QUISPIAM

Capítulo 26 

Esta parte de la historia está contada desde el punto de vista de Sara.

Aquella tarde, cuando salí del piso después de mi encuentro con Carlos, regresé con el corazón en un puño al hotel a la espera de la llegada de Judith. Me había dolido sobremanera ver el daño que le había hecho a Carlos, el amor de mi vida. ¿Cómo me había dejado engañar de aquella manera?

Los dos nos habíamos callado cosas, no habíamos confiado el uno en el otro, solo nos habíamos dejado llevar por las situaciones placenteras que se iban presentando y descubriendo cosas que, al menos yo, no sabía que albergaba en mi interior.

Y aquello había sido devastador para nuestra relación. Y todo por culpa de Daniela. Era ella la que estaba detrás de todo aquello, estaba segura de ello. Había visto como miraba a Carlos, el brillo de sus ojos, el rubor de su rostro cuando estaba a su lado… no, a mí no me engañaba. Daniela estaba enamorada… no quería solo follarse a mi marido, quería quitármelo…

Y por caprichos del destino o más bien por fruto de sus males artes, la propia Daniela era la llave para la salvación de nuestra relación. Me jodía de mala manera saber que tirarse a Daniela era la única manera de compensar lo que había sucedido en Sevilla, igualar las tornas y poder recomponer nuestra maltrecha relación desde cero.

Preparé mis cosas y bajé a la puerta a esperar a Judith que no tardó en llegar. Fui todo el camino hasta su casa explicándole lo sucedido en Sevilla, nuestra conversación, obviando evidentemente mi petición que se acostara con Daniela. Estaba convencida que Judith ya habría avisado a Daniela y que ella seguramente ya estaría de camino a consolar al pobre Carlos.  Solo de pensarlo ya me hervía la sangre pero era lo justo, la expiación que debía pagar por mi desliz.

Antes de llegar recibí un mensaje de Carlos diciéndome que aún no había llegado Daniela y yo le contesté que estaba segura que no iba a tardar en hacerlo. Lo debió hacer porque ya no recibí nada más de él esa noche.

Cuando llegamos al piso de Judith, preparó un par de cafés y nos sentamos en el sofá a seguir hablando de lo sucedido, buscar soluciones para poder arreglar  aquel embrollo en el que ella había colaborado a meterme. Me dolía saber que mi amiga me había traicionado de aquella manera pero intenté mantener la compostura, no dejarme llevar por mis ganas de decirle en su cara que todo aquello era culpa suya, que me la había jugado para satisfacer a Daniela, por lo visto mejor amiga para ella que yo.

Sentí la puerta del piso abrirse y, para mi sorpresa, vi aparecer en el salón a Rubén.

-¿Qué hace éste aquí? –le dije a Judith enfadada- te dije que solo tú y yo…

-Sara, cálmate –me dijo Judith- solo queremos ayudarte, hacerte pasar este mal trago de la mejor manera posible…

-Sí claro… -dije con desdén- ¿Y cómo pensabais ayudarme? ¿Follándome de nuevo? Dios… maldita la hora en que empecé a hacerte caso…

-Sara… tranquila… -dijo Rubén acercándose- no hagas una montaña de esto… nadie hará nada que no quiera hacer…

-Ni te me acerques –le advertí- o te vas tú o me voy yo…

-Sara por dios… -se quejó Judith- no entiendo porque haces esto… ni Rubén ni yo te hemos obligado a nada, solo se ha hecho lo que tú querías… sentías curiosidad por nuestra vida pues bien, ya la has probado… y no me ha parecido que te hayas quejado precisamente…

-Tienes razón –le contesté- yo quería probar esas experiencias… lo he hecho y lo he disfrutado pero se suponía que esto era una cosa de dos, de Carlos y de mí… lo único que he conseguido con todo esto es apartar de mí a la persona que más quiero y si ese es el precio que hay que pagar por llevar esa vida… pues no la quiero…

-No sabes lo que dices… -dijo Judith- Carlos recapacitará y te perdonará, estoy segura de ello…Carlos no puede vivir sin ti y tampoco renunciar a esta vida que ha descubierto, habéis descubierto… volverá y volveremos a acostarnos los cuatro, como la otra noche… ¿no te gustó ser follada por Rubén? ¿No te mueres por repetir?

-Claro que me gustó –dije recordando aquella noche que ahora parecía tan lejana- pero en algo te equivocas. Carlos no olvidará tan fácilmente lo que le he hecho y menos querrá repetir de nuevo todo esto que nos ha llevado al borde del abismo y, para ser sinceros, yo tampoco… así que no, no me muero por repetir…

-Sara, no seas tan obcecada… -dijo molesta Judith- Carlos volverá y, si no lo hace, pues peor para él… ¿vas a ocultar de nuevo esa faceta que acabas de descubrir? ¿Ocultar lo que eres? No, chica… esto no tiene vuelta atrás. Todo esto te gusta demasiado como para dejarlo atrás, eres incapaz de resistirte…

Escuchaba anonadada a Judith, a mi amiga o la que pensaba que lo era y no vi venir el movimiento de Rubén, que se había acercado hasta mí y sin previo aviso se abalanzó sobre mí, aprisionando mi cuerpo contra el suyo y besándome a traición.

Me debatí bajo su abrazo, intentando rechazar aquel beso y escapar del contacto de su cuerpo, temiendo volver a perder el control de mi cuerpo y mente.

-Déjate llevar, Sara –dijo Judith- disfruta como la zorra que eres…

Zorra. Me había llamado zorra como el hijo de puta de Roberto, que me había engañado para ponerle los cuernos a Carlos. La otra Sara apareció pero no para tomar el control y entregarse a la lujuria y al desenfreno sino para darme fuerzas para seguir luchando, para conseguir separarme lo suficiente del cuerpo de Rubén, lo suficiente como para poder maniobrar mi rodilla y clavarla en la entrepierna de Rubén que cayó al suelo, doblado por el dolor.

-Aquí la única zorra eres tú, Judith –dije cogiendo mis cosas- espero no volver a verte nunca más…

Me di la vuelta y fui hacia la puerta del piso, deseando salir de allí cuanto antes, escuchando la voz airada de Judith a mis espaldas.

-No tienes nada qué hacer, Sara… ya has perdido a Carlos y, cuando te des cuenta de ello, volverás rogando a que te aceptemos a nuestro lado… suplicarás a Rubén que vuelva a follarte…

Volví a girarme y avancé hasta ella, pasando al lado de un doblado Rubén que seguía tirado en el suelo, plantándome delante suya y, sin mediar palabra, la abofeteé con todas mis fuerzas.

-Eso no va a pasar, me escuchas… nunca va a pasar –le dije con rabia- puede que haya perdido a Carlos pero te puedo asegurar que voy a luchar por recuperarlo… ¿y sabes por qué? Porque lo quiero aunque sé que es algo que tú no eres capaz de entender… tú nunca has querido a nadie…

Judith me miraba con miedo, con su mano tocándose la mejilla adolorida por mi bofetada, sorprendida por mi reacción y mis palabras.

-Dices que soy incapaz de cambiar, de resistirme, de dejar todo esto atrás porque me gusta demasiado… pues te equivocas y ahí tienes la prueba –dije señalando al suelo donde seguía Rubén- y si Carlos me perdona, decide darme una segunda oportunidad, no la voy a dejar pasar porque lo único que necesito es a él… sin Carlos nada tiene sentido…

Me di la vuelta de nuevo y me alejé de ella, camino a la puerta. Salí dando un portazo, bajé las escaleras casi a la carrera y cogí un taxi de vuelta al hotel que acababa de abandonar. De camino, le mandé un mensaje a Carlos avisándole que volvía al hotel pero, como ya había dicho, ya no recibí respuesta. Un nudo se me formó en el estómago al saber lo que aquello suponía. Carlos debía estar cumpliendo su parte follándose a Daniela.

Aquella noche apenas dormí. No podía pensando que mi marido debía estar compartiendo cama con Daniela, la mujer que estaba enamorada de él, una manipuladora de cuidado que vete tú a saber qué tenía preparado para hacerlo suyo.

Por la mañana, acudí pronto al trabajo buscando encontrarme con Carlos, saber algo de él, que me contara algo de lo que había sucedido entre ellos dos. Pero no lo vi y subí a mi empresa a afrontar una nueva jornada de trabajo que no tenía ningunas ganas de aguantar. Y menos con Roberto dando vueltas por allí, recordándome con su presencia lo sucedido en Sevilla. El día anterior había conseguido librarme de él marchándome antes que llegara, aprovechando que él estaba en una reunión y alegando yo que estaba enferma, utilizando aquel tiempo para reunirme con Carlos y hablar largo y tendido sobre nosotros.

No tardó en ocurrir lo que tanto temía. Apenas una hora más tarde, me llamó Roberto a su despacho. No tenía más remedio que acudir y así lo hice. Nada más entrar, me encontré a Roberto hablando por teléfono y haciéndome una señal que cerrara la puerta y le diera un segundo. Ajusté la puerta, por nada del mundo pensaba quedarme encerrada allí dentro con él.

-Manuel, te llamaba para ver si habías recibido mi informe con la recomendación para el ascenso –sentí que decía. Para eso me había llamado, quería asegurarse que oyera aquella conversación.

-De acuerdo, Manuel. Te aseguro que es la mejor opción y está sobradamente preparada, casi incluso más que yo –dijo guiñándome un ojo- si por mi fuera me la llevaba conmigo a Buenos Aires… lástima que eso no sea posible…

Estuvo un rato escuchando lo que el director general le decía al otro lado y al poco se despidieron los dos.

-Bueno, Sarita –dijo Roberto sonriendo- ¿has visto como soy un hombre de palabra?

Empezó a andar por el despacho hasta llegar a la puerta que cerró, volviendo de nuevo a situarse delante de mí al otro lado de su mesa.

-¿Se puede saber porque te fuiste el otro día y sin avisar? –Me preguntó- ni siquiera me devolviste las llamadas ni los mensajes…

-¿Tú qué crees? –le dije con firmeza y manteniendo su mirada- me engañaste, Roberto… encontré mi móvil en tu maleta, tú me lo habías quitado… y luego, pues mejor no hablemos de todo el tema de la grabación y los cuernos que me estaba poniendo Carlos con Daniela…

-Vaya… así que fue eso… -dijo lamentándose- craso error. Debí tirarlo por la ventana para deshacerme de él pero, en fin, lo importante es lo bien que lo pasamos juntos, Sarita…

-Pues espero que lo disfrutaras porque no va a volver a repetirse –le dije con rabia- te pasaste tres pueblos grabando todo aquello y luego mandándoselo a Carlos… sabía que eras un ser rastrero pero hacer esto, aliarte de esa manera con Daniela para joderme…

-Bueno, digamos que nos ayudamos mutuamente –dijo con tranquilidad- yo quería algo, ella quería algo… ¿Por qué no? ¿Y qué tal con Carlos? ¿Cómo le ha sentado saber qué es un cornudo? Jajaja…

-¡No hables así de él! –Le grité- no sabes el daño que le has hecho a él, a mí… te juro que ésta me la vas a pagar sino es que lo hace antes Daniela…

-¿Daniela? –preguntó él no entendiendo nada.

-Eres un iluso y un imbécil, Roberto –le dije con desdén- ¿acaso te crees que Daniela no te la va a jugar como ha hecho conmigo? tarde o temprano lo hará pero, para entonces, ya será demasiado tarde para ti y estarás completamente jodido…

-No seas melodramática, Sarita –dijo con condescendencia- no te pega nada… lástima que aquí no tenga coca… podrías tomar algo y relajarte un poco, que te veo algo tensa… y de paso, agradecerme lo que he hecho por ti…

Roberto volvió a moverse caminando hacia mi posición pero yo me levanté de golpe, caminando hacia la puerta y distanciándome de él.

-No tengo nada que agradecerte, Roberto –le dije- me has jodido la vida. ¿Acaso crees que me importa una mierda el ascenso? El único consuelo que me queda es que tú has hecho lo mismo… te has jodido pactando con el diablo…

Y me fui de allí dejando plantado a un Roberto que no entendía nada de lo que acababa de ocurrir. Pobre imbécil. Todo lo que le pasara se lo tendría bien merecido pero, para mi vergüenza, siempre podría alardear de haber conseguido doblegarme, hacerme suya.

El día no podía ir peor o al menos eso creía yo. Pero claro, después de comer, empeoró y de qué manera. Durante la comida, traté de llamar a Carlos pero no daba señales de vida, su teléfono estaba desconectado o fuera de cobertura. No sabía cómo tomarme aquello, si era una buena o mala señal.

No tardé en averiguarlo. Mientras volvía al trabajo de nuevo, vi por la otra acera a una sonriente Daniela acompañada de otras compañeras de trabajo. Lo supe nada más verla. Ella había ganado. Todo su cuerpo rezumaba felicidad y aquello solo podía ser por una causa: Carlos.

Sabía que me la jugaba con aquel movimiento desesperado pero confiaba en que Carlos aun conservara algo de amor hacía mí pero estaba claro que me había equivocado. Había sucumbido, voluntaria o involuntariamente, a los encantos de Daniela y todo se había acabado. Lo había perdido todo en menos de una semana.

El resto de la tarde fue una tortura, compaginando el trabajo donde no daba pie con bola con llamadas a un Carlos que estaba desaparecido. O me evitaba, cosa totalmente comprensible y más, después de saber que había caído en las garras de Daniela.

Pero necesitaba saber, que me dijera algo. Si quería dejarme, lo entendería pero necesitaba que me lo dijera a la cara, poder despedirme de él. Viendo que no daba señales de vida, solo me quedaban dos opciones. La primera, bajar a su puesto de trabajo y pillarlo antes que se fuera. La otra, volver a casa e intentar dar con él.

Bajé a su empresa y cuál fue mi sorpresa cuando me enteré que no estaba, que se había despedido aquel mismo día y que ya no trabajaba allí. La única respuesta que recibí a mis preguntas fue que había recibido una propuesta irrechazable y que se iba a un país extranjero.

Con el corazón en un puño abandoné aquel sitio, subí a buscar mis cosas y me marché inmediatamente a mi segunda opción, el que había sido nuestro hogar. Nada más entrar, supe que no estaba allí y que no iba a volver. Un rápido vistazo me permitió ver que sus cosas no estaban. Nada, no quedaba nada de él excepto una cosa: su portátil.

Sabía porque estaba allí, yo misma se lo había pedido y, aunque me doliera horrores, debía cumplir con mi palabra. Abrí el portátil y enseguida la imagen empezó a proyectarse en el televisor del salón, al igual que el otro día. No más que esta vez el protagonista era Carlos y los cuernos, los míos. Pero me lo tenía merecido.

Fueron varias horas de sufrimiento y dolor, llorando amargamente viendo como Carlos se entregaba sin contemplaciones a una Daniela que había sabido jugar sus cartas a la perfección, manipulándolo otra vez, ahora con la llamada a Rubén que, supuestamente, debía estar follándome en el piso de Judith. Todo mentira claro, pero me imaginaba lo que debía haber pasado por la cabeza de Carlos al saberse engañado por segunda vez en pocos días.

Pero lo peor estaba por llegar. Cuando sentí de su boca acceder a acompañarla en su viaje a Buenos Aires, confirmando así la traición anunciada horas antes a Roberto, me quise morir. Por eso la cara de completa felicidad de Daniela. Jugada maestra por su parte. Se llevaba mi marido y el trabajo de Roberto.

Vencida y sabiendo que lo había perdido todo, que ya no quedaba esperanza ni futuro, recogí mis cosas de aquel piso que tantos momentos buenos había compartido con Carlos. Quise no llorar pero no lo pude evitar, estaba destrozada. Habíamos jugado con fuego y nos habíamos quemado… y de qué manera…

Volví al hotel con todas mis cosas, hastiada de todo y todos. En el móvil tenía varios mensajes y llamadas de Judith y de Rubén a los cuales hice caso omiso. El único que me interesaba que me llamara era Carlos y esa llamada ya no se iba a producir. Lo había perdido definitivamente.

Pasé una noche horrible, sin dormir, llorando recordando todo lo que habíamos vivido los dos, los buenos y los malos momentos y que ya no se iban a volver a repetir, vagos recuerdos que el tiempo seguramente me haría olvidar.

Los dos días siguientes fueron un calco a aquel fatídico martes. Ir a un trabajo al que ya no quería acudir, aguantar las insinuaciones de un Roberto que no sabía que su sentencia estaba firmada y que él ignoraba, viendo el rostro de una Daniela pletórica que, al menos, tuvo le decencia de no buscarme para restregarme su felicidad, humillarme en la derrota.

Al menos, así fue hasta el jueves por la tarde. Cuando volví de comer, Daniela me esperaba en mi despacho. Me quedé quieta en el umbral, mirándola, sin saber qué hacía allí ni cuáles eran sus intenciones. Pero entonces vi su rostro demudado, preocupada y ni rastro de aquella felicidad absoluta de la que había presumido los días anteriores.

-Sé que soy la última persona a la que quieres ver en estos momentos –me dijo con voz tensa- pero no sabía a quién más acudir… se trata de Carlos…

-¿Le ha pasado algo? –pregunté inmediatamente.

-Ese es el problema… que no lo sé… -dijo compungida- lleva desaparecido desde el martes…

-¿Cómo? –pregunté atónita.

-La última vez que lo vi fue el martes por la mañana, cuando nos despedimos en… bueno, ya sabes… -dijo nerviosa.

-Sí… no hace falta que entres en detalles –le dije atajándola- ¿y después no has vuelto a saber nada más de él?

-No. Me dijo que necesitaba tiempo para dejar las cosas claras contigo, dejar el piso, recoger sus cosas, el trabajo… – empezó a hablar.

-Para iros junto a Argentina…

-¿Cómo sabes eso? ¿Te lo ha dicho él? –preguntó ansiosa.

-Digamos que lo sé y punto pero no a través de él… no he hablado con Carlos desde el lunes por la mañana cuando hablamos sobre lo sucedido en Sevilla –le expliqué- después no he vuelto a saber nada más… ni coge el teléfono ni están sus cosas en el piso… fui el martes por la tarde y sus cosas habían desaparecido…y el martes me enteré que ese mismo día había dejado el trabajo…

-Joder –dijo preocupada Daniela- esta mañana he conseguido hablar con el propietario de vuestro piso y me ha dicho que ayer por la mañana vino un camión y se llevó lo que quedaba en el piso… y por lo visto, Carlos ha rescindido el contrato y devuelto las llaves… ¿Tú sabes qué está pasando?

Se la notaba seriamente preocupada, confirmándome lo que llevaba tiempo sospechando y que había comprobado de primera mano el otro día en la grabación del portátil. Estaba profundamente enamorada de Carlos y no podía dejar de compartir la preocupación que ella sentía por el paradero de Carlos. ¿Qué demonios estaba pasando?

-Mira Daniela… no tengo ni idea de donde está Carlos ni porque ha hecho lo que ha hecho –le dije con serenidad- gracias a vosotros, soy la última persona a la que acudiría…

Daniela calló, sabía que tenía razón pero aun así había acudido a mí. Eso delataba lo desesperada que estaba. Se dio media vuelta y abandonó mi despacho, dejándome con una sensación agridulce en mi interior. Preocupación por un lado al no tener ni idea de dónde estaba Carlos ni lo que le había llevado a tales extremos. Y por otro, satisfacción al ver cómo Daniela, que pensaba que tenía bajo control a Carlos, veía como éste se había escapado de entre sus manos vete tú a saber dónde.

Aquella tarde, ya en el hotel, probé de nuevo a llamar a Carlos. Como suponía, siguió sin contestar. Estaba algo confusa con todo aquello. Entendía que no quisiera saber nada más de mí, lo había traicionado y fruto de su dolor era normal que quisiera poner tierra de por medio y evitar cualquier contacto conmigo. ¿Pero Daniela? ¿Después de lo que había visto en nuestro dormitorio? ¿Su promesa que parecía sincera de acompañarla en su viaje a la otra punta del mundo?

Allí había algo raro, algo que no cuadraba pero me era imposible saber el qué. Esa noche me fui a dormir temprano aunque sabía que me iba a costar conciliar el sueño. Pero debía descansar, al día siguiente me esperaba una jornada intensa, una jornada donde se iba a confirmar la conspiración de Daniela arrebatándole el ascenso a Roberto, un Roberto que iba a tener que conformarse con conservar el puesto que tenía y yo… pues tenía claro lo que iba a hacer… dimitir.

Desde primera hora de la mañana se notaba nerviosismo en el ambiente, se palpaba que algo importante iba a suceder y yo era, probablemente, una de las pocas personas que sabía qué iba a ser.

A media mañana, vía teléfono, me citaron en el despacho del director general de la empresa. Cuando entré, me sorprendió encontrarme allí también a Roberto y a Daniela. Creía que nos iban a comunicar por separado la decisión final, aquello no era muy heterodoxo pero como yo no tenía nada que alegar acaté la decisión con la tranquilidad de la que se sabe fuera de allí.

-Ya que estamos todos, será mejor que nos pongamos manos a la obra –empezó Manuel, el director general- como bien sabéis, hemos decidido enviar a Buenos Aires a alguien de esta delegación para que tome las riendas de allí, con lo cual va a quedar una vacante en un puesto de dirección aquí…

Manuel nos miró de uno en uno.  Primero a un Roberto sonriente que sabía que él era el elegido, después a una Daniela que ya sabía qué iba a pasar y que parecía más preocupada por la ausencia de Carlos que por lo que iba a suceder allí dentro y, finalmente, llegó mi turno, notando el escrutinio de Manuel sobre mí más tiempo del que era necesario para alguien que no pintaba nada allí.

-Bien, vamos al grano –dijo Manuel- durante los últimos días han sucedido cosas imprevistas, cosas que me han sorprendido y que me han hecho recapacitar profundamente sobre las decisiones que se debían tomar.

Su rostro serio y las palabras dichas hicieron que el rostro de Roberto cambiara y se borrara aquella sonrisa victoriosa y que Daniela, por fin, prestara atención a lo que estaba sucediendo.

-He recibido informaciones perturbadoras de lo que ha estado sucediendo durante todo el proceso de elección para ocupar el lugar de Roberto, el elegido inicialmente para viajar a Argentina –continuó Manuel- y lo que he oído y visto no me ha gustado nada, sinceramente.

Ahora el nerviosismo reinaba entre los tres, ellos dos por motivos más egoístas y en mí por la curiosidad de saber qué es lo que sabía Manuel y en qué iba a acabar aquello.

-Varios vídeos han llegado a mí, unos vídeos donde se os ve a las dos teniendo sexo con Roberto –dijo Manuel con el rostro serio provocando que los tres diéramos un respingo de sorpresa ante aquella noticia- de ti me lo podía esperar, Daniela, al fin y al cabo también te has estado acostando conmigo y chantajeándome para conseguir el puesto de Argentina  pero de ti, Sara, no me lo esperaba…

Fui a replicar pero enseguida me cortó en seco.

-No hace falta que digas nada, Sara –dijo- sé las condiciones en que sucedió todo, en las imágenes se ve claramente como Roberto te drogó la bebida… aparte, claro está, de quedar meridianamente claro que alguien tiene un problema de adicción…

Su mirada, fría y acusadora, se posó sobre un desconcertado Roberto que no entendía nada de lo que estaba pasando. Y yo tampoco claro. Si había visto el vídeo, sabría perfectamente que no había sido forzada en absoluto a hacer lo que hice.

-Y si a eso le sumamos los correos electrónicos que me han hecho llegar, donde dejas bien claro que  al viaje de Sevilla no era precisa la presencia de Sara, evidenciando que has malgastado dinero de la empresa para cometer un abuso, que hemos encontrado cocaína en tu despacho como para colocarte una semana entera… -dijo mientras le alargaba unos papeles a Roberto- entenderás que no me dejas otra alternativa que invitarte a abandonar la empresa…

-¿Cómo? –dijo un tembloroso Roberto- pero si yo no he hecho nada… nunca he tenido droga en mi despacho… esto es todo un error, un puto error…

-Roberto, las pruebas son claras –dijo con firmeza Manuel- y si no firmas tu baja voluntaria de la empresa no me dejarás más remedio que llamar a la policía y que ellos se hagan cargo de todo lo que tengo en mi poder…

-Pero… pero… -titubeó Roberto.

-O te vas por tu propio pie o esposado… tú eliges… -le expuso Manuel.

-Esto no puede estar pasando –dijo en un murmullo mientras cogía un bolígrafo y firmaba los documentos que le ofrecía su jefe.

-Bien, ahora es tu turno Daniela –dijo Manuel provocando que ella lo mirara algo asustada- sabes que tú y yo lo hemos pasado muy bien juntos y que quería que eso continuara siendo así… pero entonces tu amenazaste con acudir a mi mujer con grabaciones de nuestros encuentros, queriendo a cambio de tu silencio que te diera el puesto de Buenos Aires…

Roberto y yo miramos a Daniela que sostenía la mirada de Manuel, esperando por donde iba a salir el que había sido su amante. Yo ya sabía por el vídeo que Daniela se acostaba con él pero no cómo lo había utilizado para conseguir lo que quería. Daniela había demostrado ser una manipuladora de órdago.

-Bien, pues eso no va a pasar –dijo con una sonrisa- he recibido también las grabaciones que tenías de nuestros encuentros así que ya no tienes nada con lo que chantajearme pero yo a ti sí… vídeos con gente  a la que no les haría ni puta gracia saber que han sido grabados por ti… y menos a la gente del club como se enteren que has vulnerado sus normas de privacidad grabando a sus miembros allí dentro…

Vi cómo Daniela temblaba con cada palabra que salía de la boca de su jefe y amante, yendo de sorpresa en sorpresa y hundiéndose ante cada nueva revelación. ¿Pero qué coño estaba pasando allí?

-Pero para que veas que no te guardo rencor y como quiero que las cosas continúen como estaban… -dijo con una sonrisa victoriosa- te voy a satisfacer en parte… tú ocuparas el puesto que deja libre Roberto con su dimisión voluntaria y, a cambio, seguirás siendo mi amante como hasta hace poco eras…¿tienes algo que decir?

Daniela dudó pero enseguida debió llegar a la conclusión que no le quedaba otra alternativa.

-No, ¿qué tengo que firmar? –dijo dándose por vencida.

Manuel le alargó unos papeles y Daniela, después de echar un vistazo, firmó la documentación.

-Solo una pregunta, Manuel –dijo ella- ¿ha sido Carlos, verdad?

-No conozco a ningún Carlos –dijo Manuel con una sonrisa en su cara que decía lo contrario.

Claro, ahora lo entendía todo o parte de ello. Los correos, el vídeo que de alguna manera debía haber editado para que pareciera más un abuso por su parte que no una entrega voluntaria por mi parte, lo de la droga, las grabaciones de Daniela que debía haber conseguido de su portátil aquella noche cuando, entre polvo y polvo, siempre acudía a él sin saber por qué…

-Nunca debiste mandarle la grabación de lo que sucedió en Sevilla… -dije yo.

-¿Qué hiciste qué? –Casi gritó Daniela- ¿Tú eres gilipollas o qué? Solo tenías que tirártela y ya está… ni drogarla, ni grabarla ni mucho menos mandarle una puta grabación a su marido para reírte de él… lo has jodido todo… maldito hijo de puta…

Roberto calló, bajó la cabeza completamente hundido, comprendiendo como el maldito informático acababa de propinarle una patada en sus huevos hundiéndole en la mierda más absoluta.

-En cuanto a ti –dijo Manuel dirigiéndose a mí- solo decirte que lamento que hayas tenido que pasar por algo así y que respeto cualquier decisión que quieras tomar respecto a lo hecho por Roberto… cuentas con todo nuestro apoyo en todo lo que necesites…

Yo solo afirmé sin abrir la boca. ¿Qué iba a decir en aquella situación cuando no sabía de qué me hablaba?

-He revisado tu trabajo y me ha sorprendido gratamente –siguió hablando Manuel- por eso he considerado que eras la persona más adecuada para cubrir la vacante que ahora queda en Buenos Aires… aparte que considero que un cambio de aires y poner algo de distancia te podría venir bien… ¿qué dices?

Yo, que había entrado en aquel despacho con la clara idea de dimitir, me encontraba ahora con un ascenso que no me esperaba y la posibilidad de alejarme de toda aquella gente que me había hecho daño. Aparte del hecho que, si Carlos estaba detrás de todo aquello, era lo que él quería que hiciera. Si su deseo era que me fuera lejos para no volver a verme, lo acataría. Se lo debía.

-Acepto –dije con resolución.

-Perfecto –dijo Manuel alargándome un fajo de papeles- en condiciones normales, te daría unas semanas para que prepararas tus cosas para trasladarte a tu nuevo destino pero algo me dice que no te hacen falta… me he tomado la molestia de reservarte un vuelo que sale mañana sábado por la mañana y así tendrás una semana para ir conociendo tu nuevo lugar de trabajo antes de incorporarte en serio la otra semana… ¿te parece correcto?

-Ningún problema, Manuel –le dije sinceramente- ya estoy deseando partir, la verdad…

-Eso me pensaba que dirías jajaja… -rio divertido ante mi respuesta- en el aeropuerto te estará esperando un hombre de nuestra delegación que te acompañara al piso que la empresa pondrá a tu disposición que espero sea de tu agrado… si necesitas algo, Miguel es tu hombre allí –dijo alargándome una tarjeta- el resolverá cualquier problema que tengas…

-Me parece perfecto –dije cogiendo la tarjeta.

-Bien, entonces todo claro –dijo satisfecho Manuel- tienes media hora para abandonar la empresa Roberto y tú, Sara, también puedes recoger tus cosas y marcharte ya a casa… te esperan unos días duros y te mereces un descanso… en cuanto a ti, Daniela, será mejor que te quedes… creo que es hora que empieces a cumplir tu parte del trato…

Salí rápidamente de aquel despacho donde mi vida había dado un giro totalmente inesperado. No sabía muy bien qué había pasado ni cómo pero todo parecía indicar que Carlos estaba detrás de todo aquello y, aunque no entendía porque no me había hundido como a los demás sino todo lo contrario, no iba a desaprovechar la oportunidad que me había ofrecido.

Camino al ascensor, con mis escasas pertenencias en una caja, me asomé al despacho de Roberto que seguía como en trance ante lo que le había ocurrido.

-Te lo tienes merecido –le dije con rencor- espero que te pudras en el infierno…

-Lo que tú digas… -dijo recuperando algo de su orgullo- pero nada quitara el hecho que conseguí follarte y que lo tengo todo grabado… me voy a estar pajeando contigo hasta el día que me muera…

-¿Estás seguro de ello? –le dije con sarcasmo- ¿Después de lo que acabas de ver, aun estás seguro de tener esos vídeos?

Roberto se puso pálido y empezó a trastear en su portátil, comprobando que al igual que le había ocurrido a Daniela, muchos de sus archivos incluidos los vídeos, habían desaparecido.

-Maldito cabrón –masculló él.

-Jajaja –reí yo con ganas- parece que Carlos  te la ha vuelto a meter doblada y hasta el fondo… y  si no hubiera sido él lo habría hecho Daniela… ahh  Roberto… tú tan confiado, tan creído… y tienes gente haciendo cola para darte por el culo… ¿quieres un consejo? Compra vaselina… quizá te duela menos…

-Puta asquerosa… -dijo en un susurro. Yo me despedí de él con una peineta y abandoné aquel lugar donde no pensaba volver en mucho tiempo. Y menos, volver a ver a aquel imbécil.

Ya en el hotel, recogiendo mis cosas para el viaje que debía emprender al día siguiente, no podía dejar de darle vueltas a todo lo que había ocurrido. Cada vez tenía más claro que Carlos estaba detrás de todo aquello pero seguía sin comprender su actitud hacia mí. Me había apartado y se había alejado de mí al igual que había con el resto pero, aun así, a mí me había facilitado un ascenso que no esperaba.

¿Con qué fin? Eso era lo que no me cuadraba. Me estaba dando una oportunidad de empezar en un sitio nuevo y lejos de aquella gente que tanto daño me había hecho. ¿Era un nuevo comienzo para mí o en sus planes también se incluía a él? ¿Significaba aquello una segundad oportunidad para los dos? Y si era así ¿por qué había optado por desaparecer, no explicarme sus intenciones, dejarme en aquel estado de ansiedad al no saber nada?

No sabía las respuestas pero, inconscientemente, empezó a germinar en mí la idea que Carlos debía haberme perdonado, que había planeado todo aquello para iniciar una nueva vida juntos, bien lejos de este lugar donde tanto daño nos habían hecho.

Mi humor cambió, pensando en que quizás estaría en el aeropuerto esperándome para embarcar juntos hacia nuestra nueva vida, dejando atrás los engaños, las omisiones, la falta de confianza y todo aquello que había mancillado nuestra relación.

Por nada del mundo iba a dejar pasar esta nueva oportunidad, haría cualquier cosa que él me pidiera, lo que fuera con tal de seguir a su lado, con el amor de mi vida. La otra Sara había desaparecido, sin Carlos ya no tenía razón de ser y la había vuelto a enterrar en lo más hondo de mí donde no pudiera volver a salir nunca más.

Aquella noche conseguí dormir algo más que las anteriores, estaba algo nerviosa por el viaje y por saber si, en verdad, Carlos estaría esperándome para viajar conmigo.

Al día siguiente, ya en el aeropuerto y después de la farragosa tarea de facturar todas mis pertenencias, fui a la zona de embarque a la espera que saliera mi vuelo. Miré con ansiedad y nerviosismo a la gente que allí había y ni rastro de Carlos. Los minutos pasaban, la hora se acercaba y él no aparecía, aumentando mi estado de nerviosismo.

Cuando al final llamaron para embarcar, me di cuenta de mi estupidez. Carlos no iba a venir. Por el amor que me había tenido me había ofrecido aquella oportunidad pero sin él, aquella nueva vida solo era para mí. Me quería bien lejos de su vida.

A duras penas conseguí retener las lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos y tendí el billete a la azafata, emprendiendo el camino que me iba a llevar bien lejos de Carlos, de Roberto, de Daniela, de Rubén y de Judith.

El viaje se me hizo eterno, sabiendo todo lo que dejaba atrás y la incertidumbre de lo que tenía por delante, con el corazón en un puño por el dolor de la ausencia de Carlos al que, seguramente, no volvería a ver jamás. Varias veces tuve que encerrarme en el baño para dejar salir el raudal de lágrimas que inundaban mis ojos al recordar por todo lo que habíamos pasado y cómo serían las cosas si hubiéramos actuado de manera distinta. Los dos. Porque ambos nos habíamos equivocado pero ahora era tarde para lamentaciones, el daño ya estaba hecho.

Al fin llegamos a nuestro destino y cuando salí, quizás con la vaga esperanza que allí estuviera mi marido esperándome, que él hubiera marchado antes, la realidad me golpeó de nuevo al encontrarme en su lugar a un hombre alto, moreno y de mediana edad que se identificó como Miguel. Le saludé con dos besos tratando de ocultar la decepción que me había producido su presencia.

Me acompañó al coche después de recoger mi equipaje y nos adentramos en el tráfico de la ciudad camino del piso que la empresa había dispuesto para mí. Fue todo el trayecto comentando los lugares emblemáticos de la ciudad, las mejores zonas para salir a tomar algo, su historia… pero yo no lo escuchaba, no podía…

Mi mente estaba bien lejos de allí, pensando en donde debería estar Carlos y, quizás, con quién. Solo esperaba que fuera feliz allá donde estuviera y que pudiera olvidarlo todo, inclusive a mí. Yo no. Sabía que era el hombre de mi vida y que nunca volvería a amar a alguien como lo había hecho con él. Sabía que iba a culparme hasta el día de mi muerte de haberlo dejado marchar.

Llegamos a la que iba a ser mi nueva residencia y Miguel, muy amablemente, me ayudó a subir las maletas hasta el amplio ático donde iba a residir. Dentro, me estuvo mostrando las diferentes estancias del piso, ofreciéndome su ayuda para lo que necesitara y poniéndose a mi entera disposición.

Pero yo lo único que quería era que se fuera, que me dejara sola con mis recuerdos, con mis pensamientos y con mi dolor. Necesitaba llorar de nuevo. Lo hice cuando sentí la puerta cerrarse tras despedirse Miguel, no sin antes recordarme que pasaría a buscarme el lunes por la mañana para llevarme a mi nuevo trabajo.

Descorrí las cortinas del salón y ante mí apareció una enorme cristalera que daba paso a unas maravillosas vistas de la urbe que se extendía a mis pies y hasta donde alcanzaba la vista. Pero yo era incapaz de verlas, las lágrimas ya corrían sin control por mi cara y nublaban mi vista, impidiéndome ver nada con claridad.

Así que cuando el cristal me devolvió el reflejo de Carlos a mi espalda supe que no era real, que mi mente me estaba jugando una mala pasada y creando lo que yo quería ver. Me dio igual, solo cerré mis ojos para que mi mente se recreara con aquella fantasía y que aquel Carlos imaginario se acercara y me tocara, incluso que me besara.

Mis deseos se cumplieron y noté su presencia detrás de mí, abrazándome, con sus manos entrelazadas sobre mi vientre, pudiendo hasta sentir su aliento junto a mi cuello. Seguí llorando mientras un sentimiento de felicidad me recorría ante aquel contacto que solo existía en mi mente ya que Carlos no estaba allí.

Sus labios acariciaron con suavidad la piel de mi cuello y me hicieron estremecer, como hacía Carlos cuando me besaba de aquella manera. Sus manos subieron con presteza alcanzando mis pechos, acariciándolos por encima de la blusa como él sabía que me gustaba, trayéndome tantos recuerdos vividos…

Hasta podía notar su erección rozándose con mi culo, frotando su entrepierna contra mis nalgas como solía hacer previo paso para follarme, cosa que solía hacer en aquella postura en el baño o en la cocina de nuestro antiguo hogar… cómo olvidar aquello…

Yo seguía llorando, con los ojos todavía cerrados, no quería que se rompiera el embrujo y que la visión del cristal me devolviera a la cruda realidad. Sus manos ya se movían con avidez sobre mis pechos, estrujándolas con pasión, sintiendo como sus caderas cada vez se apretaban más contra mi culo, delatándome que el Carlos que mi mente trastocada había creado deseaba follarme, que necesitaba hacerlo.

-Fóllame… -le supliqué deseando que lo hiciera, que aquella fantasía no acabara nunca, volver a sentir a mi Carlos dentro aunque fuera solo en mi mente.

Carlos subió mi falda, bajó mi braguita y, mientras se deshacía de sus pantalones y ropa interior, yo apoyé mis manos en el cristal que había propiciado aquella ensoñación. Casi parecía real el roce de su glande sobre mis labios húmedos, preparándose para la penetración.

Y cuando lo hizo, cuando me penetró, el placer me invadió de tal manera que no pude evitar abrir los ojos y encontrarme con los de Carlos que me miraban a través del reflejo del cristal. ¿Acaso aquello era real?

Me giré, con un miedo atroz que la realidad me golpeara y me demostrara que todo había sido fruto de mi mente calenturienta pero, en su lugar, me encontré con un Carlos que me miraba con amor mientras se inclinaba para besarme en la boca por primera vez.

-¿Por qué? –solo atiné a decir cuando nuestros labios se separaron.

-Porque te quiero. Porque nos queremos. Porque los dos hemos cometido errores y porque los dos, a pesar de ello, nos merecemos una segunda oportunidad, una nueva vida, un nuevo comienzo sin cometer los errores del pasado –dijo mientras empezaba a moverse, follándome con lentitud y matándome de gusto.

-Pero… pensaba… tú y Daniela… -dije entre suspiros producidos por su entrar y salir de mi coñito encharcado.

-Nunca me hubiera ido con ella, ni siquiera pensaba follármela… -dijo entre bufidos- pero después de la llamada donde simulaba que te estabas follando a Rubén… caí en la tentación…

-Nunca me lo follé… -dije yo gimiendo de puro gusto- me marché cuando llegó él y vi cuales eran sus intenciones… no sin antes darle un rodillazo en sus partes…

-Eso lo explica todo –dijo Carlos riéndose- cuando miré el móvil de Daniela, tenía dos mensajes de Judith. Uno preguntándole si había funcionado el plan y el segundo era una foto de Rubén en la cama, con una bolsa de hielo en sus huevos y una desnuda Judith a su lado. Al pie de la foto, solo decía “mira lo que le ha hecho Sara”… ahí supe que me la había pegado de nuevo…

-Pero te la volviste a follar… -dije yo.

-Sí. Por ti, por pagarte por lo que me hiciste con Roberto. Por ella, para que sufriera más cuando se descubriera todo… -dijo con la respiración entre cortada por el esfuerzo.

No dijimos nada más durante un rato. Solo se oían los sonidos de la unión de nuestros cuerpos, nuestras respiraciones agitadas, nuestros gemidos de placer. Volver a sentir su carne dentro de mí, horadando mi interior cuando no pensaba volver a sentirlo dentro, sentir el roce de sus manos en mi cintura, su aliento cálido sobre mi espalda empapada por el sudor era pura ambrosía para mis sentidos. Aun así, una duda me reconcomía por dentro.

-Entonces… estamos bien… -pregunté.

-Lo estaremos si tú quieres –dijo Carlos- por lo que a mí respecta, estamos en la casilla cero… tenemos un largo camino por delante pero confío en que quieras recorrerlo a mi lado… pero solo con una condición…

-¿Cuál? –Pregunté ansiosa por saberla- si es dejar de jugar, abandonar este mundo que acabamos de descubrir, acepto… yo solo quiero estar contigo…

-Nada de eso, Sara… a los dos nos gusta demasiado todo esto como para abandonar ahora… pero ahora las normas las dicto yo… yo decido con quién, cuando y donde… ¿tienes algo que objetar? -dijo arreciando la penetración.

-Nada, Carlos… haré lo que quieras con tal de no perderte –dije con una sonrisa- aunque yo también tengo una…

-Dime –dijo él esperando mi respuesta.

-Cierra la puta boca, fóllame y lléname con tu leche… -dije con un gruñido fruto de la excitación.

Carlos ya no contestó. Me taladró con una furia tal que me hizo alcanzar mi orgasmo apenas un minuto más tarde, notando como todo mi cuerpo se agitaba fruto del placer alcanzado, sintiendo una felicidad absoluta que se vio incrementado cuando Carlos, mi marido, se derramaba en mi interior, notando como los trallazos de esperma que lanzaba su polla chocaban contra las paredes de mi vagina, alargando así aquella dulce agonía.

Nos derrumbamos juntos sobre el suelo de aquel ático, de nuestro nuevo hogar, de nuestra nueva vida. Teníamos un largo camino por delante pero lo íbamos a recorrer juntos, como siempre debía haber sido y cómo iba a ser a partir de ahora.

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