que conducirse haciendo caso a lo que la gente desea o piensa.

La autoridad política: —¿Por qué no? El protagonismo civil acrecienta la parti­cipación de la población y si nuestras decisiones tienen que estar al servicio de las necesidades del ciudadano ¿dónde me­jor buscar lo que necesitan si no es a través de sus demandas?

Narrador: —Muchas gracias Señorías, por tan espléndida exposi­ción. Aquí hay otra institución de poder que aún no ha to­mado la palabra.

El poder religioso: —Si, soy la voz de la conciencia humana. Prácticamente gobierno en solitario pues no suelo tener poder físico ni económico como para enfrentarme con las otras institucio­nes. Mi campo suele ser el intelectual y el del pensamiento. Prácticamente suelo identificarme con la autoridad moral.

La fuerza moral: —Bueno, pero yo también estoy aquí. No puede olvidar su Señoría que me tienes a su lado, que le he sacado de muchos apuros a lo largo de la historia, pues a veces se ha mostrado algo débil.

El poder religioso: —Está bien, he de admitir esto como cierto. Cuando no convenzo a las buenas con sólo mis argumentos, a veces he echado mano de la fuerza moral, que es en rea­lidad mi único recurso para ganarme a las personas en los tiempos difíciles. Cuando me veo sin prestigio por no actuar con la dignidad que corresponde a mi cargo de líder religioso, a veces he caído en la tentación de usar recursos indignos como son las fuerzas de mi po­der.

La fuerza moral: —Bueno, no se trata aquí de defender mi causa, pero hay que reconocer que muchísimas veces le he sacado a su Señoría de hundirse a través de la Historia.

La autoridad moral: —Es cierto, y ¡cuántos disparates hemos hecho juntos escudándonos en nuestro prestigio de representantes de Dios y acudiendo a una sinceridad falsa!

La fuerza moral: —Así es. Y yo he aprovechado la coyuntura para ganar­me con destreza la voluntad de las personas sencillas que se fiaban de una autoridad sincera.

El poder religioso: —Si, las autoridades religiosas poseemos un poder muy grande de credibilidad antes nuestros fieles y aunque no solemos actuar con intrigas o chantajes, a veces, se me­ten esos por en medio, usurpando mi puesto, y se valen de nuestro prestigio para coaccionar a la gente sencilla que confía en nuestro saber y honradez.

La fuerza moral: —La verdad es que yo actúo en cualquier estamento de poder, tratando siempre de ganarme a la gente con mis ar­tes de conquistador público.

La autoridad moral: —Por eso, para librarse de tus pretensiones amorales, toda persona tiene que estar bien formada e informada, in­tentando estar permanentemente al día de los acontecimien­tos cívicos y religiosos, para saber hacer frente a los desvíos de cualquier orden, tanto en un campo como en otro, pues usas tu astucia y tus artes en todos los órdenes. Somos hu­manos y podemos, desde cualquier estamento institucional o privado, abusar de nuestro poder.

La fuerza moral: —Por mucho que se empeñe, yo sé cómo convencer con mi simpatía y mi capacidad seductora en cualquier esta­mento de pensamiento.

La autoridad moral: —De ahí mi insistencia. Quiero advertir a todos los ciu­dadanos para que estén alertas ante las sutilezas ideológi­cas que puedan confundir nuestros esquemas mentales. ¡Estad atentos a la manipulación de esa fuerza moral que actúa en cualquier ámbito social! Y no pocas veces nos tra­gamos su malicia aun inconscientemente.

La fuerza moral: —¡Je, je, je…! Yo soy como una sutil tela de araña que sigilosamente se apodera de la opinión pública y cambio la mente de los inocentes ciudadanos.

La autoridad moral: —Como podéis comprobar, este es un ser peligroso, por lo que os aconsejo que intentéis ser más precavidos con él, mejorando el nivel cultural y buscando siempre una sana información. Así evitaremos el ser utilizados por los intere­ses particulares de las fuerzas de poder imperantes.

La Fuerza moral: —Mire, si es capaz de guardar un secreto, le diré que yo sólo funciono por mis propios intereses, que en el fondo sólo pretendo el poder para gozar de prestigio, dominio y riqueza personal, todo esto es lo que busco con mis artimañas de po­der convincente. Y le aseguro que estoy bastante satisfecho de cómo me van las cosas, en todos los campos del poder.

El poder religioso: —Bueno, pero no olvide que cuando actúa en mi campo se convierte en un hereje condenable por la causa divina. Por su poder ansioso de dominar las voluntades de mis fie­les, en el “nombre de Dios” ha hecho muchas barbarida­des a lo largo de la historia. Yo propongo hoy que su santo nombre no sea pronunciado más que en la humilde escu­cha del Espíritu. Él nos librará de tantas manipulaciones sospechosas.

La fuerza moral: —¡Vamos, no se ponga tan dramático! ¡No es para tanto!

La autoridad moral: —¡Calle, que sus decisiones nunca son según el proyec­to de Dios, a quien solo quiero servir! ¡Quien cae en sus re­des tiene que saber que se condena a vivir en una existencia rastrera y falsa!

La fuerza moral: —Ya veo que está muy caliente.

La autoridad moral: —Llámelo como quiera, pero le aseguro que cualquier per­sona bien preparada, es capaz de desenmascararle. Su capa­cidad de emitir juicios personales, le coloca en una situación ventajosa ante las solicitudes engañosas de los poderosos.

La fuerza moral: —Está visto que eternamente seremos enemigos. Nunca me deja su Señoría campo libre para salirme con la mía. ¡Le odio!

Narrador: —¡Bien, bien, señores! Cortemos las luchas por el poder y demos por terminada la sesión con paz y armonía.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

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