ALBERTO MORENO

2.-El Mochuelo

Arrebujado más que sentado en una de las sillas de la terraza de la taberna, tomaba un café con leche en vaso de cristal.

Su pequeño cuerpo, apenas sobresalía del respaldo del asiento .

Tres contertulios, todos de antes de la guerra, hablaban entre si.

Eran frases de dos o tres palabras a lo sumo.

-¿Que hacías en el banco?, le espetó uno.-¡Na, a ver la pensión!.

-¿Y qué?, volvió el amigo a inquirir al “Mochuelo”.

-¡La hostia, el doble!, ¡con la extra de Navidad!.

-¡Coño!, ¡pues no está el gobierno arruinado! dijo el tercero.

Siguió un silencio breve. El “Mochuelo” subió su mano a la frente, la ahuecó como una prolongación de la visera de la gorra mugrienta de cuadros verdinegros. El sol por un jirón de nubes rotas estrellaba sus rayos en su rostro surcado de arrugas sempiternas.

-¡Que pollas!, ¡no se ve na!

Su escasa estatura embutida en un poncho marrón, apenas dejaba ver su espalda.

Su cuello y la cabeza tocada con la gorra era todo.

Mas arriba del cogote, destacaban unas orejas grandes puntiagudas, ennegrecidas por los años y las largas estancias a la intemperie.

-¿Y los ajos, cómo van?.

-¡De puta madre, tienen medio metro de altos, las cabezas saldrán por lo menos con doce dientes!.

Después de la paga y los ajos, volvieron a enmudecer. Cada uno miraba un puntito inexistente mientras tragaban saliva.

Parecían lagartos adormilados. Pasó el cartero y les saludó.

Luego vino el vendedor de cupones de lotería. Hizo la ronza alrededor de la mesa. Uno de los contertulios metió la mano en el bolsillo, desparramo unas monedas en la mesa y pidió uno.

-`¡El cinco mil cinco!, voceó el vendedor, -¡Mas bonito que una flor!.

El “Mochuelo”, intento vocalizar el número.

-¡Cinco, cero, cero, cero, cinco!.¡un cinco, tres ceros y otro cinco!.

-¡Noo!, que borrico eres!, le espetó el que estaba sentado a su izquierda.

El grupo se enzarzó en una discusión que fue subiendo de tono.

Los ceros ocupaban la disputa. El vendedor de cupones se marchó.

Siguió su ruta. El comprador se guardó la lotería en el bolsillo del chaleco.

Al rato, el “Mochuelo”, se levantó, dijo que se iba a casa. Al dar los primeros pasos y abandonar la terraza del bar, ayudado por una vara que hacía las veces de bastón, comenzaron a sonar una retahila de escuetos, suaves y cortos perdigonazos, que parecían salir de su entrepierna.

Los pedos fueron esparciéndose inocuos y amables a lo largo de la acera.

La buena gente, no protagoniza gestas de héroes.

-fin-

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