JUAN LUIS HENARES

Siempre se sintió distinto; desde muy joven Félix notó que su concepción de la vida era muy diferente a la del resto de las personas. Le sucedió en la escuela primaria, secundaria y en la universidad; en el club del barrio y en sus diversos trabajos; con sus vecinos, amigos  y familiares…

No le gustaba el fútbol como a todos, pues se entusiasmaba con las carreras de autos; cuando lo invitaban a comer un asado no jugaba al truco, sino ajedrez. De niño en su habitación no armaba batallas con soldaditos plásticos ni partidos de fútbol con jugadores en miniatura, sino que construía pistas para correr con los autitos Matchbox y Buby; los sábados por la noche no iba a fiestas ni bailes, se quedaba en su casa leyendo libros u ordenando estampillas en su álbum filatélico. No concurría a catecismo a la iglesia como el resto de los chicos del barrio, ya que era, al igual que sus padres, ateo; no lo atraían las fulgurantes luces de los Estados Unidos, si las sombras de la Unión Soviética; no festejó la llegada del hombre a la luna, pero lloró con el asesinato del Che.

En la universidad padeció años el autoritarismo de varios profesores y la sumisión a ellos de casi todos sus compañeros; en el centro de estudiantes se esforzó por organizar círculos de lectura, mientras el resto sólo pensaba en la peña del fin de semana. En el trabajo se hartó de sus colegas, quienes ante las diarias injusticias guardaban silencio para no molestar a los jefes; Félix defendía lo que consideraba justo, ya que para él, lo importante era hacer lo que se debía y no lo que convenía.

La misma situación se repetía con familiares o amigos, en el barrio y hasta en el tren o el colectivo, al escuchar los comentarios de los pasajeros. Todo lo había llevado a aislarse, más al advertir que su psiquiatra buscaba adaptarlo a la sociedad e intentaba que aceptase el mundo tal como era, algo que él no podía consentir de ninguna manera.

Solo existía una persona que lo comprendía y apoyaba: Regina, su mujer. Ella también vivía situaciones similares, pero en cierto modo era más sociable que Félix, al que muchos consideraban un viejo ermitaño y cascarrabias. Ambos tenían ya casi sesenta años, y estaban juntos hacía treinta y cinco; contaban los años que les restaban para jubilarse. Nunca habían tenido hijos, y sus días transcurrían —luego del trabajo— entre libros, lecturas con aroma de café, y una suave música de fondo. Por las noches, finalizada la cena, solían dormirse mientras miraban alguna buena película seleccionada con anterioridad. Habitaban una pequeña casa de un barrio de viviendas populares, pagada con esfuerzo luego de veinticinco años. Esta casa, un viejo pero bien cuidado coupé Torino TSX blanco, y cientos de libros eran sus únicas pertenencias.

Pero aún soñaban…

Y no solo con un mundo mejor, sino también —a pesar de la edad— con una vida diferente.

Los fines de semana compraban masas dulces y chocolates, cargaban dos termos con café, y partían rumbo a las montañas. Luego de pasar junto a una abandonada estación de trenes —en la que aún podían observarse viejos vagones y algún coche motor— seguían el recorrido de las vías hasta llegar a un angosto y cristalino arroyo que descendía de las montañas. En ese lugar estacionaban el coche, acomodaban unas reposeras plegables a su lado —en invierno apreciaban el calor que despedía el motor Tornado recién enmudecido— y entre sorbos de café disfrutaban la tranquilidad del agua, el canto de los pájaros, el sonido de las ramas al agitarse por el viento y —ya por la noche— las estrellas, satélites y luces de los aviones en el firmamento.

Se tomaban de la mano, y soñaban…

Una terrible noche, un ataque al corazón, tan inesperado como repentino, terminó con la vida de Regina. Félix se sintió desolado, angustiado por no tener a su lado la compañera con quien transcurría sus días. Intentaba encontrar respuestas, pero éstas no aparecían. Cansado de un mundo que no era el suyo, en honor a Regina y a los recuerdos de los buenos momentos compartidos, tomó la decisión.

Quienes compraron la casa se sorprendieron: primero, por el bajo precio pagado; después, al encontrar que todos los muebles y artefactos eléctricos quedaron como regalo de bienvenida. Unos días antes de entregar la vivienda, los vecinos notaron que Félix hacía varios viajes en su auto, cargado con cajas que, por el peso, supusieron que contenían libros. Algunos también lo observaron en las inmediaciones de la oficina de ferrocarriles, otros en la zona bancaria. El día anterior a la llegada de los nuevos dueños, lo vieron subir al Torino y durante una larga e interminable hora desde el asiento mirar la casa. Fue la última vez que tuvieron noticias suyas.

Abrió la urna y dejó caer las cenizas al agua, donde unos pequeños peces escaparon de ellas. Las despidió con un ¡te amo Regina! que puso en guardia a un gato montés que sigilosamente se refugió en el bosque; Félix miró durante unos minutos las cenizas flotar por las mansas aguas del arroyo, a la vez que escuchaba el canto de los pájaros. Dio media vuelta y caminó hasta el viejo vagón de tren, su nuevo hogar. Preparó una taza se café, se acomodó en uno de los asientos y tomó de la biblioteca un antiguo libro de tapa dura, color bordó con letras doradas y húmedas hojas. Mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas, leyó por enésima vez en la tercera página la casi borroneada dedicatoria escrita hacía ya varias décadas:

“Querido Félix, compañero de mi vida: nunca dejes de perseguir tus sueños, lucha siempre por ellos y encuentra tu lugar en el mundo. Te amo. Regina”.

 

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s