EREQTUS

La cena ha sido más bien un picoteo. Una velada más animada de lo habitual por las desinhibidas gracias de Mónica. Mari y Alberto se ponen anormalmente simpáticos cuando hay algún invitado; incluso Ainhoa se permite salir de su encorsetado papel de hija fastidiada; hasta la abuela ha tomado parte en alguna que otra broma, aunque nadie tiene claro que de verdad la entendiera, a pesar de sus risas.

El único que es el de siempre es Leo. Poco participativo y reservado, cumple con su cometido alimenticio y, cuando tiene ocasión, se escapa a la habitación para seguir interactuando con su portátil. Ese instrumento le ayuda a huir de su triste realidad.

Las chicas han mirado un rato la tele, pero la cinta que está viendo Alberto, sobre la segunda guerra mundial, resulta cada vez más aburrida. Finalmente, optan por huir de esa tediosa trama y se van del salón.

 

-¿No estabais mirando una peli?-   protesta Leo al verlas llegar.

-La guerra mundial era un coñazo-   contesta Mónica.

-Pero os podríais quedar ahí. Los sofás son muy cómodos-   con ansias de ofender.

-Papá no nos deja hablar. No entiende los disparos si no estamos calladas-

-Podría ponerse subtítulos-   dice Mónica   -¿Te imaginas? !Pumpam, tatatata, bacum!-

-Yo creo que os ha echado por que le provocabais dolor de cabeza de tanto parloteo-

 

Mientras Ainhoa deja caer su cuerpo desgobernado sobre su cama, Mónica abre el armario y saca un par de bolsas con ropa aún precintada.

 

MÓNICA:   Vamos a probarnos los trapitos que teníamos preparados para la noche.

LEO:           ¿Es que al final no vais a salir?

AINHOA:   ¿No escuchas la que está cayendo? Ya saldremos el lunes, que hay fiesta.

MÓNICA:   ¿Te ha llamado Rafa al final, petardis?

AINHOA:   !Qué va! Estará con Marcos y Víctor. Haciendo botellón y jugando a la play.

LEO:           Entonces, ¿te quedas a dormir aquí, Mónica?

MONICA:  Sí. A estas horas no tengo manera de volver a Augusta. Además, le he prometido una noche de amor a tu hermana y no puedo dejarla con las ganas. Si quieres te dejamos mirar.

 

Mónica abanica un guiño con sus largas pestañas mientras arranca un oclusivo y cómico gesto indignado de su amiga, quien se mofa de su hermano con una mueca insultante.

 

LEO:         ¿Qué te has creído, Ainhoa?  Ni que me pagaras me dedicaría a mirarte.

AINHOA:  ¿De verdad, Leo? ¿De verdad? ¿O debería llamarte: Tomás Valiente?

LEO:         ¿Q. Qué?

 

El chico no tiene demasiada sangre fría y está sufriendo un sofoco incontrolable. Sus tartamudos intentos de explicarse no hacen más que terminar de desmantelar su dignidad:

 

LEO:         No sé de qué… … … no sé quién el Tomás ese.

AINHOA:  Entonces ¿por qué te has puesto rojo, merluzo?

LEO:         Bu… bueno sí, pero no lo hice para mirarte. Lo hice para chivarme a papá.

AINHOA:  Te podías chivar sin tener que entrar a babear.

 

Mónica observa, divertida, con los ojos muy abiertos, cómo a ese crío se le suben los colores. Las expresiones de Ainhoa son muy distintas: negando con la cabeza, dispara desprecio y asco en la cara de su hermano.

 

LEO:          Tenía que comprobar de que se trataba. Solo había escuchado rumores.

AINHOA:   Entonces… ¿solo miraste un par de fotos o te fundiste toda la galería?

MÓNICA:  Déjalo, Ainhoa. No lo machaques.

LEO:          Nada. Solo un par. Me daban asco ¿vale?

MÓNICA:  ¿Yo también te doy asco, chiquitín?

LEO:          No tanto. !Digo No!

AINHOA:   Atrévete a chivarte a papá. No te imaginas las hostias que llegarán a caerte. No sabrás ni de dónde te vienen. Te haré la vida imposible.

 

Leo baja la cabeza, intimidado. Nunca ha tenido temperamento para enfrentarse a su pérfida hermana. Incluso cuando descubrió ese impúdico perfil, y a pesar de fantasear con ello, en el fondo, sabía que no llegaría a usarlo en su contra.

 

-Date la voltio, Leo-   sugiere Mónica mientras empieza a desnudarse.

-¿De verdad, Moni? ¿Ahora tienes ganas de esto?-   pregunta la chica con desazón.

-!Claro que sí! Yo no me voy a dormir con el gusanillo. Aunque solo me veas tú y la ricura de tu hermano.

 

Ainhoa no las lleva todas consigo, pero decide seguirle el juego. En esta noche lluviosa no hay nada mejor que hacer.

Leo se ha dado la vuelta y finge mirar la pantalla de su portátil, pero sus ojos van como locos buscando algún espejo que le dé un buen ángulo de visión. Le ha tocado encararse con la pared menos poblada de reflectantes, pero, si fuerza un poco la postura…

 

-!¿Qué haces, Leo?!-   pregunta imperativamente su hermana   -!Nono! !No te gires!-

-Pues no me hables-   le reprocha.

-Anda, Ainhoa-   le interpela Mónica   -Ayúdame con la cremallera-

-Joh, Moni !Cómo rompes! Estás para comerte-   dice ella sin despegar sus dientes.

-Ahora tú, va-   responde Mónica con cierta emoción impaciente.

-¿Por qué no te vas, enano?-   propone esa despechada hermana.

-Estoy bien aquí-   sin levantar la voz.

-Déjalo, zorra. Necesitamos un jurado-

-Si mi hermano tiene que dar un veredicto, ya te puedes considerar ganadora-

 

Leo no ha conseguido ver más que el reflejo de algún hombro, un ombligo y algunos mechones del pelo rizado de Mónica; aun así, su miembro ya ha recibido algunos centilitros extra de su pernicioso riego sanguíneo. Puede que sea más por la situación que por las pocas imágenes que alimentan sus pupilas curiosas.

Finalmente, Ainhoa termina de vestirse. Al tiempo que se peina frente a uno de sus numerosos espejos, Mónica solicita la supervisión del joven y único integrante del jurado.

 

-Señor Leo Duarte. Ha llegado la hora de emitir su dictamen-

 

A pesar de haberse propuesto mantener una expresión indiferente, el chico no puede evitar quedar boquiabierto con tan deslumbrante visión. Mónica busca la complicidad gestual de su amiga mientras esta, displicente, desvía la vista hacia la ventana. Pese a su pretendida apatía, Ainhoa está curvando la espalada para sacar pecho y convertir su descarado escote en un fenómeno difícil de concebir. Ese par de tetas son inauditas.

Leo empieza a creerse que Photoshop no incidió, en modo alguno, en esas infartantes fotos que consiguieron derramar sus vergonzosos flujos, ayer por la tarde.

Mónica se ha dado cuenta de que, por muy teatrales que sean sus propios gestos, ese niño solo tiene ojos para su hermana. No es hasta que Ainhoa se digna a mirar, por fin, al chaval que este finge interesarse por su chistosa amiga.

 

-¿Y bien?-   pregunta Mónica solicitando un veredicto.

 

Hasta para Leo resulta demasiado previsible fallar en contra de su íntima enemiga; por más buena que esté con ese provocador vestido gris, le resulta inconcebible premiarla con su favor. Empieza a inclinarse hacia un diplomático empate, pero:

 

LEO:          En los concursos de belleza hay algunas pruebas adicionales.

AINHOA:   ¿Qué pasa bicho? ¿Es que vas a preguntarnos sobre historia o geografía?

MÓNICA:  No vamos a desfilar con ropa de baño y mucho menos con ropa interior.

AINHOA:   No te columpies más. Dale la corona a Mónica si le hace ilusión y ya.

MÓNICA:  Espera, espera. Vamos a enseñarle esa coreografía tan sexy.

 

Mónica habla de un baile que tienen ensayado con Ainhoa. Tiene parte de improvisación, pero en los estribillos bailan al unísono fundiéndose sensualmente en una peculiar simbiosis lésbica. Es algo que usan en la disco cuando suena su canción. Ese numerito actúa a modo de imán para el género masculino.

Leo no lo ve muy claro. Pese a que la postura que adopta le ayuda a encubrir la tremenda erección que alberga su fino pijama, el decoro que lo protege se vería en grave peligro si tuviera que moverse. Además, es consciente de que pocas cosas le calientan más que los bailes femeninos, y Mónica ya ha anticipado una gran carga erótica en su futurible actuación. Siente la amenaza de otro inoportuno derrame si la cosa se desmadra demasiado. No puede imaginar peor humillación que el que su hermana le haga correrse sin siquiera tocarle.

El chico intenta pronunciarse en contra, pero, al parecer, no tiene ni voz ni voto para detener esa deriva tan tendenciosa. Mónica ya ha encontrado el video en YouTube y sube el volumen de un modo poco razonable. Ainhoa ha apagado la luz del techo y ha encendido las dos lámparas de su cuarto enfocándolas a modo de focos. Por suerte, la habitación es espaciosa.

Tras un breve beat telefónico, entra una percusión regular con mucho cuerpo. Las chicas parecen olvidarse de Leo en cuanto sus gestos cómplices empiezan a acompasarse con el ritmo de la música. Ese sugerente bailoteo cautiva la febril mirada del chico, quien navega por tempestuosas aguas emocionales. La gracia de las muchachas es asombrosa y sus curvaturas sinuosas subrayan, con fuerza, sus generosas redondeces. Mónica lleva pinzas en sus rizos y su peinado guarda aún cierta disciplina, pero, por contra: el indómito pelo oscuro de Ainhoa se zarandea salvajemente.

Leo observa, momentáneamente, a su invitada. Ella es la única que le dedica insinuantes miradas llenas de maldad. Sin duda, es una mujer de bandera, y hoy está particularmente atractiva con esas ropas, pero la fuente de las perturbadas inquietudes de ese chico lleva el mismo apellido que él.

El tubo textil, que pretende cubrir las nalgas de su hermana, parece dimitir sometido a esos obscenos movimientos circulares. Trepa por sus carnes con insistencia, obligando a la chica a recomponer su compostura con frecuencia. Por si no fuera suficiente, en el frente superior, algún que otro accidente de contención mamaria deja asomar, parcialmente, uno de los grandes y oscuros pezones de Ainhoa. Ella se ayuda con la rotación de sus pasos para esconder dichas indiscreciones, pero no puede privar a su hermano de ciertos flashes reveladores.

Unos desacompasados golpes hacen temblar el suelo interrumpiendo esa sensual coreografía. Mónica se apresura a detener la reproducción de esa sugestiva melodía.

 

-¿Qué fakers es eso?-   pregunta entre risas con los ojos muy abiertos.

-La señora Pardina. Siempre se queja cuando hago ruido-   sonriente.

-¿Te da con la escoba?-   todavía manteniendo su sorpresa.

-No sé si es escoba, fregona, o bastón, pero no tiene mucha paciencia que digamos-

-Pues suerte que nos hemos quitado los tacones-   susurra entre risas.

-¿Y a ti que te pasa?-   le pregunta a su hermano viéndolo extrañamente concentrado.

 

Leo mantiene su mirada perdida con el ceño fruncido. Está al borde del derrame seminal. Se ha puesto como una moto y…

 

MÓNICA:  ¿Estás bien, ricura?

LEO:          Sí. Sí. Es que me he acordado que tenía que hacer una cosa hoy.

AINHOA:   ¿Y por qué estas rojo? Tienes la vena de tu frente a punto de estallar.

MÓNICA:  Yo creo que lo hemos impresionado demasiado, pelandusca.

AINHOA:   Te digo. Este crio va tan salido que podría correrse mirando una yegua.

MÓNICA:  Eso sería zoofilia, tía.

 

Ainhoa no va del todo desencaminada. No hace demasiados días, su hermano se sorprendió, a sí mismo, observando, con demasiada atención, los cuartos traseros del caballo de Napoleón en un retrato de un libro de historia. Tuvo que preguntarse si ese animal podría ser hembra para no sentirse tan depravado.

Pero lo que le ocurre ahora mismo va mucho más allá. Por un momento ha creído que se corría. A pesar de su disuasoria postura, que liberaba su miembro de cualquier caprichosa presión aleatoria, sus libidinosos flujos han ido acumulándose de tal manera que amenazaban con quebrar la presa que los mantiene a buen recaudo.

 

-Joh, tía. Entre la tormenta y tu vecina nos están fastidiando la noche-

-Hay cosas peores-   pronuncia asqueada mientras encuentra la mirada de su hermano.

-¿Pero qué dices? A mí me parece muy gracioso. Tendrías que sentirte alagada-

-Imagínate que el gordo de tu padre se empalmara contigo-   dice al borde del enfado.

-!Anda tía! No seas roñosa. Mi padre es viejo y gordo. Tu hermano es solo un niño-

-¿No decías antes que ya es un hombre?-   contraataca Ainhoa.

-Pero cállate perra-   le reprocha Mónica supervisando el estado del chico.

 

Leo no sabe qué sentido tienen esas palabras, pero por la reacción de Mónica intuye que no son muy formales.

¿Un hombre? ¿Ya soy un hombre?

¿Que determina eso?… … !Dios!

De pronto teme por la discreción de sus vergonzosas gayolas:

“¿Es que alguien me ha visto?

¿Es que la abuela se chivó?

Leo no le ha hablado a nadie de sus recientemente adquiridas facultades lecheras; ni siquiera a su amigo Raúl.

De pronto suena el teléfono de Ainhoa:

 

+ Hola amor.

+ Sí. Ya lo imaginaba. Se lo he dicho antes a Moni.

+ No. Ya no va a parar. Y aunque parara todo eso ya se ha anulado.

+ Venga va. No seas tonto.

+ Noooh. Tú más.

+ Anda… buenas noches. Y no te vicies demasiadoooh.

 

MÓNICA:  Que cariñosa. Pareces otra persona cuando hablas con él.

AINHOA:   Claro. Es mi novio. ¿Qué quieres?

MÓNICA:  ¿Y todo ese asuntillo del que me hablaste? ¿Cómo va? ¿Solucionado?

AINHOA:   No voy a hablarte de eso. Y menos delante de mi hermano.

MÓNICA:  Al menos dime si tiene un buen manubrio, tía. !Que no me cuentas nada!

AINHOA:   Déjalo.

MÓNICA:  El otro día me lo hice con Carlos. No se lo digas a nadie ¿Vale? Ni tu tampoco ¿Capisci?

 

Mónica mira a Leo de un modo amenazante. Le hace un gesto con dos dedos señalando intermitentemente a sus propios ojos y a los ojos del chico. Él no emite ningún sonido, pero asiente con la cabeza certificando que lo ha entendido.

 

AINHOA:   Esa polla es universitaria. Seguro que tiene un buen tamaño.

MÓNICA:  Ya te digo. Era casi como mi palmo estirado a tope.

AINHOA:   ¿Eso qué son? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve?

MÓNICA:  Tengo la mano pequeña. Casi dieciocho.

AINHOA:   No está mal. Pero, espera… ¿te pusiste a medirle la polla en plena faena?

MÓNICA:  Solo puse la mano porque estaba impresionada.

AINHOA:   Vaya pollón. Ya me gustaría que mi novio alcanzara esa medida algún día.

MÓNICA:  Buenoooh. Si no le ha crecido ya no creo que le crezca más.

 

Ainhoa pretende mantener una expresión neutral pero su amiga sabe leer entre líneas.

 

MÓNICA:  !Nooh! ¿En serio? ¿Todavía no? Pero vamos. ¿Qué problema tiene ese chico?

AINHOA:   Aix; cállate. No sé. Dice que está pasando malos momentos; está estresado.

MÓNICA:  ¿Tú qué opinas, Leo?

AINHOA:   No le metas en esto, guarra.

 

Leo hace rato que navega de una web a otra, sin profundizar en sus contenidos. Disimula, pero su atención está puesta en la conversación de sus dos compañeras de cuarto y, sobretodo, en cómo esos atrevidos vestidos modelan sus fantasiosas formas.

 

LEO:          ¿Sobre qué?

MÓNICA:  ¿Tú has pasado alguna mala época en la que no se te pusiera farruca?

LEO:          No.

AINHOA:   ¿Pero no ves que antes de ayer todavía no se le ponía dura?

LEO:          Perdona, lista: a mí se me pone dura desde que era pequeño.

AINHOA:   Es que aún eres pequeño, tontolaba.

LEO:          Soy más grande que tu novio, y que ese tal Carlos también.

MÓNICA:  Ojojojojojooooh

 

Mónica se emociona con esa escalada de tensiones mientras asimila el verdadero sentido de esa afirmación. Ainhoa sonríe negando con la cabeza.

 

AINHOA:   Ya te gustaría a ti, mequetrefe.

MÓNICA:  ¿Se aceptan apuestas?

LEO:          Me apuesto lo que quieras; estoy seguro de que Ainhoa se rajará ya mismo.

AINHOA:   A ver: ¿cuál sería el reto?

LEO:          Que la mano de Mónica se queda corta para medir mi trabuco.

 

Ainhoa rompe a reír. No puede creer que esté teniendo lugar esa conversación. Por otra parte, ve la oportunidad de aplastar a su hermano usando su propia arrogancia. Está claro que ese niño no puede tener el pollón que pretende; solo es un farol para reivindicarse. Fanfarronea porque piensa que de ningún modo tendrá lugar esa comprobación, pero eso no tiene porqué ser así.

 

AINHOA:   Mónica puede comprobarlo sin que yo tenga que verte el pito.

MÓNICA:  Si tu madre se entera que le mido el pito a Leo me hecha de casa.

AINHOA:   Qué va tonta. ¿Cómo quieres que se entere?

LEO:          ¿Y cuál es la apuesta?

 

A la chica le sorprende la seguridad de su hermano. Lo que él no sabe es que ella vio cómo se le empinaba ayer por la noche.

Era un buen bulto, pero NO, de ninguna manera.

¿Un palmo?

Claro que cubierto por las sábanas…

puede que no tuviera mucha verticalidad.

Estaba oscuro o sea que… nooooh no, de ningún modo

 

AINHOA:   ¿Te piensas que no sé de qué vas niño? Si no la tienes tan grande como dices me quedaré con tus ahorros para la nueva Play Station. Yo les daré mejor uso.

LEO:          ¿Y si resulta que digo la verdad?

AINHOA:   Si te mide más que el palmo de Móni dejaré que me toques las tetas.

LEO:          ¿Sí? !Anda! y ¿que. quién te ha dicho a ti que… que yo quiero hacer eso?

AINHOA:   ¿A quién te crees que engañas? Casi te desmayas, hace un momento, mirándome bailar; esta noche te has corrido soñando conmigo; y ayer seguro que estuviste pajeándote mirando mis fotos.

LEO:          ¿Qué? ¿Esta noche? ¿Pero cómo…?… Yo no… Miraba más a Mónica que a ti.

MÓNICA:  Eso sí que no cariño. Cada vez que te miraba estabas embobado por ella.

 

Leo está pensativo. No se considera buen negociador; además: bajo los efectos de tan ardiente calentura, no le parece tan mal trato, pues se trata de una apuesta segura. Aun así: si pudiera realizar su fantasía…  Puede que sea por las constantes humillaciones e insultos a los que le somete su hermana, pero lo que realmente quiere es otra cosa:

 

LEO:         Quiero azotarte las tetas con mi polla.

AINHOA:  !¿Pero qué… … dices?!

LEO:         Es lo que quiero. No es tan diferente a lo que me ofreces.

AINHOA:  … … … Bueno. Da igual. No me creo nada de lo que dices así que…

LEO:         ¿Cuantos golpes? ¿Veinte?

AINHOA:  ¿Dónde vas? Diez y va que te vas.

LEO:         !¿Diez?! ¿Frente a todos mis ahorros de navidades, cumpleaños y pagas?

AINHOA:  Si tan seguro estás… Esto es lo que hay.

LEO:         Vale… … … pero primero me escupirás en la polla.

AINHOA:  Vale, vale. Pero no te hagas ilusiones, mendrugo.

 

Ainhoa termina la frase riendo. Esa conversación sigue pareciéndole surrealista. Nunca había existido el más mínimo ápice de sexualidad entre esos dos hermanos, enfrentados, permanentemente, por cualquier mínima disputa.

¿Será por el hecho de compartir habitación?

¿Será porque Leo ha llegado a la pubertad

y se la pela como un mandril?

Las dos amigas se dedican una divertida sonrisa justo antes de que Ainhoa salga de la habitación. Su cómplice hará los honores.

Una vez a solas con Mónica, a Leo le entran las dudas. Desde que su madre le lavaba la pichulina, de pequeño, ninguna niña, chica, mujer o vieja le ha visto el pene. Su vigor se está desvaneciendo a medida que su incomodidad gana terreno. Es un chico tímido. Puede que no haya medido bien los riesgos. La presión de perder sus ahorros y su dignidad está sometiendo el vigor de su cohibido miembro.

 

MÓNICA:  Si no te la sacas habrá ganado tu hermana y se quedará con todo.

LEO:          Dame solo un momento.

 

Leo da un paso atrás para mirar con mejor perspectiva a Mónica. Ella se da cuenta de la grosera táctica del chico:

 

MÓNICA:  !¿Oye?! ¿Qué haces? ¿Te quieres calentar conmigo? No te voy a ayudar si eso perjudica a mi mejor amiga.

 

Mónica se distancia, recoge algunas de las ropas que encuentra sobre la cama y cubre sus zonas más sugerentes. A Leo le están entrando calores. Se saca la camiseta, se desabrocha el pantalón y, tras un momento de parálisis reflexiva, agarra la tablet. Tarda tan solo unos segundos en identificarse como Tomás Valiente y entrar de nuevo en la galería de su hermana.

En el pasillo, Ainhoa ya ha dejado de pegar su oreja a la puerta. Espera pacientemente mientras mira su propia mano. Calibra la distancia que hay entre la punta de su pulgar y la de su meñique.

Nooh. Ni de coña.

Ninguno de mis ex tenía este tamaño.

Mis tetas están a salvo. Seguro.

Esto será pan comido.

Una manera fácil de ganar un buen fajo de billetes.

¿En qué me lo podría gastar?

Llega a sentir cierto grado de culpabilidad al aprovecharse así del tonto de su hermano; pero alguien tiene que darle, a ese crío impertinente, una valiosa lección; una cura de humildad.

 

MÓNICA:  !Ya está, Ainhoa! !Ya puedes pasar!

 

Nada más entrar, la muchacha percibe algo raro en la cara de su amiga. Lo primero que piensa es que Mónica pretende tomarle el pelo. Es así de cruel; no tiene miramientos.

 

MÓNICA:   Lo siento, tía. Al principio parecía que no, pero… Tela.

AONHOA:  Ni de coña. No seas zorra, Mónica. No tiene gracia.

 

Un poco asustada ya, mira cómo su hermano respira hondo, lleno de satisfacción. Sigue incrédula, pero ya no lo ve tan claro.

 

MÓNICA:  Solo serán diez azotes fálicos. No es para tanto, guapi.

LEO:          No te daré muy fuerte, Ainhoa. No te preocupes. No quiero hacerte daño.

AINHOA:   Es que no me lo creo.

LEO:          No te puedo engañar. Tendrás que verla con tus propios ojos, sea como sea.

 

La chica se acerca a Mónica y, sin mediar palabra, le coge la mano para encajarla con la suya, simétricamente. Sus tamaños son prácticamente idénticos. Dubitativa, toma asiento en su propia cama manteniendo una expresión escéptica.

 

LEO:         ¿Te sacas las tetas?

AINHOA:  !¿Que dices, bicho?! Con este escote tienes superficie de sobras. Además: primero tendré que medirla yo misma.

 

Leo se acerca a su hermana. Con su ventajosa perspectiva, observa sus apetitosas tetas adolescentes. Están sospesadas por un sujetador que las aprieta y las eleva hasta tal punto que parece como si quisieran desbordar ese vestido ajustado. En su suave palidez, casi libre de pecas, se dibujan sutiles trazos azules que dejan intuir el riego sanguíneo que los llena de vida.

La polla de Leo ha ido basculando entre muchos tamaños distintos. Tan rocambolesco escenario hace imprevisible la reacción biológica del chico; aun así, su hermana le da tanto morbo que no duda de su capacidad para proceder con firmeza.

 

-A ver. Ufffff. Sácatela-   propone Ainhoa   -Nunca pensé que llegaría a decirte esto-

-No protestes. Si te va a gustar-   con un anómalo tono de fanfarrón.

 

Leo desenfunda su imponente atributo. No goza aún de su estadio más extremo, pero no por ello deja de paralizar el aliento de su hermana. No solo es largo si no que goza de un grosor impropio para un niño de su edad. Parece que se trate de un engendro implantado, proveniente de una estrella del porno.  Esa descontextualización cárnica se ve reforzada por un enrojecimiento que contrasta con el tono del resto del cuerpo.

Ainhoa se plantea la posibilidad de que su hermano esté intentando engañarla con una prótesis y la aprieta con fuerza.

 

-!AahaH!-   exclama Leo con cierta flojera   -¿Qué haces?-

-!Joh! ¿De verdad es tuya esta cosa?-

-Pues claro… … … ¿Pensabas que era Photoshop?-

 

Los efectos de tan inesperado apretón no tardan en hacerse visibles. Al compás de sus lujuriosos latidos, ese nabo fraterno se colapsa de sangre tensando sus tejidos de forma vertiginosa. Ainhoa se siente presionada; como si tuviera que darse prisa en medir esa abominación antes de que reviente. Casi sin esperanzas, usa su palmo, más estirado que nunca, para intentar abarcar la magnitud de la tragedia. No lo consigue por poco. En cierto modo, se siente sobrepasada por las evidentes consecuencias que sus encantos provocan en Leo.

 

-Johh-   exclama Mónica   -Qué machote. Eso parece el fémur de una jirafa-

-Escúpeme-   le ordena a su víctima   -Me has dicho que me escupirías-

 

Ainhoa no se hace rogar. Para no mancharse el vestido, se ocupa de acumular muchas babas en su boca antes de proyectarlas. Lo hace burdamente y con desprecio. Su certero escupitajo baña, generosamente, el glande de su hermano. El cálculo de ese acercamiento facial es impreciso y la punta de tan inquieta fuente de lascivia llega a rozar su jugosa boca.

Leo empieza a desmoronarse: tanto rato de alternar erecciones, el aborto de esa corrida incipiente de antes, el húmedo aporte que acaba de recibir de su hermana… Está malito como nunca y eso, tratándose de él, es mucho decir. Le duelen los huevos y la tiene tan dura que casi ha perdido la sensibilidad. Por un momento se plantea indultar a Ainhoa para no exponerse a su enésimo derrame involuntario, pero sabe que esta oportunidad no se repetirá y no quiere dejar escapar la ocasión de flagelar, por fin, la soberbia de su hermana. Puede explotar en cualquier momento así que decide darse prisa:

 

-Vamos, Ainhoa: súbetelas con las manos ni que sea. Si no quieres sacártelas…-

-… … … Vale, vale, pero no te flipes-

 

La chica intenta enajenarse mirando hacia la ventana mientras levanta esos nutridos pechos. Sus oscuras areolas vuelven a asomarse, fruto de la presión, desafiando la blancura de su piel.

Mónica se acerca y da un paso al lado para lograr un mejor ángulo y no perderse detalle. Leo toma una pose heroica, con sus piernas abiertas y agarra su arma desde muy abajo, en su base, pues no quiere restarle ni un poco de longitud e inercia a sus azotes. Ainhoa cierra los ojos con fuerza y dibuja una mueca de asco al tiempo que se somete a tan ultrajante castigo.

Usando toda la fuerza que le permite dicha maniobra, Leo le da su merecido, a esa zorra engreída, al compás del recuento de Mónica, quien no ha dejado de ejercer de árbitro en este bochornoso asunto incestuoso: “Uno, dos, tres…” El chico cambia de teta dejando un hilo de saliva colgando entre ellas. “… Cuatro, cinco, sth…” Los tremendos golpes se aceleran con toda urgencia, pero la serie no se completará.

Leo se corre, holgadamente, al tiempo que contiene el aliento. Su instinto le empuja a remojar los pechos de su hermana, pero también su cuello y hasta su cara. Tanto rato de acumular lácteos ha terminado por provocar una eyaculación presurizada, tan caudalosa que desafía la lógica más elemental de la física.

Mónica se sobrecoge y se lleva las manos a la cara.

Tras coger aire violentamente y articular una expresión pavorosa, Ainhoa cierra los ojos para capear el temporal, pero tan mayúscula sorpresa le hace abrir su boca: [graso error]

 

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