SIX

Estaba agotado. No podía más, pero algo me decía que Ana esperaba mucho más aquella noche.

Mi polla, entre el agua caliente y la enjuagada, se había relajado. Ahora colgaba flácida, aunque sin perder su tamaño.

Pero aunque me parecía increíble, seguía cachondo. Y esas mariposas que todos dicen sentir en el estómago, las sentía mucho más abajo, entre mis piernas.

No podía dejar de sonreír.

Ana me parecía alucinante, repasé mentalmente el polvo que acabábamos de echar, quizás me había pasado un poco con ella, quizás debía salir del baño y desatarla. Lo cierto es que me tenía asombrado, cuanto más me propasaba con ella, y peor la trataba, más cachonda se ponía y más me pedía.

Me tenía perplejo.

Hacía mucho que buscaba a una chica así, después de mi última relación, donde estos juegos eran habituales, no había logrado jugar de esa manera con nadie. Y con Ana había descubierto que lo echaba mucho de menos.

Había encontrado un diamante, una pura sangre, y no tenía ninguna intención de perderla.

Salí del baño andado desnudo, notando como mi polla daba bandazos de una pierna a la otra, y miré a Ana.

Ella giró su cabeza para mirarme, pero no dijo nada, se limitó a seguirme con la mirada, sumisa y temerosa de que tramara algo de nuevo.

Estaba tal cual la había dejado, tumbada boca arriba, con las manos atadas con aquella media, estrujando entre sus brazos sus tetas, que aún brillaban con mi corrida. Inmóvil, temiendo moverse y mancharse demasiado.

Pasé hasta la cocina, ignorándola. Quería algo de beber, y la verdad es que no me apetecía más cava, nunca me ha gustado, lo había comprado por la gracia de brindar, o por alguna tontería así que me paso por la cabeza, pero todo había salido de otra manera, para nada tal y como me lo había imaginado.

Cogí un vaso ancho, lo llené de hielos, y luego eché vozka y naranja. Con doble de lo primero y hasta arriba de lo segundo.

Le di un sorbo, y arrugué la nariz, estaba muy cargado. Sonreí y rellené el sorbo que acababa de darle con más vozka. El frío de los hielos suavizaría el alcohol.

No estaba borracho, pero deseaba estarlo, me sentía eufórico, era como estar de fiesta, una fiesta privada de nosotros dos. Me apetecía celebrarlo.

Y sé que el alcohol disminuye las posibilidades, sabía que era contraproducente con lo agotado que estaba. Pero me encontraba en ese punto en el que te apetece perder un poco el norte.

Y qué coño! Tenía a una tía atada en el sofá, dispuesta a lo que me apeteciera!

Salí de la cocina con el vaso en la mano, inflando el pecho, sonriendo y escuchando como tintineaban los hielos al caminar. Hasta que llegué frente a Ana.

Le di un buen sorbo observándola, tenía las tetas y la cara llenas de semen que se había ido licuando y escurriéndose por las curvas de su piel, le brillaban las gotas con la luz del salón, sus tetas parecían dos enormes balones con caramelo por encima que se había ido derritiendo y escurriendo hacia abajo.

Tenía los pezones de punta, quizás por frio, o quizás porque aún seguía excitada. Y me miraba temiendo algún capricho de los míos, con una miradita muy sumisa.

Observándola me di cuenta de que toda aquella incertidumbre de no saber si podría continuar con aquella locura de noche, se disipó. Estaba clarísimo, continuaba tremendamente cachondo.

Solo viéndola, tumbada en el sofá con las tetas atrapadas entre los brazos, atada, y bañada en mi corrida, ya me hacía sentir cierto calor interior, y me aceleraba el pulso.

Me estaba tocando, masajeando mi polla y sintiendo como se endurecía, mientras que con la otra mano daba pequeños sorbos al vaso. Ya ni notaba si estaba fuerte o no la bebida, me relamía mientras sentía como el frio de aquel líquido me enfriaba los dedos, y sonreí.

Ana estaba preciosa recién follada, se ruborizó sabiendo que la miraba de arriba abajo, y ese gesto me pareció muy tierno, sobre todo después de lo que habíamos hecho, me hacía gracia que Ana me mirara como si la viera por primera vez desnuda.

Cogió aire como si fuera a decir algo, pero yo ya estaba lo suficientemente cerca como para posarle un dedo en los labios y evitar que hablara. Ana me miró extrañada, pero no dijo nada, se limitó a mirarme, y yo me agaché para besarla.

Fue un beso lento, con su costumbre de abrir la boca bastante y ofrecerme su lengua. El sabor de su boca me inundó, haciendo que desapareciera el ligero sabor a naranja que aún conservaba, y mezclándose con el sabor dulce y salado de los labios de Ana.

Me separé de su boca relamiéndome, me había agachado al borde del sofá, clavando una rodilla en el suelo, Ana me miraba de hito en hito con una mirada extraña, sumisa sin saber que tramaba, y muy ruborizada.

Miré a sus tetas, tenía los pezones durísimos apuntando al techo, mucho más contraídos que antes, y ni siquiera la había tocado.

Sin saber muy bien por qué, acerqué el vaso hasta uno de sus pezones, frotándolo con suavidad con la punta del cristal del vaso.

Ana contuvo la respiración, notando el tacto del cristal duro y frio rozando su pezón. Contrajo los brazos haciendo que sus tetas se hincharan. Y suspiró. Luego se pellizcó los labios de la boca con los dientes.

Me gustaba ver como su pezón saltaba firme y tieso cada vez que pasaba la esquinita del culo del vaso, mientras jugaba a chafarlo con suavidad, y me hacía gracia ver como subían y bajaban sus tetas cada vez que Ana cogía aire, nerviosa, inspirando profundamente cuando el vaso rozaba su piel, y aguantando unos segundos la respiración.

El vaso sudaba debido al contraste de temperatura, y comenzó a humedecer la piel de Ana, dejando alguna gotita que se deslizaba rápidamente por la curva de su teta, perdiéndose y humedeciendo su piel, mientras esta se llenaba de puntitos debido a algún escalofrío provocado por el roce y el frío.

Me di cuenta de que el borde inferior del vaso se había llenado de semen, y al levantarlo dejó un hilillo desde su pezón hasta el borde del cristal, que se rompió cuando la distancia se hizo demasiado larga.

Sonreí.

Ana infló su pecho cogiendo aire, seguía ruborizada mirándome.

-Estoy pringosa…- Susurró con un hilo de voz.

Volví a llevarle un dedo a los labios, y la miré a los ojos.

-SSShhh… Estas preciosa…- Susurré –y no quiero que hables… Sigues siendo mi juguete… Solo quiero escuchar de ti, tus gemidos… Me encanta la manera en la que gimes…

Le hablé despacio, Ana se quedó extrañada con mis palabras, pero su respiración se aceleró. Sus tetas empezaron a subir y bajar hinchándose más que antes. Y cuando separé mis dedos de sus labios, sonrió y se los mordió.

Me cambié de mano el vaso, y le di un pequeño trago. Después, deslicé una mano entre sus piernas, despacio, hasta llegar a su coño.

Ana contuvo la respiración, mirándome, pero sin decir ni una palabra.

-Uuh…- Gimoteó poniéndose tensa al sentir mis dedos rozar su coño.

Sonreí, sabiendo que Ana sentiría ahora mis dedos helados sobre los labios de su coño, que se habían enfriado al estar todo el rato en contacto con el cristal del vaso. No fue un descuido, contaba con ese efecto.

Ana seguía hinchada y empapada. Noté su coño muy caliente mientras deslizaba mis dedos sobre él, despacio, acariciándolo, probablemente por el contraste con mis dedos helados, notaba su coño ardiendo, y me dediqué a ser muy malo, con unas caricias dulces, sabiendo que Ana las sentiría frías.

Ella abría la boca conteniendo su aliento, estaba claro que notaba el contraste frio por como reaccionaba. Pero lejos de sentirse molesta, noté como se empapaba, y comenzó a suspirar.

-Uuh!- Sonó de nuevo entre sus labios cuando mis dedos se hundieron con delicadeza en ella.
-Eso es… Gime…- Susurré sonriéndole.

Ana cerró lentamente sus ojos, y luego no los abrió del todo, mirándome y mordiéndose los labios con una cara de cachonda que asustaba.

Le di otro trago al vaso, y los hielos tintinearon. Seguía arrodillado junto al sofá admirándola, mientras mis dedos seguían jugando entre sus labios.

-Estas preciosa…- Susurré sin dejar de jugar son su coño.- Me encanta la carita que pones cuando estas cachonda…

Ana cerró sus ojos un segundo, luego los abrió despacio, mirándome y sonriendo.
Cogió aire como para responder, pero me adelanté.

-SSsssshhh…- Le hice mirándola con un gesto cariñoso. –No digas nada… Quiero ver como disfrutas…

Volvió a abrir su boca con un gesto de sorpresa que se fue transformando en un pequeño bocado al aire, lento, mientras disfrutaba de las caricias que le hacía con mis dedos. Mi mano no había tardado en calentarse, Ana estaba tremendamente lubricada, mis dedos se hundían entre sus labios, despacio, empapados de ella.

Mientras me miraba entrecerrando los ojos, mordiéndose la boca, y relamiéndose.

Le di un trago largo a mi vaso, y el sabor a naranja inundó mi boca. Luego miré al suelo, dejándolo justo junto a mí.

Cuando volví a mirar a Ana, descubrí que me miraba temerosa de que tramara algo, cada movimiento extraño mío la ponía en guardia, pero no me miraba con miedo a lo que pudiera pasar, sino como si quisiera descubrir que tramaba, dejándose hacer muy sumisa mientras abría más sus piernas.

Sonreí.

De repente me agaché hasta sus tetas, y lamí uno de sus pezones sin importarme que estuvieran llenos de restos de mi semen.

-Uuh!- Ana emitió un gemidito más agudo, debido a la impresión de no esperarse aquello.

Sentí el sabor de su piel mezclado con el de mi corrida, dotando a su pezón de una textura resbaladiza y húmeda.

Lo pellizqué entre mis dientes, sin apretar, solo para que sintiera el tacto afilado, y lo golpeé con la punta de mi lengua, lamiéndolo deprisa, atrapado entre mis dientes.

-UUuh!!!- Soltó revolviéndose y arqueando su espalda.

Mi lengua dejó hilos brillantes al abandonar su piel, y subí hasta encontrarme a Ana mirándome con la boca abierta y la mirada lasciva.

La besé acercándome despacio, y justo antes de llegar, Ana adelantó su lengua lamiéndome los labios antes del beso.

Fue un beso de esos que se dan con la boca muy abierta, y las lenguas se lamen la una a la otra. Saqué mi mano de entre sus piernas, tenía los dedos empapados, era evidente que Ana quería más.

La cogí de la barbilla hundiéndole los dedos que habían estado en su coño en la boca. Primero los chupó, luego se quedó mirándome, mientras la agarraba por la barbilla, con la misma mano, sin sacarle los dedos de la boca, como si tuviera una mordaza.

Volví a acercarme a su cara, y le di un lametón al goterón largo de semen que tenía en la mejilla, recogiéndolo. Luego tiré de su mandíbula, obligándola a abrir la boca, y le solté el goterón blanco y largo en su interior.

Ana me miraba alucinada, pero tenía una manera de mirarme desafiante, y a la vez, con un vicio tremendo, que me volvía loco.

Cerró sus labios en torno a mis dedos, y succionó mientras se los retiraba de la boca, chupándolos con fuerza.

Luego la volví a besar.

A ella pareció ponerle muy cachonda que yo no hiciera ascos a mi corrida, me hundió la lengua en la boca, en un beso parecido al anterior, cargado de sexo y morbo, pero esta vez su boca sabía a ella y a mí. Estábamos compartiendo mi corrida.

Hace mucho tiempo que aprendí a no tenerle asco a mi propio semen, no suelo hacer estas cosas, pero a veces se me iba la olla, sobre todo cuando estaba tremendamente excitado, que era el estado en el que me tenía Ana constantemente.

La agarré del cuello, y sin demasiados miramientos, tiré de ella para obligarla a sentarse en el sofá.

Ana se agarró a mi brazo con sus manos aun atadas, sorprendida y asustada, hasta que quedó sentada. Me agaché hasta coger el vaso de vozka, y me coloqué frente a ella cogiéndole de la barbilla y haciendo que me mirara a los ojos.

-Bebe…- Susurré mirándola a los ojos.

Le acerqué el vaso a los labios y Ana bebió inclinando su cabeza a la vez que yo inclinaba el vaso.

Primero hizo una mueca al notar el sabor del alcohol tan fuerte, pero luego se relamió con gestos lascivos, estaba jugando, intentando picarme.

Sonreí. Luego le peiné el pelo hacía atrás con la mano, acariciando su cabeza mientras su cabello se deslizaba entre mis dedos. Ella me miraba con esos ojos curiosos, llenos de curiosidad y a la vez cargados de un ligero temor.

Me arrodillé entre sus piernas, la cogí de la nuca y la besé. Sabía a naranja, a alcohol, esta vez fue un beso cerrado, con nuestros labios pegados, y la lengua en la boca del otro. Me volvía loco su lengua, y su saliva.

Cuando nuestros labios se separaron, alcé el vaso y le di un pequeño sorbo mientras sentía su aliento en mi cuello, y sus labios dándome algún que otro beso en mi piel. Estábamos muy cerca el uno del otro, aunque yo estaba algo inclinado para no mancharme con su pecho lleno de semen.

Me separé lentamente de ella, sin dejar de mirarla, y ella me devolvió su mirada respirando profundamente, se notaba que estaba de nuevo excitadísima.
Su pecho se infló muchísimo, y sus tetas subieron entre sus brazos. Acerqué un dedo a su piel, untando la yema en uno de los goterones de semen que aún se mantenía pegado sobre sus tetas.

Mi corrida aún se mantenía sobre su piel, aunque el cambio de postura provocó que los goterones cambiaran el curso de los surcos de aquel liquido blancuzco hacía otra dirección, formando unas curvas brillantes, y provocando que nuevas gotas comenzaran a deslizarse.

Jugué con los más alargados, notando el contacto con su piel viscoso, húmedo y resbaladizo por el líquido blanco. Ana miraba hipnotizada hacía mi dedo mientras recorría su pecho, y veía como jugaba con algunas gotas, y luego me devolvió la mirada sin levantar la cabeza, con una sonrisa torcida.

Le acerqué el dedo a la boca, y alargó su lengua para lamerlo despacio, mirándome, y como si le hubiera dado a probar mermelada o algo dulce, jugó con su lengua alrededor de la punta de mi dedo, dándole pequeñas lamidas y relamiéndose.

Y yo sonreí.

Y ella torció la comisura de su boca en una sonrisa perversa, luego abrió su boca y tragó mi dedo, succionando con fuerza, como si no fuera mi dedo lo que chupaba.

Ahora fue a mí al que se le dibujó una sonrisa perversa mirándola, justo antes de llevarme el vaso a los labios.

Ana dejó de chupar mi dedo y se relamió, con un gesto juguetón, como si me vacilara y quisiera picarme.

Yo volví a besarla, Y ella al ver mi boca acercarse se abalanzó hacía mis labios, no me daba besos, me devoraba la boca, lamiéndome y clavándome la lengua.

Tras un largo beso muy guarro, me retiré un poco, quería verla, Ana respiraba profundamente, lo que hacía que su pecho se hinchara en movimiento continuo, arriba y abajo, en un recorrido largo.

Me encantaban sus tetas perfectas, redondas, y bonitas. Y me daba un morbo terrible verlas bañadas con mi leche, donde el blanco de mi semen se había diluido y convertido en un líquido parecido al gel, semitransparente y blancuzco, que continuaba pegado a su piel, brillando. Los restos de semen más diluido habían dejado unos surcos largos hacía abajo, que ahora se veían como líneas brillantes.

La miré a los ojos, y Ana me devolvió la mirada como si me quisiera decir algo, ansiosa porque me dejara de juegos y me abalanzara sobre ella.

Y sin hacerle demasiado caso, volví a mirar a sus tetas, y acerqué el vaso hasta su piel.

Ana pensó que iba a dejarle caer algunas gotas de la bebida en su piel, y alzó sus tetas preparándose, mirándome como si intentara adivinar mis intenciones.

Yo sonreí de nuevo, me hizo gracia ver lo dispuesta y sumisa que se mostraba Ana ante mis juegos.

Pero aquella no era mi intención, me reía para mí mismo pensando en las tonterías que se me ocurrían a veces, cuando estaba muy cachondo.

Puse el borde del vaso en su piel con delicadeza, justo debajo de uno de los goterones más grandes, y lo deslicé hacia arriba, recogiendo aquel liquido viscoso y blanco.

Ana abrió su boca sorprendida, y me miraba como si no supiera que hacer, más que quedarse quieta.

Y como si fuera una cuchara. Fui recogiendo una a una las gotas de mi semen que aún se mantenían pegadas a su piel, comenzando por las más alargadas que habían empezado a deslizarse hacia abajo.

Ana me miraba con una mezcla de sorpresa y sumisión, incapaz de sostenerme la mirada, vi como sus ojos se clavaban en mí, una fracción de segundo, y luego escapaban hacía algún lugar del salón, para volver a intentar mirarme sin mejores resultados, porque seguramente intuía mi nuevo capricho.

El borde interior del vaso se fue llenando del líquido blancuzco que fue resbalando hasta mezclarse con la bebida.

Recogí todo lo que pude, y noté que cada vez que el borde del vaso tocaba su piel y lo deslizaba recogiendo mi semen, a Ana se le erizaba la piel, llenándose de puntitos en preciosas oleadas difíciles de describir, como si tuviera frio.

Y con cada oleada, Ana iba abriendo un poco la boca mientras la escuchaba gimotear con unos gemiditos muy flojitos que intentaba ocultar al sentir el contacto frio del cristal.

Se ruborizaba, sus mejillas subían de color al mirarme, su cara era incapaz de ocultar el morbo de sus ojos.

El vaso sudaba por el contraste del frio que le proporcionaban los hielos, y de vez en cuando goteaba, dejando la piel de Ana mojada, llegando a caer sobre su piel alguna gotita fría que recorría su cuerpo rápidamente hasta perderse hacia abajo.

A la bebida le quedaba un último trago largo, los hielos no eran más que unos trocitos pequeños, y ahora todo se veía mezclado con mi semen, unas gotas blancas y lechosas que flotaban entre los pequeños hielos.

Moví el vaso en círculos, haciendo que los hielos rodaran en el interior, mientras miraba a Ana.

Ella continuaba con la espalda erguida, y los pechos atrapados entre los brazos, con los pezones durísimos y de punta.

Acerqué el vaso a los labios de Ana, y me miró sabiendo lo que quería, pero como si esperara a que se lo pidiera.

-Abre la boquita.- Susurré mirándola a los ojos.

Ana, sin dejar de mirarme a los ojos, la abrió tímidamente, y posó sus labios en el borde del vaso con un gesto muy sumiso.

Fui inclinando la bebida obligando a Ana a tomar la decisión de bebérselo todo o que le rebosara y le cayera por encima. Pero Ana abrió su boca, mirándome, y empezó a beber y tragar mientras yo inclinaba el vaso demasiado para que se lo bebiera todo de un solo trago.

Abrió tanto la boca que se le coló uno de los hielos, y luego cerró sus labios mientras yo retiraba el vaso sonriendo.

Cuando la miré, Ana sonrió torciendo sus labios, y abrió su boca de nuevo mostrándome el pequeño trozo de hielo sobre su lengua. Tenía la boca brillante y húmeda llena de hilillos.

Dejé el vaso a un lado, en el suelo, y me acerqué a su boca para besarla. Ana pegó sus labios a los míos y aquel trozo de hielo empezó a pasar de una boca a la otra.

Noté el sabor anaranjado y lleno de alcohol directamente de la boca de Ana, y el contraste del frio en mi lengua cuando el hielo permanecía en mi boca. Luego se lo pasaba de nuevo a Ana, que lo envolvía con su lengua y volvía a pasármelo.

Estuvimos besándonos hasta que el hielo desapareció, y mucho rato más. Al principio era un beso cerrado, lleno de lengüetazos internos mientras compartíamos el hielo, su saliva y restos de la bebida. Pero luego se fue
transformando de nuevo en uno de esos besos desesperados, con la boca abierta y lamiéndonos el uno al otro.

Sin despegarme de su boca, le separé las piernas, acercándome más a ella. Me agarré la polla, que con aquellos juegos volvía a estar durísima.

Sonreí notando mi polla enorme y dura de nuevo en mi mano, la noté muy caliente.

Comencé a frotarla entre los labios de su coño, notando el calor que desprendía Ana, y empapándome de sus flujos.

Ana al notar mis roces comenzó a besarme todavía de manera más guarra y desesperada.

Estrujé mi polla y la coloqué justo a la entrada de su coño, y Ana abrió sus ojos ansiosa.

Continuará.

Un comentario sobre “Asuntos de trabajo (64)

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