Mª DEL CARMEN MÚRTULA

 

Pedro ha muerto esta madrugada. He asistido a su funeral.

Ha sido una experiencia única.

Nos encontramos en el lugar donde hace quince años empezó todo.

Aquel primer encuentro de Andrés con S.H.

Me he enterado de que la finca pertenece al patrimonio de la fa­milia de Juan.

Por aquel entonces, los padres de Andrés la tenían alquilada y solían pasar allí las temporadas de vacaciones, por eso él, aprovechando aquellos días de descanso se encontraba en aquel lugar, cuando tuvo origen todo este asunto. Fue a partir de ese acontecimiento, que lo utilizan como lugar sagrado.

 

Nos hemos congregado una gran multitud. El ambiente, aunque multitudinario, resultaba familiar.

Me impresiona ver tanta gente saludándose tan entrañablemente compartiendo sus sentimientos de dolor. Estas expresiones afectivas son otra nueva experiencia. Sin duda son detalles que dan firmeza, estabi­lidad y calor a sus relaciones humanas.

A pesar de la multitud y sus sentimientos, se percibía una quietud y paz sobrecogedora.

Jóvenes, con el uniforme de montañeros, organizaban la concentra­ción, presidida por Juan, Andrés y los familiares de Pedro.

El sonido de un canto rompió el silencio para dar comienzo a la ceremonia fúnebre. Los presentes nos dispusimos a recibir el féretro con sincera expresión de dolor. Una sencilla ataúd de madera oscura fue pasando de mano en mano por encima de nuestras cabezas, mientras se cantaba un canto que me sonaba más a triunfo que a dolor.

 

Cuando llegó al centro donde estaba la presidencia, fue colocado en un catafalco, cubierto por un paño negro, de manera que todos podíamos verlo.

Expresiones de cariño y dolor, ramos de flores y coronas, todos se fueron acercando para rendirle el último saludo.

La gente dejó de cantar cuando terminó el desfile fúnebre y fue entonces cuando Andrés tomó la palabra:

 

—Hermanos, vosotros sabéis lo que significaba Pedro para mí. Fue uno de mis primeros alumnos y más tarde un compañero in­condicional. Lo quería como a un auténtico hijo, por eso he que­rido ser yo quien le despida en nombre de todos. Aunque se me rompe el corazón, al pensar en su joven partida, es mucho el gozo que me embarga al comprender que ya estaba preparado para dis­frutar de la auténtica y eterna vida. Hace escasamente una semana, como si sospechara la cercanía de este acontecimiento, me dijo: “Andrés, quiero que sepas, si algo me sucede, que me iré con la alegría de haber intentado ser fiel a la misión que se me ha encomendado”. ¿Por qué me dijo eso? Porque todos los que nadamos contra corriente en esta sociedad, tenemos que tener la maleta preparada, pues no sabemos ni el día ni la hora, pero sin duda que, no seremos los primeros ni los últimos que sucumbiremos por la causa de S.H., este el precio de nuestra fidelidad a la misión que él nos ha en­comendado, cuando se es coherente se tiene siempre el riesgo de resultar al menos incómodo ante una humanidad que no entiende de entrega, servicio, solidaridad … Él sabía cuánto se estaba arries­gando. Las cosas no iban bien en el trabajo, ya que, por no querer dar su voto ante ciertas propuestas, que claramente iban a benefi­ciar a unos pocos y a perjudicar a otros muchos, se había creado enemistades entre sus compañeros y temía que la tensión llegara a provocar algo en su contra. Yo no quiero decir con esto que haya culpables en lo ocurrido, ¿un accidente… una muerte provocada…? Allá la conciencia del que se crea culpable y la justicia del que tenga que aplicarla. Yo desde aquí sólo digo que Pedro era un gran mu­chacho, que había optado por dedicar su vida a favor de la justicia y por eso defendía la causa de aquellos con los que se relacionaba. Sabía que arriesgaba su vida al tomar ciertas posturas, pero no du­daba ante la urgencia de su conciencia y se ponía de parte de los sin voz. Así se fue preparado para cruzar el umbral hacia la otra vida, con la certeza de que era un luchador justo. Sea por una causa u otra el sentido de su muerte, ha sido de este acontecimiento de lo que el Señor se ha valido para abrirle la puerta de la eternidad. ¿Qué nos queda? Despedirnos de él, sabiendo que allí está, espe­rándonos a todos y velando por cada uno para que luchemos por un mundo más fraterno y para que, como él, creamos en la justicia definitiva más allá de la muerte.

 

» Quiero terminar con estas palabras del apóstol S. Pedro:

“Nosotros, confiados en la promesa del Señor,

esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva,

donde habite la justicia.

Por tanto, hermanos queridos,

mientras esperamos este acontecimiento,

procurad que Dios os encuentre en paz con él,

inmaculados e irreprochables.

Considerad que la paciencia de Dios

es nuestra salvación”

 

 

La reacción de esta gente ante esta nueva experiencia me vuelve a sorprender.

¡Tienen una forma tan original de enfrentarse con los problemas más vitales!

Todo esto es lo que hace que me sienta cada vez más atraída por su modo de enfocar la existencia humana, hasta el punto de que creo haber descubierto en mí la capacidad de poder llegar a identificarme con mi yo espiritual.

Ahora veo que existe en mi interior una fuerza potencial capaz de transformarme en alguien con unos valores distintos a los que hasta ahora han llenado mi vida.

Pienso que esto es una oportunidad privilegiada y no quiero des­perdiciarla.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

 

Un comentario sobre “…y en la muerte

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s