ALEIDA ZOMBIE

Capítulo II

Malik

1 de Agosto del 2016. Raqqa.República Árabe Siria.

Una alarma que he desarrollado gracias a años de experiencia en situaciones al límite se disparo inmediatamente en mi cabeza, mi cuerpo se tenso y rápidamente saque mi Glock 42 mientras me alejaba de la Doctora Olivera.

-Señores, será mejor que desalojen todos este salón mientras confirmo que no hay peligro.- Exclame sorprendiendo a todos, y causando una sonora carcajada en Abu Bakr.

-No seas absurdo Malik, la Doctora Olivera simplemente perdió la cabeza, quererse morir cuando pude darle hasta la libertad… claro, justo en medio de una de las ciudades que ataquemos.- Me respondió Abu Bakr todavía con tono de burla, aupando a todos para continuar las risas.

Pero en ningún momento me ofendí, es más, ni siquiera me voltee a mirarlo, mis ojos seguían clavados en la Doctora, su rostro estaba aun más pálido de lo que recordaba, contrastado por incontables vasos capilares explotados, que se iban esparciendo por todo su cuerpo.

Sus ojos perdidos estaban completamente rojos de pura sangre, pero lo que sucedió a continuación si contradecía los cientos de cadáveres que había visto en mis cuarenta años de vida.

La Doctora Olivera comenzó a convulsionar, lo que me hizo reaccionar casi al instante, apuntando a su cuerpo mientras se retorcía y de su boca empezaba a brotar una sangre más oscura de lo normal, casi negra.

-Miren a la Doctorcita, que asco está hecha, deberíamos sacarla de su agonía.- Propuso Abu Bakr, más para sí mismo, que a cualquiera que de los que estábamos en esa sala, mientras pasaba a mi lado, y sin el menor de los cuidados se agacho para volver a usar su navaja, pero esta vez, directo en el corazón de la Doctora.

Respire hondo, mientras el cuerpo de la Doctora Olivera dejaba de sacudirse.- Listo Malik, no te preocupes, que esta mujer nunca fue una amenaza para nosotros.- Me lo dijo casi como un regaño, mientras intentaba incorporarse, pero sus kilos de más no lo dejaban hacerlo con facilidad.

-Maldita sea, esa sangre de esta doctorcita ya huele horrible, que asco.- Exclamó Abu Bakr, ya acalorado por el esfuerzo de intentar pararse, desistiendo de sacar la navaja del pecho de la Doctora Olivera.

-Ven Malik, ayúdame a pararme, maldita sea. – Me ordenó el Califa, haciendo que, sin guardar mi arma, me acercara hasta él para ayudarlo, aunque mi mente me gritara que no lo hiciera.

Justo cuando llegue al lado del cuerpo, en vez de inclinarme a ayudar al Abu Bakr me quede mirando la herida en el pecho de la Doctora Olivera, que al contrario de la primera, prácticamente estaba seca, e incluso parecía que se había iniciado una especie de cicatrización alrededor de la navaja.

Abu Bakr me saco del trance que estaba teniendo, y no pude evitar casi reír al verlo a gatas sobre el cuerpo de la Doctora Olivera, sin poder pararse por la voluminosa barriga y todos esos años de buena vida.

Un grito, no, un alarido de Abu Bakr me estremeció, y justo cuando levante mi pistola para apuntarlo, a él, y al cuerpo de la Doctora Olivera, dos de los guardias de seguridad personal de Califa lo ayudaron a levantar, mientras se apretaba la espalda.

-Maldita sea Malik, mi espalda de nuevo me está matando por no ayudarme a tiempo.- Me reclamo Abu Bakr con el rostro desencajado por su dolor de lumbago, al tiempo que el aire regresaba a mis pulmones, lo mismo que mi Glock 42 a su funda.

-Tengo intereses que resolver en Estambul Malik, espero que limpies este desastre y prepares todo para el ataque en setenta y dos horas.- Me ordeno Abu Bakr mientras todos en la sala de reuniones lo seguían hacia la puerta, rodeando el cuerpo de la Doctora Olivera, sin detenerse siquiera a mirarla.

Una parte de mí, que siempre intento ocultar, o mejor, destruir, sentía pena por la Doctora Olivera, a pesar de todo, respetaba la fortaleza que mostraba en las cientos de torturas que yo mismo le había propinado, además del talento que tenía como viróloga, no merecía terminar de esta forma.

Me pareció increíble ver la piel de la Doctora Olivera pasar de un blanco casi perfecto, a una especie de tono gris, con una capa muy fina de sudoración que casi hacia ver la piel brillante.

Solo una interrogante me molestaba ¿Estará todavía viva la Doctora Olivera? Solo una persona viva puede tener esos cambios tan veloces, tal vez sea el virus del que hablaba, pero solo había una forma de estar seguro.

Con mucho cuidado me agache junto al cuerpo de la Doctora Olvera y con cautela y lentitud pose mis dedos temblorosos en su cuello en búsqueda de algún signo vital.

Pasaron casi cinco minutos cuando me di per vencido, y estuve a punto de pararme hasta que escuche una especie de quejido venir de la propia Doctora.

Rápidamente levante mi radio.- Necesito apoyo en la sala de reuniones, la Doctora Olivera requiere equipos médi…- No termine de decir esa palabra cuando sin aviso, la mismísima Doctora se incorporaba de golpe e incrustaba sus dientes en mi antebrazo con el que sostenía la radio, el dolor que sentí fue indescriptible, básicamente arrancaba mi carne con sus dientes.

Por puro instinto empecé una cruenta batalla en el intento de separarme de ella, pero logro rodearme con sus piernas, mientras sus brazos sostenían el mío propio con una fuerza bruta que una mujer desnutrida y en las condiciones de la Doctora Olivera no debería tener.

Usando mi brazo libre saque mi Glock 42, y poniéndosela en el pecho descargue tres disparos casi inmediatos, lo que hizo que por reflejo se separara de mí por primera vez desde que se despertó, dándome la oportunidad de incorporarme y alejarme lo más que pude de la Doctora Olivera, mientras veía la horrible herida que me quemaba en el antebrazo.

De alguna manera imposible de explicar, la Doctora Olivera lejos de quedarse en el suelo por los tres disparos a quema ropa y una navaja clavada en su pecho, se incorporó de nuevo, y con un gemido, no, con un alarido que nunca en mi vida había oído, se abalanzo de nuevo hacia mí.

El equipo de contención llego a la habitación en el momento justo.- No la maten, llévenla al laboratorio, necesitamos revisarla, preparen los equipos, alerta máxima en toda la base.- Termine de ordenar, mientras me explotaba un fuerte dolor de cabeza.

Entre tres soldados lograron esposar a la Doctora Olivera y reducirla, no sin antes ser mordidos por ella, uno de ellos de forma casi mortal en su cuello.

-Llévenlo a la enfermería, voy a mis habitaciones a cambiarme para entrar al laboratorio, y ¡que alguien me diga si el Califa ya dejo las instalaciones!- Ordene a todos los efectivos en la sala de reuniones, intentando disimular lo mareado que ya me sentía, una capa fina de sudor ya cubría mi cuerpo.

-Mi Señor, el Califa acaba de dejar las instalaciones en el convoy junto a sus invitados.- Me informo Maider, mi segundo al mando, que al verme el antebrazo se asustó.- Sera mejor que vaya usted también a la enfermería.- Terminó de decirme, sin dejar de ver la horrenda herida que me había propinado la Doctora Olivera.

-No se preocupe Maider, asegúrese que todo el personal de laboratorio esté listo para examinar a la Doctora Olivera.- Exclame para terminar de retirarme de la sala de reuniones, cada paso que daba hacia mi habitación era una puñalada para mi cerebro, ya era claro que este dolor de cabeza y el malestar repentino que sentía no era algo normal.

Solo espero que pueda conseguir alguna respuesta en el laboratorio, porque si esto es lo que sospecho, ya todos en esta base estamos condenados.

Llegue a mi habitación con dificultad, la vista se me estaba nublando cada vez más, y el dolor de cabeza agudizaba, limpie mi herida con un whiskey caro que para mi sorpresa, no causo escozor, y me recosté con la intención de recomponerme unos minutos, mis parpados parecían pesar toneladas.

Una explosión me despertó, abrí mis ojos con mucho esfuerzo, tenía muchísima fiebre y mi garganta estaba completamente seca, no sabía cuánto tiempo me había dormido, pero debía de estar muy mal para haberlo hecho.

Me levante con un esfuerzo casi sobrehumano, todavía algo desorientado me costó percibir mi entorno, no solo había explotado algo, se escuchaban disparos y gritos, sea lo que sea que estaba pasando, sucedía dentro y fuera de las instalaciones.

Saque mi Glock 42 y revise el cargador, cuando me incorpore de la cama pude comprobar que mis piernas a duras penas respondían, antes de salir de la habitación pude mirar mi rostro en un pequeño espejo que tengo detrás de la puerta,solo para confirmar lo que ya sospechaba, la Doctora Olivera tenía razón.

Mis ojos estaban inyectados de sangre, y ya podía ver vasos capilares explotados en mi rostro, e incluso en mis manos, y por primera vez en mi vida, tuve miedo de mi muerte, aunque para ser claro, el miedo es a en lo que me pasaría después.

Termine de salir de mi habitación y con mucha dificultad me dirigí hacia los laboratorios, no sin antes notar las manchas de sangre que adornaban algunas paredes.

Caminando por los pasillos solo podía pensar en todas las veces que lastime a la Doctora Olivera, imágenes se repetían en mi cabeza de todas las torturas e incluso violaciones que en reiteradas ocasiones le propine, entiendo ahora que tal vez ella sea la responsable de todo esto, pero yo soy la causa que originó su locura, por mi culpa todos estamos condenados.

Justo cuando doble la esquina del pasillo, fui testigo de la escena más bizarra de mi vida, el cuerpo de Maider estaba siendo devorado por uno de los integrantes del equipo médico y uno de los soldados que fueron heridos por la Doctora Olivera justo frente a la entrada de laboratorio, ambos al verme reaccionaron y se incorporaron, mientras se iban acercando a mí con lentitud.

Levante mi arma, y con mucha dificultad apunte, por mi mente pasaron algunas películas de terror, que en algún momento vi durante mi estadía en Europa, y recordé a los zombis, sí, eso eran estos seres, en esto me convertiré también, en un zombi.

Mi primer disparo no estuvo ni cerca, mi vista ya era muy nublosa, y la fiebre hacía que mi pulso me impidiera fijar un objetivo, respire profundo y aproveche los segundos que me regalaban con su lentitud, y esta vez sí acerté los dos disparos, al miembro del equipo médico le pude dar en su rostro, cayendo desplomado cual saco de papas, mientras que al soldado le atravesé el cuello, lo que en cualquier otro escenario hubiera bastado para liquidarlo.

Pero este no era el caso, el soldado solo aminoro un poco su marcha, volví a apuntar ya con el zombi a escasos dos metros de mí, y esta vez la bala atravesó su cráneo, produciendo el mismo efecto que en miembro del equipo médico.

Pude soltar el aire que tenía contenido en mis pulmones, y tuve que recostarme a la pared unos segundos para recuperar fuerzas, mientras apretaba mis ojos intentando recobrar algo de claridad en mi visión.

Me incorpore, y ya casi arrastrando los pies me dirigí hacia la puerta del laboratorio donde estaba el cuerpo parcialmente devorado de Maider, su estómago estaba abierto, y sus intestinos regados por todo el piso, aunque no me detuve a detallarlo, entre lo más rápido que mis agarrotadas piernas me permitieron.

El laboratorio era una escena surreal, el brazo de alguien estaba sobre uno de los mesones, mientras que el piso estaba regado de sangre, al igual que mucho del equipo y las paredes.

Un dolor agudo en mi pierna causo que me volteara de inmediato, Maider tenía sus dientes hincados en mi pantorrilla, pero justo cuando me preparaba para dispararle a quema ropa, pude ver a la Doctora Olivera justo detrás de él, desnuda y completamente bañada en sangre,  preparada para abalanzarse sobre mí como si yo fuese una presa… no, un premio.

Pero no le daré ese gusto, no me convertiré en eso, no veré su venganza, ni seré parte de ella, lo único que lamento será no volver a ver a mi familia, pero tampoco los veré sufrir, puse mi preciada Glock 42 en mi propia cabeza, y justo cuando la Doctora Olivera clavaba sus dientes en mi hombro, dispare.

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