QUISPIAM

-Necesito que vengas a casa urgentemente.

Ese era el mensaje que recibí en mi móvil por parte de mi mujer Andrea. La llamé, le envié mensajes pero nada, estaba ilocalizable. Me preocupé, busqué cualquier excusa y salí de mi trabajo camino de mi casa, buscando averiguar qué había pasado para que mi mujer me mandara ese mensaje.

¿Le habría pasado algo a ella? ¿O peor, a nuestra hija Alba? ¿Alguna emergencia en casa? Todo eran preguntas y no tenía ninguna respuesta. Agobiado, cogí el coche y me dispuse a soportar el tráfico que siempre se montaba a esas horas del principio de la tarde.

Tardé casi una hora en llegar a casa, esa casa que habíamos comprado Andrea y yo cuando nos casamos veinte años atrás, ella con apenas diecinueve años y ya embarazada de nuestra primera y única hija y yo, algo más mayor, veinticinco.

Y ahora, después de buenos y malos momentos, como cualquier otra pareja, entraba allí con el corazón en un puño y no sabiendo qué iba a encontrarme. Pronto iba a averiguarlo…

Cerré la puerta y llamé a mi mujer, que no me contestó. Salón, cocina, aseo e incluso la terraza exterior fue revisada y ni rastro de ella ni de cualquier problema que pudiera haber ocasionado aquel mensaje. Qué extraño…

Subí las escaleras, ascendiendo al piso superior donde estaban las habitaciones, buscando ya de forma desesperada a mi mujer para averiguar el porqué de su urgencia para que volviera a casa.

Un ruido proveniente del dormitorio, de nuestro dormitorio, me puso en alerta. Avancé temeroso, desconociendo el origen de aquel ruido que provenía de detrás de la puerta cerrada de la habitación.

Mi corazón palpitaba desbocado en mi pecho al creer distinguir que lo que se escuchaba allí dentro eran gemidos cada vez que me acercaba más y más a aquella puerta. ¿Gemidos? Imposible… para empezar, no sé ni qué hacía Andrea en casa ya que se suponía que a esas horas debía estar en su trabajo y Alba… no, imposible…aunque mi hija ya era toda una mujer de diecinueve años y suponía que más de un escarceo debía de haber tenido en el plano sexual, me negaba a pensar que podía estar allí detrás, follando con un tío y en nuestra cama…

Pero sí, sin ninguna duda aquello que escuchaba eran gemidos… cada vez más nítidos, cada vez más altos… cuando llegué junto a la puerta, creo que ni mi corazón ni mis pulmones daban abasto con la congoja que me recorría por dentro…

Mi mano rodeó la manivela de la puerta y la giré de forma lenta, casi notando como el aire se paraba al hacerlo. La puerta se abrió levemente y los gemidos inundaron mis oídos clavándose en mi corazón como puñales, identificando al instante a la dueña de aquella voz.

Solté la manivela y la puerta se fue abriendo sola, sin mi ayuda, que contenía ahora la respiración intuyendo lo que iba a ver pero sin fuerzas para detener su avance. De forma lenta pero inexorable, como empujada por una fuerza invisible, la puerta fue abriéndose, dejando al descubierto cada vez más porción del interior de nuestro dormitorio, ese dormitorio que tantos años había compartido con mi esposa.

Gemidos, el chocar de cuerpos, el traqueteo de la cama y el inconfundible olor a sexo llegaba a mí con cada milímetro que la puerta iba abriéndose, con cada milímetro que iba descubriendo su interior.

Allí parado, inmóvil, sin poder de reacción, dejando que la inercia de la puerta hiciera su efecto, esperé inerte a que se mostrara lo que ya sabía, que me mostrara a mi querido esposa follando con vete tú a saber quién, que me mostrara a mi Andrea poniéndome los cuernos…

Con un último impulso, la puerta acabó por abrirse y la vi… y ella a mí… sobre nuestra cama, completamente desnuda, a cuatro patas y mirando fijamente en dirección a la puerta, mirándome a mí, como si me estuviera esperando…

Y entonces lo entendí. El mensaje. Ella quería que la descubriera, que la viera en aquella tesitura, que viera como me era infiel con aquel hombre que, desnudo al igual que ella, la penetraba con saña desde atrás, con sus manos firmemente agarradas a su cintura.

Y qué hombre. Porque no podía serme infiel con cualquier hombre. No, había tenido que elegir a aquel. A Lucas, un compañero de trabajo mío, un compañero con el que me llevaba a matar y ella era consciente de ello.

Lucas también me había visto. Su sonrisa de suficiencia lo demostraba. Mira cornudo cómo me follo a tu mujer, en tu casa, en tu cama, en tus putos morros… todo eso decía su sonrisa burlona mientras no dejaba de percutir sobre el coño de la, hasta hoy, fiel esposa.

Andrea me miraba con una expresión donde se mezclaba a partes iguales el placer y la ira, mirándome mientras yo, incapaz de nada, temblaba de pies a cabeza mientras empezaba a costarme respirar y sentía un dolor lacerante en mi pecho, donde mi corazón roto lloraba por lo que estaba viendo.

Allí, en el umbral de mi propia habitación, perdí la noción del tiempo. No sé si fueron segundos, minutos u horas las que estuve allí plantado viendo como Lucas se cepillaba mi mujer en mi propio hogar, embistiéndola con fiereza, soltándole cachetadas en sus nalgas, acariciando desde atrás sus cimbreantes pechos, haciéndola gozar como demostraban sus continuos gemidos.

Ante aquella escena, ante la mirada desafiante de mi mujer, ante la de burla escrita en la de Lucas, el aire no llegaba a mis pulmones y tuve que sujetarme para no caerme al suelo mientras el dolor en el pecho no dejaba de aumentar.

En la cama, un grito salió de la boca de mi esposa. Andrea acababa de correrse, conocía muy bien cómo ella expresaba sus orgasmos y aquel grito era prueba inequívoca de ello. La miré con ojos llorosos, turbios, viendo su rostro de satisfacción y cansancio, viendo como Lucas también alcanzaba su orgasmo, haciéndolo en su interior y deseando en vano que, al menos, hubiera deseado serme infiel usando preservativo.

No lo hizo. Quería hacerme daño, no sabía por qué pero así era. Él sacó su verga aun erecta de su interior, sin protección, confirmándome mis peores temores, casi riéndose en mi cara retorcida por el dolor que todo aquello me estaba causando.

-¿Por qué? –dije casi en un murmullo.

Pero me escucharon. El rostro de Andrea se mudó en ira, alzándose de la cama y, allí de pie, mirándome retadora, ajena al dolor que recorría cada fibra de mi ser.

-¿Por qué? –Dijo con rabia- ¿Aún te atreves a preguntar por qué?

Se dio la vuelta, dirigiéndose a la mesita y cogiendo algo que escondió en su mano, dándome una visión de sus nalgas enrojecidas por las cachetadas de su amante y mi peor enemigo, viendo la mezcla de sus fluidos correr muslos abajo.

-Ahí tienes tu respuesta –dijo mostrándome unas braguitas- ayer cuando llegué a casa, la habitación apestaba a sexo y adivina qué encontré bajo la cama… al menos podías haber tenido la decencia de ocultar las pruebas de tu infidelidad…

Me lanzó aquella prenda con toda la ira que la colmaba, cayendo en mi mano que, inmediatamente, fue a coger mi maltrecho corazón que parecía a punto de estallar. Apoyado en el marco de la puerta, respirando agitadamente y con unas braguitas en mi mano que no había visto nunca, sentí el mundo dar vueltas a mi alrededor, invitándome a hundirme con él.

-Papá… mamá… -escuché decir a mi hija mientras subía por las escaleras, alertada por las voces, acrecentando más mi humillación- pero qué coño… ¿qué has hecho mamá? –Dijo viendo a su madre desnuda que trataba de cubrirse inútilmente- ¿papá, estás bien? ¿Y se puede saber qué haces con mis braguitas?

El silencio se hizo en la habitación mientras una mueca se dibujó en mi rostro. Al final sí que había sido capaz mi niña, demostrando que ya no era tan niña…

-¿Tuyas? –preguntó con estupor Andrea, consciente de lo que aquella confesión suponía.

El aire dejó de llegar a mis pulmones, mi corazón dejó de doler y noté una placidez envolverme. Dejé de ver, dejé de escuchar, dejé de sentir mientras, como si levitara, sentía mi cuerpo caer sobre el suelo del piso.

Como en una nube, mientras lo hacía, la voz de mi hija me llegaba lejana:

-Papá, papá…

Y aún más lejana, la de una Andrea que empezaba a ser consciente del tremendo error que acababa de cometer:

-Dios mío, ¿pero qué he hecho?

Pero yo ya era ajeno a todo aquello. Solo sentía como la vida se escapaba de mi cuerpo y la nada se apoderaba de mí…

2 comentarios sobre “Venganza

    1. Si, estos son los imponderables de la vida, ayudado un poco por una persona tan poco pensante y tan vengativa, no bastaron 20 años de matrimonio para conocer al hombre con quien tienes una hija?….y aún pensando que eres tan tonta y mal pensada, no merecía al menos una conversación antes de tomar cualquier decisión? Gracias por tan triste y bello relato.

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