ALICIA NORMANDA

Me siento observada, siempre me he sentido observada. La primera vez que tuve una fantasía con Gil fue doblemente reprochable. Me afectó, me hizo ruborizarme y se quedó grabada en mi memoria. Y la verdad, no era para menos.

Mi hermana se casó con Gil un mediodía de agosto, lleno de flores y de sol. Mis primas y yo fuimos sus damas de honor, nos vestimos iguales, nos peinó la misma señora y lo hicimos con mucho gusto porque éramos muy unidas Ivonne, las primas y yo.

Me subo al camión. Acomodo mi morral para que no se vaya a abrir y vaciarse en el pasillo mientras estoy dormida; y ahí me encuentro a Gil, a punto de viajar a la Ciudad de México también.

Hacemos un par de maniobras cambiando asientos con otros pasajeros para sentarnos juntos. Casi de inmediato me arrepiento porque nunca hemos estado solos, porque nunca le he sostenido la mirada y me cuesta charlar con él. Pero eso es lo que hacen los conocidos cuando se encuentran, cambiar los asientos para sentarse juntos. Ya me temo que me voy a arrepentir porque nunca he tenido la facilidad de Ivonne para hablar de cualquier cosa, de encender el fuego de la conversación con poco esfuerzo y hallarme crepitando de risa a los tres minutos.

Tampoco puede Gil con el esfuerzo, la plática se nos muere antes de salir de la central camionera de Guadalajara y la incomodidad se sienta entre nosotros. Me quedo mirando sus antebrazos de reojo, haciendo como que miro hacia afuera por la ventanilla.

Ivonne y yo solíamos ser unidas, muy unidas. Pero al crecer, los cinco años de diferencia se pusieron entre nosotras como un cristal que poco a poco fue opacándose. Ella nunca me contó de su primera vez, ni yo quise preguntarle si había sido Gil o Alberto o quién. Me resistía a saberla revolcándose de placer con un hombre sin que yo me diera cuenta, sin que ocurriera algún hechizo que transfiriera las sensaciones a mi cuerpo.

Lo cierto es que Ivonne fue y regresó del matrimonio sin que yo hubiera dejado asomar a un hombre debajo de mi falda; y aún ahora, años después, mi arrojo sólo me alcanza para preguntarle a Gil a qué va a la Ciudad de México y escucharle un escueto “por la chamba”.

Intento dormirme pero no me puedo acomodar. No sé dónde poner las manos o qué hacer con ellas. Me siento observada.

Gil se duerme de inmediato. Lo miro y recuerdo las mil veces que he fantaseado con estar cerca de él.

Noto una erección creciendo en su pantalón, ¿qué podría estar soñando Gil para engrosársele el pene de ese modo? Lo he imaginado mil veces desnudo, pero luego viene la imagen de mi hermana y me hace un corto circuito en la cabeza que de inmediato me apaga la ilusión.

Agito mi mano frente a sus ojos y no hay reacción. Le hago un gesto chistoso, nada. Hago otra mueca aún más ridícula, nada de nuevo. Él se ha puesto en modo de hibernación con un ronquido casi imperceptible y sacando aire muy cadenciosamente. Y una vez segura de que está bien dormido, hago lo que he estado reprimiendo durante mucho tiempo: lo miro.

Lo recorro con mis ojos, acariciándolo, como si mis pestañas me hubieran crecido y lo masajeara con ellas de un lado al otro, desde arriba a sus pies; sólo eludiendo su sexo, el que me produce un pudor natural que no puedo controlar.

Pero me siento censurada, autocensurada, mutilada en mi libertad de pensar y fantasear. Me molesta esa persecución aprendida y replicada que yo misma termino infligiéndome. Si soy la dueña de mi pensamiento por qué aún saliendo de la ciudad tengo que observar las reglas de mi casa. Me obligo a mirarle el pene, a quitarle la imagen de Ivonne que trae pegada, que lo cubre como un condón opaco e informe, como la cáscara de un fruto lejano que solo está en mi cabeza.

Me viene la recurrente imagen de Ivonne vestida de novia, montándolo, con la cabeza hacia el cielo retorcida de la intrusión fálica en sus entrañas. La misma escena que imaginé por primera vez estando parada con un ramito de florecitas lilas entre mis manos, junto a mis primas, vestidas iguales las tres y rezando de dientes para afuera; porque por más que intentara concentrarme en la alegría de ver a mi hermana en el altar con su flamante esposo, se me aparecía entre ellos la escena sexual, la fantasía de sentir —a través de Ivonne— el miembro de Gil frotándome por dentro, topándome e inyectándome su semen tibio.

Cedo al impulso, acerco mi mano y lo toco. Recorro su pene apenas rozándolo con la yema de mi dedo… ¿cuál pene? Su verga, su VERGA, como la llamo todavía en secreto y a oscuras en la sala de mi departamento de una pieza en la ciudad capital.

Su erección crece aún más pero él sigue roncando a nivel de vibración, y extiendo la caricia para sentirla completa en mi mano. La recorro hacia abajo a donde tendrían que estar sus testículos y también lo sobo ahí. No puedo detenerme.

Había imaginado mil escenarios para ese encuentro y ninguno era posible. No hay manera moral en que una chica se encuentre en privado con el marido de su hermana, aunque las cosas entre ellos hayan terminado tan mal. No hay manera, como tampoco existe el perdón.

Pero el cuerpo de Gil reacciona a mis estímulos, su pantalón de mezclilla filtra una gota a la altura de la punta de su pene. Recojo la humedad con mi dedo medio y me lo llevo a la boca. Entonces corta su respiración y gime. Yo suspiro, aunque lo cierto es que la gota de semen no tiene ningún sabor.

Me siento observada, pero esta vez es real. Entre los asientos de adelante una señora de unos cuarenta y tantos nos mira, debajo de sus cejas arqueadas y el fleco mal recortado. Descubierta y todavía chupándome la yema de mi dedo, me quedo inmóvil sin poder romper el contacto visual con ella.

Gil acerca su mano sin dejar de roncar. Coloca sus dedos entre mis piernas y empieza a frotarme sobre mi pants de algodón. Mi reacción es tratar de alejarlo, pero él insiste e insiste. Lo he deseado desde hace tanto tiempo que me acomodo en el asiento y abro las piernas, aprieto el ceño y aguanto la mirada juiciosa e intensa de la mujer que solo parpadea al percatarse de que me estoy corriendo.

En cuerpo, me he venido por primera vez en la mano de un hombre, en un camión foráneo en la autopista de cuota, a la altura de Morelia; en alma, voy de camino al infierno, por merecimientos propios y con testigos. Mas no me arrepiento, la sensación de estar siendo observada se ha ido.

alicianormanda.wordpress.com

3 comentarios sobre “Observada

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