JUAN LUIS HENARES

Es casi el mediodía, la escena se repite como en el transcurso de toda la semana, excepto los sábados y domingos: una veintena de personas bajo el sol de febrero observa impaciente al chofer del camión elevar la caja del mismo y vaciar su contenido sobre el terreno. Ni bien el vehículo arranca todos corren como si se hubiera dado la señal de partida. Entre ellos Ramón. Con sus trece años, desgarbado y descalzo pero muy acostumbrado a estos menesteres, es de los primeros en llegar junto a la carga que el camión municipal recolector de residuos depositó en el basural. Se tira sobre las bolsas y cajas; la experiencia le indica que el olfato es su mejor arma para detectar las que contengan algo de comida aún aprovechable. El olor a podrido que una despide le indica que no debe entretenerse con ella. Es que allí el tiempo es oro, y abrir esa bolsa le demandaría unos segundos que otros podrían aprovechar para encontrar alimentos aún utilizables en otra. Además, nunca olvidará que Axel —el más pequeño de sus seis hermanos— casi muere unos meses atrás por la intoxicación que le produjo ese pedazo putrefacto de pollo lleno de cucarachas que, como ese día no había nada para comer, su madre lavó y volvió a cocinar.

Abre una, dos y diez bolsas, pero poco y nada encuentra; solo rescata un envase con algún resto de mayonesa, pan húmedo, dos papas, algo de cartón, una birome llena de tinta y una revista de televisión por cable. De pronto observa una caja de pizza, algo mojada por fuera, e inmediatamente se abalanza hacia ella, ya que Jonathan —el rubio que vive en el rancho de la esquina— al verlo adivinó su intención, y de no ser por la agilidad de Ramón se hubiera quedado con ella. Destapa la caja; la pizza está entera, hasta aceitunas tiene. Luego de sacar las hormigas y pasarle un trapo mojado, la volverán a calentar para así comerla los ocho junto a la mesa. Justo son ocho porciones, una para cada integrante de la familia.

Después de revisar unos minutos más, se va camino al rancho, con la caja en una mano y una bolsa con los deshechos en la otra; se siente contento por la tarea cumplida, pues es el hijo mayor, el que debe cuidar de sus hermanos y conseguir los alimentos para todos. Ya tiene el almuerzo: pizza, un par de papas y pan. A la tarde regresará a la hora que llegan los últimos camiones y buscará comida para la cena.

Mientras imagina la cara de alegría que pondrá su madre al ver la pizza, camina por la periferia de los desparramados residuos, ya que sobre ellos todavía hay una docena de chicos y mujeres que continúan en busca de algo para comer. Mira hacia adelante y nota un movimiento entre las últimas bolsas: no es el viento, pues el día está calmo. Sigiloso se acerca y ve un animal de color gris oscuro con su cabeza hundida en el nylon; al mirar su cola, larga y fina, se da cuenta que es una rata, tan grande como el inmenso gato castrado del vecino que duerme en el techo del rancho. Deja la caja y la bolsa en el piso, toma del suelo una mitad de ladrillo con restos de revoque, y como un felino se arrastra hacia su presa. Entretenida con la comida la rata recién presiente el peligro cuando el cazador ya está sobre ella; intenta correr pero la mano con el ladrillo le aplasta la cabeza. El joven se incorpora, toma su víctima de la cola, y orgulloso reanuda la marcha ante la mirada envidiosa de los que siguen en busca de algo para comer.

Esta noche en el rancho de Ramón habrá banquete.

 

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

4 comentarios sobre “El basural

    1. Muchas gracias Beto por tu comentario. Es una realidad que se vive a diario en muchos países de Latinoamérica. Me sucedió con el relato El mosquito que la noche que se hizo la presentación de mi libro en la Biblioteca Popular de Paraná, al momento de leerlo la mitad del auditorio se puso a llorar (incluido yo…). Muy triste, la literatura da la posibilidad de visibilizar las situaciones que muchos intentan ocultar. Aquí te dejo ese otro relato:
      https://buenosrelatos.com/2019/10/27/el-mosquito/
      Un gran abrazo!

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