SARA LEVESQUE

Conocí a una persona. La llamé «amiga». Nos reíamos sin timidez por tonterías hasta que se nos aflojaban las vejigas. Cuando el peso de la Vida se cebaba con ella, yo le apartaba del camino tan poderosa viga, a pesar de que mi fuerza se asemejaba a la de una hormiga. Si sus pasos tropezaban hasta caer encima de la más descomunal de las boñigas, yo me tiraba al suelo junto a mi amiga; también en mi camino existían las caídas. Susurrábamos en confidencia los traumas de desamores, deseos por una buena vidorra, anécdotas divertidas y un millón de fatigas.

Crecimos. Cada una tomó su rumbo pero algo nos mantenía unidas. WhatsApp, una quedada de cinco minutos o la cuerda más fina.

Después de mucho luchar, mi sueño laboral comenzó a hacerse realidad. Llena de ilusión y humildad quise compartir con ella mi verdad. De repente, su desinterés me abofeteó sin piedad y con cruda crueldad. Tras años compartiendo cervezas y fantas en cualquier bar, acabé brindando por mi costoso éxito como me temía: en soledad.

Empecé a buscarla y gasté once pares de zapatos en el trayecto. Le perdí la pista en un tramo corto, el más recto. Nunca descubrí el por qué de su desafecto.

Los verdaderos amigos entran en una mano. Ella era el dedo corazón. Ahora miro atrás y dudo si ese dedo latía de amistad o solo se alzaba en solitario con su significado más banal. No soy perfecta, sé que también lo hice mal.

Al final, dejé de encontrar a mi amiga.

Dejé de buscarla. ©

Un comentario sobre “El dedo corazón

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