ISA HDEZ

Se sorprendió al verse con la pluma roja en la mano llenando una hoja en blanco, apretaba tanto que parecían trazos de sangre, como si llorara su alma y quisiera plasmar su sentimiento en el papel, ya que no podía hacerlo en otro lugar. Deseaba arrancar de sus adentros todo lo que le carcomía y depositarlo en algún lugar. Sabía que nadie lo iba a leer y por ello no le importaba nada del contenido de su retórica. Tampoco ya le concernía mucho, creía que había pasado el límite en el que las palabras que puedas escribir te sonrojen y, siguió trazando líneas para una vez acabado de vaciar el recóndito lugar, abrir la puerta y echarlo a volar. Siempre había deseado escribir, pero lo que tenía que contar era la vida misma, no tenía más valor que el que ella le daba: su propia vida, la de los candados infinitos, que no debía ser mejor o peor que la de otra persona, pero era la suya, la que con celo guardaba. Y, ya ves, hoy le dio por contarla; no quería, y cuando se percató ya no podía volver atrás, dejó fluir su dolor, su risa, su llanto, y su mirada traspasó el cristal, sus ojos se confundían con las gotas del rocío que resbalaban en su ventanal, el papel se emborronaba con sus lágrimas, no se dio cuenta que ya no se podía leer nada de lo que había plasmado y, cuando quiso empezar de nuevo ya nada fluyó. Todo volvió al lugar donde siempre permaneció, allá en el olvido del anochecer de su existencia.

© Isa Hdez.

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