Mª del CARMEN MÚRTULA

Este mediodía, cuando volvía de clase, me he encontrado en el ascensor con Ana y me ha invitado a ir esta tarde con ella a presenciar un juicio en el Palacio Judicial a las 6:00h. Me pareció una ocasión muy buena y acepté. Quedamos en el garaje a las 5:00h.

Mientras íbamos de camino me informó de qué iba el asunto.

—Se trata de un caso muy cercano, quizás hayas coincidido alguna vez con Santi en el Centro Cultural.

Si, yo veo alguna vez. ¿Qué ha pasado?

(Recuerdo al lector que la narradora es una chica extranjera que no domina el idioma)

—Pues verás… Bueno, será mejor que empiece por el principio.

Si por favor.

—Santi es mi marido, ya sabrás que es psicólogo.

Si, sí, he tenido ocasión de saberlo.

—Pues bien, hasta hace dos años trabajaba de asesor en una multinacional, supervisando al personal de la empresa por lo que disfrutaba de un buen sueldo y una mejor reputación. Un profe­sional serio, muy entregado en su trabajo. Los directivos siempre habían confiado plenamente en él, siempre escuchaban sus pro­puestas cuando se trataba de la contratación del personal o de algún otro asunto relacionado con su profesión. Era el último responsable del departamento de recursos humanos de la empre­sa. Pero de la noche a la mañana todo cambió, al ser acusado por una de las compañeras de acoso sexual.

¿Y vosotros creéis que no es verdad?

—Por supuesto que todos los que le conocemos, y yo la pri­mera, estamos convencidos de que no ha sido más que un falso testimonio.

¿Qué es eso?

—Un falso testimonio es cuando alguien falta a la verdad res­pecto a otra persona. Dice que sucedió algo que en realidad no sucedió perjudicando al acusado quitándole la buena fama.

¡Esto es fuerte!

—Si que lo es. Lamentablemente hay personas sin escrúpulos que no les importa ni lo más mínimo, falsear la verdad en bene­ficio propio.

¡Eso no está bien!

—¡Por supuesto que no! Pero son capaces de utilizar falsos argu­mentos en favor propio, sin preocuparles el daño que pueden hacer.

¿Y, que pasó?

—Pues ya te puedes imaginar. Asombrosamente, fue su pala­bra contra la de él, y dolorosamente la empresa creyó a la chica, poniendo en evidencia la integridad de Santi.

¿Cómo es posible?

—Pues sí. Hay mujeres que aprovechan las ventajas de una prensa sensacionalista y escandalosa para difamar a los hombres.

¡Qué barbaridad! ¡Qué mal lo pasaríais!

—¡Figúrate!

Parece mentira que pasen esas cosas.

—Si, pero esto es el fruto del desconcierto en el que vive esta sociedad, pues por ayudar a la mujer, tantos siglos víctima del maltrato, abusos o de cualquier acoso machista, resulta que ahora ellas pueden, sin ningún pudor usar cualquier engaño para dañar al hombre, seguras de que tienen las de ganar.

Esto ha pasado con Santi ¿verdad?

—Si, así creemos.

¿Y no se investiga?

—En ello estamos. Él tuvo que dejar el trabajo y desde enton­ces sólo estamos pendientes de restituir su buen nombre demos­trando su inocencia.

Y tú siendo su esposa, ¿cómo lo ves esto?

—Ya te puedes imaginar. Después de él soy la más afectada pero nunca he dudado de su inocencia. Hay cosas que una mujer intuye y yo pongo la mano en el fuego por él. Santi siempre me ha proporcionado bienestar y equilibrio emocional; es tranquilo y cariñoso, es difícil discutir con él. Con los años hemos aprendido a conocernos profundamente y nos entendemos aún sin pala­bras, entre nosotros existe una complicidad increíble. La verdad es que siempre nos hemos apoyado mucho y somos muy felices.

Yo comprendo que significa para la familia el llevar esta realidad.

—Si ha sido sin duda la época más oscura de nuestra vida. No quiero ahondar en ello, porque es muy difícil de explicar y no se entiende fácilmente si no se ha pasado por algo similar. Sin duda fue un gran golpe para nuestro matrimonio y para toda la familia, pero gracias a la ayuda sincera de los amigos que nos acogieron sin prejuicios desde un principio, hemos podido ir superándolo y sobrellevar esta carga con dignidad y confianza.

Ya comprendo.

—Ha sido muy duro también para todas las personas que nos rodean y una buena ocasión para descubrir a los auténticos ami­gos. Hay gente que simplemente se han apartado haciéndonos el vacío y no los juzgo, porque es muy difícil de tomar postura en estos casos. Pero gracias a Dios, muchas personas nos han demostrado su innegable afecto sufriendo a nuestro lado y mani­festándonos su apoyo incondicional.

Si que lo pasáis mal.

—Así ha sido. Para ser del todo honesta te diré que también ha habido quien ha intentado entendernos, pero al final se han cansado, de alguna forma se han rendido al ver que el cerco se iba cerrando y que cada vez se oscurecía más nuestra situación.

¡Cuánto lo siento!

—Gracias. Esto duele muchísimo, ha sido realmente duro el ver que te abandonan gente en la que confiabas.

Y ¿qué tenéis muchas pruebas para ganar?

—Pues lo cierto es que lo tenemos difícil, pues parece que el hombre siempre tiene que ser el protagonista de la violencia de género y del acoso, pero no siempre es así.

Supongo que es más fácil eso.

—Sí. Hay cierto sector de la sociedad que disfruta con estas noticias tan sensacionalistas y morbosas sin mirar la gravedad que supone el hundir a alguien inocente. Es una situación muy difícil.

Me lo imagino

—En este caso me temo que se pasaron de listos los de la em­presa actuando tan a la ligera ante un asunto tan serio, sin medir las consecuencias, pues no es sólo el despido y el daño econó­mico, sino lo que ha supuesto la herida emocional. El encontrar un trabajo como alto cargo en cualquier empresa era un sueño impensable y ya que lo había conseguido, al cabo de cinco años surgió esto y… Han sido dos años muy duros viviendo práctica­mente de mi sueldo y manteniéndose él en el paro.

Claro, el trabajo del club no es pagado.

—Correcto. Tuvimos que reducir gastos. Nos deshicimos de un buen coche y funcionamos sólo con este que es de la radio y yo úni­camente costeo la gasolina; entre todos nos han ayudado para poder continuar pagando el colegio de los niños de este modo no se han visto afectados en este aspecto, y también nos ayudan en la liquida­ción de la hipoteca del piso, en fin, tratamos de privarnos de muchas cosas de las que antes disfrutábamos. Lo peor de todo no son los problemas económicos, si no el detectar la actuación mezquina de ciertas personas. Así hemos ido tirando estos años y como el mal no tiene la última palabra, esperamos que triunfe la verdad y que la justicia se pronuncie esta tarde. Yo confío plenamente que por fin hoy se aclare todo y despertemos de esta pesadilla.

 

Con todo esto llegamos al Palacio Judicial. En la puerta se amonto­naban periodistas, curiosos y amistades. Apareció Santi y fue recibido por una gran ovación de aplausos. Cuando se presentó la chica, acom­pañada por su abogada, los abucheos también fueron sonoros. Al llegar se nos unieron Andrés y Sara, entramos y nos dirigimos a la sala donde se iba a realizar el juicio. Llevábamos un buen rato cuando apareció el abogado de Santi y nos comunicó que el dictamen se había cursado a su favor, sin ningún tipo de cargos criminales, suspendiéndose la vista, pues la chica se había retractado de la denuncia.

Al parecer le entró pánico al verse tan hostigada por todo el mundo y antes de comparecer en la sala dijo que quería confesar toda la ver­dad. Declaró ante el juez que todo había sido una falsa acusación en represalia, pues según ella, no había sido ascendida en el trabajo por culpa del informe que Santi había notificado en su contra. Reconocía que sólo su interpersonal le había llevado a tan mezquina actuación, pues incluso llegó a sugerir que si le proporcionaba el puesto se entrega­ría a él. Por supuesto que él la rechazó. Quiso vengarse acusándole de insinuaciones deshonesta y acoso físico y psicológico, alegando que no le habían dado el puesto porque no haber cedido ante sus bajas instigacio­nes, cuando había sido ella la provocadora. Ahora quería reparar el daño causado, confesando que Santi siempre había sido un compañero respetuoso, amable, comprensivo y solidario con todos incluso con sus subordinados, y aunque económicamente no podía reparar los dos años de paro, al menos rogaba a la empresa que le volviera a contratar, ya que tan injustamente había sido despedido, aunque para ello tuviera ella que verse con reducción de sueldo a favor de Santi.

Ana echó a correr y se lanzó en los brazos de su marido.

Volví con Andrés y Sara y nos dirigimos al club para celebrarlo todos juntos.

—Por fin la honra de Santi ha quedado restituida —me comen­taba Sara cuando íbamos de vuelta. La difamadora será conde­nada por un delito de injurias y agravios, obligada a indemnizar a la parte atacada. Y aunque un daño de este tipo no se puede reparar con un pago económico, al menos el sufrimiento de estos años se verá compensado con el triunfo de la justicia.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

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