JUAN LUIS HENARES

 

Luisa se levantó muy temprano; a pesar de ser sábado debía ir a trabajar. Maldito y aburrido trabajo, todos los días era exactamente la misma rutina: levantar a los chicos, preparar el desayuno y cambiarlos —por suerte ese día no tenía que llevarlos a la escuela—, barrer los pisos, limpiar la casa, fregar la ropa, cocinar para todos, lavar los platos… Pero estaba contenta, pues al menos esa sería una jornada diferente: por la noche saldría a divertirse con el chico que la hacía soñar con una vida distinta.

A la tarde, tras poco más de una hora de viaje en colectivo, llegó a su casa muy cansada; se bañó, se probó su mejor jean —al ver en el espejo que le resaltaba la cola sonrió satisfecha—, una blusa escotada y un par de sandalias con algo de taco. Luego se instaló en el sillón del comedor frente al televisor, mientras aguardaba que el joven la pasase a buscar. El cansancio la venció; largos minutos después se despertó por el sonido de una bocina: era Raúl, con el coche último modelo que le regaló el padre —funcionario de alto rango en el gobierno provincial— para su cumpleaños.

Primera estación: un pintoresco barcito ubicado en el centro; pidieron pizza, cervezas acompañadas de maní y palitos salados, y helados de postre; cenaron con una suave melodía de fondo. Satisfechos, nuevamente subieron al auto; Raúl manejaba rápido, demasiado, efecto de las dos cervezas que tomó.

Segunda parada: un boliche de moda sobre la ruta a pocos kilómetros de la ciudad; como era costumbre, el volumen de la música estaba excesivamente alto, tanto que ni siquiera se podía conversar. Alcohol, humo de cigarrillos, y más alcohol. Luisa estaba aturdida, pero a la vez excitada; ya iba por el segundo porro, uno menos que su amigo, y quería sentir mucho más. Se acomodaron en los sillones del sector VIP, resguardados por la oscuridad. Ambos tenían ganas, muchas ganas, tanto de bailar, como de seguir fumando y de tener relaciones. Raúl introdujo la mano por el escote de la blusa; tocó sus pechos —prestó especial atención a los pezones— y le desprendió el botón del pantalón, tras lo cual sus dedos encontraron ríos de placer. Es el momento —pensó— y trató de bajarle el jean, pero la joven se negó; le pidió ir a otro lugar, ya que la última ocasión que lo hicieron ahí mismo se sintió vigilada por supuestos ojos que los espiaban amparados en la penumbra.

En el automóvil —camino a un motel cercano, el tercer destino— solo las luces de unos pocos vehículos que cruzaron iluminaron la ruta; algo más adelante el joven detuvo la marcha, a pesar de que faltaban aún un par de kilómetros para llegar. Prendió la luz del interior del coche, sacó de su bolsillo una bolsita, esparció su contenido sobre el tablero, y aspiró un par de blancas líneas. La invitó, pero Luisa se negó a imitarlo: deseaba sexo, pero no quería cocaína. Él estaba alterado: la tomó de los pelos, tiró de ellos y tomándola por la nuca la acercó al tablero obligándola a inhalar; ella se defendió, le pegó un codazo en la cara, abrió la puerta y ágilmente descendió de un salto.

Desaforado, y derrotado, le gritó:

—¡Puta de mierda!

Azotó la puerta, encendió el motor y se alejó velozmente por la carretera.

Luisa, jadeante, lo miró alejarse; segundos después comenzó a caminar en la oscuridad, solo acompañada por la luz de las estrellas; se preguntó, ¿a cuántos kilómetros estaré de la ciudad? En la madrugada no funcionaba el servicio de transporte público y no tenía dinero suficiente para pagar un taxi. Pasaron dos autos, uno en cada dirección; dudó si regresar al boliche o si seguir camino a la ciudad. Se decidió por esto último, y comenzó la extenuante caminata hasta su casa. Temblaba, tenía frío; su ropa era la adecuada para estar en el bar, pero no para deambular de noche por la carretera entre la frescura de la campiña. Maldijo a Raúl por su autoritarismo, por pretender que todo se haga tal como él quiere.

De pronto se acercó otro coche; rodaba lento, parecía que estaba por detenerse en la banquina. Luisa se alegró, si la arrimaban hasta la ciudad ya no pasaría frío ni tendría que caminar. Desde la ventanilla un simpático joven la invitó a subir; se lo veía muy apuesto, pero ella dudó si sería seguro viajar con un desconocido. Súbitamente se abrió la puerta trasera, de la cual descendió un segundo individuo que no le dio tiempo a reaccionar: la tomó del brazo y a la fuerza la introdujo en el auto. Ella gritó y pataleó, pero él era mucho más fuerte. La tiró al piso y puso los pies sobre su espalda; el conductor aceleró y con la cara apretada contra la alfombra Luisa sintió el movimiento del vehículo al deslizarse por la ruta. Casi de inmediato, la suavidad del asfalto fue reemplazada por la irregularidad de una calle de tierra: habían tomado por un desierto camino vecinal —lleno de pozos—, más oscuro y frío aún que la estrellada noche que acompañaba a Luisa en su paseo por la carretera.

 

 

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

5 comentarios sobre “Noche de estrellas

  1. Muy bueno, creo que alguna vez en un intercambio de relatos te escribí aquella frase del epílogo de LaCalleDelFondo…”hablan de un largo camino al cielo, pero basta una caricia para llegar al paraíso; dicen que el Diablo sabe por viejo; pero basta un segundo para llegar al infierno”…tu relato encaja perfecto en esa frase que tanto hace que me acompaña. Una vez más, excelente Juan! gracias.
    SF

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