ALBERTO MORENO

 

Ernesto llego a Santiago, cuando el calor se había adueñado  de la ciudad.

Al pasar frente a la Catedral Primada, las manecillas del reloj marcaban en su fachada las doce.

El taxi enfilo la calzada principal. Sus ojos  curiosos, miraban a ambos  lados de la calle.

Edificios  algo deformes, albergaban comercios textiles  con vidrieras desangeladas y  maniquíes desnudos .

Parecían animas benditas, con rostros pálidos , enharinados, aparcados  “sine die” en aquel limbo caluroso y provinciano.

Ernesto , habia salido de Samanà a las nueve de la mañana. La guagua de veinte plazas, arranco con apenas seis  personas. Luego, durante el viaje, se fue llenando de pasajeros, de sacos y de bultos variopintos.

Por los cristales de sus ventanas,el paisaje cambio dos veces de vestimenta.

Las formas  y el color eran distintos, como si se tratara de dos países diferentes.

Al principio, arboles corpulentos, de troncos poderosos, con arbustos leñosos que trepaban por sus ramas  hasta sus copas y terminaban por componer un bosque lujurioso al mas  puro estilo amazónico.

El autobús  se retorcía subiendo o bajando un terreno virado levemente montañoso , pero abrupto.

Luego, cincuenta  kilómetros después, en un valle plano, aparecieron sembrados  geométricos de arroz  de un  verde mayo inmejorable, unas yucas poderosas, a punto de ser cosechadas y unas hileras uniformes de plantones  adultos  de  guineos, de dos metros de altura, alineados , como soldados verdioscuros en un desfile militar.

Tenian sus hojas grandes, apaisadas, heridas y rajadas por el viento . Arriba, unos  promiscuos  ramos de platanos, todavía verdes, en gestación, colgaban  en sus cogollas.

La gente de aquellos campos amaban la tierra, y mas que cuidarla, la mimaban.

Ernesto realizo la reserva del hotel , con el celular, la noche anterior. Lo busco céntrico, solo estaría un dia y quería percibir la esencia de una ciudad antigua , colonial, donde imaginara edificios y construcciones  de   protagonismos históricos.

Despues mando un mensaje a Paulina, con el nombre del hotel y la dirección.

Ernesto, era arquitecto  aunque no ejercía. Sus apetitos de aventura, le había hecho emprender aquel viaje, algo absurdo, que sus amigos no entendían. A sus cincuenta años recién cumplidos, había liquidado una etapa estable, había vendido sus propiedades y a la hora de despedirse de los amigos, decía: -¡necesito cambiar mi universo de forma radical y comenzar de cero.

A medida que el taxi avanzaba por la calle del Sol, la via que dividia la ciudad en dos mitades ,   solo percibía un halo de ciudad provinciana, sin musculo, plana, edificios de tres alturas, entre cuyos tejados romos, solo sobresalían a primera vista,  tres edificios  singulares por sus formas y sus alturas.

La Catedral Primada con vocación de monumento, la Basilica de la Virgen de Altagracia, de trazos simples, livianos, exenta de pretensiones,  que evidenciaba una arquitectura de construcción rápida y barata.

Y al fondo  una especie de mausoleo gigante  hecho de piedra y agua atómica, como si fuese una central nuclear, o la enajenación faraónica de un hombre  senil .

Lo construyo Rafael Leonidas Trujillo, el propulsor del concepto patria, esa patraña , tras la cual se esconden los perversos y desalmados intereses  de las  oligarquías del país.

 

Al hotel  ya había llegado Paulina. Venia  de Samana capital, su domicilio habitual. Ella había llevado  a su esposo hasta Sanchez, 90 kilometros antes, en la misma ruta, donde el debía realizar algunas diligencias.

A  la vuelta , le recogería.

Ella justifico el viaje a Santiago por imperativos de la “Real State” que la empleaba, era directora ejecutiva. La  inmobiliaria intermediaba operaciones de gran importancia financiera.

Paulina había llegado como a las once, estaba sentada en los sillones de la zona social del hotel y repasaba  sus papeles.

Cuando  vio a Ernesto, su rostro manifestó una evidente alegría. Se levanto  y se besaron.

Ella era mas alta que él, era esbelta, lucìa una elegancia natural de mujer cosmopolita, mundana y sin embargo, nunca había salido de su ciudad, de apenas cincuenta mil habitantes. Habia ido decenas de veces a la capital, pero solo para volver el mismo dia o a lo sumo  una semana  y regresaba a su casa. Hablaba con tono aterciopelado, suave, sin estridencias.

Su voz ,su mirada inteligente, sus ojos negros preciosos y su porte, eran sus armas letales.

Todavia Ernesto no sabia su edad, pero debía rondar los cuarenta y algunos mas. Cumpliria  los cincuenta en cualquier momento, pero su aspecto era de cuarenta justos,¡ Ni uno mas!, repetía él.

 

-Que tal el viaje?, inquirió, a la par que ponía sus manos  sobre su pierna.  El, presiono levemente sus dedos, acerco su boca y volvio a besarla levemente  por  un instante.

Ernesto reconoció su perfume de inmediato. Era una de las cosas que recordaba del primer dia.

Y lo recordaba  siempre que se veian y siempre lo hacian de forma apresurada, una tarde  o  medio dia a lo sumo.

Paulina y Ernesto mantenían  una relación amorosa oculta . Ella estaba  formalmente casada con un medico, tenia dos hijas, la menor de diez y seis años y vivia instalada confortablemente  en la burguesía de su ciudad. Los domingos la familia en pleno, asistía a la fiesta de la Eucaristía. Su marido regenteaba   una clínica de medicina general y vivian en un hotelito con  jardín y piscina.

Ernesto, solo se aventuró un vez por su calle.

-¡Ernesto!,- “¡no debes venir por aquí, es una zona tranquila y de inmediato si alguien viene dos veces se le relaciona con “algo!”, le dijo  Paulina.

 

La relación tenia solo  seis meses de existencia y en ese periodo se podían haber visto en ocho ocasiones como máximo y  el amor, solo lo habían hecho cinco, siempre de prisa, sin poder demorarse.

Aquí en Santiago, por primera vez dormirían juntos toda la noche. Los dos estaban ligeramente exitados.

-¿Qué tal el viaje, volvió a preguntarle ella. -¿Y que te parece Santiago?.

-¡El paisaje es espectacular, la isla es un paraíso y Santiago, llevo media hora y  no me ha transmitido ninguna sensación especial. Creo que es una ciudad provinciana aletargada, como una bella durmiente que no desea despertar. Me produce un cierto sopor!, añadió Ernesto.

-¿Oscar, vuelve hoy a Samana o se queda en Sanchez?, pregunto .

-En principio se queda y yo mañana le recogería al volver, es lo que hemos acordado, por teléfono, iremos precisando.

-¿Tu tienes verdaderamente algo que hacer aquí?

-¡Si!, debo ver al vice sindico y le dije a Oscar, que me quedaba para cenar con los dueños del terreno que vamos a  intermediar y que posiblemente vendría Don Martin Dueñas, el sindico.

-Y esto ¿Es cierto?, inquirió él.- ¡No lo se, se confirmara a lo largo de la mañana!, contesto Paulina.

Habia urdido  el encuentro con solidas justificaciones para que Oscar, no sospechase nada.

-¡Estas rara, como algo ausente! , le dijo hacia tres meses el marido. Ella recurrió a una respuesta brillante

-¡Creo que me van a ofrecer ser socia-directora, algo insinuò  el  gerente general en ese sentido el otro dia!,  añadió.

-¿Piensas que nos interesa?.pregunto al marido.

Oscar, comenzó a especular, a ver pro y contras y su puntito de extrañeza, se disipo. No volvió a referir ni comentar nada extraño en Paulina.

Era una mujer sumamente inteligente, controlaba sus emociones  a la perfeccion pero era a la par generosa y sensible.

Ernesto, creia,que se había posiblemente  enamorado perdidamente  de Paulina.

Y él para ella, representaba un soplo de aire fresco, una forma de ver las cosas sin formalismos, intuía que Ernesto  era un hombre rabiosamente libre, transgresor  y ese coraje le atraía. Se miraban y gozaban viéndose , a pesar de  sus pequeñas imperfecciones, las  de él no tan pequeñas.

¡-Estas engordando Ernesto!, le  decía ella  cariñosamente.  -¿Qué tienes ahí?, a la par que tocaba con sus dedos una verruga  pequeña que había salido debajo de su nariz.

A él, por el contrario, le gustaba acariciar sus manos, eran suaves, de dedos largos finos, dedos de pianista . En realidad fue la razón del comienzo de su relación: Las manos de Paulina.

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