JUAN LUIS HENARES

El giro del ventilador es demasiado lento; deposita algo de aire en mi cara pero no alcanza para secar la transpiración. Para colmo es tanto lo que demora en dar la vuelta completa… Hace mucho calor; miro el reloj que está en la pared: ocho de la mañana. Pero la sala de espera en la guardia del Hospital de Niños está ya llena de gente. Algunas madres con sus pequeños en brazos aguardan que las atiendan; otros, como yo, que salga el médico y diga como está mi hijo.

Me preocupa Diego: llevaba semanas en que por las noches se quejaba de un dolor en la cabeza y mucho cansancio en el cuerpo; sin embargo desde hace un par de días empezó con los vómitos. Uno o dos veces nomás, no obstante algo vomitaba. Es que comés mucho hijo, le decía yo; trataba de consolarlo, más en el fondo sabía que últimamente comía cada vez menos. Anoche volaba de fiebre, y a la madrugada a los vómitos se le sumó la diarrea. Lo subí a la pickup que en la estancia usamos para hacer las compras en el pueblo —Don Alejandro me dio permiso— y lo traje urgente al hospital.

Diego es un buen hijo; como su madre falleció pocos meses después que naciera, es el único que tengo. Con sus doce años me ayuda en el trabajo en el campo. Todos los días nos levantamos antes que salga el sol, ordeñamos las vacas, recorremos los corrales y nos vamos a controlar la soja. Al medio día comemos juntos; tiempo atrás, después del almuerzo, se iba a caballo a la escuela, pero desde hace dos años el patroncito me dijo que tenía un trabajo para él, así que tuvo que dejarla. Al principio estaba muy feliz: le gustaba más disfrutar toda la tarde con la nueva tarea que pasarla sentado aburrido en su asiento en el aula. Pero un día me contó, con lágrimas en los ojos, que extrañaba jugar con los otros chicos. ¡Los hombres no lloran!, le dije mientras le di una palmada en la espalda, así que se le pasó enseguida. Es que Don Alejandro lo necesita, y sus pedidos para mi son como órdenes, ya que si la estancia marcha bien él gana más dinero y todos vivimos mejor. Además, me prometió comprarnos un televisor, ¡un televisor! Cuando lo tengamos, al atardecer después del trabajo, Diego va a poder mirar los dibujos animados; y también algún programa, si es que lo hay, sobre esos aviones que tanto le gustan.

—Familiares de Diego Martínez —anuncia la voz de una mujer por los parlantes de la sala.

Me paro, paso la mano por mi cara para secar el sudor, y voy hacia la puerta de la guardia. Entro y me atiende un Doctor que me hace varias preguntas.

—¿Desde cuándo tiene vómitos? ¿Y fiebre? ¿Cuándo le empezaron a salir esas manchas en el cuerpo? ¿Y a caérsele el pelo? ¿En qué trabaja? ¿Pero no va a la escuela? —Da media vuelta y se va; una enfermera me indica el camino de regreso a la sala de espera, a la vez que me informa que a Diego lo pasarán a terapia intensiva.

Me cuesta caminar, mi cabeza parece dar vueltas; algunas personas lo notan y me hacen un lugar en el banquito, me siento. Tantas preguntas me dejaron aturdido; el Doctor dijo que tendría que haberlo traído antes, que espera que no sea demasiado tarde:

—Estos trabajos ponen en riesgo las vidas.

Pero claro, para él es fácil: es médico y vive en la ciudad, seguro que tiene todo lo que desea. En cambio nosotros vivimos en el medio del campo.

Alguien me ofrece agua, no contesto. Solo pienso en Dieguito: quiero tenerlo de nuevo conmigo, levantarnos temprano, recorrer juntos el campo y, por la tarde, mirarlo bajo el sol agitar contento su bandera mientras el glifosato que cae del mosquito amarillo refresca su acalorado cuerpo.

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

2 comentarios sobre “El mosquito

  1. Beto, muchas gracias por tus palabras. Por estas tierras el negocio de la soja y los agroquímicos es tan grande que las vidas de las personas resulta insignificante para los que llenan sus bolsillos de dinero. Los chicos banderilleros, que como el del relato marcan con las banderas el lugar en donde cae el glifosato que despiden los aviones, son una realidad que supera la ficción.
    Shalom amigo!

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