MOISÉS ESTÉVEZ

El pasado no está, el futuro no existe, el presente es efímero. La vida es
efímera, si, por mucho que nos empeñemos en planificar el momento que
viene. Cierto es que no podemos evitarlo, y al hacerlo nos sentimos más
seguro de nosotros mismos.
Vigilar el tiempo, calcular el espacio, controlar con quién compartimos
dicho tiempo y dicho espacio, dirigir nuestros pasos hacia un destino que
pensamos vivir lo mejor posible, con ilusión y sin problemas, si pudiera ser.
Si es verdad que reconforta y motiva, pero cierto es también que nuestro
“sino” está escrito, nos aferramos a un pensamiento, a un halo de esperanza, a
una fe religiosa…
El mencionado “sino” marca la meta insondable de lo que hay más allá
de la vida, es decir después de la muerte.
¿Alternativa? Vivir el presente, el ahora, el minuto que se cumple con el
paso de los segundos, el tiempo que podemos tocar, respirar, ver, saborear,
oler… en definitiva, disfrutar de todo cuanto nos rodea.
¿Cómo? Saliendo siempre a explorar fuera de la “zona de confort”. Es
allí donde encontraremos lo nuevo, el conocimiento de lo no rutinario, lo
desconocido, esa “fe”, que hará del tiempo transcurrido, es decir, del pasado
que se fue, un recuerdo grato, inmaterial, y muestra de enormes sensaciones,
que seguro proyectará una sonrisa tonta y feliz en nuestro rostro.
¿Con quién? Preferiblemente con alguien que te quiera, alguien con
quien compartir el espacio, el tiempo, ese recuerdo que se escapa del pasado
para formar parte del presente.

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