JUAN LUIS HENARES

Miró a todos reunidos a su alrededor; estudió sus rostros, recordó uno a uno los malos momentos vividos junto a ellos, sus preguntas, sus burlas, sus insinuaciones. Todo era excusa para reírse de él: que no le gustara el fútbol, que jugara ajedrez, que su hobbie fuera la filatelia, que tuviera un gato Siamés, que saliera a caminar por las noches… Siempre sintió que al comentar algo de su vida, les daba motivo para burlarse. Esta situación lo llevó a cansarse, tanto de sus compañeros, como del trabajo y hasta de su vida, esa solitaria y aburrida vida que tenía. Pero también despertó en él un gran sentimiento de poder hacer algo que le devolviera esas ganas de vivir que día a día le habían robado.

Miró a la secretaria del jefe, esa bella morocha —sus cuarenta y pico de años parecían sentarle cada día mejor— a quien se cansó de invitar a salir, y que siempre le dio excusas como respuesta.

—Este fin de semana viene mi tía de Córdoba —le contestó una vez ante su propuesta de ir juntos al cine. Como la película le interesaba mucho, resignado fue solitario a verla; con su cabeza apoyada en la ventanilla del colectivo, mientras miraba las gotas de lluvia caer sobre las veredas, la descubrió en la puerta de un bar abrazada con un muchacho. ¡Que desilusión! Pero claro, ¡ese muchacho era unos veinte años más joven que ella!

Miró a su jefe, quien desde el primer día lo observó con desconfianza, y al que cierta vez le escuchó decir:

—Este es un tipo muy jodido, los que son tan callados al final siempre te traicionan. —Pero jamás lo había echado, a pesar de los muchos despidos que hubo en esos largos años; era muy responsable y trabajaba mejor que nadie, así que casi era necesario para el buen funcionamiento de la oficina.

Miró a esas personas con las que compartió buena parte de su vida, pero que a la vez consideraba como extraños, ya que de ellos solo había recibido engaños y burlas, jamás un gesto amistoso; compañeros de esa maldita oficina, la que le había consumido años de su vida encerrado dentro de cuatro paredes. Pero hoy terminaba todo: era su último día de trabajo, mañana sería un jubilado más. Todos miraban con mucha curiosidad su maletín, apoyado sobre el escritorio. ¿Cuál sería la sorpresa? ¿Qué era lo que les quería mostrar?

Sus caras de ansiedad le dieron ganas de prolongar en el tiempo ese momento; seguramente cambiarían al abrirlo. Meses le llevó revolver perdidos locales en sótanos de galerías en busca del material necesario; armar, probar y buscar al detalle —casi obsesivamente— que todo dentro del maletín funcionara a la perfección ese día.

—Quiero despedirme de ustedes con un regalo —les dijo mientras la tensión se sentía en el ambiente, tanto que éste parecía a punto de estallar.

Si, de estallar…

Al llegar el suspenso a su punto culminante, cuando los segundos parecieron hacerse eternos, abrió lentamente el maletín; al quedar al descubierto su contenido, sin necesidad de levantar la vista, percibió el terror en sus caras y cuerpos. Luego los miró uno a uno: transpiraban, estaban pálidos; alguno no pudo contener su estómago, y el olor que despidió inundó la oficina.

La secretaria, lloraba y preguntaba:

—¿Por qué, por qué?

El perverso jefe, se orinó mientras temblaba.

Los cables que unían el explosivo plástico con el detonador se movían al compás de las agujas del viejo reloj; junto a ellos, una gran caja ubicada en el centro del maletín completaba la escena. El segundero estaba en el número nueve; nadie atinó a correr, seguramente paralizados por el terror. Sus miradas suplicantes parecían rogar clemencia.

Al llegar al once, la secretaria gritó:

—¡Perdón! —El resto la miró agradecido, con la esperanza de que ese gesto significara su salvación.

Cuando la aguja llegó al doce se escuchó la explosión; el sonido fue menor al esperado, pero hizo que todos se tiraran al piso. Pasados unos segundos, se incorporaron y sacudieron sus ropas en un ambiente repleto de papeles que flotaban y caían lentamente. La detonación no se había producido por el explosivo plástico —en realidad, simple plastilina muy bien modelada— sino por un par de petardos que estaban dentro de la caja. Confundidos descubrieron que del maletín emergía un resorte de cuyo extremo se balanceaba la cabeza de un grotesco y colorido payaso, quien les mostraba su larga y azulada lengua, acompañado de una horrible música circense que los aturdía aún un poco más.

Los observó por la puerta entreabierta, sonrió satisfecho y bajó las escaleras rumbo a la calle y a su nueva vida.

 

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

 

 

 

 

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