DESMOND EUTAND

Con los primeros rayos del sol se puso en marcha. El camino era largo y calculó que llegaría a lo alto del cerro que lo coronaba a primera hora de la tarde. Suficiente para encontrar el árbol del pastor, hacer unas fotografías y estar de vuelta en el hotel antes del anochecer.

Caminó a buen ritmo siguiendo los hitos que marcaban el sendero. Se ayudaba del mapa y la brújula de cuando en cuando. No porque se encontrase perdido; era más bien un reflejo de otros tiempos, por comprobar que no había perdido habilidad. Recorrió varios kilómetros hasta que a mediodía decidió parar a comer algo. No había caído en la cuenta del cansancio que acumulaba hasta que se sentó en una piedra. Los años habían hecho mella en él, no le cabía duda. Echó un vistazo al cielo. Era un día cálido y despejado. Terminó de comer, unas nueces, un poco de cecina con pan y un trozo de membrillo y se recostó en un árbol a descansar. Se quedó dormido sin darse cuenta.

Un trueno le despertó de súbito. Después de unos segundos de desorientación pudo ubicarse. Miró el reloj, comprobando que eran más de las cinco de la tarde al tiempo que las primeras gotas de lluvia se estampaban en su cabeza. El día se oscureció en un abrir y cerrar de ojos . Echó mano de su linterna y trató de volver al sendero por el que había subido, pero la lluvia empezaba a arreciar y apenas podía ver más allá de diez metros. Caminó unos minutos en busca de una pista. Subió, bajo y anduvo en círculos, pero no pudo encontrarlo. Un montículo de rocas a sus pies le pareció un buen lugar para cobijarse hasta que parase la lluvia.

Una hora después el cielo volvió a despejarse y el sol se había ocultado. Enfocó con la linterna a su alrededor. Sólo árboles y maleza. Barrió con el haz de luz en busca de algún indicio que le llevara de nuevo al camino cuando de repente, la luz se detuvo en el tronco de un árbol: “P”.

Salió de su eventual resguardo y se acercó al árbol. Allí estaba la inscripción que había grabado el pastor años atrás y que ahora marcaba su tumba y la del perro. No pudo evitar emocionarse y entonó interiormente una plegaria por el alma de los dos amigos, pero un ruido a sus espaldas le interrumpió. Era el gruñido de un jabalí, que sin tiempo para reaccionar se abalanzó sobre él dando con sus huesos en el suelo. Dos bestias más surgieron de la oscuridad. Una de ellas le clavó sus colmillos en el muslo en una feroz embestida. Había perdido la linterna en la caída y la tenue luz de una luna menguante apenas iluminaba los lomos de aquellas fieras que le acechaban.

Entonces una centella blanca apareció de la nada y se interpuso entre el hombre y los jabalíes. Comenzó una lucha de gruñidos, dentelladas y embestidas. La centella blanca despachó en cuestión de segundos a las bestias, que huyeron despavoridas. Luego se giró, lamió la herida del muslo del hombre, emitió un ladrido de necesidad y se desvaneció. La estupefacción, el golpe tras la caída y la herida provocaron la pérdida del conocimiento del viejo periodista, que yació en aquel lugar hasta que los ruidos del alba le despertaron.

Continuará.

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