JUAN LUIS HENARES

 

Despertó aturdido. Pronto comprendió el motivo: el timbre de su celular lo había sobresaltado; pensó que sería las seis menos cuarto, hora en que se levantaba para ir al trabajo. Encendió su velador, el viejo reloj que colgaba de la pared marcaba la una y veinte; recordó que era sábado, día en que no trabajaba. Atendió torpemente y escuchó una voz de mujer, que con tono preocupado le dijo:

—Luis, soy Alicia, ¿Mariano está con vos?

Trató de aclarar su mente, y aún confundido contestó que lo había visto a la salida del trabajo, pasado el medio día. Ella, a un paso del llanto, insistió:

—No regresó, salió por la tarde a caminar, y me dijo que posiblemente luego pasaría por tu casa.

Tras intentar en vano tranquilizarla, cortó la conversación; volvió a la cama y apagó la luz del velador, pero ya no logró dormirse más.

La confianza con Mariano era ilimitada; su amistad comenzó siendo niños, cuando jugaban con los autitos sobre el cordón de la vereda en el barrio; siguió en la escuela secundaria y la universidad, con las chicas que se peleaban por bailar con “el rubio de ojos celestes” o con “el morocho de ojos verdes”; y continuó, más cerca en el tiempo, al recomendarlo Luis para el puesto de administrativo que dejó vacante un viejo empleado cascarrabias que se jubiló. Compartir tantos años sus vidas, les dio la confianza necesaria para no ocultarse nada. Recordó la charla que tuvieron por la mañana en un descanso en la oficina. Mientras revolvía el azúcar en su humeante taza de café, Mariano contó que la tarde anterior —en su caminata diaria por las afueras de la ciudad— descubrió escondida tras un pequeño bosque de pinos una casa que le llamó la atención, pues sobre el arco de entrada tenía una escultura de un gran ojo en color rojo. Luego de sobreponerse a la impresión que le causó ver ese ojo tan real, advirtió junto a una piscina en un claro entre los árboles a una bella muchacha que tomaba sol con los pechos al aire. Se sintió excitado, y al acercarse hasta el alambrado para observar mejor pisó una rama seca que crujió fuertemente y llamó la atención de la joven, quien se incorporó y lo miró fijo. Mariano quedó en evidencia y la rubia, divertida ante la situación, tomó su remera, levantó los brazos y se la colocó lentamente —demasiado lentamente— como para prolongar el momento. Algo turbado salió del paso con una tímida pregunta sobre la escultura del ojo rojo; ella explicó que la construyó con cierto material que él no recordaba, pues su mente no prestaba atención a sus palabras, sino que imaginaba diversas situaciones eróticas. “La rubia de pechos grandes y firmes” —tal como la bautizó— lo invitó a pasar para mostrarle unos cuadros con ojos de personajes famosos que tenía a lo largo de la finca; a pesar de sus ganas de aceptar, le dijo que sería imposible, pues recordó que debían ir con Alicia más tarde al médico. Ante su negativa, muy apenada lo despidió con un sugerente:

—No olvides volver; hay cosas que tus hermosos ojos celestes no pueden perderse.

Dio media vuelta y regresó por el mismo lugar por donde había aparecido; Mariano la miró, prestó atención a la minúscula bikini que en cierto modo cubría su cola, y sintió impotencia por no poder hacer lo que más deseaba en ese momento: entrar. Entre risas terminó el relato y comentó a Luis que esa tarde, con más tiempo disponible, retornaría a la casa. Luego, en la puerta de la fábrica, se despidieron con un encubridor y compinche guiño de ojos.

Como no logró dormir, Luis se dio un baño y preparó café acompañado de tostadas untadas con manteca; lo tomó en su cama y encendió el televisor. Al fin, mientras miraba un aburrido partido de fútbol, se quedó dormido.

Nuevamente despertó sobresaltado: desde el celular Alicia, desconsolada, le pidió ayuda: era media mañana y Mariano no había regresado. Mientras se vistió Luis trató de recordar el lugar dónde se encontraba esa casa.

Los caminos eran todos iguales: tierra, sol, perros, árboles. Preguntó por la casa con un ojo rojo, pero nadie sabía de ella. Supuso que la rubia de pechos grandes y firmes debería ser muy atractiva para lograr que Mariano olvide a Alicia, su amada Alicia; sonrió al imaginarlo en carrera hacia el auto desnudo con el pantalón en la mano. Justo en ese instante descubrió el ojo rojo sobre el arco de acceso a una propiedad.

Detuvo el auto y caminó hacia la entrada; en la piscina no encontró ninguna rubia tomando sol, solo se escuchaba el canto de los pájaros y el sonido del viento al sacudir los pinos. Golpeó las manos pero no hubo respuesta; regresó al coche, hizo sonar la bocina varias veces, y mientras dudaba entre hacerlo de nuevo o directamente saltar el portón de entrada, la vio salir de la casa. ¡Era ella! A pesar de la remera que la cubría, su cuerpo era inconfundible; Mariano la había descripto magistralmente: “pechos grandes y firmes”. A Luis se le ocurrió decir que era un estudiante de oftalmología sorprendido por el ojo sobre el arco de entrada. La muchacha abrió el portón y lo invitó a pasar; argumentó que adentro podría mostrarle cuadros y otros objetos referidos al tema. Además, pronunció un insinuante:

—Hay cosas que tus preciosos ojos verdes no pueden dejar de ver.

En el interior lo sorprendió una extensa galería repleta de pinturas al óleo que colgaban de sus paredes; en todas ellas, rostros de actores famosos lucían sus grandes ojos bien abiertos. Reconoció a Bette Davis, Paul Newman, Steve McQueen, Sofía Loren, Brigitte Bardot, Brad Pitt, Angelina Jolie y varios más que, si bien recordaba sus caras, le costó ponerles un nombre. No alcanzó a preguntar por ellos, ya que pronto dejaron el ambiente para ingresar a la biblioteca; se sentaron y la mujer lo invitó a tomar café. Mientras lo preparaba contó que era artista plástica especializada en trabajos sobre su tema preferido: el ojo humano; su última obra era la escultura que estaba en la entrada de la casa. Explicó que el ojo rojo es un efecto que se produce en algunos albinos: al casi no tener pigmento su iris, se lo ve así por el color de la hemoglobina de la sangre que circula por él y por el fondo del ojo.

—Pero aún no viste lo mejor —comentó tras degustar el café, a la vez que lo invitó a pasar a la habitación contigua.

Luis recordó que todavía no tenía pista alguna sobre Mariano, así que al ingresar balbuceó:

—Tengo un amigo que te visitó ayer, tiene ojos celestes.

Como respuesta ella encendió una tenue luz, lo abrazó, besó su cuello y boca, y lo llevó de la mano hacia una cama que había junto a la pared posterior. Él alcanzó a ver al costado una mesa con frascos y latas, pero como la rubia en ese instante se sacó la remera, decidió dedicarse a acariciar y besar sus grandes y firmes pechos.

Se quitaron las ropas; de espaldas sobre el colchón Luis cerró los ojos para disfrutar aún más el momento, mientras los suaves labios descendían lentamente por su cuerpo, desde el cuello al pecho, a su cintura… De repente percibió un dolor en un brazo, un leve pinchazo; abrió los ojos y aterrado la vio sostener una jeringa con su mano. Ya mareado intentó empujarla, pero su vista se nubló y se sintió flotar en el ambiente.

No pudo mantener su cabeza erguida, la dejó caer hacia un costado; sobre la mesa lateral observó un frasco con un par de ojos —muy bellos y celestes— que lo miraban, los ojos de Mariano que parecían pedirle auxilio.

https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/

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